6. Penny #3
La ventaja me dejará un vaso libre, y en cuanto Raphael empiece a beberse los chupitos, colocaré el vaso libre encima de uno de los suyos.
Al no poder tocar mi vaso, tal como estipula la única regla del juego, yo tendré todo el tiempo del mundo para disfrutar del segundo vaso de agua con una sonrisa socarrona en los labios y otro reloj de cinco ceros en la muñeca.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y dejo el vaso vacío sobre la barra antes de decirle a Raphael con dulzura:
—Gracias por darme ventaja.
—No hay de qué.
—¿Estás listo?
Se le ilumina la mirada. Fija las pupilas en mi labio inferior, húmedo por el agua, y asiente lentamente.
Sin embargo, lo que sucede a continuación pasa a toda velocidad.
Es un gesto tan fluido y eficaz que mi cerebro atontado por el alcohol tarda un instante en procesarlo.
Junta los tres chupitos con la mano para que su superficie conjunta sea más grande que la boca de mi vaso.
Antes de que pueda abalanzarme a por el agua en un desesperado intento de ganar el juego sin trampa ni cartón, lo que es imposible, claro está, veo un destello metálico, un clinc y un plop, y de pronto tengo una pistola delante, sumergida en el agua.
Mi agua. Su pistola.
Se me acelera el pulso y reculo a trompicones. Me quedo mirando el arma, con el cañón flotando entre los cubitos de hielo y el mango apoyado sobre el borde sobre el que yo estaba a punto de poner los labios, y todo lo que me rodea se emborrona.
Solo había estado tan cerca de una pistola dos veces en la vida. La primera, fue cuando me la saqué del dobladillo del vestido en un callejón oscuro, y la segunda, la tenía pegada a la sien.
Sss. Clic.
«No sabes la suerte que tienes, niña. Eres una entre un millón».
El garboso ritmo de la orquesta se desvanece y los latidos de mi corazón suenan cada vez más altos. Reverberan en el vacío que me puebla el pecho bajo una capa de insensibilidad.
No podría moverme ni aunque quisiera.
La pistola vuelve a moverse, con un destello de seda y cuarzo.
Recupero la compostura suficiente como para seguir su trayectoria cuando Raphael la saca del vaso y la seca con el pañuelo que lleva en el bolsillo del traje.
Aparta la chaqueta y, así, sin más, desaparece el peligro, detrás de un telón de terciopelo.
Apoya el antebrazo sobre la barra y desvía la atención hacia el horizonte.
Cuando vuelve a hablar, le oigo una calma en la voz que no ayuda a derretir la sangre que se me ha congelado en las venas.
—Este es el problema que tiene la suerte, Penélope, que tiene la mala costumbre de desaparecer cuando más la necesitas.
—Sus gemelos con forma de dados me guiñan un ojo cuando se toma uno de los chupitos—.
Deberías considerar tirar de algo un poco más estable.
—Otro chupito, otro golpe sordo—. Como la inteligencia o el saber.
—Baja la vista a mis labios—. O, si no tienes ni lo uno ni lo otro, tal vez esa cara bonita.
—Pone de golpe el último vaso de chupito y se limpia la sonrisa de los labios con el dorso de la mano antes de inclinarse hasta quedar hombro con hombro conmigo.
Intento ignorar el calor de su brazo, que me está quemando a través del abrigo, y el olor a regaliz que emana su aliento, que me recuerda mi derrota. En cambio, me centro en las botellas de licor que hay detrás de la barra e intento controlar la respiración.
Él se agacha más, y su afilada y fría mejilla acaricia la mía.
—La salida está a tu derecha.
Después, me rodea la muñeca con una mano caliente y dominante y juraría que soy capaz de oír el chisporroteo de mi piel allí donde me toca.
Cambio de estrategia. En lugar de intentar controlar la respiración, dejo de respirar.
—Ten cuidado en el bosque, Penélope. —Me suelta la muñeca y me deja un sendero ardiente por la palma con los dedos antes de dejarme ir—. Las cosas malas suelen esconderse donde no las puedes ver.
Entonces se va, se camufla entre la marea de trajes.
No me quedo allí plantada. A pesar de que me está costando mantener la calma, me pongo en piloto automático y me doy la vuelta para ir a coger el bolso de la mesa. No soy capaz de mirar a Matt, y espero que no me vea marcharme.
Echo a correr y desaparezco entre los árboles hacia las sombras.
Cuando aumenta la espesura, se reduce la presencia de los elementos de seguridad, hasta que la oscuridad me consume.
El alegre son de la orquesta acaba por derretirse en la distancia y el silencio me recuerda que me encuentro tormentosamente sola.
Emito un gruñido para romperlo y con él pinto la noche de gris.
Llevo teniendo suerte desde que aquella mujer se plantó ante mí en un callejón oscuro y me dio este colgante.
Tanta que se ha convertido en el único rasgo de mi personalidad.
Cuando me pillaron en Atlantic City, temí haberla perdido, pero lo atribuí a un traspié sin importancia.
Al fin y al cabo, tuve la suficiente suerte como para regresar aquí con la misma cantidad de dinero que tenía al marcharme, y además hacerme con un reloj de cinco ceros.
Sin embargo, eso debió de ser otro traspié, porque me llevó ante Raphael Visconti.
Sin darme cuenta, he aumentado el ritmo. Me arden los pulmones y las lágrimas me pinchan los ojos, pero soy demasiado cabezota como para dejarlas fluir. Voy pasando la mano de un tronco rugoso al siguiente, pero de pronto se me engancha un pie en una raíz y me tuerzo el tobillo.
—Mierda —siseo en la penumbra.
Qué mala suerte.
Con el tobillo gritando de dolor, sigo caminando.
No me detengo hasta que los árboles ya escasean y veo un brillo naranja al otro lado del claro.
Unos segundos después, aparece ante mí una farola, y el suelo se endurece bajo mis tacones embarrados.
Ahora que veo por dónde voy, me quito los zapatos y comienzo a descender la colina, a pasos temblorosos, sin alejarme de la carretera que va hasta el centro del pueblo.
Cuando me empiezan a doler los pies, me vuelvo a poner los tacones, lo que no mejora la situación.
Cuando la adrenalina que me recorre las venas pasa de un zumbido a un susurro, deja espacio a otro sentimiento: el malestar.
«Tus pecados te acabarán dando alcance, pequeña P. Es lo que siempre pasa».
Las palabras de Nico me murmuran en la parte de atrás del cerebro como un recuerdo que intento reprimir.
A lo mejor albergan un significado oculto del que ni siquiera soy consciente.
Quizá los pecadores no puedan tener suerte.
Tal vez la suerte solo acompañe a las buenas personas, y la mala, a las malas personas.
Llevo sin ser buena desde los diez años. ¿Por qué debería tener suerte entonces? ¿Qué he hecho para merecerla en esta vida, aparte de timar a la gente y sacarles la pasta?
Estoy demasiado perdida en la ciénaga de mis propios pensamientos como para darme cuenta de que me he pasado la calle principal hasta que una ráfaga de aire salado me abofetea la cara.
Estoy en el puerto. Me castañetean los dientes mientras recorro la mirada por su repentina extensión.
A pesar de las horas intempestivas, hay mucha actividad.
En primera fila, gran cantidad de camiones emiten bocinazos y muchas chaquetas reflectantes brillan bajo sus faros; detrás, barcos mercantes se bambolean sobre las duras olas del Pacífico.
Me miro los pies. Tengo los zapatos completamente embarrados y no me siento los dedos. Solo de pensar en subir la cuesta hasta mi apartamento me provoca un gruñido sonoro, así que decido apoyarme contra un edificio de oficinas a descansar unos minutos.
Cuando apoyo la cabeza contra los ladrillos, siento que la emoción me bloquea la garganta mientras contemplo a los operarios trabajando. No suelo emocionarme por nada, pero sí que suelo llorar cuando estoy cansada.
Necesito hablar con alguien.
Necesito a un amigo.
Me saco el móvil de prepago del bolso con los dedos congelados y marco el único número que me sé de memoria.
Después de tres tonos, salta el buzón de voz.
—Ha contactado con Sinners Anonymous . Por favor, deje su pecado después de la señal.
Respiro profundamente y expiro contra el cielo nocturno.
—Hola, soy yo otra vez. Ya lo sé. Dos llamadas en menos de veinticuatro horas. Una locura después de no saber nada de mí en tres años, ¿eh?
Sorbo por la nariz al no oír más que interferencias y contengo las lágrimas con un pestañeo.
Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar al darme cuenta de que no quiero que mi amigo más antiguo, por no decir el único, crea que soy imbécil.
Sí, aunque se trate de un contestador automático.
Suspiro, cuelgo y vuelvo a guardarme el teléfono en el bolso.
—Si esto es cosa del karma por lo que hice en el casino Hurricane, dame una señal —le susurro al universo.
De repente me cruza la cara una luz intensa. Entrecierro los ojos y me los protejo con una mano para ver un enorme camión que se aproxima a las cocheras con las largas puestas.
De la cabina se apea un camionero con tripa cervecera y del edificio emerge un empleado con una radio en una mano y un portafolios en la otra. Mantienen una conversación salpicada de miradas confusas al portafolios y tragos lentos de termos.
Al final, el empleado le da un golpecito en el hombro al camionero y se vuelve hacia mí. Los faros del vehículo brillan tras él como un aura.
Eso es lo último que recuerdo antes del calor abrasador y el estallido ensordecedor. Es lo último que veo antes de que se ilumine de naranja el cielo nocturno y mi mundo se funda a negro.
Ahí está la señal que he pedido, supongo.