Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 7. Rafe #2
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7. Rafe #2

Giro el cuello, me aliso la banda de la pajarita y recompongo la postura antes de darme la vuelta.

Todos los mafiosos aquí presentes se dirigen a la puerta que hay al fondo del local en una hilera de esmóquines y vasos de cristal.

Angelo agarra a Rory del pelo para plantarle un beso airado en el cuello antes de que ella se reúna con sus damas de honor, que la esperan en una esquina.

Las protege un círculo de hombres de Gabe, y Angelo desvía su atención hacia mí.

Se me queda mirando, callado pero expectante. Esbozo una sonrisa perezosa y extiendo la mano hacia él. Ambos la miramos y, como siempre, no tiembla ni un poco.

Llevo jugando a este juego con mis hermanos desde que éramos niños.

Aunque hubiésemos roto la vajilla de porcelana de nuestra madre patinando en la cocina o nos hubiéramos dado cuenta demasiado tarde de que había una cámara de seguridad en la casa del Pecador Anónimo de turno, sea cual fuere el peligro al que nos enfrentáramos, los dos me miraban a mí para evaluar la severidad del asunto.

Supongo que es porque yo veo el mundo desde una perspectiva lógica, o tal vez porque no tomo decisiones precipitadas.

Sea como fuere, si no me tiembla el pulso, a ellos tampoco debería temblarles.

Angelo traga saliva y asiente. Sin embargo, cuando vuelve a mirarme a los ojos, veo que no está convencido del todo.

—A ver, que es Dante, por el amor de Dios.

Esa protesta no aligera la oscuridad que se le ve en la cara, así que vuelvo a mirarme la mano para comprobar que no tiembla ni lo más mínimo. No me puedo creer que esté dudando de mí mismo, pero he de admitir que la pelirroja ha logrado tambalearme un poco.

Anoche, cuando entró en el bar, la oí antes de verla.

Esas botas embarradas zapatearon en las escaleras y me reverberaron en la espina dorsal hasta tal punto que tuve que releer la primera línea del correo. Solo eso ya me puso de mala leche, y ni tan siquiera la había visto aún.

Después, cuando apareció, mentiría si dijera que no me quedé embobado. Y más aún cuando se sentó a mi lado, porque se quitó el abrigo como una puta estríper.

Como es evidente, lo primero en lo que me fijé fue en su pelo cobrizo.

Despeinado y muy abundante. No sabía si se la habían tirado salvajemente sobre unas sábanas de poliéster o si la habían arrastrado por un jardín lleno de arbustos.

Lo segundo en lo que me fijé fue en el vestido verde que dejaba demasiada piel al descubierto para ser jueves.

Y lo tercero, la alarma antirrobo que aún colgaba del bajo.

Era peligrosa, lo supe en las entrañas antes de que abriese esa bocaza que tiene.

Normalmente, me resulta fácil mostrarme caballeroso.

Sé reírme cuando toca, soltar una broma de buen gusto en el momento adecuado y después marcharme con elegancia cuando la charla educada se seca de tal manera que me acaban por picar los globos oculares.

Como mínimo ha de existir un Visconti con modales, y supongo que me ha tocado a mí.

Sin embargo, Penélope me provocó de todo menos la intención de ser caballeroso con ella.

Me guardo mucho de hablar con mujeres de estos lares, a no ser que les haya pedido una cita. No hay nada menos atractivo que mirar a una chica y ver cómo le refulge tu apellido en las pupilas.

Sin embargo, sus ojos eran grandes y azules y no mostraron ningún ápice de reconocerme...

, al menos al principio. En algún momento, después de que me planteara su propuesta y antes de que me llamase mi hermano, cayó en la cuenta de quién era yo, y mentiría si dijera que mi parte más sádica no sacó su fea cabeza cuando la vi intentando escurrirse por la escalera para alejarse de mis manos.

Con la emoción, perdí el autocontrol y la cautela, así que no me debería haber sorprendido acabar escaldado.

No hizo trampas; me ganó el Breitling con todas las de la ley, y la forma en la que lo hizo me provocó aún más interés por descubrir quién era y qué cojones hacía en Devil’s Cove con una maleta y un vestido robado.

Le guardé el reloj en el bolsillo acompañado de una tarjeta de Sinners Anonymous con la esperanza de descubrir sus secretos a través del buzón de voz ese mismo fin de semana.

Creí que no la volvería a ver. Por eso cuando vislumbré esa melena pelirroja al viento desde el otro extremo del lago, hablando con mi primo pequeño, se me coló un malestar por el cuello de la camisa, una sensación ardiente y pegajosa.

Y no hizo sino empeorar cuando tuvo el atrevimiento de intentar jugármela otra vez.

Y se puso a hablar de suerte, nada menos.

Entonces fue cuando explotó el puerto.

Aprieto las muelas sin darme cuenta, pero cuando siento que la mirada de Angelo se afila más y más, echo los hombros hacia atrás y le miro con mi mejor expresión de indiferencia.

—¿Quieres ver si me tiembla la polla o mejor vamos a ver qué coño hacemos con el imbécil de nuestro primo?

Sin esperar respuesta, le doy una palmada en el hombro y me adentro en el despacho de Cas. No hay más que un escritorio a un lado y una mesa de reuniones al otro, y los Visconti ya están sentados alrededor de esta como una jauría de lobos. Angelo y yo tomamos asiento en la cabecera.

Me saco una ficha de póker del bolsillo. La hago rodar con el dedo índice y el corazón. De repente, me alegro de no haber sido capaz de ahogar las penas en alcohol, porque la adrenalina de verme sentado a la cabecera de la mesa al lado de mis hermanos lo sobrepasa.

Este es mi sitio, siempre lo he sabido. Nada de Las Vegas, sino Devil’s Dip, con mis hermanos.

A pesar del éxito que he tenido en la Ciudad del Pecado, siempre he sentido un agujero negro en mi pecho vacío, un dolor hueco que me pedía volver al hogar.

He esperado nueve años a que Angelo decidiera regresar a Devil’s Coast. En cuanto me llamó para informarme de que iba a quedarse definitivamente, me subí al jet sin más dilación, mal que les pesara a mis inversores y a mi equipo de seguridad.

La sala está a rebosar de un silencio eléctrico. Pasan tres pesados segundos antes de que Gabe lo rompa con un puñetazo sobre la mesa.

—Nunca soporté a ese capullo.

Los dos hermanos pequeños del Hollow asienten, pero Cas no. En cambio, se inclina sobre la mesa con el pañuelo en la mano y limpia el punto donde ha impactado el puño de Gabe.

—Esta familia no me deja tener cosas bonitas —murmura.

—Anda ya. No puedes tener cosas bonitas porque, si no, tu prometida rusa te las tiraría a la cabeza. Menudo miedo da la tía —le vacila Benny, y desata una oleada de risitas por toda la mesa.

—Ya basta.

La voz de Angelo es cortante pero sencilla, y atraviesa la sala como un cuchillo de carnicero. Se afloja la pajarita y se pasa la mano por el mentón. La alianza le brilla bajo los focos empotrados.

—Es mi noche de bodas. Debería estar en mi casa, follándome a mi mujer y mirando el tiempo que va a hacer en las islas Fiyi.

En cambio, estoy a varios metros bajo tierra, en el Hollow, rodeado de cabrones depravados.

Quiero tener un plan trazado en los próximos diez minutos para poder llevarme a Rory de aquí. Gabe, ¿qué tienes en mente?

Este se reclina en la silla y chasquea la pajarita como si fuera un látigo.

—Granadas o un misil tierra-aire.

Desde la puerta, el último matón al que he contratado, Blake, invoca el nombre de Cristo entre dientes. Yo oculto la sonrisa detrás de los nudillos para evitar que Gabe se levante y le rompa el cuello.

Todos mis hombres han trabajado o bien para las fuerzas especiales Delta o bien para la CIA, y siguen las instrucciones que se les dan al dedillo. Son silenciosos, obedientes y no salen de las sombras a no ser que se les pida. La mayor parte del tiempo, hasta me olvido de que están ahí.

No tienen nada que ver con los soldati de Gabe, que parecen haber sobrevivido a un apocalipsis.

Griffin estaba tan cabreado como sorprendido cuando se enteró de que había decidido dejar el maravilloso y protegido recinto en el que vivía en Las Vegas para mudarme aquí, y ahora que el puerto ha volado por los aires, seguro que acabo recibiendo un arisco «Te lo advertí» en cuanto me pille a solas.

Porque él jamás me entenderá como los hombres que hay alrededor de esta mesa. Ser un Visconti es como tener un grupo sanguíneo propio, no puedes cambiar un detalle con el que has nacido. Aunque tampoco es que quisiera.

A Angelo le sale un tic en la mandíbula de tanto pensar. Suelta el aire en un siseo caliente antes de girar la cara hacia Cas y los demás hermanos del Hollow.

—¿Y vosotros qué?

Dejo de juguetear con la ficha de póker y le lanzo una mirada a Cas.

Cuando Angelo le pegó un tiro en la cabeza al tío Al y desató la guerra civil con los del Cove, los del Hollow decidieron no inmiscuirse, a pesar de que su territorio está justo en medio de los otros dos.

«El Hollow es como una zona desmilitarizada —me dijo Cas—.

No pensamos elegir entre dos bandos de nuestra familia».

De todos los miembros de la Cosa Nostra, es el que más se me parece.

Antes que nada es un hombre de negocios, lo de mafioso viene después.

Ahora, no obstante, veo que el dilema le está reconcomiendo la conciencia.

Al final, junta las manos en actitud de plegaria y aprieta la mandíbula con resolución.

—Smugglers Club es una marca internacional. Exportamos el cincuenta por ciento de la mercancía a través del puerto, este numerito de Dante nos ha costado millones en pérdidas. —Se pasa un pulgar por el labio inferior, pensativo—. Ha de pagar.

—Sí, con una granada —gruñe Gabe.

Cas se encoge de hombros.

—No es la peor idea que has tenido, cugino .

—Rafe, ¿tú qué dices?

Siento el peso de las miradas de todos los presentes sobre la piel y me giro para encontrar los ojos de mi hermano mayor. Lanzo la ficha de póker al aire y la vuelvo a coger antes de guardármela en el bolsillo.

—A mí me aburre.

Gabe suelta un gruñido.

—¿Te parece aburrida una granada?