1. Penny #4
—¿Y propina?
Ahora se le tensa la mandíbula, pero no dice nada. En cambio, saca otro billete y lo planta sobre la barra. El sonido sordo es más intenso de lo que me esperaba, y me reverbera en la caja torácica.
Silencio. Espolvoreado de una sensual melodía de jazz y del ruido que hace la punta del bolígrafo al deslizarse sobre el papel.
—Sigues aquí —rumia al cabo de un rato—. ¿Por qué? —Aparta una carpetilla para abrir la siguiente. Vuelve a lamerse el pulgar y no entiendo por qué me altera tanto.
Trago el nudo que se me había alojado en la laringe, me bajo del taburete y acorto la distancia que nos separa para detenerme en el estrecho hueco que queda entre su cuerpo y la barra.
La fría superficie me besa la espalda desnuda cuando me apoyo contra ella, en contraste con el calor que emana su cuerpo.
Él se queda quieto. Hincha las narinas y me mira a los ojos a regañadientes. Ya no queda ni un ápice de humor en su mirada. Ahora lo único que veo es un mar verde en calma, y no puedo deshacerme de la incómoda sensación de que hay una corriente muy fuerte y peligrosa fluyendo bajo la superficie.
¿A cuántas mujeres habrá engañado para que se zambullan?
—No quiero tu dinero —digo, en un intento (fallido) de igualar su indiferencia. Sus ojos entrecerrados bajan hacia mi mano y la siguen mientras la deslizo por la barra para acercarla a su muñeca—. Quiero tu reloj.
Rozo la correa con un dedo y siento que se me incendia el bajo vientre de excitación.
Contra todo lo esperable, hemos llegado al segundo acto: la propuesta.
—Quieres mi reloj —insiste con sarcasmo, como si devolverme mis propias palabras me obligase a darme cuenta de lo estúpidas que suenan.
Sin embargo, yo no cedo. A ver, claro que podría coger los varios cientos de dólares que me ha dejado sobre la barra, pagar mi consumición y salir por patas, pero ¿qué tiene eso de divertido?
Me había fijado en ese Breitling antes que en su dueño, y no pienso marcharme sin él.
Ha llegado el momento de doblar la apuesta.
Cuando me vuelvo para ver su mano izquierda apoyada sobre la barra, la tela de su chaqueta me roza el hombro desnudo y la piel me restalla como una corriente de electricidad estática. Me obligo a ignorarlo, a centrarme en el reloj.
«Joder». Me sube el calor por el cuello hasta inundarme la cara.
Su mano parece incluso más grande de cerca.
Muñeca ancha, piel suave y bronceada, y un mechón de vello oscuro que se escapa de debajo de la correa del reloj.
Unos dedos muy gruesos agarran el bolígrafo con tanta fuerza que, por un instante, me planteo si su actitud despreocupada no será más que teatro, y que en realidad piensa clavarme ese Montblanc en el cuello.
Cierro los dedos hasta formar un puño y lo alejo de él.
—El Mulliner. Es una colaboración de Breitling con Bentley, creo. Tiene un tourbillon volante automático que gira más de veintiocho mil veces por hora.
Le tiemblan los labios. Son gruesos y rosas, con un arco de cupido marcado que me hace salivar, aunque me moleste.
—Impresionante. A lo mejor podrías conseguir un empleo en Breitling, para así poder pagarte tus propias consumiciones.
Me recuesto contra la barra, en parte porque acabo de percibir su aroma, una mezcla de colonia cara y menta, que me emborracha mucho más que el whisky , y en parte porque espero que su mirada se clave sobre mi escote.
Algo que no sucede.
—No estoy buscando trabajo. Solo quiero tu reloj.
Él enarca una ceja.
—Bueno, como lo has pedido con tanta amabilidad... —Vuelve a centrarse en los documentos.
Planto una mano sobre los papeles y desvío el trazo de su bolígrafo hasta que dibuja una raya por toda la página. Le noto la irritación en la cara, pero solo dura medio segundo, pues enseguida retoma esa expresión aburrida.
—Eres increíblemente irritante —dice en voz baja.
—Ya me lo han dicho otras veces.
—A estas alturas, te daría hasta la camisa para que me dejases en paz.
Miro dicha prenda. Como el resto de su ser, parece muy cara. Blanca, nueva, amoldada a su cuerpo como una segunda piel. No lleva corbata, sino un alfiler de cuello con dos dados a cada lado. Los conecta una cadena fina. Mal que me pese, me gusta.
—La camisa sí, pero el reloj no.
—El reloj no.
—¿Y si te lo gano?
Le miro a la cara en el momento justo para ver cómo le cambia la expresión. Un destello de algo, de intriga tal vez, le baila en los iris. Ahora todo el peso de su atención me pesa sobre el cuerpo.
Se le escurre el boli entre los dedos y cae sobre los documentos con un golpe sordo.
—¿Cómo que ganármelo? ¿Quieres apostar conmigo?
Por el rabillo del ojo veo que Dan se queda helado. Debería tomármelo como una advertencia, lo sé. Sin embargo, antes de que pueda procesarlo como tal, mi víctima sonríe.
«Hostia puta». Es como mirar al sol. No porque su perfecta dentadura deslumbre, sino por lo peligroso que parece.
Si me lo quedo mirando demasiado tiempo, la poca moralidad que me queda arderá hasta no ser más que un soplo de humo.
Unas arruguitas poco marcadas le rodean los ojos, de lo que deduzco que, a pesar de que yo lo irrito, suele sonreír a menudo.
Y sí que tiene hoyuelos.
—¿A qué quieres apostar?
Me atenaza con un encanto repentino, aterciopelado, que me deja sin aliento. Seguro que cierra tratos multimillonarios y baja bragas por doquier. Joder, es que, si yo no tuviese miles de problemas, seguro que también sucumbía.
—Al juego que yo elija.
—Mmm. —Se pasa la mano por la mandíbula, y un gemelo de diamantes me guiña un ojo—. ¿Qué probabilidades tengo de ganar?
—Diez contra uno.
—Suena a que te lo acabas de inventar.
Encojo un hombro y pestañeo.
—Puede ser.
Le restalla y le brilla la mirada a causa de la diversión, y la deja clavada sobre la mía un segundo más de lo apropiado. Casi agradezco que una vibración corte el aire. Desvía la atención a su móvil, que está justo a mi lado. Miro la pantalla y veo el nombre de Angelo.
—Discúlpame un instante —dice en voz baja. Se lleva el móvil a la oreja, se mete la otra mano en el bolsillo y se adentra entre las sombras.
Cuando la distancia que nos separa aumenta, me percato de lo rápido que me late el corazón. Lo mueve la adrenalina y algo un poco más... burbujeante. Me giro para coger el vaso de agua y me encuentro cara a cara con Dan.
La sonrisa de antes se ha desvanecido. Dice algo, pero no lo entiendo, porque apenas mueve la boca.
—¿Qué?
Barre el local con ojos recelosos y alterados. Cuando vuelve a hablar, lo hace solo una fracción más alto.
—He dicho que si has estado internada en un sanatorio estos tres años.
Parpadeo.
—Eeeh, no. ¿Por qué?
Mira hacia donde se ha ido mi víctima.
—Porque solo una persona demente tendría los arrestos de intentar timar a Raphael Visconti.
Visconti.
Raphael Visconti.
Me cago en la puta.