2. Penny #2
A pesar de que me encuentro en un pozo sin escalera, mi orgullo sale a relucir como un sarpullido.
Cuadro la mandíbula y me pongo en pie. Sin romper el contacto visual, me vuelvo a quitar el abrigo, pero esta vez sí que noto que su mirada me calienta todo el cuerpo.
Rueda desde los finos tirantes que tengo sobre los hombros hasta la curva de la cadera, baja por toda la pierna derecha, que llevo al descubierto, y se detiene en la bota Dr. Martens.
Cada centímetro que absorbe pone otro ladrillo de confianza en mi ser.
Y una sensación de aleteo en mis entrañas, pero eso vamos a intentar obviarlo.
No es más que un hombre, por los clavos de Cristo. Un hombre con un apellido famosísimo y rodeado de guardaespaldas que podrían trocearme en pedacitos y meterme en mi propia maleta, pero, al fin y al cabo, un hombre. Y bajo la superficie, todos son iguales.
Me apoyo contra la barra y deslizo el colgante por la cadena. «Juego. Vale». Voy a tirar de mi táctica menos cutre y esperar que salga bien.
—No es tanto un juego como un... concurso de preguntas.
Dan deja dos consumiciones sobre la barra. Una es un whisky , la otra, un cóctel de color amarillo chillón. Contemplo la guinda que tiene dentro y la pajita retorcida que emerge de él.
—¿Has cambiado tu bebida?
—He cambiado la tuya. Es menos probable atragantarse con un martini de limón.
—Qué considerado —respondo con ironía. La bebida me importa un pimiento. Además, tengo la sospecha de que, si tomo aunque sea un sorbo, acabaré atada en un sótano lóbrego y húmedo.
—Un concurso de preguntas, ¿eh? Cuéntame más.
—Cinco preguntas. Si contestas alguna mal, me quedo con tu reloj.
Enarca una ceja. Esboza una sonrisita que ya he llegado a odiar.
—¿Y si las contesto bien?
—Eso no va a pasar.
Suelta una risita ronca y, al frotarse las manos, me tientan sus gemelos de diamantes. «¿Cómo no caí en la cuenta de quién era?».
—Eres muy confiada, pequeña.
«Pequeña». Un estremecimiento de desagrado me atraviesa la columna vertebral. «Pequeña» entra en la categoría de «cielo» o de «cariño». Expresiones condescendientes que los hombres usan para bajarles los humos a las mujeres.
Me entran ganas de dejarlo sin blanca.
—Empecemos. —Cómo no, tiene la confianza por las nubes.
—¿No quieres que te diga el truco?
—¿Hay truco?
—Siempre lo hay —digo con soltura, ignorando el tono tan perverso que ha adoptado su voz—.
Ninguna de las preguntas es trampa. De hecho, las respuestas son muy simples.
Sin embargo, el truco es que tienes que contestarlas todas mal.
Si das la respuesta correcta, pierdes, y me quedo ese bonito reloj que llevas en la muñeca.
—Deslizo la mano hacia el espacio que nos separa—. Me quedaría muy bien; ¿no te parece?
Mira mi brazo con poco interés, después dirige los ojos hacia mi cara. La impaciencia le titila como las llamas en los iris.
—Bien.
—¿Has jugado alguna vez?
Tiene el vaso a medio camino de los labios cuando se detiene.
—No sería lo más apropiado tomarme por tonto, cariño.
Me recorre un escalofrío.
—Aún no hemos empezado. Puedes responder con sinceridad.
Se queda pensando un rato. El sorbo se convierte en un trago, y después deja el vaso sobre la barra.
—Pues no, nunca.
Un subidón embriagador me recorre la piel, una mezcla de excitación y peligro.
—Primera pregunta. ¿Dónde estamos?
Duda.
—En la Luna.
—Segunda pregunta. ¿De qué color tengo el pelo?
Alza la mirada hacia mi moño enmarañado. Traga saliva y farfulla algo que apenas se le escapa de los labios. «¿Qué?». Sin embargo, antes de que pueda otorgarle peso, escupe una respuesta.
—Azul.
—¿Y tú?
—Rubio.
—Joder, se te da muy bien —murmuro, y me coloco un mechón detrás de la oreja.
—Se me dan bien la mayoría de las cosas.
Esa insinuación ronca que le noto en la voz me detiene el pulso durante un segundo. Algo cálido me roza la rodilla y, al bajar la mirada, veo que es la suya. «¿Estaba tan cerca hace un minuto?».
Ignoro el calor que se me sube a la cara y continúo.
—Vale. ¿Cuántas preguntas te he hecho?
Tamborilea contra la barra a un ritmo tres veces más lento que el de mi corazón. Se pasa el nudillo por el pómulo antes de sentenciar:
—Doce.
Exhalo tan intensamente que los pelillos sueltos que me cubren la cara se estremecen.
—Mierda —balbuceo entre dientes, y recorro el local con la mirada.
Raphael me mira con alegría contenida. Coge el vaso, hace rodar el líquido ambarino con un giro de la muñeca.
—¿Te estás poniendo nerviosa?
—Sí, porque eres un tramposo —respondo.
Deja de remover.
—¿Disculpa?
Por el frío que percibo en sus palabras sé que contestarle «Acepto tus disculpas» no sería la decisión más sensata.
—Ya me has oído. Estás haciendo trampas.
Deja el vaso.
—Repite eso —dice con suavidad, aunque en su mirada no hay ni un ápice de ella.
Contengo las ganas de disculparme, aunque solo sea para aliviar la tensión que se me está acumulando bajo las costillas, pero lo único que funcionará será doblar la apuesta.
—He dicho que eres un tramposo. Y un mentiroso también.
Le veo un espasmo en la mandíbula.
—Mentiroso.
—Sí. Me dijiste que nunca habías jugado a esto, pero eso era mentira, ¿o no?
—Ya te he dicho que no.
Pasa un segundo. Que se convierte en dos. Nos miramos, y de pronto una densa y pegajosa sensación de entendimiento se instala en el pequeño hueco que nos separa.
Esa era mi quinta pregunta.
¿Podrá oírme el pulso en las sienes, o el filo dentado de mi aliento? Si es así, los duros rasgos de su rostro no lo demuestran.
Me encanta ganar. La sensación de jugársela a una víctima es tan adictiva como cualquier droga.
Sin embargo, esta noche, ese subidón queda subyugado a la sensación de que se me están acercando las paredes.
Cuando levanto la mirada descubro, con horror creciente, que no son las paredes, sino los seguratas de Raphael que están formando un círculo que avanza lentamente hacia nosotros.
Ay, mierda.
Sin embargo, Raphael alza una mano. Es un movimiento tan sutil que no me habría fijado en él si no hubiera sido por el fulgor de su anillo de cuarzo, pero que detiene en seco a todo su equipo.
—Me has engañado —dice sin más.
—No. Antes de empezar te pregunté si habías jugado alguna vez, y tú dijiste...
—No —zanja, pensativo.
Su silencio es atronador. Mi triunfo, susurrante.
Escruto su indescifrable expresión con cautela mientras se termina la copa y se pasa el pulgar por el labio inferior. Pone el antebrazo sobre la barra.
Durante el segundo más corto de la historia, creo que tal vez, solo tal vez, puedo haberme salido con la mía. Sin embargo...