Rafe #3
Sin embargo, cuando me quedé mirando las dos cartas la otra vez, escuché una voz exasperante en mi mente. «Estaría bien, ¿verdad? Poder mirar a una mujer tal como mi padre miraba a mi madre».
Sin embargo, eso fue entonces; y esto es ahora. Ahora, otra voz, más intensa aún, me grita: «Que le den al amor verdadero». Porque mis padres están muertos y no queda nada de ese amor más que una cita ñoña grabada en una lápida conjunta.
Ahora mi futuro es mucho más incierto, y todo lo que creí tener se me está escapando de las manos, gracias al idiota de mi hermano.
«Estoy perdiendo el control».
Me aclaro la garganta y siento que la mirada de la pitonisa me taladra. «A tomar viento». Admito que me estoy desesperando y que rendirme a estas patrañas de hippies aunque solo sea por una vez no me hará daño. Estiro los dedos, cuadro la mandíbula y toco el rey de diamantes.
El suelo no tiembla. No explotan fuegos artificiales en el cielo. No pasa nada excepto que las velas titilan y el carromato cruje.
Me aliso la corbata.
—¿Eso es todo? ¿O tengo que ofrecer un sacrificio de sangre?
Me mira con los ojos muy abiertos.
—Eso es todo.
Esbozo una sonrisa, me pongo en pie cuan alto soy y proyecto mi sombra sobre la pitonisa.
—Eres un pájaro de mal agüero, querida, ¿lo sabías? —suelto con parsimonia, y me saco unos cuantos billetes más del bolsillo para tirarlos sobre la mesa—. Espero que te llegue lo que te mereces.
Ahora es ella la que se ríe.
—Me lo agradecerás cuando Las Vegas se rinda a tus pies.
Mi roñoso casino, con sus goteras en el techo y su infestación de cucarachas, me viene a la mente.
—Si eso llega a suceder, te exterminaré, junto con todas las demás ratas.
Me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta.
—Espera —dice. Tenso la mandíbula y dejo la mano suspendida encima del pomo de la puerta—. No he terminado.
Cuadro los hombros y no puedo evitar que se me cierren las manos en puños. No me gusta pegar a las mujeres, pero esta me está tentando demasiado.
—No me interesa.
—¿No te interesa saber cuál es la carta de la fatalidad?
Suelto un siseo por la nariz.
—Qué bien os vendéis los timadores, ¿eh?
—Así como toda acción conlleva una reacción, cada carta del destino tiene una de la fatalidad. ¿Conoces el...?
—Deja. De. Hablar. —Tengo la garganta seca y me pica el pecho. Lo único que podría apaciguarlo sería un buen trago de alcohol frío—. Dime la carta y ya está.
Pasa un instante. Después, a mi espalda, se oye un golpe seco que me pone el vello de la nuca de punta. Hace un año que soy propietario del casino, y reconozco el sonido de una carta cuando impacta contra la mesa incluso dormido.
El silencio pende cálido y pesado entre las cuatro estrechas paredes del carromato. Con una sonrisa desdeñosa, giro el cuello sobre los hombros y miro la mesa que tengo detrás. Hay una carta solitaria sobre su superficie, las velas titilantes emiten un brillo inconstante sobre ella.
Es la reina de corazones.
—La dama pelirroja —dice la mujer en voz baja—. A la mayoría de la gente le da buena suerte, pero a algunos, todo lo contrario. Para ti... —Suelta un silbido—. La reina de corazones es peligrosa. Podrás tener todo el éxito del mundo, pero ella te postrará de rodillas.
Aprieto las muelas, pero no digo nada. Sin mediar palabra, abro la puerta y la cierro de una patada tras de mí. Me quedo plantado en los ajados escalones de la entrada y respiro el aire de mediados de octubre.
«¿Y ahora qué?».
Para empezar, un cigarro. Después, buscaré un bar cochambroso en una calle cochambrosa en la que nadie conozca el apellido Visconti y verteré un trago en honor a mis padres. Me meto la mano en el bolsillo y agarro los dados.
De pronto, siento que algo me restalla en el pecho. Bulle debajo de mis costillas y hierve a fuego lento bajo mi piel.
Me paso un nudillo por la mandíbula y niego con la cabeza, regodeándome en el veneno de mis propios pensamientos.
«No. Yo no soy así».
Cuando juré quemar el carromato de la pitonisa, no fue más que una amenaza vacía.
Aun así, con un leve gesto de la muñeca, hago bailar la llama del Zippo contra la oscuridad, y me tienta.
La venganza explosiva es cosa de Angelo, y Gabe, en fin, él es la prueba viviente de que los que menos ruido hacen suelen ser los más psicópatas.
Los dos quemarían este carromato sin pensárselo dos veces, pero mi madre siempre me decía que yo era el más caballeroso de los tres.
«Tus hermanos tienen los puños de acero, Rafey, pero tú tienes una lengua de plata y la voz de la razón».
Cuando me deslizo el mechero en el bolsillo, rozo los dados con las yemas de los dedos y se me cuela otro pensamiento perverso en la mente.
Dado que la vieja bruja sabe tanto del porvenir, dejaré que mis dados decidan el suyo. Me los saco del bolsillo, les doy un buen meneo y los tiro a mis pies.
Ruedan más o menos medio metro antes de detenerse con parsimonia. Los miro y me río.
El siete, el número de la suerte.
—Pues que así sea —farfullo para mí mismo mientras me aflojo el nudo de la corbata y la ato al pomo de la puerta con un nudo bien prieto.
Acerco el Zippo a la punta y le prendo fuego.
A fin de cuentas, nunca me ha gustado llevar corbata.