Sinners condemned (Sinners anonymous 2) 1. Penny
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El autobús me deja a las afueras de Devil’s Cove, y recorro la mirada por su larguísima avenida principal, con todas mis posesiones tiradas a mis pies.

El paseo gira levemente hacia la izquierda, abrazando una playa blanca por un lado y, por el otro, una hilera de hoteles, bares y casinos que se extienden hasta donde abarca la vista.

A pesar de que está arropado por una manta de luces de Navidad, me resulta evidente que apenas ha cambiado nada desde que me marché hace tres años. Palmeras. Aceras de mármol. Capullos ricos que prácticamente suplican que les robe la cartera del bolsillo trasero de sus pantalones a medida.

Aprieto los dientes, echo la cabeza hacia atrás y miro las luces que parpadean contra el cielo nocturno. Me recuerdan a los símbolos de las máquinas tragaperras: «Din, din, din. ¡Premio gordo!».

Puede que haga tres años que no piso este pueblo, pero está claro que nunca me ha dejado ir del todo.

Siento sus manos enormes y gélidas adentrándose en mi pecho y agarrándome el alma, intentando sacar la ladronzuela que se esconde ahí dentro.

Se podría pensar que, después de tanto tiempo, y del susto que acabo de vivir, su canto de sirena resultaría más sencillo de ignorar, pero la tentación me pica en la sangre más que nunca.

No obstante, justo después de descubrir el verdadero significado de la palabra «consecuencia», cuando el perfil de Atlantic City, Nueva Jersey, se desvanecía a mi espalda en una neblina provocada por mí misma, me hice una promesa.

«Yo, Penny Price, voy a reconducir mi vida».

Sin embargo, esa intención va a resultar vana en Devil’s Cove.

Doy la espalda a este Las Vegas del Pacífico Noroeste y agudizo la vista para consultar el horario que hay pegado en la pared del fondo de la marquesina de autobús.

A pesar de que un chicle cubre la primera parte del nombre de Devil’s Dip, lo distingo bastante como para poder confirmar que no hay ningún autobús que me lleve a mi pueblo natal hasta dentro de una hora.

Vaya, pues qué bien. Supongo que los ricachones no usan el transporte público.

Me siento en el banco y se me escapa un gruñido agotado entre los labios, que emite una nubecilla de vaho.

Huir de los pecados es agotador. Me duele el cuello tanto de mirar por encima del hombro como de haber pasado sesenta horas sentada en las filas traseras de distintos autobuses.

Lo único que quiero es llegar a mi apartamento de Devil’s Dip, lavarme el pelo, cambiarme las bragas y meterme en la cama para leer el manual de Excel para dummies .

Contemplo el Pacífico, con su color añil, pero desde la derecha, el brillo de Devil’s Cove me llama. Deslizo la mirada involuntariamente hacia los grupos de personas que entran y salen de locales lustrosos.

Tamborileo con los dedos sobre el asiento de plástico.

Me ha costado tres autobuses y un trayecto en autostop con un camionero que tenía un ojo puesto en la carretera y el otro en mis muslos llegar hasta aquí.

Todo el viaje ha supuesto un gasto de 174,83 dólares, que era, con exactitud, hasta los decimales, todo el dinero que pude sacar de debajo de la lama de parqué suelta de mi apartamento antes de largarme de Atlantic City.

Se me escapa una risa amarga de la garganta. Claro que fue así. A fin de cuentas, soy la chica más afortunada del mundo, ¿no?

Acaricio con cuidado el colgante en forma de trébol de cuatro hojas que reposa sobre mis clavículas. Antes decía eso con toda la convicción del mundo, pero ahora...

Ahora ya no estoy tan segura.

El viento me muerde los lóbulos de las orejas y me meto las manos en los bolsillos.

Las yemas de los dedos, que tengo congeladas, acarician la tela sedosa, recordándome lo vacíos que están.

Tan vacíos como mi cuenta bancaria y como mi estómago.

No soy pobre, estoy arruinada. En serio, no tengo ni calderilla suelta en el fondo del bolso, entre los libros de la biblioteca que nunca llegaré a devolver.

De pronto caigo en la cuenta: estoy esperando un autobús que no puedo pagar.

De acuerdo, entonces. Me pongo de pie y arrastro la maleta al otro lado de la calle antes de poder detenerme. Un último golpe para, después, ahora sí, reconducir mi vida.

Ojalá pudiera decir que la idea de timar a otro hombre y quedarme con el dinero que tanto le ha costado conseguir me parece un trabajo laborioso. Que solo de pensarlo no se me acelera el corazón ni me hace salivar por otro motivo aparte del hambre que tengo.

Sin embargo, así es, y he jurado que no volvería a mentir nunca más.

De pronto, mientras avanzo por la avenida, siento que una nostalgia amarga me muerde las suelas de las botas.

Miro por las ventanas de los comercios y me quedo boquiabierta al ver lo familiares y a la vez extraños que me parecen los mundos que albergan en su interior.

Trajes a medida, botellas de champán de miles de dólares metidas entre hielo.

Mesas con más cubiertos de los que sé usar.

Joder, se me había olvidado. Este pueblo no solo demuestra que aquí hay dinero, sino que lo grita desde los tejados.

Me detengo y miro a un grupo de mujeres que están sentadas a una mesa esquinera en un bar.

Casi puedo oler el Chanel n. º 5 desde el otro lado del ventanal y, durante unos segundos, las observo, celosa, riendo y bromeando de esa forma tan característica que tienen las personas que nunca han recibido una carta del banco con números rojos.

Enfoco la vista en mi reflejo desmejorado y me percato de otra cosa.

Voy muy mal vestida para el Cove.

Este abrigo de piel falsa no engaña a nadie. Debajo llevo unos vaqueros de tiro alto, un jersey y unas Dr. Martens. Hace dos días que no me cambio las bragas, y tengo tantos nudos en el pelo que no me hace falta usar goma para que se me aguante recogido.

Con estas pintas no me dejará entrar ningún portero de esos con cara de pasa que vigilan que no entren plebeyos en sus establecimientos, y no me apetece pedir calderilla en la calle, sobre todo con el frío que hace aquí a principios de diciembre.

Gruño contra el cuello del abrigo porque sé que tengo que acicalarme un poco para dar el pego. La oportunidad me cae del cielo cuando, un par de locales más allá, paso por al lado de una boutique cuya dependienta no fue conmigo al instituto.

Es el tipo de establecimiento en el que solo hay cuatro vestidos por expositor y no tiene tallas grandes, ni medianas. No obstante, tal vez pueda embutirme en uno de ellos. Si son elásticos.

Cuando entro, la chica, que tiene pinta de aburrida, me juzga con la mirada, desde el moño despeinado hasta las botas, y me lanza una sonrisa falsa.

—Si necesitas que te ayude en algo, no tienes más que avisarme —dice con parsimonia antes de volver a mirar el móvil.

Acaricio las telas de seda y terciopelo. Frunzo el ceño al ver los precios. Tras una breve incursión al probador, me dirijo hacia la puerta con un vestido de satén verde puesto debajo del abrigo y los vaqueros y el jersey apretujados en el bolso.

En algún punto entre la puerta y la acera, escucho la alarma.

—¡Oye! —dice una voz a mi espalda.

«Mierda».

Agarro fuerte la maleta y echo a correr como puedo.

No es por falta de costumbre, no hago más que correr para escapar de los guardias de seguridad, de mis problemas, o de lo que sea, sino que resulta mucho más difícil cuando llevas un vestido que te queda dos tallas pequeño y una maleta que contiene todas tus posesiones.

Echo un vistazo por encima del hombro. La dependienta me sigue a trompicones, a causa de los taconazos que lleva, y con el móvil en la oreja. Cuando se lo aparta para mirar la pantalla, aprovecho la oportunidad para colarme por la puerta más cercana y precipitarme al interior del local que sea.

Unos instantes después, la veo galopar por el escaparate, con una expresión furiosa en la cara.

Me apoyo contra la pared y me deslizo unos centímetros mientras suelto el aliento contenido, que enseguida se torna en una risa incrédula.

«Hostia, qué poco ha faltado». A pesar de que una retorcida sensación de victoria me late bajo la piel, sé que no he actuado como debía. No debería robar ni en mis mejores momentos, pero sobre todo ahora, cuando lo que más me convendría es no llamar la atención.

—¿Vas a entrar o piensas quedarte ahí plantada todo el día?

Una voz tosca me tensa la columna vertebral.

Cuando me giro para buscar a su propietario, me topo con unos ojos fríos que se llenan de un desagrado patente cuando me revisan de arriba abajo.

Pertenecen a un hombre elegantemente trajeado y con una cara a la que me encantaría presentarle a mi puño...

, si no fuese porque no llego al metro sesenta y estoy intentando enderezar mi vida.

«¿Voy a entrar?». Miro alrededor, al cuarto oscuro y diminuto en el que me hallo, y me percato de que se trata de un vestíbulo. Él lo vigila desde lo alto de una escalera, y a su lado hay una mesa vacía con un cartel de neón azul justo detrás.

«Blue’s Den».

Qué raro. No pretendo ser una experta en los bares de la zona, pero sí que puedo afirmar que los conozco a todos por el nombre, cuando menos.

Este debe de ser nuevo. Me yergo y me aliso el abrigo.

—¿Esto es un bar?

—¿Los osos cagan en el bosque?

Me lo quedo mirando unos instantes y dejo que mi respuesta me corra por las venas como una ola silenciosa. Espero hasta que haya salido de mi cuerpo para coger el bolso y pasar por su lado.

—Con un «sí» habría bastado, capullo —murmuro.

No me he podido contener.