Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 2. Penny #3
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2. Penny #3

—Dan, pásame el martillo.

Lo dice con impasividad. Como si le hubiera pedido la hora, no porque tuviese que ir a ningún lado, sino nada más que para entablar conversación.

Se me congela la piel.

—¿Qué? ¿Para qué?

Me ignora. Dan me lanza una mirada que está a medio camino entre una disculpa y un «ya te lo dije», después se agacha detrás de la barra y aparece con un martillo pequeño, de los que se usan para machacar hielo.

O rótulas.

No espero para averiguarlo.

Motivada por el instinto de supervivencia y por la adrenalina, combino las dos tareas, la de ponerme el abrigo y la de retroceder hacia la salida.

El local está lleno de una neblina ámbar, de calor y de miedo; todo se emborrona excepto el martillo y la gran mano que lo sostiene.

Choco contra el primer escalón, pero esta vez ninguna mano fuerte sale de la oscuridad para sujetarme. Cuando caigo de culo, el impacto me reverbera por la columna vertebral y el terror más absoluto le pisa los talones.

«Tus pecados te acabarán dando alcance, pequeña P. Es lo que siempre pasa».

Las palabras con las que se despidió de mí el primo de Raphael me resuenan en los oídos mientras una cálida negrura se desliza como un espectro sobre mi pecho. Es una sombra, de la que sale una garra de acero, una cara reluciente de un reloj y un anillo de cuarzo.

—Por favor —suplico a la oscuridad.

La última vez que pronuncié esa palabra con tanta desesperación fue a los diez años, en el callejón de detrás del Gran Casino Visconti. No fui capaz de detener las manos que se me acercaban entonces, y tampoco las de ahora.

Una palma áspera de tacto suave me sube por el muslo. La tela sedosa de mi vestido se abre por la raja y, al instante, se me cae el estómago a las botas.

«¿Alguien ha tocado alguna vez lo que hay debajo de ese vestido tan bonito que llevas?».

El miedo se convierte en furia, ardiente y peligrosa.

«No».

Pero sucede demasiado rápido. Aprieto los dientes, cierro los ojos y agarro el colgante en forma de trébol de cuatro hojas justo cuando el martillo desciende a la izquierda de mi cuerpo.

Crac.

Ni dolor, ni huesos rotos. Abro un ojo y miro la raja del vestido. Una oleada de vergüenza me anega las venas.

La alarma antirrobo. La veo reventada, en mil trocitos de plástico, al lado de mi músculo tembloroso. No me di cuenta de que la llevaba, pero es evidente que sí. Por eso saltó la alarma cuando salí de la puta tienda.

Tardo tres largos segundos en recordar que tengo que respirar. Tomo aire y, cuando abro los ojos para mirar los de Raphael, suelto una exhalación airada.

Veo el humor en su mirada, como si acabase de escuchar un chiste y estuviese observando el desenlace.

—Has tenido suerte.

—¿Ah, sí? —respondo.

—Sí. A veces las llenan de tinta.

Lo miro. Él es un vaso de agua fresca en contraste con mi infierno ardiente. Un mar verde en calma en contraste con mi tormenta temblorosa.

Lo odio.

Antes de recobrar la compostura suficiente como para contestarle, extiende una mano y me pone en pie. Me tiemblan las piernas a causa de la adrenalina. Sin romper el contacto visual, le tiende el martillo al guardia más cercano y se desabrocha el reloj de un solo gesto.

Se inclina hacia delante, lo bastante cerca como para meter la mano en el bolsillo de mi abrigo, y guarda en él el Breitling. Este cae al fondo como un peso muerto.

—Cuídamelo bien. —Algo hermosamente melancólico le atraviesa la mirada, y a pesar de que me encantaría cogerle el martillo de las manos al segurata y estampárselo en la cabeza, su expresión reverbera en el vacío que albergo en el pecho.

Desaparece en un batir de oscuras pestañas, reemplazado de nuevo por esa sempiterna diversión.

Se me escapa de la boca un comentario ácido antes de que pueda detenerlo. A pesar de haber conseguido uno de los botines más potentes de mi vida, odio tener la sensación de que este tío me la ha jugado. Tengo que reaccionar de inmediato para igualar el marcador.

—¿Te apetece volver a jugar? —pregunto con toda la indiferencia que puedo—. Me gusta bastante ese anillo que llevas.

Esboza una sonrisa tensa.

—Antes me cago en las manos y doy palmas.

Me reiría de esa referencia a mi comentario anterior si no estuviese a punto de un ataque al corazón. Creo que he tentado demasiado a la suerte por una noche. Pasa un instante cargado y después él señala la escalera con la barbilla y me dice:

—Vete.

Una orden sencilla que estoy encantada de cumplir. Cojo mis pertenencias y troto por la escalera mientras intento ignorar la mirada que me quema la nuca.

Me parece que ha pasado una vida entera desde que me colé en este local para esconderme de una dependienta enfadada.

El segurata de cara de pasa me mira mientras camino hasta la puerta, y después su voz ronca me llega hasta los hombros.

—No sabes la suerte que tienes.

Me detengo con la mano sobre el pomo de la puerta. De pronto, siento que el trébol de cuatro hojas que llevo alrededor del cuello pesa más que el reloj de cinco ceros que llevo en el bolsillo.

Suelto una carcajada amarga.

—Ah, no. El que no lo sabe eres tú.