Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 3. Penny #3
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3. Penny #3

«Ducha». Después de haber pasado casi tres días en autobuses malolientes y de oler como un cenicero andante, pensar en darme una ducha es lo más parecido al paraíso que se me ocurre, aunque sea fría, porque todavía no he encendido el calentador del agua.

Dejo el abrigo en el suelo y me quito este vestido que tanto me aprieta.

A pesar de que es más caro que todo el resto de mi ropa, me muero de ganas de tirarlo a la basura.

El resto de mi ser huele a humo y a sudor, pero esta prenda apesta a whisky y a intentos fallidos, y no quiero volver a verlo en la vida.

Además, forma parte de mi pasado. Mañana me levantaré y seré buena.

El agua helada me recorre el cuerpo, me humedece el pelo y me muerde la tensión que siento entre los omóplatos.

Aun así, me siento más relajada porque veo la promesa de una nueva vida allá en el horizonte.

Regresar a Devil’s Dip me ha proporcionado una segunda oportunidad y un lugar donde volver a empezar.

Un sitio en el que Martin O’Hare jamás me encontrará.

Voy a enderezar mi vida.

Voy a encontrar un empleo y a mantenerlo durante más de una semana.

Y por fin voy a descubrir qué es lo que me interesa, además de sacarles la pasta a los tíos.

Cuando he terminado de secarme y de desenredarme el pelo, se me plasma una sonrisita de satisfacción en los labios.

Me pongo unos calcetines mulliditos y atravieso el pasillo hasta el dormitorio, donde me dan la bienvenida una cama individual y una bombilla desnuda.

Suspiro, tiro la maraña de ropa a los pies de la cama y veo que algo cae sobre las lamas del parqué procedente del bolsillo de mi abrigo.

El reloj de Raphael Visconti. Me siento en el borde de la cama y lo recojo. Rozo su suave cara de cristal con el pulgar y después recorro las correas de cuero.

Por raro que parezca, está caliente, como si se lo acabase de quitar de la muñeca hace un instante.

A lo mejor es la fatiga extrema que siento, o tal vez el hecho de que soy una psicópata redomada, pero por un motivo que desconozco, me lo llevo a la nariz e inhalo su aroma.

El potente cóctel de cuero y loción para después del afeitado me prende una diminuta y titilante llama en la boca del estómago, y durante un momento perverso y peligroso, me encuentro de nuevo en el bar.

Rodeada de lentos remolinos ambarinos, destellos plateados y fulgores verdes.

Aprieto los muslos.

Joder, sí que debo de estar cansada, porque me cago en su vida. Me da igual quién sea y cuántos guardaespaldas tenga, se me acercó con un maldito martillo. Y lo peor fue que pareció tomárselo a broma.

Me tumbo sobre la cama y suelto una carcajada. No lo puedo evitar porque, a pesar de que en aquel momento me quedé helada, el subidón de adrenalina que me provocó aún no ha abandonado mi cuerpo. Para ganar hay que arriesgar, y, en fin, esta noche lo he arriesgado todo.

La diversión se me clava sobre la piel como el polvo y deja paso al dolor sordo que siento detrás de uno de mis pechos. Para ser sincera, echo de menos timar. No lo he dejado porque me haya aburrido de hacerlo, sino porque es lo correcto.

Siempre supe que no estaba bien, y por eso he pasado los tres últimos años intentando encontrar una carrera profesional que me encaje.

Cuando llegué a Atlantic City, lo primero que hice fue echar un ojo a los casinos, y lo segundo, sacarme el carné de la biblioteca.

Cada lunes me plantaba delante de la sección para dummies , cerraba los ojos y pasaba el índice por los lomos.

Sacaba el libro en el que me detenía al azar, por muy aburrido que me resultase el tema.

La lógica era que, tal vez, solo tal vez, hallaría algo entre sus páginas que arrojase algo de luz en la oscuridad que vivía en mi interior.

Algo que se aproximase al subidón que me provocaba contar cartas o revisar cantos o birlarle la cartera del bolsillo del pantalón a un tío que estaba distraído mirándome las tetas.

No obstante, hasta ahora no ha habido suerte. Gramática alemana. Mercado inmobiliario. Observación de trenes. Todos los libros que he sacado de la biblioteca me han aburrido soberanamente.

Me levanto de la cama y me encamino hacia la maleta para guardar el reloj en el bolsillo delantero, para que no le pase nada. Ya pensaré cómo venderlo mañana.

Cuando recojo la pila de ropa que he dejado sobre la cama, veo que un objeto ha quedado atrás.

Una tarjeta.

La cojo y le doy la vuelta.

« Sinners Anonymous ». Las letras están grabadas en tono dorado, y debajo hay un número de teléfono impreso en dígitos negros y sedosos.

Me la quedo mirando durante unos cuantos segundos, y después, sin pensar, cojo el teléfono prepago que me compré en un área de servicio en algún lugar del Medio Oeste y marco el número.

Tres tonos después, salta el contestador automático.

—Ha contactado con Sinners Anonymous —dice una voz robótica de mujer—. Por favor, deje su pecado después de la señal.

Un largo pitido y un silencio cargado de interferencias.

Me hundo en la cama. Cierro los ojos y tomo una bocanada de aire.

—Hola, viejo amigo. Cuánto tiempo.