7. Rafe
Rafe
Whisky Under the Rocks, en Devil’s Hollow. El techo irregular gotea tensión, pues, aquí abajo, varios mafiosos planean vengarse de uno de los suyos.
Susurros y expresiones sombrías. Me apoyo contra la barra, desde donde obtengo una perspectiva del local al completo, como a través de un gran angular, y lo contemplo por encima del borde de mi vaso de whisky .
—¿Cómo se llama un local lleno de Visconti susurrantes?
Desvío la mirada hacia la izquierda, donde Castiel, mi primo mayor, que está a punto de convertirse en capo del Hollow, si es que el tío Alonso la casca de una puta vez, se está sirviendo un par de dedos de whisky .
Ladeo la cabeza y pienso en la respuesta.
—Ni idea.
—Yo tampoco, es la primera vez que pasa.
Sonríe y yo suelto una carcajada sarcástica. Me bebo lo que me queda en la copa de un trago, pero, antes de dejarlo sobre la barra de golpe, Castiel me lo arrebata de la mano.
—Más despacio, cugino —dice con parsimonia—. La barra es de granadillo africano. La instalaron la semana pasada.
Bajo la mirada hacia su mano enjoyada, que acaricia la madera.
—Si tocases a tu chica así, a lo mejor evitarías que se pasase la vida deslizando hacia la derecha a todos los tíos de Tinder.
Ambos miramos a Alyona. Es la heredera de la destilería de vodka más próspera de toda Rusia, y la prometida forzosa de Cas.
Por cómo la mira, asumo que el sentimiento es mutuo.
Está sentada, con sus largas piernas cruzadas, en uno de los bancos de terciopelo, y tiene una expresión similar a un trasero recién azotado y los ojos pegados al móvil.
El pulgar está trabajando como un descosido.
Cas suelta un gruñido y me rellena la copa con Smugglers Club. A veces me pregunto si mi primo, que es el jefe de la destilería, no se cansará de beber siempre lo mismo. Coloca una servilleta debajo de mi vaso antes de llevarse el suyo a los labios.
—Ojalá Dante me hubiera avisado de que pensaba reventar el puerto —murmura hacia el líquido ambarino—. La habría llevado al pleno centro de la explosión.
—Eres un romántico empedernido.
—Eso se lo dejo a Salvaje. —Le vibra el móvil en el bolsillo. Al sacarlo, mira la pantalla y se aleja de mí con el teléfono en la oreja.
Me acerco la copa y miro a mi hermano Angelo y a su recién desposada mujer con el mismo interés que se le suele dedicar a un documental de David Attenborough.
Están de pie en el centro del local, ajenos a las tensas conversaciones que se están desarrollando a su alrededor.
Angelo tiene las manos puestas sobre la mandíbula de Rory y le murmura algo dedicado únicamente a sus oídos.
Ella lleva la americana de mi hermano sobre los hombros y apenas se le ve el vestido de novia.
Me hace gracia esa escena. Angelo se ganó a sangre y fuego el apodo de Salvaje.
Ahora está mostrando una fachada tranquila para no asustar a su mujer, pero la vena que le veo latir en la sien izquierda me indica que está a punto de excusarse, encerrarse en un cuarto vacío y reventar todo lo que le quede al alcance de la mano.
Tiene un pronto que parece un escape de gas. Es así desde siempre. En cuanto le acercas la más mínima llama, explota, aparentemente por nada.
A veces me pregunto si es verdad que dejó la mala vida durante nueve años o si lo soñé.
Me gustaría poder decir que regresó a la Cosa Nostra y se adjudicó el puesto de capo, que le pertenecía por derecho, porque por fin le entró la cordura, pero en realidad es lo contrario.
En resumen, mi hermano se encaprichó de la prometida de veintiún años de nuestro tío Alberto y, como este no se la tendió en bandeja de plata, le metió un tiro en la cabeza y desató una guerra con su primogénito y sucesor: Dante.
Yo me percaté de que Dante era un hijo de puta cuando le dio por hacer trampas en una partida de póker de las que organizo yo, pero lo que no sabía era que era imbécil del todo.
Volar el puerto de Devil’s Dip, lugar que las tres ramas de los Visconti usan para llevar a cabo sus negocios, ha sido una estupidez.
Angelo y Rory empiezan a jugar al tenis con las lenguas y yo prefiero sacarme los ojos que ver ese partido.
Por eso desvío la mirada hacia Gabe, mi hermano pequeño, que acaba de recibir el cargo de consigliere de la rama del Dip.
Está sentado a una mesa de póker con tres de sus soldati de mayor confianza.
Él también parece tranquilo, igual que Angelo, pero su mirada es como un cable pelado.
Gabe es un misterio, y a pesar de que de pequeños éramos inseparables, ahora lo único que sé es que se la pone dura la violencia y que odia la ropa elegante.
Creo que solo lo he visto de traje en dos ocasiones: hoy, en la boda de Angelo, y hace nueve años, en el funeral de nuestros padres.
Mientras les ruge órdenes a sus hombres, retuerce la pajarita entre los puños, como si estuviese intentando decidir a quién estrangular con ella.
De pronto, planta un dedo sobre el mapa que hay extendido en la mesa y una silueta que se encuentra en el sillón de detrás se estremece de miedo.
Es la chica a la que se ha ligado mi primo Benny en la boda. Le echo un vistazo antes de desviar la mirada unos centímetros a la derecha, al imbécil en persona. Él me devuelve la mirada acompañada de una sonrisita de superioridad, y después alza la copa. «Salud».
Me paso el dorso de la mano por la boca para intentar ocultar la gracia que me ha hecho. Parece que no han pasado más que unos minutos desde que Nico y yo lo estábamos viendo tirarle la caña a esa chica en la pista de baile y apostando cuánto tardaría ella en darle una patada en los huevos.
—Me debes veinte mil.
Hablando de Nico. Se sienta en el taburete que hay a mi lado y sirve dos chupitos de Don Julio del 42. Desliza uno hacia mí con un giro de muñeca, pasando de la importancia del granadillo africano.
—Mira alrededor, cugino . No es el momento de cobrarse apuestas tontas.
Nico se ríe.
—Doble o nada a que se la tira.
Me late la mandíbula.
—Vale.
Toda mi familia, y Nico no es la excepción, sabe que no sé, que no puedo, dejar pasar la oportunidad de jugar a un juego o de hacer una apuesta, aunque sea evidente que voy a perder. Tengo un autocontrol férreo y enérgico, pero el clic clac de los dados o el zap de la ruleta me llama como el crac.
Mi vida entera es un juego, aunque uno predecible.
Soy el propietario de la mitad de los hoteles y casinos de Las Vegas, y los que no poseo me pagan para que los proteja.
En un mundo de probabilidades controladas, las tengo todas a favor, y lo único que me produce emoción es tirar los dados hacia lo desconocido.
Nico se toma el chupito y se sirve otro.
—La has cagado.
—¿Ah, sí?
Me dedica una sonrisa cohibida.
—Sí. Me la tiré en la despedida de soltera, por eso sé que es carne de mafia.
—Joder —farfullo—. Como os despistéis, Benny y tú acabaréis cometiendo incesto.
Él se ríe en silencio, después coge una torre de vasos de chupito con una mano y se mete la botella de tequila debajo del brazo.
Ese silbido jovial tan suyo atraviesa el aire como el aceite corta el agua.
Por el rabillo del ojo veo a Griffin, el jefe de mi equipo de seguridad personal, que se detiene en su ronda, entre las sombras, al pasar por su lado.
—Menudo gilipollas —gruñe antes de volver a centrarse en la conversación telefónica que estaba manteniendo entre susurros.
Yo no estoy de acuerdo; de hecho, Nico es uno de los pocos primos a los que tengo en buena estima.
Lo que pasa es que se crio en un constante estado de alerta, con la amenaza de guerra pendiendo sobre su cabeza como una nube que vaticina tormenta permanentemente.
No es que sea gilipollas, es que se ha inmunizado contra las explosiones y los baños de sangre.
Cuando me vuelvo a quedar solo, miro el chupito de tequila que me ha servido Nico. Por regla general, no bebo licor blanco a no ser que esté intentando cerrar un trato con los rusos o con los mexicanos, pero qué más da.
Me lo trago y espero.
Para mi ligera decepción, me quema la garganta y me baja al pecho, pero no ayuda a extinguir la llama de malestar que tengo ahí alojada.
Me paso un nudillo por la mandíbula, me doy la vuelta y apoyo los antebrazos sobre la barra.
Sobre todo para que Angelo no detecte que se me está resquebrajando la fachada de indiferencia.
Yo soy el más tranquilo de los Visconti.
La voz de la razón en la fosa séptica de egos y testosterona.
El que apaga los fuegos de los demás con un jarro de agua helada de realidad y con un plan.
Sin embargo, he de admitir que hoy me está costando mantener esa reputación.
El puerto de Devil’s Dip está en llamas y tengo una comezón en el pecho que me dice que, por algún motivo, es culpa mía.
«No fue más que una coincidencia».
Niego con la cabeza, hago rodar el vaso de whisky con la palma de la mano y me lo pego al interior de la muñeca para intentar enfriarme la sangre.
Obviamente, mi cerebro sabe que no ha sido más que una coincidencia.
Dante llevaba un mes sin dar noticias; había llegado la hora de sacarse el dedo del culo y apretar el gatillo.
Y ¿qué mejor momento que durante la boda de Angelo?
La chica pelirroja no ha tenido nada que ver con esto.
Cierro los ojos un momento y me percato de la tensión que se me ha acumulado en la espalda.
«No es la carta de la perdición».
Oigo que Angelo carraspea detrás de mí.
—Os quiero a todos en el despacho de Cas dentro de un minuto.