Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 6. Penny
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6. Penny

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—Somos amigos, ¿verdad? —Aparto el trozo de volcán de chocolate que me queda en el plato y me agarro la tripa. Es el postre de una cena de ocho platos, y si como un bocado más, el vestido va a ceder ante la presión.

—Claro —dice Matt, en un tono tan neutro que se diría que no ha oído la pregunta.

Está demasiado ocupado comiéndose con la mirada a su chica, que ahora sé que se llama Anna.

Está sentada a tres mesas de distancia, con un grupo de amigas, y ninguna ha probado bocado en toda la cena—.

Vale, a ver qué te parece este plan. Cuando Anna vaya al baño, tú también.

Entonces, fingirás que te llaman por teléfono y comentarás lo grande que tengo la polla o algo así.

Le doy unos cuantos segundos para sonreír o para soltar una carcajada, lo que sea que demuestre que se trata de una broma. Nada.

—¿Crees que así conseguirás conquistarla?

Tuerce la mirada.

—A las chicas os gustan las pollas grandes, ¿no?

—Madre de Dios, Matt. —Vuelvo a acercarme la tarta. Un bocado más—. ¿Por qué no vas a hablar con ella y punto?

—¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué? Creerá que soy rarito.

Decido comer otro bocado de este mejunje delicioso en vez de soltar una obviedad. El chocolate está más rico que la verdad. Incluso el matarratas a veces sabe mejor.

La noche cayó entre las vieiras y el cordero, y ahora el claro está iluminado con la ayuda de antorchas de bambú, estufas portátiles y el calor de una historia de amor.

El compás suave y lento de la miniorquesta ha aumentado el tempo y ha añadido un saxofonista.

Cuando los tacones brillantes comienzan a poblar la pista de baile seguidos de mocasines arrastrados, la noche refulge de diversión.

Un camarero me rellena la copa de champán.

Me giro para darle las gracias, pero mis ojos se ven atraídos por la oscura silueta que tiene detrás.

Raphael Visconti está apoyado contra la barra, con otra mujer más revoloteando a su alrededor como una mosca encima de la mierda.

Llevan desfilando toda la noche; cambia el vestido, el peinado, pero no la sensación de estremecimiento que me provocan en los huesos.

Como todas las que la han precedido, sus gestos son opulentos y su risa, estrepitosa. Por el contrario, Raphael se muestra calmado y cortés. Inclina la cabeza para escuchar el monólogo de la chica; se pasa el pulgar por su sonrisa educada.

Raphael Visconti es todo un caballero.

Y también un mentiroso de cuidado.

La palabra «mentiroso» me vibra en la punta de la lengua como un caramelo ácido. Se le puede llamar instinto, o también sentido común, pero mis entrañas me dicen que esa fachada caballeresca no es más que una cortina de humo.

Como si pudiese sentir el veneno de mis pensamientos, Raphael levanta la mirada del suelo y la clava en mis ojos. Veo una diversión perversa en sus iris, y su forma de decir mi nombre, alargando las cuatro vocales con una parsimonia de cachemira, susurra en el viento.

Se me acelera el pulso y me doy la vuelta para intentar mantener el orgullo intacto. Tengo que dejar de mirarlo o empezará a creer que estoy celosa o algo. Y no lo estoy, para nada.

Me centro en una pareja de borrachos que está bailando un vals en la pista.

—Oye —le doy una patada a Matt por debajo de la mesa para llamar su atención—, cuéntame todo lo que sepas sobre Raphael Visconti. Es un capullo, ¿verdad?

Él frunce el ceño y después mira por encima de mi hombro. Sé que ve a un hombre muy atractivo conversando con una mujer bajo una iluminación muy romántica, porque se le plasma una sonrisa de tonto en la cara.

—¿Quieres probar suerte?

—No. —Me desabrocho el primer botón del abrigo y Matt baja la mirada hacia la carne que he expuesto.

—Creía que tenías frío.

Le doy un bolsazo.

—Contesta a lo que te he preguntado. Cuéntame lo que sepas de Raphael Visconti o le diré a Anna que tienes ladillas.

Esa amenaza no tiene impacto alguno en su buen humor, porque me repite el consejo que le di hace un rato con voz de pito, que supongo que es un burdo intento de imitar la mía.

—¿Por qué no vas a hablar con él y punto?

No sé por qué no le conté a Matt lo grosero que fue Rafe conmigo hace un rato.

Supongo que por la misma razón por la que no le conté a Nico que ya nos conocíamos, porque entonces tendría que explicar que intenté timarlo.

Matt no sabe que me dedicaba a eso, y dado que es mi único amigo en toda la costa, prefiero que siga en la inopia.

Además, por un motivo que no me logro explicar, me gusta ser la única que conoce el secreto de Raphael.

Antes de que le cuente a mi amigo que preferiría tirarme del acantilado de Devil’s Dip en marea baja que ligar con Rafe, el chirrido de una silla al apartarse de la mesa lo obliga a girar la cabeza unos noventa grados.

Ambos miramos a Anna mientras se levanta, se alisa el vestido y camina sobre sus botas de tacón hacia la barra.

No puedo explicar por qué a cada meneo de sus caderas se me tensa más la garganta.

Matt deja de bromear y entra en pánico.

—No, en serio. Vete a hablar con él.

Como si se hubiesen sincronizado, Anna se cuela en el hueco que queda al lado de Raphael medio segundo después de que la otra chica se haya marchado.

Aprieto con el puño la servilleta manchada de chocolate.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que te robe a la chica?

—Pues claro que sí, ¿no lo has visto o qué?

A regañadientes, vuelvo a mirarlo, y en el momento menos oportuno.

Según parece, Anna ha dicho algo gracioso, porque él echa la cabeza hacia atrás, hacia las luces de la carpa, y se ríe.

No se trata de una carcajada cortés, no, es una de esas que le sale de lo más hondo de las duras paredes de su vientre. De esas que es casi imposible fingir.

Supongo que miente mejor de lo que pensaba, porque, durante un segundo, casi me lo creo.

Joder, debo de estar borracha.

—No me has contestado. ¿Es un capullo o no?

Matt me mira, sorprendido.

—¿Rafe un capullo? Para nada. Por mucho que me gustaría decir que es un imbécil, porque un tío tan atractivo debería tener algún defecto, no lo es.

Tiene una fundación mediante la que paga los estudios de chavales sin medios económicos para que puedan asistir a la Academia Devil’s Coast. También dona dinero a la Fundación Make-A-Wish del hospital, para conceder deseos a niños enfermos, y ¿recuerdas aquella ventisca que hubo hace cuatro años?

—Asiento a regañadientes—. Costeó de su bolsillo todas las reparaciones, que debieron de ascender a millones de dólares.

Es buen tío, al contrario que otros Visconti...

Sigo su afilada mirada hacia el otro extremo de la barra, donde Benny está intentando impresionar a una chica rubia vertiéndose el butano del Zippo en la mano. Después cierra el puño, prende el mechero y sopla.

Matt ladra una palabrota al ver la bola de fuego surcando el cielo nocturno, con sus llamas danzando demasiado cerca de las cejas de la chica.

—¿Qué me dices de eso? ¿La piromanía sí que conquista a las mujeres? —murmura, con una buena capa de sarcasmo.

Una ráfaga de viento transporta una carcajada retumbante que me borra cualquier rastro de humor de la cara.

Matt se acerca a mí, me da un golpecito con el muslo y, como si fuésemos una serpiente de dos cabezas, ambos contemplamos cómo Anna se ríe de algo que acaba de decir Raphael.

La risa contonea su esbelta silueta con tal violencia que tiene que dar un paso atrás, y cuando Raphael le desliza un brazo por la cintura para sostenerla, ambos soltamos un siseo propio de un reptil.

Yo ahogo el mío con un bocado de tarta de chocolate.

—Te lo suplico. Por favor, vete a cortar esa conversación.

—Ni de coña.

—Sácalo a bailar...

—Ni lo sueñes...

—Te doy cien dólares.

La oferta es tentadora. A ver, es que estoy completamente sin blanca. Hasta el punto de que tengo que alimentarme de ramen que lleva tres años guardado en mi cocina.

Anoche, cuando olí el punzante aroma de la correa de cuero del reloj de Raphael, me dio un subidón al pensar en los billetes que le sacaría.

Sin embargo, ahora he vuelto a poner los pies en la tierra y me he dado cuenta de que probablemente tenga que ir a otro lado a vender un reloj de un Visconti, porque dudo que los dueños de las casas de empeño tengan ganas de arriesgar la vida al aceptarlo.

Y ¿quién sabe cuándo conseguiré un empleo?

—Que sean doscientos.

—Venga ya. Que soy profesor.

—Bua, bua —lloriqueo a modo de respuesta—. Das clases en una academia que cuesta cuarenta mil dólares al año. No es que tengas que rascarte los bolsillos para comprar lápices de colores, ¿verdad?

Matt se queda callado.

—Vale. Ciento setenta y cinco.

—Ciento setenta y cinco y tiras ese felpudo tan hortera.

—Maldita sea. Doscientos y se queda donde está.

—Trato hecho.

Cerramos el acuerdo con un apretón de manos, pero el triunfo que me recorre la columna vertebral viene seguido de un pánico denso y pegajoso.

Cómo no. El dinero me ha nublado el entendimiento y no me he percatado de lo que estaba pactando, es decir, ir, voluntariamente, a hablar con Raphael Visconti y mantener una conversación con él.

El hombre que literalmente me dijo que preferiría pillarse la polla con la puerta del coche antes que volver a charlar conmigo.

Matt me roza el tobillo con el mocasín.

—Tira.

—Cállate, que ya voy —siseo.

Me bebo lo que me quedaba del champán de tres tragos, en parte para ahogar las mariposas que no deberían estar poblándome el estómago y en parte para proporcionarme una excusa para ir a la barra.

Al levantarme, veo que la mesa respira. Mierda, he bebido demasiado champán muy rápido y no sé por qué. No es que necesite valor líquido, porque ya cuento con la suerte.

La suerte. Eso es. Se me había olvidado.

Echo los hombros hacia atrás, me toco el colgante en forma de trébol de cuatro hojas que llevo al cuello y me despojo de los nervios. Por el amor de Dios, si no es más que un hombre. Y esto, un encargo.