1. Penny #2
No me gustan nada los hombres con problemas de actitud, nunca los he soportado.
Supongo que es hereditario, porque mi madre era igual.
Crecí debajo de las mesas de póker del Gran Casino Visconti, donde trabajaban mis padres.
Mi madre era crupier, y mi padre, guardia de seguridad.
Si un cliente le respondía a mi madre con un poco de altanería desde el otro lado de la mesa de terciopelo, los echaba a patadas, sin fichas, mucho antes de que pudieran coger su abrigo del guardarropa.
El odio por los hombres era lo único que teníamos en común mi madre y yo.
Ni siquiera nos parecíamos mucho físicamente, solo podía adivinarse que éramos familia si guiñabas un ojo, entrecerrabas el otro e inclinabas la cabeza a un lado.
Mi padre y ella eran altos y delgados. Yo soy bajita y un poco rechoncha.
Ellos tenían la piel morena y el cabello oscuro, pero yo me encuentro en el otro extremo de la escala Pantone.
En los meses de invierno, soy casi translúcida, y en verano ofrezco un constante tono rosado pálido.
Tengo el pelo del color del cobre, lo que, según la lógica estúpida de mi madre, es por haber comido demasiados tomates cuando estaba embarazada de mí.
Mi padre decía muchas veces, en broma, que debía de ser hija del lechero. Esa broma se convirtió en una sospecha amarga cuando mi madre y él dejaron atrás los cócteles de vino y pasaron al licor. Cuando los mataron, yo habría deseado ser hija de cualquiera menos de ellos.
Al bajar la escalera, siento como si entrase en una sala hecha de seda. Una suave melodía de jazz y una iluminación tenue me acarician la piel fría, y el aroma a tabaco y a loción para después del afeitado me desbloquea recuerdos nostálgicos que ni siquiera sabía que albergaba.
En contraste con la calle, este bar no grita «dinero», sino que susurra «riqueza».
Detecto un asiento en la esquina que me ofrece una buena vista del bar y me dirijo hacia él. Al serpentear entre las mesas, mis ojos van de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, revisando la clientela.
Repaso la lista de tareas, esa que tan bien me sé, mentalmente.
«¿Llevan traje entre semana? Sí».
«¿Beben licor en vez de cerveza? Sí».
«¿Están solos? Sí».
Siento una descarga de emoción que me surca la espina dorsal, y noto que me arde la cicatriz de la cadera. Igual que siempre que sé que he dado con un filón. Hay una docena de hombres en este local, y todos encajan en el perfil de una buena víctima.
¿Por dónde empiezo? Por la barra, cómo no.
Después de llevar tres años dando sablazos en Atlantic City, he aprendido que los que se sientan a la barra son más propensos a picar el anzuelo.
A lo mejor es porque la escasa distancia que los separa del camarero aumenta la probabilidad de que se emborrachen y hagan tonterías.
Deslizo la mirada hacia la barra y la fijo en el cuerpo apoyado contra ella.
La tenue luz lo evade; lo único que queda a la vista son sus anchos hombros y las rectas líneas de su traje.
Sin embargo, en cuanto detecto el fulgor ambarino de su vaso y el destello plateado en su muñeca, sé que me importa bien poco su aspecto.
Oculto la maleta debajo de la mesa y avanzo hacia la barra con un contoneo sensual, lo que es complicado de obtener cuando llevas Martens.
Llegar hasta la barra es como subir a un escenario.
Soy una actriz y, a pesar de que el protagonista masculino cambia a cada función, el papel principal siempre lo interpreto yo desde que cumplí los dieciocho y me di cuenta de que, habiendo dejado el instituto sin terminar, las únicas alternativas que me quedaban eran poner a punto mis dotes estafadoras o dedicarme a cocinar hamburguesas mientras un hombre me ladraba pedidos por encima del hombro por el gran privilegio de cobrar siete con veinticinco la hora.
A pesar de que me invade ese cosquilleo tan familiar que se suele sentir justo antes de que se abra el telón, también me ataca una extraña tristeza, porque sé que esta va a ser mi última actuación.
«Y va a ser la mejor».
Primer acto: entablar conversación con la víctima.
Me detengo a un par de taburetes de distancia de mi recién elegida presa.
Sin siquiera mirarlo, me quito el abrigo y dejo que se me deslice por los hombros hasta las caderas antes de dejarlo colgado del respaldo de la silla.
Antes de que recurriese a los libros para dummies como ayuda en mi gran misión de encontrar un empleo que no tuviese que ver con robar a hombres bobos, trabajé en un club de estriptis.
Iba todo de maravilla hasta que un cliente me clavó un dedo en la barriga y me preguntó si había mentido sobre mi peso en el formulario.
No lo dejé por este comentario, sino que me echaron por clavarle los dientes en la mano con la que me había tocado.
En ese momento decidí que tal vez no contase con el autocontrol suficiente como para menear el culo para disfrute de hombres desagradecidos, pero esa experiencia no resultó en vano. Además de hacer amigas de verdad, aprendí el truco este del abrigo.
Sé que ha funcionado al instante, pero de pronto me parece estar ante una llama viva.
Su mirada es cálida, igual que la satisfacción que se me acumula en el estómago. Me calienta la mejilla antes de deslizarse por el costado de mi cuerpo y detenerse en la raja del vestido. Como siempre, finjo no haberme percatado de su existencia, y mucho menos haber sentido su mirada.
Acaricio el cuero del taburete con los muslos, suave como la mantequilla, y le dedico una sonrisa al camarero.
Cabello oscuro, rasgos suaves y una sonrisa perfecta para trabajar de cara al público.
Tardo unos instantes, tengo el mecanismo de reconocimiento oxidado, en darme cuenta de que es Dan.
Fuimos al mismo curso en el instituto de Devil’s Dip, y yo le copiaba los deberes de Ciencias.
A él también le cuesta un poco reconocerme, y cuando abre la boca para entablar conversación conmigo, niego levemente con la cabeza.
Por suerte, lo comprende y cierra el pico, echa un vistazo al hombre que tengo al lado y vuelve a pintarse esa sonrisa amable que tenía antes en los labios.
—Buenas tardes. ¿Qué le sirvo?
Fiu. Miro a la izquierda, al antebrazo grande y trajeado que reposa contra la barra.
Algo se remueve en mi interior, demasiado al sur como para resultar apropiado.
Quiero creer que es por el Breitling de lujo que tiene en la muñeca, de esos cuyo cierre podría desabrochar hasta dormida, y no porque su mano del color de la aceituna sea tan grande que el vaso de whisky que sostiene parece un dedal.
«Joder». Casi se me olvida el diálogo.
—Tomaré lo mismo que él.
Silencio. De esos tan densos que si lo escucharas al otro lado de la línea en una llamada telefónica mirarías el móvil, fruncirías el ceño y dirías «¿hola?».
Me parece que pasa una eternidad hasta que Dan aparta la mirada de mí. Se aclara la garganta y se vuelve hacia la pared de botellas para prepararme la copa.
Se oye el tintineo del cristal. Louis Armstrong se cuela por los altavoces y se me instala una incomodidad en la sangre.
Ahora es cuando la víctima debería hablar.
Cuando debería decir algo machista, como «Yo creía que las mujeres no bebían whisky ».
En respuesta, yo me tendría que atusar el pelo, pestañear y responder con algún cliché por el estilo.
«Es que yo no soy como las otras mujeres».
Pero... nada. El pececito no ha mostrado interés por el cebo, y mucho menos lo ha mordido. Me aguanto los nervios durante el rato que tarda Dan en ponerme un vaso de whisky sobre una servilleta, y después me giro hacia mi presa.
«Hostia puta».
«No deberías ser tan guapo».
Un cruce de miradas me basta para saber que no soy la primera mujer que se ha quedado sin aliento al mirar a los ojos a este hombre.
No es solo guapo, sino hermoso, y de un modo irrefutable, gustos personales aparte.
Piel morena, pelo oscuro degradado a la perfección y pómulos que servirían para picar hielo.
Su mirada también amenaza con provocarme hipotermia.
—No me interesa.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Acepto tus disculpas.
Vuelve a centrar la atención en el móvil, que había dejado sobre la barra, y lo desbloquea con un raudo desliz del pulgar.
«¿Cómo dice?».
Durante unos segundos incómodos, desvío los ojos del correo que está escribiendo en el móvil a la indiferencia que muestra en su fuerte mandíbula.
Al percatarme de que este hombre es más joven, más alto y más atractivo que mis víctimas habituales me ha dejado la mente un poco descolocada, y ahora estoy intentando reordenarla para poder pensar con claridad.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar. La confusión enseguida da paso al bochorno, que de inmediato se convierte en irritación.
«Qué desagradable».
A ver, no es que me entusiasmen los hombres en general, pero mucho menos cuando se ponen como capullos arrogantes.
Al criarme en el casino y después pasarme la adolescencia aprendiendo a timar a los que lo frecuentaban, me percaté mucho antes de lo que debería de que los hombres tienen dos modos: desdeñoso o depredador.
A pesar de que preferiría que me desdeñasen a que me dieran caza, cuando me crecieron las tetas y afiné mis habilidades de timadora, me di cuenta de que podía utilizar su modo depredador para vaciarles los bolsillos.
Y cuando estoy intentando vaciarles los bolsillos, no me gusta que se pongan desdeñosos.
Sobre todo en el primer acto.
Pongo las manos a ambos lados del vaso y observo el espejo que ocupa toda la pared de detrás de la barra.
—No pretendía ligar contigo.
—Ya, claro.
Esas palabras salen de su boca sin esfuerzo, como un punto final.
—En serio —murmuro, y se me calientan las mejillas—. Preferiría cagarme en las manos y dar palmas.