6. Penny #2
Con una renovada confianza, me acerco a la barra con los ojos clavados en mi objetivo.
A lo mejor es que oye mis pisadas decididas dirigiéndose hacia él o tal vez haya desarrollado un sexto sentido que lo advierte de los problemas de un día para otro, pero la cuestión es que despega los ojos del vaso cuando me acerco.
Aun a contraluz de las bombillas que iluminan la barra, veo que su mirada comienza en mis tacones negros, me recorre la abertura del abrigo y acaba posándose sobre la mía.
Se enciende algo en mi interior y, por raro que parezca, lo siento revivir en las venas.
La anécdota que estaba contando Anna se disipa cuando ella nota mi presencia, y su expresión lujuriosa se convierte en una mirada que me reduciría a cenizas si pudiese.
Es perturbadoramente bella. Cabello negro como la medianoche, rasgos felinos y un cuerpo que seguro que consigue que cualquiera con ojos en la cara se gire para mirarla.
—Perdona, nena. ¿Nos disculpas?
Anna me mira.
—¿Cómo dices?
—Te tengo que robar a Raphael unos minutos.
No tiene intención de moverse del sitio hasta que la voz sedosa de Raphael corta la tensión.
—Me alegro de haber podido charlar contigo, Anna.
Siento un subidón por todo el cuerpo, como una corriente eléctrica.
Hasta el más tonto pillaría esa indirecta, así que Anna se va con viento fresco.
No me cabe duda de que acabo de añadir otra enemiga a mi lista, lo que es una lástima, porque preferiría estar haciendo amigos, pero ya me preocuparé de eso más adelante.
Ahora mismo, tengo que centrarme en fingir que no siento el estallido de la presencia de Rafe mientras me pido otra copa.
—¿Sabes?, estoy empezando a creer que te gusto.
Se me tensa la mandíbula y mantengo la mirada fija en la cola de caballo de la camarera mientras me prepara el vodka con limonada.
—¿De dónde sacas una cosa así?
—De que no pareces ser capaz de dejarme en paz.
Se me agolpan en la cara, punzantes como agujas, la irritación, el bochorno y algo más vibrante. Es ridículo y lo sé, pero como soy consciente de que no habla así a ninguna otra mujer, siento que me vibra la piel.
Soy patética. Resulta evidente por qué me habla así solamente a mí: porque le robé el puto reloj.
—A lo mejor es que quiero ver cómo te pillas la polla con la puerta del coche.
—A lo mejor lo que quieres es verme la polla.
Me quedo helada y a continuación giro la cabeza para mirarlo.
Dejo pasar un segundo de silencio, aturdida como estoy, y veo que levanta las comisuras de los labios antes de tapárselos con un parsimonioso sorbo de whisky .
Cree que ha ganado. Siento que las mejillas adoptan una temperatura aún mayor que la de la estufa portátil que tengo encima y suelto una carcajada sarcástica.
—Qué raro. Todo el mundo parece tenerte por todo un caballero, pero mencionar la polla en cada ocasión que se presenta no es precisamente un hábito caballeresco.
El único movimiento que detecto es el de un músculo que se le tensa en la mandíbula. Después, con la misma reticencia con la que uno se levanta de la cama por las mañanas, desliza su mirada hacia la mía.
—¿Y tú? ¿Qué crees tú?
—Yo creo que a mí no se me engaña así como así.
Baja la vista hacia mis labios y en los suyos se dibuja una sonrisita lenta y demoniaca. A pesar de la frialdad de su expresión, siento un calor en lo más hondo de mi ser, que se desliza como una brisa veraniega hasta el punto donde se unen mis piernas.
—¿Y tú, Penélope? ¿Eres una dama?
No me gusta el tono de burla que le ha dado a esa pregunta. La seda mezclada con el sarcasmo me ofende. Levanto la barbilla y endurezco la mirada.
—Sí.
Se pasa una mano por la cara, como si quisiera limpiarse el rastro de diversión que hay en ella.
—Ah.
—¿Cómo que «ah»?
—A mí tampoco se me engaña así como así.
Lo dice en voz baja y suave, como diseñada solo para mis oídos.
Siento que me recorre una energía nerviosa por los hombros y apoyo las palmas sobre la barra para soportar su embate.
Es evidente que cree que no soy una dama.
Porque no lo soy. Las damas no se ponen vestidos con la alarma antirrobo ni se ganan la vida birlando relojes un jueves por la noche.
Suelto un resuello tembloroso y la mirada de Raphael se centra en la nube de vaho que se instala entre nosotros.
—¿Qué era lo que querías de mí? ¿Enredarme con otro de tus trucos?
—Si te atreves.
No sé por qué he dicho esto, si he dejado los timos, pero se me escapa de la boca antes de que pueda detenerlo. Es una reacción automática a un insulto, supongo, grabada a fuego en mi ser, como el resto de mis defectos.
—No.
Raphael responde con un tono seco y directo, y remata la palabra con un trago de whisky . Dirige la atención por encima de mi cabeza, como si buscara otra persona cualquiera con la que hablar.
Me está dando la oportunidad de marcharme, pero el orgullo no me deja aceptarla.
—¿Tienes miedo de volver a perder?
—¿Qué te hace pensar que me ibas a ganar? —dice con parsimonia, y veo que la diversión le vuelve a suavizar los rasgos.
—Que tengo mucha suerte.
No le flaquea la sonrisa, pero no se me pasa por alto la oleada de desagrado que le atraviesa la mirada como una corriente de fondo.
Pasan tres pesados segundos de silencio.
Se rasca el cuello y alza la mirada hacia el cielo sin estrellas para terminarse el whisky .
Con un rápido giro de muñeca, desliza el vaso vacío por la barra y me empapa del calor de su atención.
—¿Tienes algún juego en mente?
—Sí. —«No». Pero tres años de bailar a este son cada noche me han enseñado que siempre hay que mantener el control. Si le permito elegir a él, mis probabilidades de perder se multiplican por cien.
Le doy un buen trago a la copa para ganar tiempo y repasar la lista de juegos de bar que conozco.
Me lleva más tiempo del que debería porque me cuesta concentrarme con la incesante vocecita que me grita que me marche.
Tiene que ser algo sin riesgos, como el concurso de preguntas del otro día, no algo en lo que tenga que hacer trampas.
Escojo uno de la lista y pongo la copa sobre la barra con un golpe sordo, satisfecho.
—¿Estás listo?
Raphael levanta una mano.
—Aún no hemos acordado qué apostamos.
—Si gano, me quedo con ese reloj. —Señalo el Seamaster con la cabeza. Solo pensar en birlarle nada menos que dos relojes a Raphael Visconti me hace salivar.
—¿Y si gano yo?
La repentina densidad de su voz me pone los pelos de la nuca de punta. Alzo la mirada de su muñeca hasta su cara y me arrepiento al instante. No estaba lista para ver el peligro bailar entre las paredes de sus iris.
Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta y de pronto siento con demasiada intensidad cómo los pezones rozan la fina tela del sujetador. «No es más que un hombre. No es más que un hombre. No es más que un hombre».
—A ver, ¿qué quieres?
Me sostiene la mirada durante demasiado rato. Se lame los labios y le veo en la mirada un tenue destello de algo muy poco caballeroso. Justo cuando me temo que la tensión va a acabar asfixiándome, hace un gesto con la cabeza.
—Que te largues.
Parpadeo.
—¿Cómo dices?
Él sonríe al percatarse de lo sorprendida que estoy.
—Me gustaría disfrutar de la boda de mi hermano en paz, sin tenerte todo el rato pegada a los talones. —Fija la vista en algo que tengo detrás y suelta un bufido sardónico—. Sospecho que a tu acompañante no le importará que lo abandones.
Sigo su mirada hasta dar con Matt. Parece ser que le ha echado huevos y ha decidido ir a la mesa de Anna.
Está sentado en frente de ella, entre dos de sus amigas, y la mira con una intensidad propia de un asesino en serie.
Echo un vistazo a nuestra mesa y veo cuatro vasos de chupito vacíos justo delante de su plato.
Ahora todo encaja.
—Trato hecho —digo sin inmutarme. Qué más da, si no pienso volver a verlo en la vida. Mañana se subirá a su jet privado y volverá a Las Vegas, y puede que se deje caer por aquí en Semana Santa o algo por el estilo. Yo para entonces ya estaré muy lejos..., o eso espero.
«Este es el último timo. El último, y después juro encarrilar mi vida, tal como me había propuesto».
Pido dos vasos de agua y después miro a Raphael desde debajo de mis pestañas postizas.
—¿Cuál es tu bebida favorita?
—El whisky , evidentemente —dice divertido.
Le dedico un gesto con la cabeza a la camarera.
—Tres chupitos de sambuca, por favor.
Se me calientan las mejillas al oír la suave carcajada que suelta Rafe. Es deliciosa y sin complicaciones, y de pronto entiendo por qué las chicas se ríen tanto cuando están a su lado.
—Vale. —Pongo los dos vasos de agua delante de mí y después coloco los tres chupitos de sambuca delante de él—. Te apuesto a que me puedo beber estos dos vasos de agua enormes antes de que tú seas capaz de terminarte esos tres chupitos.
Raphael se lleva una mano a la mandíbula mientras sopesa con la mirada el tamaño de mis vasos de agua y el de sus chupitos.
—Eso es imposible. ¿Qué truco hay?
—Lo único que te pido es que me des un poco de ventaja. Es una cantidad ingente de líquido, ¿verdad?
Le brilla la sospecha en los ojos.
—¿Cuánta ventaja?
—¿Un vaso, por ejemplo?
Se lo piensa unos segundos y después se encoge de hombros.
—Me parece justo. ¿Cuáles son las reglas?
—No hay más que una: está prohibido tocar los vasos del contrincante; es decir, verterlos o retirarlos de la barra. ¿Estás listo?
Sin quitarme la vista de encima, asiente.
Me bebo el primer vaso de agua deprisa, de unos cuantos tragos. Este juego me encanta por dos motivos. El primero es que beber tanta agua puede servir para mitigar la resaca. El segundo es que es un truco supersencillo, pero nadie lo pilla de antemano.