Sinners condemned (Sinners anonymous 2) Rafe #2
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Rafe #2

Sin embargo, no llevo en las venas ser un lacayo. He nacido para crear un imperio, no para poner ladrillos en el imperio de otro.

—Reparte las cartas.

Mi voz destila más seguridad de la que siento. La pitonisa me mira a los ojos, después coge la baraja, la mezcla y saca dos cartas que me son bien conocidas.

La última vez, hizo llorar a mi madre y a mí se me despertó el instinto asesino. Le dije a mamá que me esperase fuera, después cerré la puerta con un golpe de tacón de mi zapato pala vega. Cuando la llama del Zippo cobró vida, la pitonisa alzó las manos y dijo:

—Espera. Tus cartas no dejan de gritarme.

Le solté un comentario despectivo, le dije que era una timadora y que no iba a permitir que engañase a dos Visconti, y mucho menos el mismo día.

Sin embargo, hoy la cosa es muy distinta. Hoy, estoy sentado en el mismo taburete que ocupó mi madre hace menos de un mes, y el malestar me late bajo la piel. No tengo un mechero en la mano, sino mis dados, y los estoy apretando tan fuerte que están a punto de fundirse con mi piel.

—Como intenté decirte la última vez que viniste, tu carta aún no se ha repartido. Tu destino no está sellado. —Respira con dificultad y se masajea las sienes—. Sí, no cabe duda, estas son tus cartas. Me gritan aún más fuerte que la otra vez. Apenas me dejan pensar.

Me hierve una respuesta sarcástica en la lengua, pero me la muerdo. En cambio, me quedo mirando las dos figuras que tengo delante.

El rey de diamantes y el rey de corazones.

—Explícamelo de forma que no me entren ganas de atravesar la pared de un puñetazo —digo, con tanta calma como me es posible.

Cuando se dispone a hablar, alzo la mano para callarla—.

Pero quiero que te quede claro que el hecho de que te escuche no significa que me vaya a creer la mierda que estás a punto de escupir por esa boca.

Estira la espalda.

—En la disciplina de la cartomancia que más me gusta —empieza con cautela—, se considera que a cada alma se le asigna una carta mucho antes de que llegue a esta tierra.

Se llama «asignación de carta». Las cartas suelen ser poco precisas, y cada valor representa el significado amplio de la vida de la persona.

Por ejemplo... —Coge la primera carta de la pila y me la enseña.

Es el diez de tréboles—. Si un alma conecta con el diez de tréboles, suele estar inclinada a viajar.

A lo mejor su destino es trabajar en el extranjero, o encontrar el amor en un rincón recóndito del mundo.

—Deja la carta otra vez sobre la baraja y me sonríe con los labios apretados—.

Es poco preciso, como ves. Sin embargo, las figuras —señala las dos cartas que están entre nosotros y continúa— son mucho más específicas.

Son una reflexión directa sobre el tipo de persona en la que se convertirá el que las saca.

La impaciencia me asalta. Me he perdido la vigilia de mis padres para venir aquí, pero no soy un converso, ni mucho menos.

—¿Por qué tengo yo dos cartas?

—Porque no pude decidir cuál de ellas sacar para ti. Es muy poco común.

—¿Tanto como que mi madre sacase el dúo de la muerte?

—Más aún —dice con total seriedad. O bien no se ha percatado de mi sarcasmo, o bien ha decidido ignorarlo—. Nunca en la vida me había pasado.

—Mmm —gruño mientras me acaricio la boca—. Entonces, puedo decidir mi destino. —Alzo la mirada para clavarla en sus ojos—. Si es que crees en esas tonterías, claro.

Ella asiente.

—Claro.

—¿Y si no tomo ninguna decisión?

Se encoge de hombros, pero la chispa que hay en sus ojos traiciona sus verdaderos sentimientos.

—La fortuna elegirá por ti, a su debido tiempo. —Se inclina hacia delante, casi sin aliento—. Pero ¿no preferirías saberlo? ¿No te gustaría tener el control de tu propio destino?

Sí que me gusta tener el control. Mi vida es pura disciplina; soy un amante de la rutina. Tengo un traje para cada día de la semana y el calendario agendado al minuto.

Se me tensa la mandíbula. Qué calor hace en este puto carromato. Las paredes de madera gruñen al recibir el impacto de una ráfaga de viento, y el motor de un coche deportivo nos llega desde la lejana avenida principal.

Estoy recobrando la sobriedad a pasos agigantados.

—El rey de diamantes o el rey de corazones. Tengo que elegir entre ser un as de los negocios o un amante fabuloso.

—Veo que sí que prestaste atención la otra vez —dice con una sonrisita. Le lanzo una mirada que se la borra de la cara de un plumazo—. Sí. Poder y dinero o amor y familia. Así de simple.

Vuelvo a agarrar los dados dentro del bolsillo.

—Pero las dos cosas no.

—Así es.

Trago saliva.

—Y lo único que tengo que hacer es...

—Tocar una carta para sellar tu destino.

Me saco la mano del bolsillo y la mujer toma una bocanada de aire, emitiendo un sonido que me rasga la espina dorsal como papel de lija.

La última vez que vine, estuve a milímetros de tocar el rey de diamantes.

Evidentemente, la idea de tener el éxito en los negocios garantizado es una gilipollez, pero me lo llegué a plantear por el mismo motivo por el que los ateos rezan antes de morir.

Por si acaso.

Sin embargo, en el último segundo, me detuve. Se me había revuelto algo bajo las costillas, algo que no me gustó un pelo. La verdad es que de pronto pensé en mis padres, en lo que habían compartido.

Amor de verdad. Amor constante, revitalizado.

Del que te hace olvidarte hasta de comer.

En la Cosa Nostra, el amor verdadero es menos común que el dúo de la muerte o cualquier chorrada por el estilo.

De hecho, yo solo conocí a dos personas que lo llegaron a conseguir: mis padres.

Hay un dicho que reza que un mafioso solo se casa por tres motivos: por negocios, por política o para evitar una guerra.

Del mismo modo que sabía que mi destino era ser segundo, sabía que me casaría con una mujer por motivos pragmáticos.