Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 8. Penny
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8. Penny

Penny

Piii. Piii. Piii.

Esa cadencia lenta y grave se me cuela en el subconsciente y rodea uno de los rincones más oscuros de mi mente. No es el despertador. ¿Será el tono de llamada? No tengo ni idea de cómo suena; no solo porque siempre suelo tener el móvil en vibración, sino porque no le he dado este número a nadie.

Sea lo que sea, resulta irritante.

Con un gruñido, me doy la vuelta para hundir la cabeza en el hueco que queda entre las almohadas, pero no puedo, porque algo me tira de la mano.

Pasan solo un par de segundos antes de que sienta el dolor. Me atraviesa la frente, de una sien a la otra, y restalla como una goma elástica al soltarse.

«Pero ¿qué...?».

Abro un ojo para echar un vistazo a la estancia. Techo blanco, sábanas blancas. Ambiente clínico, estéril. Aun con la vista borrosa y una jaqueca de espanto, sé que no estoy en mi apartamento. De hecho, no recuerdo llegar a casa anoche.

Estaba en el puerto.

Ese dato abre las compuertas de mi neblinoso cerebro y de pronto me acuerdo de todo.

Del cielo naranja.

De la explosión ensordecedora.

Del calor.

El pitido aumenta de velocidad y tengo el raciocinio suficiente como para saber que proviene del clip que tengo agarrado en la punta del dedo, que se encarga de medirme la frecuencia cardiaca.

—Tranquila, no pasa nada. —La mujer entra en la habitación con la parsimonia de un paseo dominical.

Se detiene a los pies de la cama a revisar mi historial, lo que me permite, a mi vez, revisarla yo a ella.

Cabello blanco recogido en un moño muy tenso, mediana edad y silueta tan robusta que los botones del uniforme le quedan en zigzag.

Es la clase de mujer que todos los padres aconsejan a sus hijos que busquen en el parque si se les acerca algún desconocido con mala pinta.

Debe de ser enfermera, lo que implica que estoy en el hospital.

—¿Qué ha pasado? —Bueno, eso intento decir. Lo que sale es un gorgorito que me prende fuego a la garganta.

Sus ojos grises se clavan en mí, divertidos.

—No te canses, cielo. Ahora te traigo un poco de agua. Me llamo Minnie, soy la enfermera jefe del Hospital Devil’s Hollow. Y tú... —Vuelve a comprobar los papeles y se le enciende la cara—. ¡Ah! Una paciente sin nombre. Qué emoción.

Parpadeo. ¿Ah, sí?

Se acerca a la mesilla de noche y me sirve un vaso de agua de una jarra.

—Con calma —me dice al verme beber el líquido tan rápido como puedo para intentar aplacar el fuego—. Tanto gritar te ha dejado la garganta seca —me regaña—. Te oyeron hasta en Canadá.

Me parece que se me van a salir los ojos de las cuencas. ¿Qué gritos? ¿Por qué narices iba a gritar yo?

—Hubo un pequeño incidente en el puerto, cielo. Aquí dice que te cayó una pila de cajas encima, y que has recibido un buen impacto en la cabeza.

Se saca una linternita del bolsillo del pecho y me revisa las pupilas rápidamente. Me saca la vía y me coloca una tirita en el dorso de la mano.

—No me parece que tengas conmoción cerebral, pero tendremos que mantenerte en observación durante un tiempo, ¿de acuerdo?

No la escucho. Me resulta imposible. Porque lo único que siento es el ruego que me cuelga de los labios y lo único que veo es ese calor naranja que distorsiona el oscuro firmamento nocturno.

Pedí una señal para confirmar que se me había acabado la suerte y recibí un espectáculo de fuegos artificiales.

Apoyo la cabeza sobre la almohada y de pronto esa revelación me cierra las vías respiratorias.

«Si ya no tengo suerte, entonces ¿qué me queda?».

—Bueno, tesoro, tengo que seguir con la ronda, pero volveré a ver cómo te encuentras dentro de un ratito. Tú descansa, ¿vale?

Con una palmadita amable en el hombro, se sumerge en el brillante resplandor del pasillo y deja a su paso un silbido afable.

Un segundo después, me azota una oleada de culpa. Me arrebata el oxígeno de los pulmones y me encojo, sin levantar la cabeza dolorida de la almohada.

Lógicamente, sé que el hecho de haber pedido una señal no es lo que causó la explosión, pero a pesar de todo no puedo evitar sentir que, en parte, ha sido culpa mía.

Conjuro una imagen mental del empleado del puerto.

Ese que se me estaba acercando encuadrado en un halo de faros de camión y, de pronto, desapareció.

Timar y sacarle la pasta a la peña es una cosa; la piromanía y las explosiones están en otro nivel muy distinto. Madre mía, los pecados se van acumulando como las cuentas de un collar, y no sé cuánto tiempo podré soportar su peso alrededor del cuello antes de que me doble por la mitad.

Al incorporarme, todo me da vueltas, así que me agarro de las barreras de seguridad de la cama para mirar el cielo azul por la ventana, mientras espero a que se me pase el mareo.

Cuando consigo enfocar las escasas nubes y los pájaros, siento que la emoción se me acumula en la garganta y amenaza con enviarles a mis ojos una nueva oleada de lágrimas.

—¿Sabías que fruncir el ceño dos mil veces causa una arruga?

Se me tensa la espalda al oír esa voz dulce que proviene de la puerta. Cuando me giro para mirarla, siento un tirón en los músculos del cuello, pero al final soy capaz de clavar los ojos en la propietaria de esa voz.

Cabello rubio sedoso y un bronceado dorado que no tiene sentido alguno en este diciembre helado. Tiene los ojos grandes, azules, llenos de esa inocencia que solo puede poseer una persona de toda la costa.

Wren Harlow.

Aprieto los dientes para que no se oiga el gruñido que he soltado y fuerzo una sonrisa que no me llega a los ojos.

Wren es la última persona que querría ver entrar por esa puerta mientras me desmorono internamente.

No porque no sea maja; de hecho, todo lo contrario.

Es demasiado maja. Tanto que en toda la costa la llaman la Buena Samaritana.

No hay viernes ni sábado que no se plante en la avenida principal del Cove para ayudar a la gente.

Reparte chanclas y tiritas a las chicas a las que les duelen los pies.

Llama a taxis para los borrachos que la están liando por la calle.

Rebosa tanta dulzura que me salen caries solo de mirarla.

Ella me revisa de arriba abajo un par de veces. A lo mejor es que los antiinflamatorios me han dejado un poco grogui, pero me fijo en que lleva las uñas pintadas exactamente del mismo color que el vestido.

Me da en la nariz que no ha sido por casualidad.

Hace una pompa con el chicle. La revienta.

—¿Estás pensando en cosas malas?

Frunzo el ceño y me aguanto las ganas de decirle que eso no es de su incumbencia. En parte porque no me hace falta acumular más mal karma y en parte porque creo que Wren nunca ha recibido ni el ladrido de un perro, y mucho menos el de una pelirroja en plena crisis existencial.

—Tal vez.

—Cuando pienso en cosas malas, intento distraerme.

Me restriego el puente de la nariz y procuro con todas mis fuerzas no abrir esta bocaza mía. Lo que menos falta me hace ahora mismo es una sesión de terapia improvisada de una chica que tiene la entrada al cielo asegurada.

—¿Cómo, cosiendo en punto de cruz tus versículos favoritos de la Biblia? —murmuro entre dientes.

Ella se sienta a los pies de la cama y estira sus largas y torneadas piernas sobre los azulejos del suelo.

—No, lo que hago es intentar encontrar una palabrota que empiece por cada palabra del abecedario. —Sus iris azules se clavan en los míos mientras hace otra pompa con el chicle. Pop—. Por ejemplo, A de agilipollado —dice con intención y con un perverso destello en los ojos.

A pesar del dolor lacerante que siento en la cabeza y de que los pecados me pesan en el pecho, no puedo evitar que se me escape una risa ronca.

— Touché .

Ella también sonríe, una sonrisa muy bonita que le suaviza el gesto. Señala con la barbilla el trozo de frente que tengo encima de la ceja.

—Tiene bastante mala pinta.

—Con lo que duele, no me extraña.

—¿Quieres una chocolatina?

Parpadeo. Antes de que pueda preguntarle de qué narices me está hablando, sale al pasillo y vuelve empujando un carrito.

—Tengo las clásicas, además de patatitas y refrescos. —Se agacha para mirar la balda de abajo—. Tenía algún sándwich de queso y jamón, pero Billy, el de la habitación ocho, se quedó con cuatro, a pesar de que no falta ni una hora para que sirvan la comida.

Vuelve a erguirse y me mira, a la expectativa. Como no contesto, coge dos tabletas de chocolate Hershey y me tira una sobre el regazo. Sujeta la otra entre los dientes y arrastra el sillón hasta la cama.

Me quedo mirando la tableta que tengo clavada entre las piernas.

—¿Trabajas en el hospital?

—Nop. Solo vengo a hacer voluntariado.

«Cómo no».

Se sienta en el sillón y pone las botas a los pies de la cama.

—Trabajo en The Rusty Anchor; llevo un año ya. ¿Qué ha sido de tu vida? Hacía tiempo que no te veía por aquí.

Ignoro la pregunta porque me he quedado pillada con lo de su trabajo.

—¿En el bar del puerto?

—Ajá. —Miro directamente el coletero rosa que le sostiene la cola de caballo y ella se ríe—. No es tan horrible como pueda parecer, en serio.

Hmmm. La última vez que entré en The Rusty Anchor, salí con seis astillas clavadas en las manos y un brote de salmonela cortesía de la hamburguesa de pollo. Por eso es lógico asumir que, si una chica como Wren pone un pie en ese bar, combustionaría a causa de los pecados que viven en su interior.

Tira el chicle a la basura, abre la chocolatina y me mira la herida.

—¿Qué hacías en el puerto a esas horas? Me pareció verte en la boda. ¿O es que me tomé demasiadas limonadas y vi visiones?

—No, sí que fui. —Los dedos buscan el colgante de nuevo—. Pero después decidí dar un paseo de camino a casa.

—Vaya, qué mala suerte. —«No hace falta que me lo digas»—. Bueno, podría haber sido mucho peor. Gracias a trabajar en The Rusty Anchor, sé quién ha resultado herido. —Traga saliva—. Y quién no ha vivido para contarlo.

Se me seca la garganta tan rápido como el Sáhara después de una tormenta.

—¿Cuántas víctimas mortales hay?

—Tres, de momento.

Madre mía.

—¿Qué narices pasó? ¿Reventó un conducto del gas o algo así?