Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 2. Penny
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En Devil’s Coast hay una regla tácita. Está grabada en cada acantilado y contamina cada sombra.

«No te metas con los Visconti».

Es de cajón, si lo piensas. No cabrear a la mafia, y en particular a la Cosa Nostra, es una ley tan antigua como el tiempo.

Los Visconti dominan la costa. De hecho, apostaría el riñón izquierdo a que podría girar la cabeza trescientos sesenta grados como una puta lechuza y que todo lo que vislumbrasen mis ojos sería propiedad de los Visconti.

Todos los bares, hoteles, casinos y restaurantes del Cove, del Hollow y del Dip, además de las pobres almas que los pueblan.

Yo más que nadie debería ser capaz de detectar a un Visconti.

No es que acabe de bajarme de un autobús en un territorio desconocido.

Me crie bajo su techo, en el Gran Hotel y Casino Visconti.

Aprendí a gatear entre sus mocasines Brioni bajo las mesas de póker; me vino la regla en uno de sus retretes dorados.

Probé el alcohol por primera vez en uno de sus bares.

Joder, si fue un Visconti el que me enseñó todo lo que sé sobre apostar con ventaja y timar a la gente.

Me agarro a la barra y le lanzo una mirada de reojo a la silueta que hay en la esquina. La pantalla de su móvil le ilumina la mandíbula, y cuando se da la vuelta, sus ojos verdes refulgen bajo la luz tenue.

Contra todo pronóstico, he llegado a los veintiún años, y ese mérito se lo reparten a partes iguales la suerte y mis instintos, aunque solo me susurren al oído. Ahora mismo, no obstante, no están susurrando, sino que gritan a pleno pulmón.

«Corre».

Dan ha empezado a recoger vasos de las mesas.

Recojo los billetes de la barra y dejo uno para pagar la consumición.

Por desgracia, tendré que dejarle una propina escasísima, pero, como paisano de Devil’s Coast, seguro que Dan lo comprende.

Me escurro por al lado de la barra, me pongo el abrigo y me dirijo hacia la mesa bajo la que escondí la maleta.

«Sin prisa pero sin pausa. Despacito y con buena letra». A pesar de que el pánico me hunde los hombros, mis movimientos son muy relajados y naturales; cualquier otra cosa atraería una atención que no deseo.

No soy más que una chica saliendo de un bar después de haberse atragantado con una bebida exorbitantemente cara. Nada del otro mundo.

Cuando llego al primer escalón, me agacho para recoger la maleta y una voz atraviesa la sala como un cuchillo caliente sobre un bloque de mantequilla.

—¿Ya te vas?

«Mierda».

—Sí —digo con toda la calma que puedo—. Tengo que coger un tren.

—En Devil’s Coast no hay trenes.

«Mierda al cuadrado».

—Mañana por la mañana. Desde otro pueblo. Tengo que levantarme pronto para llegar hasta allí, así que mejor me...

Tres pasos lentos, cada uno más cerca que el anterior. El peso que acarrean hace que mi excusa se quede en nada.

Aprieto los puños, miro a lo alto de la escalera, al fino rayo de luz que se cuela por la cortina. Si sacrifico mis pertenencias, ¿seré capaz de salir por la puerta antes de que me dé alcance?

Se me agolpa la sangre en los oídos. Otros dos pasos reverberan contra el techo bajo, y entonces siento calor en la nuca. Un balbuceante latido después, el aroma a whisky caliente y a menta fresca me llega a la nariz.

«Madre mía, qué cerca está». Se me pone la piel de los brazos de gallina y las rodillas amenazan con ceder bajo mi peso.

Su voz, densa, tranquila, flota por encima de mis hombros.

—Vamos a jugar.

Es una orden disfrazada de sugerencia y pronunciada con la descarga de una picana eléctrica.

Debería darme miedo, pero la verdad es que solo me cabrea. Nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer, sobre todo un hombre, aunque se trate de un Visconti.

Raphael Visconti. Joder. A pesar de lo mucho que me irrita, no puedo creer que haya escogido a Raphael Visconti como víctima, aunque solo lo supiera yo.

Es el mediano de los hermanos del Dip, quienes, al contrario que los del Cove y los del Hollow, no tienen presencia en Devil’s Coast desde hace años, desde que fallecieron sus padres, cuando yo tendría unos once años.

A él en particular no lo recuerdo del todo bien, probablemente porque es mucho mayor que yo.

Existe en fogonazos de trajes elegantes y sonrisas encantadoras.

Nunca pude echarle más que un vistazo rápido antes de que desapareciera detrás de un mar de trajes o de una puerta cerrada.

Todo lo que sé sobre Raphael Visconti no proviene de los recuerdos de mi infancia, sino de rumores intercambiados alrededor de mesas de blackjack en Atlantic City.

Su nombre siempre se pronunciaba entre susurros quedos, normalmente acompañados de habladurías sin confirmar.

Se decía que celebraba partidas de póker exclusivas y fiestas a la altura de Jay Gatsby, ese tipo de cosas.

Costaba discernir lo que era cierto y lo que no.

Solo sé dos cosas sin lugar a dudas.

La primera es que Raphael es el dueño de la mayoría de los casinos de renombre de Las Vegas.

La segunda es que sería una imbecilidad intentar timar al dueño de la mayoría de los casinos de renombre de Las Vegas.

«Tengo que salir de este lío, y rápido».

Con un falso aplomo, me doy la vuelta, con una cláusula de rescisión en la lengua.

Lo tengo más pegado de lo que creía, y eso me coge por sorpresa.

Trastabillo hacia atrás y me choco contra el primer escalón, pero, antes de caer de culo, una mano fuerte me agarra del antebrazo.

Mi resistencia titila como una vela al viento. Es alto. Muy alto, y ahora que sé quién es, también me parece jodidamente enorme. Mis ojos no pasan del tercer botón de su camisa.

Estar a su sombra me pone incómoda, así que me subo al primer escalón y me cruzo de brazos en un intento de ponernos al mismo nivel.

Él sonríe.

—Sí que insistes para no interesarte.

Baja la mirada a mis labios.

—Ah, es que ahora sí que me interesa.

De pronto siento un calor abrasador en el estómago y suelto un resoplido involuntario. No sé si es la intensidad con la que me mira o la sedosidad de su voz, pero hay algo que me parece... inapropiado. No dudo que ha atraído a mujeres con mucho menos esfuerzo.

Finjo un bostezo.

—Disculpa. Tengo que irme.

A pesar de que su quietud me resulta magnética, consigo apartarme de él lo suficiente para agacharme, coger mis pertenencias y girarme hacia la salida.

Un paso. Otro más. Tengo la bota sobrevolando el tercer escalón cuando me rodea la oscuridad. Me detengo para mirar la luz que se cuela allá en lo alto y veo al guardia de seguridad, el de la cara abofeteable, bloqueando la salida.

Mierda.

Me vuelvo para mirar a Raphael, como si fuera a proporcionarme alguna respuesta. Está plantado en el mismo sitio, con la misma sonrisa tensa en los labios y las manos reposando en los bolsillos del pantalón.

Miro por encima de su hombro y en ese mismo instante la confusión se convierte en algo más denso. Todos los demás clientes del bar se han puesto en pie y me miran. Uno de ellos se pone debajo de una lámpara y gira la cabeza.

Entonces le veo el pinganillo y caigo en la cuenta de lo que ha pasado.

Llevan traje entre semana. Están solos. Estas cosas que normalmente me parecen un semáforo en verde resultan que son una bandera roja. No era una coincidencia que estuviesen sentados solos, es que son todos guardaespaldas. Están trabajando. Para...

Vuelvo a fijar la mirada en el Visconti. Se le profundizan los hoyuelos. Un encanto de cachemira y una sonrisa afilada.

—Me temo que debo insistir.

El pánico se me instala en las venas como cubitos de hielo. «Mierda». Hace menos de diez minutos, creía que este tío era un pececito que no quería morder mi anzuelo; cómo me equivocaba.

Es un gran tiburón blanco que está a punto de tragarme entera.

Me late el pulso en la garganta y se me humedecen las manos. «Dos metidas de pata en una semana». Esas probabilidades son funestas para una chica tan afortunada como yo.

La derrota se me asienta en el estómago, dejo el equipaje en la escalera y me aliso el satén del vestido robado.

Por fuera parezco tranquila, pero por dentro todos mis órganos traquetean para intentar gestar un nuevo plan.

Mis triquiñuelas de siempre ya no sirven; necesito algo menos manido.

Algo que evite que acabe en el fondo del muelle del Cove dentro de una funda para cadáveres.

Supongo que hay que dar comienzo al tercer acto.

—Bueno, ya que insistes —escupo en un tono que no refleja el pánico que me sube por la garganta. El divertimento de Raphael me arde en la mejilla cuando paso por su lado para tomar asiento delante de la barra.

Dan me mira a los ojos y me ofrece un diminuto y doloroso gesto de negación con la cabeza con el que me pretende transmitir todo lo que ya he descubierto por mí misma: que estoy bien jodida.

La mano enorme de Raphael agarra el taburete de al lado y lo aparta de la barra como si no pesase nada.

Se sube los pantalones y se sienta en el borde.

Con un ligero e inexpresivo asentimiento de cabeza dirigido a Dan, apoya los antebrazos sobre las rodillas, estira los dedos y me dedica toda su atención.

—Háblame de ese juego.

Mis ojos se dirigen hacia él, a mi pesar.

Los suyos brillan de disfrute tácito y, de pronto, recuerdo el momento en el que saqué prestado Biología marina para dummies de la biblioteca.

En ese libro había un capítulo dedicado a los tiburones blancos y a cómo pueden detectar los latidos de un corazón bajo el agua.

Él detecta el miedo en el mío y lo disfruta de lo lindo.