4. Penny #3
Pero ya es demasiado tarde. Me vuelvo para ver cómo se cuela entre la multitud y camina hacia donde está su hermano mayor, y se me hunde el estómago como un globo pinchado. Siento esa mirada implacable en la espalda y sé que no me queda más remedio que echarle ovarios y darme la vuelta.
Raphael me guiña un ojo.
Yo le frunzo el ceño.
Después toma impulso para despegarse de la barra y da un paso adelante. Antes de que me dé tiempo a retroceder, él se saca una mano del bolsillo y la dirige al frente de mi abrigo.
Contengo la respiración cuando me abre el abrigo y desvela el vestido azul que llevo debajo. Me roza ligeramente las costillas con el nudillo por encima de la fina tela, lo que me provoca un rayo de electricidad que contrasta con el frío helado de diciembre que me congela las caderas.
Contengo un escalofrío y vuelvo a mirarlo a la cara en el momento justo en el que él me repasa el cuerpo con los ojos. Su expresión es de indiferencia, una mera observación, como si estuviese comprando ropa y solo se hubiese detenido a mirarme porque estoy de rebajas, no porque sea de su estilo.
Sin embargo, apostaría hasta el último centavo que tengo a que este hombre jamás ha ojeado la sección de descuentos.
Sus ojos vuelven a los míos, con una leve diversión en las retinas.
—Qué vestido tan bonito. ¿También es robado?
Parpadeo. Después recobro la compostura, le arrebato mi abrigo de la mano y doy un paso atrás.
—Sí —escupo. A ver, es lo más probable.
Se le marcan aún más los hoyuelos, como si mi respuesta le agradase.
—Ah.
El deseo de insultarlo me abruma, así que abro la bocaza antes de considerar las consecuencias de lo que está a punto de salir de ella.
Señalo el Omega Seamaster que lleva en la muñeca.
—Qué reloj tan bonito. ¿Quieres que te lo quite de encima?
—¿Qué pasa, que ya has vendido el otro para comprar crac?
«Eeeh..., ¿cómo?».
Esa respuesta llega rápida e inesperadamente, en contraste con su tono sedoso.
Sorprendida, miro alrededor para comprobar si alguno de los invitados lo ha oído, como si ver a una persona mirándome con las cejas enarcadas pudiera confirmar que no me he imaginado esa contestación tan desagradable.
Sin embargo, no veo más que miradas curiosas y susurros contra el cristal de las copas.
Antes de que pueda recuperar la compostura suficiente como para pensar en una respuesta adecuada, él se da la vuelta y apoya los antebrazos sobre la barra. No sé por qué, a lo mejor es que me encanta que me castiguen, o tal vez adoptar el rol de perrito apaleado, pero me coloco a su lado.
—Amanda, deja que te ayude.
Aparto la mirada de su perfil para ver cómo la camarera sigue peleándose con la botella de champán. Se queda helada, se pone roja y, a regañadientes, se la entrega a Rafe.
—Lo primero que hay que hacer es quitarle el papel de plata.
—Para mi sorpresa, se lleva la botella a los labios y arranca el papel de plata con los dientes.
Madre mía. Se me desboca un fuego ardiente y primitivo entre las piernas.
Intento con todas mis fuerzas que no se me note en la cara—.
Ahora la agarras por el cuello —rodea esa parte de la botella con su mano enorme, y pone la otra más abajo— y el truco, Amanda, está en rotar el cuerpo, no el corcho.
Se le tensa un tendón en su mano enorme y bronceada. El pop es tan sofisticado como él.
Se me escapa un siseo de los labios cuando pasa el corcho por la boca de la botella para contener el gas que se escapa de ella. Le devuelve el champán a la camarera, que farfulla alguna incoherencia.
—Amanda.
Ella alza la mirada, y la incomodidad de su rostro transmite: «¿No me has torturado ya bastante?».
Con un giro de muñeca, Rafe le tiende el corcho entre el dedo índice y el corazón.
—Ábrelas siempre hacia delante. Estas cosas te pueden sacar un ojo. —Inclina la cabeza—. Y en tu caso, con lo bonitos que los tienes, sería una tragedia, ¿verdad?
Lanza el corcho al aire, lo vuelve a coger y se lo guarda en el bolsillo.
Madre de Dios. Este hombre tiene más labia que un predicador.
Toma un perezoso sorbo de whisky y mira el reloj por encima del borde del vaso.
Después, como si pudiera oírme el pulso repiqueteando y se estuviera preguntando de dónde proviene ese ruido, sus ojos acaban clavados sobre mí.
Me recorren el pelo y la abertura del abrigo antes de detenerse en los zapatos de punta abierta.
Se le levantan las comisuras de los labios, pues incluso un capullo como él sabe que es una locura ponerse este tipo de tacones con la Navidad a la vuelta de la esquina. Cuando vuelve a mirarme a los ojos, se pasa los dientes por el labio inferior.
—Ha sido un placer, Penélope.
Sigo un poco mareada por el pop, y cabreada conmigo misma porque de repente tengo la columna vertebral de gelatina, así que agarro la copa de la barra y endurezco la mirada.
—Igualmente, ojalá nos volvamos a ver pronto.
Su respuesta a mi sarcasmo es una sonrisa tensa, y luego se pasa una de sus manos enormes por el chaleco mientras desvía la mirada por encima de mi cabeza, hacia los invitados que tenemos alrededor.
Con una mirada sutil a Amanda, que se encuentra vertiendo el champán en las copas con manos temblorosas, dobla el dedo índice hacia su pecho.
Me lo quedo mirando sin poder creer lo que veo.
No puede ser. No puede estar llamándome.
La ira me inunda el pecho como un sarpullido. No soy una de sus criadas, ni uno de sus esbirros, a los que puede convocar con un movimiento de la muñeca.
Abro la boca para decírselo, pero cuando lo miro a los ojos, la protesta se evapora.
En su mirada verde mar destella algo perverso y seductor.
El alcohol me ha nublado la mente, y las pocas neuronas que me quedan están pensando insultos, por eso me cuesta ponerle nombre a esa expresión, pero sé que está hecha a medida para mí.
A pesar de la tentación feminista de darle una patada en la entrepierna, me descubro dando un paso adelante y me rindo ante su campo gravitacional.
En cuanto accedo a su órbita, su calor y su suave aroma a jabón, a colonia y a menta me sobrecogen y me quitan la respiración.
El corazón me martillea en el pecho, aprieto los puños y me centro en el alfiler de cuello dorado que lleva bajo su gruesa garganta.
Que, por cierto, está rasurada a la perfección, cómo no.
No tengo valor para mirar más arriba porque estoy demasiado cerca como para sobrevivir a un contacto visual tan intenso.
Me tenso cuando se inclina hacia mí y, cuando su dura mandíbula roza la mía, siento que me marea más que cualquier licor.
Después, su voz grave me vibra sobre el lóbulo de la oreja.
—Preferiría pillarme la polla con la puerta del coche antes que volver a verte, Penélope.
Una ráfaga de aire helado me acaricia el cuello cuando Rafe se vuelve a erguir.
«¿Cómo ha dicho?».
Estupefacta y perturbada, lo único que puedo hacer es contemplar su silueta imposible mientras se cuela entre la multitud sin tan siquiera mirar atrás.
Me quedo ahí plantada unos minutos, intentando recuperar el control de los latidos de mi corazón. Cuando voy recobrando la presencia de espíritu, siento una emoción retorcida. Me parece que acabo de descubrir un secreto oscuro, perverso.
Raphael Visconti parece todo un caballero, habla como un caballero.
Pero ni por lo más remoto es un caballero.