Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 4. Penny
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4. Penny

Penny

Lucecitas tenues, bandejas de plata y flautas de champán le hacen un guiño al cielo gris perla. Alrededor del lago escarchado, los sauces llorones tiemblan bajo la brisa, y en el medio, una pequeña orquesta pellizca las cuerdas y practica los acordes sobre una plataforma flotante.

El corazón de la Reserva ha sido transformado en el epílogo de una novela romántica de estilo gótico, un «felices para siempre» perfecto. Sin embargo, no hay cantidad de romanticismo que valga para obviar el hecho de que hace un frío que pela.

Matt me entrega una copa de champán.

—¿Sabes una cosa? Yo creo que me voy a casar en la Riviera francesa.

Recorro la mirada por las hileras de sillas blancas vacías y después miro a mi vecino. Está recostado contra el tronco de un roble, embebiéndose de las vistas por encima de su botellín de cerveza. Aún faltan quince minutos para que comience la ceremonia y él ya se ha aflojado la pajarita.

—Si ni siquiera sabes escribir «Riviera», zoquete.

Me dedica una mirada de lado.

—¿Vas a estar de morros toda la noche? Ya me he disculpado contigo.

—Tus disculpas no evitan que se me congelen los pezones.

Matt no me avisó de que la boda era al aire libre cuando me invitó a venir.

Tampoco se le pasó por la cabeza mencionarlo cuando me vio salir al descansillo que compartimos con un vestido azul con la espalda al aire y el abrigo en la mano.

Ahora, a pesar de lo caliente que vaya él, no me ofrece su chaqueta por si acaso la chica detrás de la que anda se lo toma como lo que no es.

—Te puedo dejar los calcetines —me ofreció cuando lo amenacé con una mirada asesina—. No son de cachemira, pero lo parecen.

Decliné su amable oferta y decidí hundir la barbilla en el cuello de mi abrigo de piel falsa y ponerme a bailotear para entrar en calor.

—¿Y tú qué?

—¿Eh?

—¿Dónde quieres casarte?

—No quiero casarme —gruño. Me sale la respuesta como un reflejo involuntario. Una decisión tan firme que prácticamente la tengo entrelazada en el ADN.

—¿En serio?

—Y tanto.

—¿Y si te enamoras?

Me trago lo que me quedaba de champán, dejo la copa vacía en una bandeja y la cambio por una llena.

—Eso no va a pasar.

—¿Cómo lo sabes?

—Las mujeres no se enamoran, Matt. Caen en la trampa.

Los tíos las atraen con mentiras dulces y promesas vanas.

Después, tras varios años, o quizá décadas, se dan cuenta de que están atadas a un desconocido y de que las cadenas están reforzadas por cosas como hijos e hipotecas y suegras con una obsesión malsana por sus retoños.

Algunas se divorcian; otras deciden que es más sencillo vivir con los grilletes.

Un pesado silencio silba en el viento. Me giro para mirar a Matt y sonrío al verle la cara.

—¿Qué? ¿Me he pasado?

—Joder, Pen. ¿Quién te ha hecho tanto daño?

Me echo a reír e ignoro la forma en que el colgante en forma de trébol tintinea sobre mi cuello al oír esa pregunta.

Esta teoría no nació con el hombre que me hizo daño, sino con mi experiencia como timadora.

Diría que el ochenta por ciento de los hombres que se me han acercado en los bares o en los casinos estaban casados.

Cada alianza de boda que se me ha clavado en el muslo me creó una nueva cicatriz en el corazón.

A ver, es verdad que así resultaba más sencillo vaciarles las carteras, pero también me hacía sentir vacía por dentro.

Porque detrás de cada hombre casado hay una mujer que no sabe que es un cabrón.

Una sinfonía letárgica comienza a sonar en el lago y se cuela entre la multitud como una niebla baja.

Los ojos de Matt trabajan sin descanso, escrutando a la muchedumbre para intentar detectar a su chica, y mientras tanto yo recorro la mirada por los alrededores.

Hay mujeres junto a la barra tomando cócteles.

Hombres sorbiendo whisky en grupitos de tres, murmurando en un idioma que no comprendo.

«Un idioma que no comprendo».

Tengo la flauta a medio camino de la boca cuando me quedo helada de repente. Levanto la mirada de las burbujas que borbotean en la copa y la dirijo hacia la barra. El bolso que se están pasando no es solo que sea de marca, es que es un Birkin. Ese que tiene una lista de espera de seis años.

Trago saliva y niego ligeramente con la cabeza.

«No. No puede ser». Desvío la atención hacia los hombres que tenemos más cerca y les reviso el atuendo con frenetismo.

Todos llevan esmoquin y pañuelos de seda en el bolsillo del pecho.

Lo normal para una boda. Sin embargo, cuando me fijo en un hombre en particular y desgrano los detalles, veo que tiene una cadena de oro bajo el cuello de la camisa, un tatuaje en forma de cruz en el dorso de la mano y un Rolex Daytona en la muñeca.

Entonces percibo un movimiento por el rabillo del ojo y el estado de alarma en el que me hallo provoca que gire la cabeza para observarlo.

Entre dos robles, al otro lado del claro, hay un hombre merodeando entre las sombras.

Solo se lo puede ver a causa de su ancha silueta y el brillo de sus ojos que estudian a los asistentes.

A su izquierda, otra sombra, otra mirada concentrada.

Un cerco de seguridad a prueba de bombas. Y solo hay una familia en toda la zona que necesitaría contar con este nivel de vigilancia.

—Matt —digo con firmeza—. ¿Con quién dijiste que se iba a casar Rory? —Silencio—. ¿Matt?

Aparto los ojos de las sombras para clavárselos a él, pero veo que está centrado en otra cosa. Tiene la espalda rígida y no deja de mirar a una mujer ataviada con un vestido rojo que atraviesa la muchedumbre y se une a un grupo que está charlando detrás de las sillas.

—Pen, vete a por algo de beber —murmura, sin quitarle la vista de encima.

—Pero si tienes la cerveza llena, y yo...

Me agarra la copa de la mano y vierte ambas consumiciones al suelo, junto a sus pies.

Abro la boca para echarle la bronca, pero mi cerebro decide que es mejor no hacerlo. A juzgar por esa mirada de bobo que tiene, sospecho que sacaría más en claro si me dirigiera al tronco contra el que está apoyado.

Voy hasta la barra, con la piel vibrando de alerta y los oídos avizores para intentar pillar trocitos de todas las conversaciones que me rodean.

Rory Carter no puede casarse con un Visconti.

Es jodidamente imposible. Su futuro marido será un empleado de la familia, tal vez el encargado de uno de los clubes nocturnos o de los restaurantes que tienen en el Cove o algo así.

Porque, si no lo recuerdo mal, ella nunca fue una de esas chicas, de las que estiraban el cuello cuando pasaba un coche con las ventanillas tintadas por los adoquines de la calle Mayor de Devil’s Dip.

No me la imagino escribiendo el nombre de Dante Visconti dentro de un corazón en sus libros de texto, ni intentando colarse en una de las discotecas de Tor Visconti con un carné falso con la esperanza de ver al propietario detrás de un cordón de terciopelo.

Cuando llego a la barra, espero pacientemente a que la camarera descubra cómo se abre una botella de champán.

Estoy inquieta, no dejo de mirar alrededor con cautela e intriga, y no solo porque estoy rodeada de hombres que tienen más sangre en las manos que todos los presos de la Cárcel Estatal de Washington juntos.

No, es porque hay dos Visconti en particular a los que tengo que mantener controlados.

Uno al que conocí anoche y otro al que conozco desde hace años.

Como si supiera que estaba pensando en él, una voz grave y sedosa me roza la espalda.

—La última vez que te vi me sacaste mil pavos.

Me agarro a la barra y se me cierran los párpados. No me doy la vuelta, aún no. En parte porque la emoción que me sube por la garganta es demasiado intensa para ocultarla, y en parte porque no quiero plantarme cara a cara con el rápido paso del tiempo.

Nico Visconti no es un mentiroso, pero esto sí que es mentira. La última vez que lo vi fue cuando me dejó en la terminal de autobuses de Devil’s Cove a las dos de la madrugada, unas semanas después de mi decimoctavo cumpleaños.

Eso es lo malo de esta costa. Mi pasado se esconde en todos sus recovecos y amenaza con saltar a la luz y asfixiarme cuando menos lo espero.

El calor que emana su cuerpo orbita el mío, y se detiene a mi lado. Giro el cuello hacia la derecha y me topo con unos ojos gris tormenta subrayados por una sonrisa perezosa. Se me rompe el corazón en dos y vuelvo a apartar la mirada, fingiendo escrutar las botellas de whisky que pueblan la barra.

—Cuánto tiempo, pequeña P.

Ese apodo con el que me llama enciende una cerilla en la oscuridad que habita en mi caja torácica. De pequeña lo odiaba. Me parecía paternalista, y mucho más por el hecho de que él es solamente un poco mayor que yo. Me saca un par de años, pero siempre estuvimos a varios mundos de distancia.

Conozco a Nico desde que tengo memoria, pero solo de vista.

Era el niño callado y desgarbado que se sentaba en una esquina del Gran Casino Visconti con una Coca-Cola Light y un bloc de notas.

Mi madre me dijo que era el sobrino de Alberto Visconti, y que su padre era el dueño de la destilería de whisky que había en Devil’s Hollow.

La primera vez que hablamos fue en el guardarropa.

Yo tenía diez años y todavía no me había acostumbrado al peso del colgante en forma de trébol de cuatro hojas que llevaba al cuello.

Hacía poco que me había dado por cenar entre los caros abrigos allí colgados porque me acababa de dar cuenta de que los hombres que jugaban al póker no eran mis amigos.

Nico se arrastró hasta plantarse a mi lado y miró mi plato de lasaña recalentada durante lo que me parecieron varios minutos. Después me preguntó algo en voz baja.

—¿Por qué has empezado a cobrarles un dólar a los jugadores por soplar los dados?

Me tragué la verdadera razón y le dije lo que quería creer desesperadamente.

—Porque traigo suerte.

Él cogió el bloc de notas que siempre llevaba pegado a la mano y le dio un toquecito con el dedo.