Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 7. Rafe #4
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7. Rafe #4

—Hacernos los tontos y tenderle una ramita de olivo.

Decirle que alguien ha volado el puerto por los aires y que tenemos que dejar nuestras diferencias de lado para descubrir al culpable.

Porque evidentemente —digo con sarcasmo— nadie sería lo bastante tonto como para reventar el puerto que usan para su comercio.

—¿Y después qué?

Vuelvo a mirar el tablero de ajedrez con una sonrisita.

—Después, empieza a tener muy mala suerte.

—Tiro un peón de un capirotazo. Y luego otro—.

Un ataque al corazón. Un accidente de coche.

Una sobredosis. Todos sus socios y sus soldati encuentran la muerte de forma desafortunada y nada sospechosa.

Llegará un momento en el que ya no le quede nadie con quien luchar.

Los tres miramos el tablero, donde el rey negro está solo ante un ejército de fichas blancas.

Gabe alarga la mano y coge a la reina de la pila de fichas descartadas. Entre sus dedos destrozados parece cómicamente pequeña.

—Su consigliere , Donatello, ya lo ha abandonado. Según he oído, está limpiando mierda de caballo en una granja de Colorado con Amelia. Y tienen un bebé en camino.

Alzo la mirada para dedicarle a Angelo un guiño cómplice.

—Qué locuras se hacen por amor, ¿eh?

Él me frunce el ceño, coge la torre y el caballo y se los guarda en el bolsillo.

—A los mellizos, Vittoria y Leo, podemos obviarlos. Tienen dieciséis años y seguro que están muertos de miedo.

Gabe estira la mano para coger el alfil, pero yo me adelanto y lo agarro de la muñeca. Él me mira como si estuviese a punto de arrancarme la carne a bocados. Agarro el alfil y lo hago girar entre los dedos antes de derribar al rey negro y poner este en su lugar.

—A Tor no se le toca.

El hielo que cubre mis palabras es inaudito y siento que Gabe se tensa a mi espalda.

—Nada de eso.

—No es una pregunta. Es una afirmación. No se le toca.

Torquato Visconti es hermano de Dante, su nuevo segundo y el mayor capullo de toda Devil’s Coast, pero también es mi mejor amigo y uno de los mejores socios que he tenido. Aparte de presentarse en la boda, se ha mantenido al margen desde que murió su padre.

Sin embargo, no albergo duda alguna de que se unirá a nosotros.

—Sí, vino a la boda —dice Angelo, pensativo, mientras repiquetea con los dedos sobre la mesa—. Pero me da mal rollo no haberlo visto después de la explosión.

—Se marchó al terminar la ceremonia.

—Porque estaba implicado en los hechos —asegura Gabe.

—No —respondo yo.

A Angelo se le tensa la cara.

—Sé que tienes la lengua metida hasta el fondo del culo de Tor, pero puede que Gabe tenga razón.

No podemos asumir que no está apoyando a su hermano.

—Mira el reloj, da un golpecito con los nudillos sobre la mesa y se pone en pie—.

Vale. Cas y yo hablaremos con Dante para concertar una reunión.

Gabe, tú organiza a tus hombres y trazad un plan según la idea que ha planteado Rafe.

Y tú —planta los ojos sobre los míos— avísame cuando sepas algo de Tor.

Sin más dilación, se encamina hacia la puerta rodeando el escritorio. Se detiene bajo el marco.

—Por cierto —gruñe, dedicándome una última mirada por encima del hombro—. El bar nuevo ha volado por los aires. Busca otro local enseguida. Quiero que sea tan magnífico que a su lado el Cove al completo parezca una fiesta de cumpleaños infantil.

Ah, sí. El primer casino y bar de Devil’s Dip estaba en construcción.

Alojado en el acantilado, con unas vistas panorámicas del Pacífico, se habría llevado de calle a todos los asiduos del Cove, sobre todo llevando mi nombre.

Sin embargo, estaba justo encima del puerto, y, en fin, cosas que pasan, supongo.

—Cuenta con ello —murmuro; me vuelvo a sacar la ficha de póker del bolsillo y la tiro al aire.

Gabe niega con la cabeza.

—Estamos entrando en una guerra y lo único que os importa es pasároslo bien.

Angelo oscurece la mirada.

—No. Lo que quiero es enseñarle al imbécil de mi primo que una pequeña explosión no basta para detener a los hermanos del Dip.

Se me levantan las comisuras de los labios cuando veo cómo se da la vuelta y desaparece hacia el bar llamando a Rory.

Ahora que nos hemos quedado solos, el silencio nos quema a mi hermano pequeño y a mí. Me giro para regodearme en el calor de su mirada.

—¿Algún problema?

—Sí.

Miro el reloj y me pongo en pie sin prisa.

—Qué pena. Te diría que se lo comentaras a los de Recursos Humanos, pero dudo que la Cosa Nostra tenga de eso.

Su mirada me quema la espalda mientras me dirijo hacia la puerta.

—Me alegro de que hayas vuelto, hermano.

Al salir a la sala principal, Nico me está esperando. Se pone a mi lado y baja la voz.

—El tema de la deuda.

Pongo los ojos en blanco y le dedico un gesto con la mandíbula sin dejar de caminar.

—Deja de hablar de dinero de una vez. Si rebuscas entre los cojines del sofá, seguro que encuentras suficiente dinero para pagar mi deuda.

Como no me contesta, lo miro a la cara. Tiene una expresión seria en lugar de su sempiterna sonrisa perezosa, y ese contraste me obliga a detenerme en seco.

Entrecierro los ojos.

—¿Qué ocurre?

Nico se pasa los dientes por encima del labio inferior y mira por encima de mi hombro.

—Me olvidaré de la deuda si me haces un favor.