4. Penny #2
—Los tontos se fían de la suerte; los listos saben que no vale de nada sin un mínimo de habilidad.
Entonces abrió la libreta y me introdujo en el mundo de las apuestas con ventaja.
—No son trampas —susurró—. Es usar la probabilidad estadística y las observaciones calculadas para asegurarte una mayor posibilidad de victoria. —Mientras hablaba no apartaba los ojos de la puerta, y luego se me acercó un poco más—. No obstante, tengo que pedirte que no se lo digas a nadie.
Y cumplí mi palabra. Durante los siguientes cuatro años, nos veíamos en el guardarropa tres veces por semana para practicar el conteo de cartas, la revisión de cantos y el control de barajas, y yo no dije ni esta boca es mía.
Esta rutina se vio interrumpida por el asesinato de mis padres.
Cuando se asentó el polvo y la policía se retiró, pasé muchas noches intranquila, mirando el techo de las habitaciones de invitados en casas de acogida, y empecé a escaparme para ir al casino.
La primera noche que me presenté allí, Nico me planteó otra pregunta sencilla.
—¿Quieres hablar del tema o prefieres distraerte?
Elegí distraerme, y entonces él me enseñó a birlar carteras. De ahí pasamos a trucos de bar y a timos de distracción, y para cuando cumplí la mayoría de edad, la alumna había superado al maestro.
Tomo una bocanada de aire gélido y por fin hago acopio de los arrestos suficientes como para mirar a Nico a la cara como es debido.
Joder. Sabía que estaría cambiado, pero no tanto.
Su silueta desgarbada se ha fortalecido y endurecido, y ahora impone, y esa sonrisa infantil tan suya se ha convertido en una sonrisa muy atractiva.
Ha pasado de empollón obsesionado con los números a señal de alarma con tatuajes.
Todo, desde su imponente estatura hasta el dragón que escupe fuego en su cuello, grita «peligro, peligro».
Y seguro que no ha sido por los tres años que ha pasado en Stanford.
—Me alegro de verte, Nico —digo con una sonrisilla.
Él asiente y después nos quedamos en un silencio incómodo mientras esperamos a la camarera. Ella alza la mirada y pone la botella de champán sobre la barra.
—Disculpe, señor Visconti. ¿Qué le pongo?
—Un Smugglers Club y un vodka con limonada. —Me mira con una ceja levantada—. ¿O te has vuelto más fina? —Niego con la cabeza y él sonríe—. Vodka con limonada, pues.
Temblando ligeramente, la camarera le sirve el whisky y me prepara la copa.
Echa una rodaja de lima para rematar y eso me recuerda a mi madre, porque era lo que hacía ella al principio: añadir una rodaja de limón o de lima o echar azúcar en el borde del vaso para lograr que su alcoholismo pareciera más sofisticado.
No obstante, esta fachada no le duró mucho; al final, se tragaba el licor directamente de la botella.
Intento no pensar en mis padres cuando bebo.
Si hubiese cambiado de hábitos por precaución, habría tenido que admitir que soy igual que ellos. Y no es verdad.
—Y bien. —Nico desliza mi copa por la barra y después apoya el antebrazo sobre la superficie—. ¿Qué haces aquí?
Abro la boca para vomitar la misma patraña que le respondí a Matt, pero Nico siempre ha sido como un hermano mayor para mí; le debo algo más.
—Resulta que tenías razón. —Su mandíbula apretada desaparece detrás del borde de mi copa cuando le doy un buen trago.
Al cumplir los dieciocho y percatarme de que me resultaba imposible mantener un empleo estable sin dejarlo o que me despidieran antes de que terminase la semana de prueba, decidí poner en práctica todo lo que había aprendido en los casinos del Cove.
Mi juego favorito era el blackjack , y contar cartas siempre fue lo que mejor se me dio.
Evidentemente, evitaba jugar en el Gran Casino Visconti, pero Nico no tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Y se puso furioso. Porque a pesar de que contar cartas no es ilegal, los casinos lo consideran una afrenta.
Y si además lo haces en uno de los Visconti, más te vale ponerte de rodillas y suplicar que te metan un tiro en la frente.
Él estaba a punto de irse a Stanford a estudiar Matemáticas y me dijo que, si pretendía seguir con mis jueguecitos, más me valía largarme a mí también. Me llevó a la estación de autobuses, me entregó un ladrillo de billetes y me ofreció un mensaje de despedida.
—Nunca olvides que, a pesar de la suerte que creas tener, tus pecados te acabarán dándo alcance, pequeña P. Es lo que siempre pasa.
Ahora, Nico observa la marea de invitados por encima de mi cabeza.
—¿Estás huyendo de algo? —murmura para que solo yo lo oiga.
—No. —«Tal vez».
—¿Te busca alguien?
—No. —«O eso espero».
—¿Tienes pensado liarla en el Cove?
Ese es el único «no» que puedo decir con total confianza.
—Voy a enderezar mi vida.
Me mira a los ojos y se le dibuja una sonrisita en los labios.
—¿Ah, sí?
Asiento.
—Me he mudado a mi apartamento del Dip y estoy buscando un empleo convencional.
—Buena idea. El Cove no es un lugar seguro ahora mismo. Hazme el favor de evitar pasarte por allí, ¿de acuerdo?
—¿Por qué?
Vuelve a mirar por encima de mi cabeza. Esta vez, le sigo la mirada y veo a Tor Visconti sentado en la última fila de sillas con el móvil pegado a la oreja.
—Dramas familiares.
Trago lo que me queda de copa para intentar aplacar el escalofrío que me sube por la espalda. No indago más, ni siquiera por curiosidad. Ya he tenido bastantes dramas en la última semana para toda una vida.
Charlamos unos cuantos minutos más, repasando lo sucedido en los últimos tres años, hasta que de repente me asalta una sensación incómoda como una marea lenta e inexorable.
Dejo sin acabar la anécdota que le estoy contando a Nico.
Estoy demasiado alerta, demasiado distraída, por la sombra fría que me roza la nuca.
En cuanto supe que esta boda estaba contaminada por los Visconti, me di cuenta de que era cuestión de tiempo tener la mala suerte de volver a toparme con Raphael.
El motivo de su visita ahora me resulta evidente.
Sin embargo, aun sabiendo que era inevitable, no estaba preparada para la forma en que su voz se me desliza sobre los hombros como una manta de seda.
—Nico, la ceremonia está a punto de comenzar, así que me temo que voy a tener que apartarte de la compañía de tu amiguita.
Trago saliva cuando el frío cambia de lugar y lo veo por el rabillo del ojo.
Un borrón de azul marino, blanco y dorado.
Una estatua cubierta de satén que no tengo el valor de mirar.
En cambio, ignoro el latido que noto en las sienes y la mirada que me quema la mejilla y decido clavar la vista en la puntera abierta de mis tacones, que poco a poco se van hundiendo en el barro.
—Pero, evidentemente, sería una descortesía por mi parte no permitir que nos presentaras.
«¿Cómo que presentarnos?». Siento la irritación, cálida y punzante, subiéndome por el cuello.
¿Acaso no recuerda a la chica que le birló un reloj de seis ceros hace menos de veinticuatro horas?
¿A la que persiguió con un martillo? No solo me irrita, sino que también me ofende un poco.
Qué tontería. Sin embargo, me he pasado toda la noche pensando en él y, por lo visto, él no me ha dedicado ni un pensamiento.
—Penny, Rafe. Rafe, Penny —dice Nico con pereza, blandiendo un brazo entre ambos. Está apoyado contra la barra, distraído, una vez más, por algo que hay a mi espalda.
Quiero decirle que ya nos conocíamos, pero entonces me preguntará de qué, y no creo que le haga demasiada gracia enterarse de que timé a su primo anoche. Sobre todo este primo en particular. No encaja con lo que le he dicho de reformarme.
Como ya no puedo dejarlo pasar ni un segundo más, aprieto las muelas para infundirme valor y alzo la mirada.
Voy pasando los ojos primero por unos zapatos pala vega de cuero marrón muy brillante.
Después, avanzo por la raya bien definida de un pantalón de pinzas de color azul marino, asciendo por los botones dorados de un chaleco y acabo sobre una mirada tan intensa que me corta el aliento.
Me cago en la puta. A lo mejor es que sus facciones ya no están suavizadas por el efecto del alcohol y de la iluminación tenue, pero su presencia es aún más imponente de lo que recordaba.
Es una red de líneas limpias, rectas, desde el corte de su traje hasta el ángulo de sus pómulos y de su mandíbula.
Cada doblez de su atuendo es intencionada; cada cabello negro está en su sitio.
Raphael Visconti es la imagen de la perfección. Y eso... me hace sentir un poco mareada.
Esboza una sonrisa condescendiente y siento un impulso eléctrico en la espina dorsal.
Se acuerda perfectamente de quién soy.
—Un placer conocerte, Penélope.
Se me caldean las mejillas al oír mi nombre completo. Solo le ha dicho que me llamo Penny, pero él ha asumido que es un diminutivo. «Capullo arrogante». Me niego a corregirlo, porque me parece que, de hacerlo, él habría ganado. En cambio, le sostengo la mirada e intento copiar su tono sedoso.
—El placer es mío, Raphael.
«Victoria». Me titila en el pecho justo antes de que una punzada de irritación le haga temblar esa sonrisa tan educada. Ha sido muy fugaz y, si hubiese pestañeado, me lo habría perdido.
Me alegro de no haber parpadeado.
Cuanto más me mira, más se me baja el subidón.
Su mirada es sencilla e implacable, y, aun así, el calor que emana me hace sentir como si tuviese la mano bajo el agua caliente del grifo.
Aumenta de temperatura más y más hasta que no soy capaz de soportar su ardor y tengo que apartar la vista de sus ojos.
Dirijo la atención hacia Nico, en parte para enfriarme y en parte con la esperanza de que acuda en mi rescate.
—Tengo que irme —gruñe, y acto seguido coge el vaso de whisky de la barra—. Benny está a punto de ganarse una denuncia por acoso sexual si no deja escapar a esa camarera de inmediato. —Se planta a mi lado y me estruja el hombro—. Nos vemos después de la ceremonia, pequeña P.
—Espera...