7. Rafe #3
Desvío la mirada hacia él con parsimonia.
—Las cosas que explotan solo divierten a los críos, hermanito.
Angelo suelta una carcajada sarcástica.
Los clichés de la mafia no me resultan nada atrayentes, y ahora que he vuelto a reunirme con mis hermanos, me niego a atarme a tradiciones arcaicas y a actitudes del tipo «a dormir con los peces». ¿Qué será lo próximo, ponernos sombreros de ala ancha?
Miro la hora en el reloj que llevo en la muñeca y me pongo en pie.
—Señores, no os robo más tiempo, podéis marcharos. —Alzo una mano para cortar la protesta airada de Gabe—. Os mantendremos informados.
A Benny se le pinta la sospecha en el rostro.
—¿Marcharnos? Pero si todavía no hemos decidido cómo vamos a responder a ese capullo de Dante.
Le lanzo una sonrisa tensa.
—Eso es asunto del Dip; ya nos ocupamos nosotros. Mientras tanto, si necesitáis un aporte extra de seguridad, os puedo prestar unos cuantos hombres de mi reserva personal.
—Pero...
—Ha dicho que ya nos ocupamos nosotros —sentencia Angelo, con una seriedad que no admite réplica.
Todos enderezan la espalda. El aire restalla de palabras que es mejor que queden sin pronunciar. Al final, el concilio de los Visconti se pone en pie, excepto Angelo y Gabe, cuyas miradas podrían abrir un boquete en la pared de lo intensas que son.
—Vale. Pero no necesitamos a vuestros hombres —gruñe Benny, que le roza el pecho a Blake con el hombro al pasar—. Este de aquí parece no saber usar una pistola ni aunque viniera con un libro de instrucciones ilustrado.
—No me hacen falta armas. Los puños me funcionan a la perfección —gruñe Blake, y se interpone en el camino de Benny.
Yo aprieto la mandíbula cuando Cas agarra a Benny por la parte de atrás del cuello de la camisa y lo saca a rastras de la sala.
Estoy empezando a preguntarme por qué narices habrá creído Griffin que era buena idea contratar a Blake.
Debería saber que hasta el último Visconti es capaz de meterle un tiro en el lóbulo temporal solo para demostrar que tiene razón.
El problema que tiene haberme traído al personal de seguridad de Las Vegas es que ellos solo conocen mi faceta de hombre de negocios.
Han visto las reuniones interminables, las zonas VIP.
Reciben los encargos de eliminación en sobres de manila y los llevan a cabo en aparcamientos alejados de los ojos curiosos.
No conocen el lado oscuro y violento que lleva adjunto mi apellido.
He hecho lo que he podido para mantenerlos separados, y para los asuntos de la Cosa Nostra he tirado de Gabe y de su ejército.
Los he mantenido en la ignorancia durante tanto tiempo que me temo que tipos como Blake creen que la Cosa Nostra no es más que un producto de la imaginación de Francis Ford Coppola.
La puerta se cierra y nos sumerge en el silencio.
La vena de la sien de Angelo está bailando claqué.
—Tú esto lo ves como un juego, ¿verdad?
No es una pregunta, porque mis hermanos ya conocen la respuesta. Gabe vuelve a golpear la mesa y, en esta ocasión, bajo su puño suena un crujido estrepitoso.
—Mamá debería haberte apuntado a ese curso de control de la ira con el que tanto te amenazaba —comento.
—¿Pretendes retar a Dante a una partida amistosa de tres en raya?
—Gabe me clava en las pupilas su mirada furiosa y salvaje.
Desquiciada—. Nos ha volado el puerto por los aires.
Ya hay tres víctimas mortales confirmadas, y sabe Dios cuántas quedan por confirmar.
Haznos un favor y deja este asunto en mis manos y en las de mis hombres.
Tú dedícate a llevar tus trajes a la tintorería.
Mientras lo miro, caigo en la cuenta de que esta es la parrafada más larga que he oído salir de su boca desde aquella Navidad.
Poco antes de que fallecieran nuestros padres, vino a pasar las Navidades en casa con una expresión como poseída en los ojos y una cicatriz reciente que le recorría la cara, desde la ceja hasta la barbilla. Había cambiado por completo.
No dijo lo que le pasó, en realidad, apenas habló, pero la sed de venganza lo ha devuelto a la vida, y casi me da pena quitarle la ilusión.
Y no lo haría si no fuera porque mis ideas siempre son mejores que las suyas.
—Deja los esteroides, hermanito. —Me acerco al otro lado de la mesa y le dedico a Gabe una palmadita condescendiente en el hombro al pasar—. Te atrofian el cerebro, y la polla también.
Me siento en el sillón orejero que tiene Cas detrás del escritorio y pongo el tablero de ajedrez delante de mí.
Me divierte comprobar que es el que le regalé el año pasado por su cumpleaños.
Por la fina capa de polvo que cubre las piezas y el hecho de que me debe doce mil pavos, deduzco que no ha estado practicando.
Gabe se pone detrás de mí y su enorme silueta proyecta una oscura sombra sobre el tablero.
—Lo pondré en términos simples para que tu cerebro lleno de esteroides lo pueda entender.
—Con un giro de la muñeca, barro las fichas del ajedrez y las mando al otro extremo de la mesa—.
Esto es lo que quieres hacer tú: respuesta inmediata, destrucción total.
No te niego que las neuronas de Dante son alquiladas, y que no todos los días paga la renta, pero seguro que espera que contraataquemos esta misma noche.
Como mínimo, te puedo asegurar que sus hombres están vigilando los confines del Cove en estos momentos.
—Recojo las piezas poco a poco y me tomo mi tiempo para colocarlas en su debido lugar.
A mi espalda, un bufido de impaciencia de Gabe se me cuela por el cuello de la camisa—. Pero ¿sabes lo que no va a ver venir?
—¿Un cóctel Molotov? —suelta.
—Ninguna reacción en absoluto por nuestra parte.
Angelo ladea la cabeza. Se rasca la barba que le cubre la mandíbula.
—Rafe tiene razón. Dante estará sentado al escritorio del tío Al, rascándose las pelotas y esperando que estalle la guerra. —Me señala con la barbilla—. ¿Qué plan tienes?
Me recuesto en el sillón.