8. Penny #2
Wren da un mordisco al chocolate y se dedica a masticarlo, pensativa, durante un rato.
—Un ataque terrorista —farfulla con chocolate entre los dientes.
—¿C-cómo?
—No tengo ni idea de quién es el responsable. Anoche todo eran susurros y murmuraciones.
Ahora sí que me parece que la medicación me está afectando al cerebro.
—¿Por qué iba a querer nadie volar por los aires ese puertecito tan pequeño?
—Porque es propiedad de los Visconti. —«Visconti».
Ese apellido sale disparado de la boca chocolateada de Wren y me impacta en el pecho como una bala.
Cómo no, el puerto también es suyo—. Sería demasiada coincidencia que, justo cuando Angelo anuncia que regresa a Devil’s Dip, el puerto vuele por los aires, y además el día de su boda.
Deslizo la mirada hacia la suya.
—¿Angelo ha vuelto?
—Por supuesto. Rory no puede marcharse de aquí. —Suspira con la boca llena de chocolate otra vez—. Pobrecita. No creo que pueda irse de luna de miel.
A pesar de la mezcolanza de medicamentos que sirven para adormecer mis terminaciones nerviosas, el pánico que me atenaza el estómago me parece demasiado real. Si Angelo ha regresado a Devil’s Coast, ¿qué implicaciones tiene eso para sus hermanos?
—¿Él solo?
—¿Disculpa?
Nos miramos a los ojos durante un rato demasiado largo y después se le pinta una sonrisa cómplice en sus labios de color rosa.
—Ah, ya veo.
—¿Qué ves?
Se recuesta contra el respaldo del sillón y la sonrisita se le ensancha.
—Le has echado el ojo a Rafe. Pues más te vale ponerte a la cola.
Se me suben los colores a las mejillas y noto pinchazos en la piel.
—No me interesa Raphael; solo pretendía conversar con...
—Oye, oye, que yo no te juzgo. —Levanta las manos en un gesto de fingida rendición—. Se ha ganado a pulso el apodo de Príncipe Encantador.
Suelto una carcajada amarga.
—Yo debí de ver otro tipo de pelis Disney de pequeña.
—Anda ya. Si Rafe es un encanto. —Se lleva la mano al pecho y la sonrisita que se le dibuja en los labios hace pensar que se le ha ido la mente a otro sitio.
A un lugar en el que Raphael Visconti no es un capullo integral, seguramente—.
No es mi tipo, pero entiendo el atractivo que posee.
Es un... perfecto caballero. De esos que salen en las pelis en blanco y negro, de los que cubren un charco con la americana para que su acompañante no se ensucie los zapatos.
O de esos que te envían una docena de rosas a casa un miércoles cualquiera.
No puedo evitarlo.
—¿En serio te crees esas patrañas?
Su risa tintinea por toda la estancia.
—Parece que tú has tenido una experiencia ligeramente distinta.
Me muerdo el interior de la mejilla para no mencionar asuntos que tienen que ver con pillarse la polla con la puerta del coche o meter pistolas en vasos.
Cuando el silencio ya ha durado demasiado, Wren suelta otra carcajada y retira las botas de encima de mi cama.
—Vaya. «Q» de que le den, ¿eh?
A pesar de que me parece que todos los problemas del mundo no me dejan levantarme de la cama, no puedo evitar reírme.
Me dirige una mirada brillante e inocente.
—Si tienes planeado quedarte por aquí una temporada, pásate por The Rusty Anchor.
Bueno, cuando hayamos podido limpiar los destrozos de la explosión y tú ya no parezcas el monstruo de Frankenstein.
—Le da un toquecito al gotero con una uña rosa—.
Rory y Tayce vienen todos los martes por la noche, y siempre cabe una más.
Seguramente sea una invitación pasajera, un gesto amable de una chica amable.
No debería hacer que me ardan los ojos. A lo mejor es por el efecto de la morfina, que me pone las emociones a flor de piel, o quizá porque me siento culpable por haberla considerado una tía rara que se dedica a hacer cosas buenas.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta y asiento con la cabeza.
—Me encantaría. Gracias por la chocolatina y, ya sabes —murmuro mientras se me tensa la garganta—, por ser así de amable.
Su risa queda flotando en el ambiente como una brisa agradable en un día caluroso.
—Llevo la amabilidad en la sangre. ¡Hasta luego!
Y así, sin más, la oigo taconear por el pasillo, con el carrito delante.
Otra vez sola, infecto la esterilidad de la habitación con un gruñido bien audible.
Me parece haber salido de un incendio provocado por mí para meterme en otro que no es culpa mía.
¿Cómo voy a enderezar mi vida si me rodean los problemas?
No esperaba encontrarme con esta mierda en Devil’s Dip. Es, o más bien era, el pueblo durmiente de la costa. El que quedaba a la sombra de las luces brillantes, donde los vecinos podían cerrar los ojos por la noche sin preocuparse de verse atrapados en el caos de la Cosa Nostra.
Además, me estoy quedando sin suerte...
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta. Sacudo levemente la cabeza para deshacerme de ese pensamiento.
«La suerte acompaña a los que se creen afortunados. —Eso fue lo que me dijo aquella mujer cuando me entregó el colgante—. Esto te ayudará, pero no necesitas depender de él».
Se me cierran las pestañas y me entrego a la suavidad de la almohada que tengo bajo la cabeza durante unos instantes.
«Tengo suerte. Así es». Sin embargo, no puedo evitar pensar que tendré que vender el reloj de Raphael para pagar las exorbitantes facturas médicas que me impongan y después coger un autobús para plantarme al otro lado de la frontera, en Canadá.
Con los ojos cerrados, estiro la mano para alcanzar el bolso, que debería estar en la mesilla de noche, pero no lo encuentro.
«Mierda». La última vez que lo vi, la última vez que vi cualquier cosa, en realidad, fue en el puerto.
Suelto un gruñido y me peleo con la silla de ruedas que hay plegada al lado de la cama para trasladar mis pesados miembros a ella.
Atravesaré el pasillo hasta que encuentre una enfermera para preguntarle dónde está mi bolso.
Por el pasillo, solo veo paredes blancas y puertas plateadas que pasan como una neblina fría y drogada.
Cuando siento un frescor en la espalda, me percato de que no llevo más que un camisón de hospital, de los que se abrochan por detrás.
No llevo sujetador, y estoy demasiado insensible como para saber si tengo puestas las bragas.
En cuanto doblo la esquina, me topo con otro par de ojos y se me cae el corazón en el pecho.
Son fríos y marrones, como una pila de barro en una mañana de invierno, y me recorren desde los pies enfangados hasta la venda de la cabeza antes de mostrar una expresión sospechosa.
El silencio grita, pero el fantasma de su voz grave es aún más estruendoso en mi mente.
«¿Los osos cagan en el bosque?».
Es el segurata del bar del Cove, el que estaba apostado en lo alto de la escalera.
Se me acelera el corazón y dirijo la mirada hacia el grupo de trajes elegantes y caras de perro que tiene detrás.
Las luces clínicas del hospital refulgen en sus zapatos brillantes.
Sus manos enormes sostienen tazas de poliespán.
Entonces, una voz conocida, suave como el cachemir, sale de la nada y me rodea los pulmones. Mi silla de ruedas se detiene despacio.
—Muchas gracias, sheriff . Toda la familia aprecia la ayuda que nos ha brindado en estos tiempos tan difíciles.
Se oye el frufrú de los papeles y después unos pasos más intensos.
—No hay de qué, señor Visconti. Por favor, hágale llegar mi enhorabuena a su hermano por su boda.
—Solo si me promete decirle a su madre que sus galletas de jengibre me han cambiado la vida.
Tras una breve carcajada, un hombre de zapatos negros y uniforme beis sale por la puerta de la derecha. El sheriff mira por encima del hombro y sonríe.
—Le entusiasmará saberlo. Cuídese, señor Visconti. Y si necesita cualquier otra cosa, ya sabe que puede llamarme a mi número personal.
Recorre el pasillo en dirección opuesta a mí mientras intenta guardarse un sobre muy grueso de color marrón en el bolsillo de los pantalones.
Siento la irritación pinchándome el pecho, porque cómo no iban a tener los Visconti controlada a la policía.
Durante unos segundos, me debato entre volver a mi habitación o continuar con la misión de recuperar mi móvil. La cabezonería me obliga a decantarme por la segunda opción. Eso y la ardiente necesidad de llamar a Sinners Anonymous para reflexionar en voz alta sobre el plan de mudarme a Canadá.
Me quedo pasmada mirando el estampado geométrico del camisón del hospital y sigo avanzando por el pasillo, pero cuanto más me acerco a la puerta de la derecha, más me inunda el malestar por debajo de la piel, como placas tectónicas en movimiento.
Observo la puerta que tengo a la derecha y los ojos se clavan sobre él en persona.
Se me detiene el corazón.
Traje negro. Camisa blanca. Alfiler de cuello dorado. No sé por qué me molesto en escrutar sus facciones características, como para tacharlas de una lista mental, porque la silueta de Raphael Visconti es inconfundible.
Esta habitación está más oscura que la mía, solo iluminada por un solitario rayo de sol que le atraviesa la cara en diagonal. La cama está bien arreglada, y hay montones de billetes sujetos con gomas elásticas en la mesilla de noche. Más sobornos, sin lugar a dudas.
Él está abarrotando un sillón orejero en un rincón, con los codos apoyados en las rodillas y mirando las baldosas que tiene debajo de sus zapatos Oxford sin expresar sentimiento alguno.
Rueda algo entre los dedos lenta e hipnóticamente, y tardo cuatro giros en darme cuenta de que es una ficha de póker dorada.
Zap. Zap. Zap. La ficha, los gemelos de diamantes y el anillo de cuarzo me guiñan un ojo.
Hasta que paran de hacerlo.
Cuando las manos de Raphael se quedan quietas y se le tensan los hombros, las partículas de polvo que danzaban en el rayo de sol se detienen, como si estuviesen conteniendo el aliento por mí. Las sombras cambian para acomodarse a sus facciones cuando alza la cabeza para mirarme a los ojos.