5. Penny
Penny
Si te paras a pensarlo, el matrimonio es una apuesta muy arriesgada. Estás apostando la mitad de tus posesiones a que estarás con esa persona el resto de tu vida. ¿Cómo se puede estar seguro de eso?
Rory parece segura.
Estoy sentada en una de las filas del fondo, con Matt a mi lado, y la veo recitar los votos, casi sin poder creerme que se vaya a casar con el mayor de los hermanos del Dip y casi asombrada por lo guapa que está.
Es una maravilla vestida de blanco, aunque no lleve un traje de novia tradicional.
Lleva un vestido sencillo y elegante, oculto en su mayoría por un abrigo de plumas enorme.
Y cuando se pone de puntillas para apartarle un mechón de la frente a su futuro marido, juraría que lleva puestas unas deportivas Nike.
En cuanto vi que se trataba de Angelo Visconti, se me hundió el corazón de miedo. Rory no se va a casar con un Visconti cualquiera, sino con el que tiene el sobrenombre más aterrador: Salvaje.
Por raro que parezca, Angelo se encuentra en el epicentro de uno de mis recuerdos de la infancia más viscerales.
Incluso a día de hoy no soy capaz de decir por qué, pero recuerdo que mi padre me arrastró al funeral de Alonso y Maria Visconti cuando yo no tenía más que once años.
Me despertó antes del alba, me puso un jersey de color rosa y me llevó hasta la iglesia que hay en lo alto del acantilado.
Me dio un termo con chocolate caliente mientras que él se tomaba algo más fuerte.
Después, nos apostamos en la parada del autobús junto con los demás vecinos del Dip que habían acudido con sus ropas de los colores más brillantes para contemplar cómo los hermanos Visconti enterraban a sus padres.
En un momento dado, Angelo Visconti nos miró y claramente no le hizo ninguna gracia la sonrisa ebria y boba que tenía mi padre plantada en los labios.
Así que desenfundó el arma.
Solo de recordarlo, un escalofrío me recorre la columna.
—Sigue en pie la oferta de los calcetines —me susurra Matt al oído.
—Seguro que te apestan los pies —le respondo. Sonrío al oír su carcajada y vuelvo a mirar al frente.
Hasta que vi a la novia avanzar hacia el altar, habría apostado en un noventa y nueve por ciento que este matrimonio no era consentido.
Sin embargo, cuando Angelo le rodeó la cintura con las manos y le murmuró algo contra la frente, ella soltó una risa tan dulce que me provocó dolor de muelas.
Ahora que Angelo está recitando los votos, me duele otra parte del cuerpo.
Habla bajo, como si no le importara una puta mierda que los allí congregados no lo escuchasen, lo único que le importa es que lo oiga Rory. Su forma de mirarla me lo confirma. Parece ser la única persona presente en la Reserva, en el mundo entero, y si así fuera, él estaría encantado de la vida.
Me llevo la mano al pecho y le recuerdo a mi corazón el monólogo amargo que le solté a Matt hace nada. «El amor es una trampa». Sin embargo, no puedo evitar plantearme si unos cuantos años de gozosa ignorancia serán mejor que no sentir ningún gozo en absoluto.
—Ha llegado el momento que todos estábamos esperando, señoras y caballeros. —El oficiante levanta la vista del iPad y hace una pausa para aportar dramatismo—. Puede besar a la novia.
Entre un océano de gritos y vítores, Angelo lleva una mano a la nuca de Rory y su sonrisa se derrite sobre los labios de ella.
Es un beso tan intenso, tan ardiente, que me parece estar viéndolo a través de una cámara oculta en su dormitorio.
Siento que la incomodidad me pellizca las mejillas, así que me recoloco en el asiento y aparto la mirada hacia la derecha.
Al lado de la pérgola me encuentro con un par de ojos clavados en mí, llenos de ese encantamiento verde que provoca que el ruido que me rodea se desvanezca y parezca proceder de la casa del vecino.
No tardo ni medio segundo en salir de ellos, debilitada por el veneno sedoso que me inyectó en la oreja hace un rato.
Me recompongo y vuelvo a la carga de inmediato, pero ya es demasiado tarde.
Él se pasa el pulgar por encima de la sonrisita triunfal y se gira para susurrarle algo a Nico.
¿Por qué me parece que acabo de perder a un juego al que ni siquiera sabía que estábamos jugando?
«¿Por qué acudí cuando me llamó?».
Aprieto los puños, me pongo de pie y avanzo a contracorriente de la muchedumbre que se dirige hacia los recién casados.
Por mucho que me gustaría felicitar a Rory por su matrimonio, ir a esa pérgola implicaría acercarme a Raphael Visconti, y preferiría no estar en un radio de cinco metros de su órbita.
Porque, junto a la barra, es evidente que me resultó imposible resistirme a su atracción.
A pesar de las sonrisas y las carcajadas soltadas en el momento adecuado durante la ceremonia, me pasé la mayor parte del tiempo revolviendo en las profundidades más oscuras de mi cerebro para intentar dar con algún recuerdo de la infancia en el que apareciese Raphael.
No entiendo por qué apenas lo recuerdo. Ni del funeral de sus padres tan siquiera.
No es lo que se dice... poco memorable. Es verdad que yo era pequeña y que él debía de tener veintitantos, probablemente fuese mayor que yo ahora.
Recuerdo a Angelo porque no se puede olvidar la cara del que te apunta con un arma, y también a Gabe, el hermano menor, porque ¿quién podría olvidarlo?
Mientras rozo con los hombros tanto esmóquines como satén, miro a Gabe y me arrepiento de inmediato.
Madre mía, parece salido de una pesadilla.
Es aún más alto y corpulento que sus hermanos, y del cuello y de los puños de la camisa se le escapan una enorme cantidad de tatuajes, sin rubor.
No sonríe, ni siquiera en la boda de su hermano.
Supongo que yo tampoco sonreiría si tuviera una cicatriz desde la ceja hasta la barbilla.
Me estremezco y me aparto del pasillo. Decido ir a la barra a por una consumición para mí y otra para Matt y esperar allí hasta que la multitud se desperdigue y pueda darles la...
—¡Penny! —El viento me trae una voz de mujer a los oídos, y cuando me doy la vuelta veo a Rory atravesar un mar de cuerpos para llegar hasta donde estoy. Nos miramos a los ojos y ella esboza una gran sonrisa—. Ya me parecía que eras tú. Es imposible pasar por alto esa melena pelirroja.
Le doy un abrazo cariñoso e inhalo su dulce aroma.
—¡Qué guapa estás! Enhorabuena por la boda.
—Ya, ya, muchas gracias. —Está casi sin aliento, y el gesto que hace con la mano indica que ya ha mantenido esta misma conversación un millón de veces en el día de hoy—.
En fin, no tenía ni idea de que habías vuelto.
¡De haberlo sabido, te habría invitado! —Mira alrededor, con curiosidad—. ¿Con quién has venido?
—Con Matt Collins. —Rory lo conoce del instituto y de que a veces ayudaba a su padre con trabajitos sueltos, como recoger basura o rellenar los comederos de los pájaros. Cuando se le pinta una sonrisa diabólica en los labios, pongo los ojos en blanco—. Es mi vecino, no seas malpensada.
—Matt es muy majo, así que yo diría que soy bien pensada.
Me río, pero no le comento que estoy haciendo de suplente hasta que la chica que le gusta le haga caso.
—¿Qué te parece si nos centramos en tu historia de amor en este día tan señalado? Ya te preocuparás por las demás mañana.
Le brillan los ojos cuando mira por encima de mi hombro. Sigo su mirada y veo a Angelo Visconti contemplándola con veneración.
—Mañana no —murmura, dedicándole una sonrisita tímida—. Mañana nos vamos a Fiyi para pasar allí la luna de miel. —Vuelve a centrar la atención en mí—. Vuelvo en dos semanas. ¿Seguirás aquí?
Depende de si soy capaz de encontrar trabajo. De si mis pecados se quedan en Atlantic City o atraviesan el país. Evidentemente, eso no se lo digo a la novia.
—Claro —respondo con alegría.
—Pues entonces nos pondremos al día como es debido cuando vuelva.
Tengo muchas ganas de que me cuentes en qué andas metida últimamente.
—Me mira a través de sus densas pestañas falsas y el vacío que siento en el pecho se llena de calor.
Rory siempre se ha portado muy bien conmigo, y se merece toda la felicidad del mundo.
Espero que un Visconti pueda proporcionársela.
—¡Aurora! —una voz se alza en medio de la muchedumbre.
A Rory se le cierran los párpados y después me dedica una sonrisa pesarosa.
—Tengo que seguir haciendo la ronda. Espero verte luego, en la pista de baile.
Me da un beso en la mejilla y se marcha.
Antes de que se aleje demasiado, estiro una mano para agarrarla del brazo.
—¿Cómo es?
Parpadea.
—¿El qué?
—Estar enamorada.
Apenas me puedo creer lo que estoy diciendo, no entiendo qué me ha impulsado a plantearle esa pregunta. Curiosidad mórbida, tal vez. Como cuando un hombre le pregunta a una mujer cómo es dar a luz; se trata de conseguir información sobre un hecho que él jamás llegará a experimentar.
Para mi sorpresa, Rory no me ofrece una respuesta escueta. Alza los ojos al cielo del atardecer y se muerde el labio inferior.
—Es como si el corazón se te saliera del cuerpo. —Vuelve a mirar a Angelo, y yo contemplo con fascinación cómo se le sonroja la piel debajo del colgante que lleva—. Ahora mi corazón lleva trajes de Armani y tiene una Glock para cada día de la semana.
Aparto los dedos de su abrigo de plumas y la dejo marchar.