3. Penny
Penny
Ya pasa de la medianoche cuando estoy arrastrando la maleta por los adoquines de la calle principal de Devil’s Dip.
A pesar de que solo he tenido que recorrer unos cuarenta minutos de trayecto en autobús por la carretera costera, este pueblo es completamente opuesto al Cove.
El cielo está totalmente negro, y las calles, en silencio, salvo por el rugido del viento salado que me impacta en las mejillas como un látigo.
El Dip es como el primo desaliñado del Cove.
Ese al que han desheredado y ya ni siquiera invitan a las celebraciones familiares.
Es más sucio, más oscuro. Incluso el fulgor de las luces de Navidad es más tenue.
En estos bares y restaurantes no hay gente de dinero, solo hombres viejos y cansados que se encorvan sobre una cerveza y un plato de pollo frito grasiento tras haberse pasado el día estibando en el puerto.
Como una polilla hacia una llama, la mayor parte de sus residentes vuelan hacia el Cove en busca de trabajo, que es lo que hicieron mis padres.
Cogen el bus seiscientos dieciocho delante de la vieja iglesia, en lo alto del acantilado, trabajan doce horas sirviendo a los ricos y maleducados clientes del Cove y después regresan a las barriadas con el delantal lleno de propinas y los pies machacados.
Ahora que he decidido reformarme, no pienso seguir sus pasos. En el Cove, hay tentación y peligro por doquier, y resulta casi imposible esquivarlos. En el Dip, las únicas cosas que me pueden hacer daño son los recuerdos que tengo encerrados en la casa victoriana que hay cinco calles más allá.
No he vuelto desde el asesinato, y no pienso regresar ahora.
Me detengo delante de una puerta verde desconchada. Está enclavada entre una tienda de bicicletas y una funeraria, y si no fuera por la titilante luz de una farola, la mayoría de los carteros no verían el número ocho que tiene grabado en la madera.
Chirría al abrirla con un ligero empujón de mi bota. Cuando el de la inmobiliaria me entregó las llaves una semana después de cumplir los dieciocho, mencionó que la puerta de entrada estaba rota, pero que el propietario del edificio iba a arreglarla «de inmediato».
Supongo que la expresión «de inmediato» no significa lo mismo para todo el mundo.
Subo por la estrecha escalera hasta el segundo piso, tiro la maleta y el bolso en el suelo de linóleo y me dirijo hacia la puerta 8A. La aporreo con el puño y contemplo el felpudo sin creer lo que ven mis ojos.
«Me llamo Pudo, Fel Pudo».
Pasos amortiguados, una vuelta de cerrojo, y después un hombre alto y rubio oscurece el dintel. Lleva unos pantalones cortos de baloncesto y frunce el ceño, irritado. Cuando me mira, esboza una sonrisa de medio lado.
—Vaya, vaya. La mosca ha decidido volver al estercolero.
Lo ignoro.
—¿Has perdido una apuesta?
Frunce el ceño.
—No, ¿por?
—Entonces ¿te has comprado este felpudo por voluntad propia?
Ambos dirigimos la mirada al suelo y Matt se ríe.
—¿No te parece gracioso?
—Me parece que te mereces que te entren a robar.
—Es un chiste. Madre mía. —Se pasa una mano por el pelo, que lleva un poco largo—. Penny Price no sería capaz de reconocer un buen chiste ni aunque la abofeteara.
La irritación me serpentea por la espalda.
—Yo sí que tengo un buen chiste.
—A ver.
—Toc, toc.
Entrecierra los ojos.
—Vale. ¿Quién es?
—Tu vecina favorita, que está a punto de prenderle fuego a tu felpudo si no le das la llave de su apartamento en menos de cinco segundos.
Matt frunce el ceño y después esboza una sonrisa fácil.
—Veo que sigues siendo una capulla, ¿eh?
—Por desgracia.
Me dedica un leve gesto de negación, recorre el pasillo y me invita a pasar con un vago movimiento de la mano.
—Entra y ponte cómoda. Me va a costar encontrar esa llave.
—¿Por qué? ¿Te has vuelto desordenado de repente? —Sin embargo, cuando me detengo en el diminuto y conocido salón de su casa, descubro que no es así. Está tan ordenado como lo recordaba, amueblado en tonos grises y de color crema.
—No, Penny, pero desde que me la diste han pasado...
¿cuánto, tres años? Bueno, en realidad no me la diste.
Me la dejaste delante de la puerta, debajo de una caja de cervezas, y te esfumaste sin dejar rastro.
—Entra en la cocina y se oye el traqueteo de objetos metálicos—.
Tienes suerte de que no la haya tirado. Está en ese cajón de la cocina.
Ese en el que se guardan todas las cosas que no tienen sitio.
—Más repiqueteo—. Maldita sea —refunfuña—.
Aquí hay cargadores de móvil, tarjetas SIM, tornillos de Dios sabe dónde.
—Se hace el silencio—. Ostras, acabo de encontrar un walkman . ¿Te acuerdas de ellos?
—No, porque tengo veintiún años.
—¡Oye! Que solo te saco un par de años, tía.
Contengo una sonrisita y me dejo caer sobre el sofá.
Mala idea. Los cojines blanditos y la cálida nostalgia me engullen los músculos doloridos como un abrazo, y durante un breve momento, se me cierran los párpados.
Después de haber pasado tres años viviendo en un estudio colindante con un fumadero de crac, soy capaz de apreciar lo bien que vivía aquí, con Matt de vecino, durante los escasos meses que pasé en este apartamento.
La noche que recogí las llaves de mi casa, él llamó a la puerta armado con cervezas y un cargamento de anécdotas sobre la pareja tóxica del piso de arriba.
Es genial, para ser un hombre. Resulta muy fácil hablar con él, no se te come con la mirada, y la mayoría de los fines de semana se coloca hasta alcanzar una calma absoluta.
Es profesor de Educación Física y entrenador de hockey en esa academia tan pija de Devil’s Hollow, y si apostara con un desconocido un millón de dólares a que no sería capaz de adivinar su profesión en tres intentos, estaría endeudada hasta las orejas.
Tiene melena de surfista, viste ropa holgada y camisetas de la Liga Nacional de Hockey y usa expresiones irritantes como «tranqui, tío».
Me obligo a abrir los ojos y a centrarme en la pantalla del televisor para intentar no dormirme.
Allí, en la esquina de la estancia, un reportero del informativo habla con una expresión y un tono igual de siniestros.
Me quedo mirando lo que tiene detrás. Un edificio en llamas cuyos densos tirabuzones de humo se deshacen contra el oscuro cielo que lo cubre.
Se me tensa la garganta al instante.
Matt aparece en el dintel con unas llaves colgando de un dedo. Mira la pantalla.
—Un incendio en un casino de Atlantic City. ¿Algún pobre diablo que se gastó todos los ahorros en las tragaperras y ansiaba venganza?
Tengo las manos clavadas en el blando asiento sobre el que me hallo. «¿Lo está cubriendo la televisión nacional? Mierda».
—Pues quizá sí.
—Las autoridades piensan lo mismo.
—¿Qué?
—Antes de que llegaras dijeron que sospechan que el incendio ha sido provocado, no un problema de cables pelados o algo así.
Tengo las palmas de las manos sudorosas, pero la sangre helada.
—No sé, pero seguro que lo descubrimos dentro de poco.
Su risa ronca flota por la estancia y me impacta en la piel. Su boca sigue moviéndose, pero yo ya no lo escucho, porque ahora, de repente, me percato con intensidad de lo mal que huelo: a humo y a pecado. De pronto, lo único que oigo son esas malditas palabras.
«Tus pecados te acabarán dando alcance, pequeña P. Es lo que siempre pasa».
No. Aquí estoy a salvo. El Dip es un lugar tranquilo, y, además, nadie me vio marcharme, y mucho menos saben adónde he ido.
—Oye, ¿estás bien?
Consigo asentir con la cabeza, farfullo algo del estilo de que estoy cansada y me pongo de pie.
—Deja que te lleve el equipaje —dice, y coge mi maleta.
Lo sigo por el pasillo, escuchando a medias lo que me dice sobre que la cerradura está un poco dura, y de pronto nos plantamos en el recibidor de mi apartamento.
Matt acciona un interruptor con el puño y la estancia se inunda de un brillo rancio y amarillento. Contemplo todo a través de un ojo cauteloso, preparándome para lo peor. Lleva tres años cerrado, así que espero que el techo esté medio caído o que haya ratas atrincheradas en el dormitorio.
No obstante, parece haber quedado congelado en el tiempo bajo una fina capa de polvo.
No ha cambiado nada. El pasillo sigue siendo del tamaño de una celda y pintado a brochazos.
Este desemboca en el salón, que no es mucho mayor.
El sofá de dos plazas de segunda mano ha aguantado bien el paso del tiempo.
Está delante de un televisor tan antiguo que tiene botones en la parte delantera.
Bajo la mirada hacia la moqueta gris, llena de manchas, y me propongo darle un buen aspirado antes de poner un pie descalzo sobre ella.
—Está tal como lo dejé —anuncio, y un cálido alivio me anega la caja torácica.
—¿En serio? Madre de Dios —murmura Matt. Me giro y lo veo apoyado contra el marco de la puerta, con una expresión incrédula en el rostro—. Si me hubieras dicho que la habían ocupado, me lo habría creído. Se me había olvidado lo... hecho una mierda que está esto.
Me río y niego con la cabeza. Cuando el alcoholismo atacó a mis padres, nuestra casa comenzó a pudrirse.
El papel pintado con motivos florales se marchitó y las encimeras de granito perdieron el brillo, por mucho que las intentase limpiar con agua y jabón.
Hice lo que pude, con productos de limpieza robados y un poco de esfuerzo, pero al final, cuando tu madre vomita suficientes veces sobre la moqueta, resulta imposible eliminar el olor.
Y, además, llega un momento en el que ya deja de importarte.