Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 3. Penny #2
16%

3. Penny #2

Cuando los mataron, yo pasé cinco años dando tumbos por casas de acogida, alojándome en dormitorios estériles diseñados para invitados, no para adolescentes huérfanas.

En cuanto cumplí los dieciocho, recibí una llamada de un abogado.

Entre los chupitos de vodka y las discusiones sin pies ni cabeza, mis padres no tuvieron ocasión de redactar un testamento, pero, según parece, sí que les dio por meter algo de dinero en una cuenta de un paraíso fiscal para cuando cumpliese la mayoría de edad.

Me resultó evidente que se trataba de una mentira como una casa, pero no profundicé en ello porque había bastante pasta para comprar este apartamento.

No pasé más que un par de meses aquí antes de empaquetar todas mis pertenencias y coger un bus que me llevase a nuevos lares.

Seguí las luces fulgurantes de una costa a la otra y acabé en Atlantic City.

El estudio en el que viví allí tenía ese tipo de moho que te hace arder los pulmones por la mañana, así que me alegro un poco de haber vuelto a casa.

Matt me observa mientras atravieso la estancia y paso la mano por encima de la superficie de cristal de la mesa del comedor, que está pegada a la pared del fondo.

Abro un poco la cortina y observo la calle adoquinada que hay abajo.

Al otro lado está la panadería, y si aprieto la nariz contra el cristal y miro a la derecha, soy capaz de distinguir las mesas de plástico rojo de la cafetería.

Eso es lo que tiene Devil’s Dip. Que aquí nunca cambia nada.

—¿Por qué has vuelto?

Se me tensan los músculos de la espalda.

La verdad es que cuando metí toda mi vida en una maleta y me largué de Atlantic City no pensé en volver aquí.

No se me pasó por la cabeza hasta que me subí al autobús que me llevó a Portland.

Me encontré temblando bajo una marquesina y sin tener ni la más remota idea de adónde ir, así que busqué «lugares más discretos de la costa oeste» en Google.

Devil’s Dip era el tercer pueblo en la lista de Wendy Wanderlust, bloguera de viajes.

Y, menuda coincidencia, solo faltaba media hora para que saliera un autobús hacia Devil’s Cove, y el precio del billete coincidía a la perfección con el dinero que me quedaba en los bolsillos.

Ese tipo de suerte es la que ha poblado mi vida.

—Echaba de menos este clima tan maravilloso —respondo con sarcasmo.

Él se ríe.

—¿Ah, sí? Y ¿ya te has buscado un trabajo?

Esa es mi siguiente tarea: encontrar un empleo en Devil’s Dip.

Va a resultar casi imposible, porque en un pueblo tan pequeño como este, solo hay un negocio de cada.

Una tienda, una cafetería, una pizzería.

Y parece que la gente que trabaja en esos establecimientos se aferra a sus puestos como si les fuera la vida en ello, y la única circunstancia en la que queda libre una plaza es cuando alguien se muere o se jubila.

—Nop, pero si sabes de algo, ¿me lo podrías decir?

—Bah, seguro que hay un millón de bares y restaurantes en el Cove que necesitan...

Lo interrumpo, con firmeza y rapidez.

—Quiero quedarme aquí, solo busco en Devil’s Dip.

Ni en el Cove ni en el Hollow. Allí me resultaría demasiado tentador hurgar en esos bolsillos tan repletos, y estoy intentando dejar de hacerlo.

Me doy la vuelta justo a tiempo para ver la sospecha en la mirada de Matt. Abre la boca, sin duda con una mezcla de preguntas en la lengua, pero hablo antes que él.

—Gracias por ayudarme con las maletas. A lo mejor podemos ponernos al día este fin de semana, si estás por aquí.

Una indirecta que ni el mayor idiota podría obviar. Se aparta del marco de la puerta y retrocede un par de pasos hacia las sombras del pasillo.

—Claro, te dejo a lo tuyo. —Se detiene ante la puerta principal—. ¿Tienes planes para mañana?

—Depende de lo que me vayas a proponer.

—Una boda. Comida y bebida gratis y un rato divertido. ¿Qué me dices?

Frunzo el ceño.

—¿Quién se casa?

—¿Te acuerdas de Rory Carter?

Suelto un gruñido. No porque me caiga mal, sino, precisamente, por lo contrario.

Es una de las chicas más agradables de todo Devil’s Coast. Fue al otro instituto del Dip y por las noches trabajaba en la cafetería que hay al final de la calle.

Siempre que iba, me invitaba a una ración de patatas fritas o a un chocolate caliente, y yo le hacía compañía mientras limpiaba las mesas y revisaba el inventario.

Probablemente solo me tratase bien porque sabía que mis padres habían muerto, pero, aun así, era lo más parecido a una amiga que tenía.

No. El gruñido es porque Rory tiene los mismos años que yo, lo que implica que ha llegado a la edad en la que la gente empieza a encarrilar sus vidas.

Yo, por mi parte, estoy muy lejos de conseguirlo.

—¿Con quién se casa? ¿Conozco al novio?

Matt inclina la cabeza, pensativo.

—No, no lo creo. En fin, ¿qué me dices? ¿Quieres ser mi acompañante?

Me muerdo el interior de la mejilla mientras me lo pienso. Supongo que será agradable ver viejas caras conocidas, y seguramente tenga un vestido apropiado acumulando polvo en el armario. Además, a lo mejor conozco a alguien que me pueda ofrecer un empleo.

—Me apunto, siempre y cuando no vuelvas a llamarme tu acompañante.

—Vale, no eres mi acompañante, sino que me ayudarás a conseguir pareja. Va a ir la chica que me gusta.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que cante tus alabanzas en el cuarto de baño para que me oiga?

—No; quiero que me mires como si estuvieses enamorada de mí y que finjas reírte de mis bromas. Después, cuando se dé cuenta de lo bien que me queda el esmoquin, te largas.

Lo miro, incapaz de creer lo que me está diciendo.

—¿Te ha funcionado esa estratagema alguna vez?

Me dedica un guiño.

—No sé, nunca la he probado. Te recojo a las dos.

Se marcha del apartamento y me deja sola con mis pensamientos y el runrún de la calefacción.