1. Penny #3
Deja de teclear. Levanta la cabeza despacio y me mira a los ojos a través del espejo.
Verde oscuro e intensos. El vello de la nuca se me pone tieso y me parece que apartar la mirada es una forma de preservar mi integridad personal.
Sin embargo, y como siempre, la cabezonería me atenaza y me aferro a la barra para obligarme a no romper el contacto visual.
—¿Perdona?
—Acepto tus disculpas —le devuelvo.
«Victoria». La siento restallar y refulgir en la boca del estómago. Sin embargo, en cuanto la pantalla de mi presa se apaga y él deja el dispositivo sobre la barra, su pesada mirada me apaga la socarronería como un jarro de agua fría.
Desliza el antebrazo por la barra y se mete la mano en el bolsillo.
—Repítelo.
No sé por qué, pero el tono de su voz hace aparecer las palabras «ay» y «mierda» detrás de mis párpados. Es sedoso y despreocupado. Casi educado. Entonces ¿por qué siento la necesidad de estirar la espalda cuando me giro para mirarlo?
Ahora que tengo toda su atención, no me gusta sentirla sobre la piel. Sus ojos verdes brillan al posarse sobre mis facciones, y cuando se clavan en mis pupilas, veo que se le instala una sonrisita en la curvatura de sus labios.
Aguarda.
—He dicho que preferiría cagarme en las manos y dar palmas.
—¿Ah, sí?
—Ajá.
—Ya veo.
Y así, sin más, bebe un sorbo de whisky y vuelve a centrarse en la redacción del correo. Los dedos sobrevuelan la pantalla y es como si nunca hubiésemos mantenido conversación alguna.
Desde la otra esquina de la barra, Dan carraspea. Me laten las sienes.
«¿Y ahora qué?».
El primer acto se ha ido a la porra. Se me ha olvidado el diálogo y mi presa es un actor funesto. Tengo que empezar de nuevo desde el principio, pero con otro protagonista. Ah, y con otro guion distinto, porque el humor escatológico me parece que no funciona.
Intento hacer como si nada, me doy la vuelta y apoyo los codos sobre la barra. Miro alrededor con sutileza, estudiando a los demás hombres a los que podría haber elegido en vez de a este capullo. Sin pensar, rozo el trébol de cuatro hojas que llevo colgado alrededor del cuello.
No pasa nada. Está todo bien. Sigo teniendo suerte, solo me hace falta volver a empezar.
Hace años que no trabajo en el Cove. A lo mejor las reglas tácitas ya no son las mismas, y ahora los hombres que se sientan en la penumbra son más difíciles de embaucar.
Miro a la derecha y me topo con un hombre más mayor, menos atlético, que está en un rincón.
Levanta la mano para rascarse la nariz y veo que refulge una alianza de bodas.
«Eso me gusta más».
Le dedico una sonrisa y doblo la espalda para coger la copa de whisky . Cuando me la llevo a los labios, el tecleo se vuelve a detener.
—Ese whisky cuesta cien pavos.
Desvío la mirada hacia la presa que había descartado. Sigue mirando el móvil, y si no fuera por la forma con la que su profunda voz me ha acariciado la espalda, habría jurado que me había imaginado su intervención.
—¿Cien pavos?
—Antes de impuestos.
—¿Cien dólares por una botella?
Por fin me dirige la mirada, con una expresión entre irritada y divertida entre las sombras de su rostro.
—Por una copa.
Miro el líquido ambarino sin poder creérmelo.
Este, a modo de respuesta, me llama pobre en cuatro idiomas diferentes.
A lo mejor fue un poco... atrevido por mi parte asumir que mi primera presa me entraría al trapo y me pagaría la copa.
Normalmente funciona, pero, como ya he dicho antes, esto no es Atlantic City.
Lo peor es que odio el whisky con todas mis fuerzas.
Miro a Dan, que se mantiene ocupado limpiando el otro extremo de la barra, pero a juzgar por la tensión que se le ve en los hombros, es evidente que no pierde detalle de la conversación.
¿Me hará el favor de volver a verterlo en la botella y servirme algo que se ajuste más a mi presupuesto?
Como un vaso de agua.
Del grifo.
Siento que unos ojos verdes y severos me tientan, y que la diversión que bulle tras ellos me rasca el orgullo.
Soy impulsiva como la que más, cabezona como si fuese una enfermedad, y antes de que pueda aferrarme a un atisbo de sentido común, me pego una sonrisa en la cara y choco la copa contra la suya.
—Por los que no están interesados.
Su sonrisita forzada es lo último que veo antes de echar la cabeza hacia atrás y beberme el whisky de un trago.
«Joder». Me arden las narinas, me lloran los ojos y, cuando el vaso vacío impacta contra la barra, de pronto recuerdo por qué odio tanto el whisky .
Fue lo último que bebieron mis padres. No porque dejaran el alcohol, sino porque les volaron la tapa de los sesos antes de que pudiesen servirse otra copa.
El ácido de cien dólares me burbujea en el esófago y me aprieta la memoria en un intento de abrir esos candados y devolverme a aquel día.
Cuando cierro los ojos bien fuerte para evitar que lagrimeen, oigo las súplicas ahogadas de mi padre y siento el calor de la sangre húmeda de mi madre en la parte de atrás de los muslos, igual que cuando resbalé sobre un charco de ese líquido bermellón.
«No sabes la suerte que tienes, niña. Eres una entre un millón».
—No te atragantes.
Respiro hondo con la esperanza de que no me sepa a lejía y abro un ojo para mirar a ese hombre.
Su expresión es tan indiferente como su tono, y resulta evidente que le daría igual que me empezase a poner azul y me desplomara a su lado.
En tal circunstancia, al menos no tendría que preocuparme por cómo voy a pagar el veneno que me habría matado.
Me limpio los labios con el dorso de la mano.
—¿A ti qué más te da? Creo recordar que no te interesaba.
Mira su carísimo reloj de pulsera con parsimonia.
—Y así es. Solo he dicho lo típico que se les dice a las personas que se están atragantando.
Alza el vaso hacia sus labios y se toma el contenido restante de un trago, sin esbozar ni una mueca.
Detesto que se me vayan los ojos al grueso tronco que es su garganta al tragar.
Él desliza el vaso vacío por la barra con un preciso gesto de la muñeca y, unos instantes más tarde, Dan le trae otro whisky acompañado de un vaso de agua.
Pone este último delante de mí, y yo doy un trago agradecido.
Dios quiera que sea gratis.
Durante unos minutos, nos quedamos en un silencio abrasador, pero no me cabe duda de que soy la única que siente el calor que emana.
Sé, por las miraditas esporádicas que le robo en el espejo, que ya se ha olvidado de mi presencia.
Responde mensajes y correos electrónicos con el móvil, y solo se detiene para tomar un sorbo de whisky y para restregarse la mandíbula con la palma de su mano enorme, como si eso le ayudase a pensar.
Se me hunde el corazón, letárgico, hasta el estómago, como un globo de helio pinchado.
Si no fuese por mi cabezonería, me habría marchado hace mucho rato, pero ahora ya es demasiado tarde.
Estoy encadenada a esta barra a causa de la deuda de cien dólares que he adquirido, antes de impuestos, y probar suerte con otro de los clientes sería demasiado bochornoso.
Por el amor de Dios, si acaban de verme atragantarme con cincuenta mililitros de líquido.
De pronto, a nuestra espalda, una iluminación tenue anega la escalera.
Aparecen un par de zapatos brillantes y, unos segundos después, el hombre trajeado a quien pertenecen aparece en todo su esplendor.
Lleva una pila de documentos bajo el brazo y se dirige directamente hacia el capullo arrogante que está sentado a mi lado.
Observo su reflejo mientras le murmura algo al oído del otro, le desliza los documentos sobre la barra y espera.
Con un leve asentimiento de la cabeza, mi expresa parece concederle permiso para irse.
Ajá, veo que es un hombre de negocios. Y uno importante, a juzgar por la cantidad de papeleo que le han puesto delante en esta tarde de jueves, y por el hecho de que se ha gastado al menos doscientos dólares en alcohol.
Abre el primer documento, lo escanea con la mirada y se saca un bolígrafo del bolsillo de la pechera.
No sé por qué, pero la forma que tiene de pasarse el pulgar por la punta de la lengua antes de pasar la página me calienta la sangre medio grado.
«Madre mía». Quizá tenga el corazón más frío que un carámbano, pero sigo siendo una mujer, según parece. Carraspeo para recuperar la compostura y me percato de que se le tensan los hombros.
Me mira a los ojos a través del espejo de la pared, como si supiera exactamente dónde encontrarlos.
—¿Cuánto?
—Eh... ¿Qué?
—¿Cuánto? —repite con calma. Al notar que lo miro sin comprenderlo, se le tensa un músculo de la mandíbula—. Para que te largues. ¿Cuánto tengo que pagarte?
Ahí está otra vez la irritación, mordisqueándome el pecho. Esta vez no solo me cabrea su desdén, sino yo misma. Embaucar es lo único que sé hacer.
Se trata de un poco de habilidad y mucho de suerte. En mis tiempos solía pensar que podría timar a un tío con los ojos vendados. Y tal vez con las manos esposadas también. Sin embargo...
Sin embargo, desde que entré en este bar, no he dado pie con bola. A lo mejor sigo descolocada por lo que sucedió en Atlantic City. O a lo mejor es que mi presa es muy atractiva y apesta a indiferencia.
Pero ¿eso qué más da? He lidiado con cosas peores. Este es mi último trabajito, y antes muerta que dejarlo irse de rositas.
Con un suspiro quedo, el hombre saca un fajo de billetes y tira un par sobre la barra, entre nosotros.
—Con eso bastará para pagar la copa con la que casi te atragantas. —Vuelve a centrarse en el documento. Lo veo garabatear una firma larga y complicada con una precisión milimétrica.
—¿Con impuestos?
Se detiene, intenta contener la sonrisa que le tira de las comisuras de la boca. A lo mejor son las sombras y la falta de sueño lo que me está jugando una mala pasada, pero juraría que le veo un par de hoyuelos. Sin levantar la mirada, saca otro billete de cien y lo añade a la pila.
Miro la cara de Franklin, que parece juzgarme, y trago saliva.