Sinners condemned (Sinners anonymous 2) Rafe
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Sinners condemned (Sinners anonymous 2)

Sinners condemned (Sinners anonymous 2)

Por Somme Sketcher

© inepub.com

Rafe

Hace nueve años

La llama del Zippo cobra vida y me caldea la parte de debajo de la barbilla cuando me la acerco para encender otro cigarrillo. Solo fumo cuando procrastino.

Llevo tres cigarros en cinco minutos.

Inhalo, me oscurezco los pulmones con elementos químicos cuyos nombres no sé pronunciar. Al exhalar, dejo caer la cabeza contra la pared y veo el humo desvaneciéndose en el cielo nocturno.

A tomar por el culo.

Si al final vamos a acabar todos muertos.

Al otro lado de la calle, el carromato chirría y después se abre la puerta, dejando salir un brillo anaranjado que se derrama sobre los adoquines del suelo. Alzo la vista y me topo con la mirada de la pitonisa. Está cabreada.

—¿Vas a quedarte ahí plantado toda la noche? —Se cruza de brazos y se apoya contra el marco de la puerta—. Me estás espantando a la clientela.

Lo último que debería hacer en un día como hoy es sonreír. No se sonríe el día que entierras a tus padres, porque no resulta nada gracioso ver cómo cubren de tierra el cuerpo de tu madre.

Sin embargo, no soy capaz de borrarme la diversión de la cara.

—Apostaría todo lo que tengo invertido a que mi madre ha sido tu única clienta desde la Gran Depresión.

Frunce el ceño, abre la boca para contestar y después barre la calle con la mirada.

—¿Dónde se ha metido, por cierto?

La diversión se convierte en una carcajada amarga, impulsada por la ironía. Tiro el cigarro y lo aplasto contra los adoquines con la suela del zapato.

—¿Tienes que pulir la bola de cristal o qué? Mi madre está muerta y enterrada, querida.

Me aparto de la pared y me acerco a la pitonisa, para después subir los escalones que llevan a su renqueante carromato de dos en dos y detenerme a meros centímetros de su cuerpo. Ella se arrebuja en su chal y alza la mirada inquieta hacia la mía.

—Has bebido.

—¿Tú crees? A lo mejor es verdad que tienes poderes y todo.

—No hace falta ser adivina para saberlo —me suelta, y da un paso hacia el interior del carromato con un leve gesto de negación—. Te apesta el aliento. Si has venido a que te lea el futuro, ya puedes marcharte; no leo a borrachos. El alcohol complica la lectura del destino.

Saco el fajo de billetes y le tiro un par a los pies.

—El dinero sí que lo verás, ¿no?

Entrecierra los ojos. Me aprovecho de su silencio y me pongo a su lado. Me remango los pantalones del traje para sentarme en el taburete bajo que hay delante de la mesa.

Se me escapa otra risa, y esta me sabe aún más amarga que la anterior.

De todos los sitios donde debería estar esta noche, el carromato de una pitonisa en la zona más despreciable de Las Vegas no está ni en la lista.

Sonrío con desdén al ver las lucecitas de Navidad y las velas porque no sirven en absoluto para ocultar lo patético que es esto.

Mantas andrajosas y cojines de colores desteñidos, montones de cartas con las esquinas dobladas acumulando polvo.

A mi espalda, oigo que unas uñas largas rascan las lamas del suelo cuando la pitonisa recoge el dinero que le he tirado. Se sienta en el banco que tengo delante, sus viejos huesos crujen.

—Lamento lo de tu madre. —Coge una baraja de cartas y la divide en dos—. Pero yo me dedico a la cartomancia, no soy médium.

—No entiendo la jerga de los timadores.

Se le hinchan las narinas.

—Quiero decir que leo el futuro mediante el uso de cartas. No contacto con los muertos.

—Pues menos mal que no he venido a charlar con el fantasma de mi madre.

Me mira a los ojos, primero sorprendida, después con un aire un poco más siniestro.

—Entonces has venido para que te lea el futuro.

Cuando viniste con tu madre, hace tres semanas, te lo ofrecí y, como respuesta, me amenazaste con quemarme el carromato conmigo dentro.

—Inclina la cabeza y me dedica una mirada repleta de sospecha—.

Ahora, no obstante, pareces haber cambiado de opinión.

Supongo que sí.

A mi madre le obsesionaba el porvenir. Vivió toda su vida según lo que le indicaban las cartas del tarot o el resultado de la bola 8 mágica. La consumía. No podía ir al Starbucks sin intentar descifrar lo que le decían los posos del café que se acumulaban en el culo del vaso de papel.

Yo, por mi parte, soy un escéptico de manual, algo muy irónico, dado que soy dueño de un casino.

Sin embargo, cualquier hombre de negocios con dos dedos de frente, sea del sector que sea, sabe que confiar en la suerte es como cerrar los ojos, dejarse llevar y esperar que el viento te transporte en la dirección correcta.

Está el talento, y también las probabilidades. Y ya. La suerte no vale para los optimistas; solo para los vagos y los desesperados.

Mi madre era la excepción; no encajaba en ninguna de esas dos categorías. Tenía esperanza en el corazón y dinero en el bolsillo, lo que la convertía en un caramelito para las timadoras como esta que tengo delante.

Pitonisas, videntes, médiums; todo engañifas. Y no hay nada que odie más en este mundo que alguien que estafe a la gente.

Sin embargo...

Me trago la piedra que se me ha instalado en la garganta y me acaricio la barba.

Sin embargo, esta ancianita que tengo delante... sabía que mi madre iba a morir.

—Tú lo sabías.

Recoge las cartas que había extendido delante de ella y las coloca en una pila ordenada.

—Tu madre sacó el dúo de la muerte.

«Esa puta frase». La primera vez que la oí, me reí de lo increíble que me sonaba. Ahora ya no me hace tanta gracia.

Hace menos de un mes, mi madre se presentó en mi suite del ático, cargada con una maleta de fin de semana y un brillo en la mirada.

Me regaló un reloj para celebrar la inauguración de mi primer casino, el Lucky Cat.

Sin embargo, enseguida se hizo evidente que apoyar mi reciente aventura empresarial no era la única razón de su visita a la Ciudad del Pecado.

—Quiero ver a una persona —dijo con una sonrisa tímida, sentada en el sórdido bar del casino, aferrándose a un martini de limón—. Una pitonisa que trabaja por la zona de Freemont Street.

Yo puse los ojos en blanco, pero ella insistió. «Es la mejor. No hay otra pitonisa que la iguale en todo el Pacífico Noroeste. Venga, Rafey, allá donde fueres...».

En aquella ocasión me quedé en la puerta del carromato durante toda la sesión, con los puños en los bolsillos, asegurándome de que no la intentase timar más de lo que ella se dejase.

Primero sacó el siete de corazones. Una traición de parte de un ser querido.

Después, la jota de diamantes. El portador de malas noticias.

Por último, la pitonisa desveló el as de picas.

El carromato se quedó sumido en el silencio. Al final, mi madre se pasó las palmas de las manos por la falda y dijo:

—Bueno, pues.

Ahora, yo me agarro del borde de la mesa y le lanzo una mirada asesina a la mujer que tengo delante.

—El dúo de la muerte —repito—. ¿En serio me estás diciendo que todo el que saca la jota de diamantes y después el as de picas la palma?

Se encoge de hombros.

—Es una combinación poco común.

—No tanto. Las probabilidades de sacar esas dos cartas consecutivamente de una baraja sin cambiarlas son una entre dos mil seiscientas cincuenta y dos.

—Has hecho los deberes, por lo que veo.

—No, he hecho las cuentas. —Me meto las manos en el bolsillo y jugueteo con los dados—. Es pura estadística. La ley de la probabilidad.

—No todo se puede explicar mediante la lógica y la razón. —Su tono destila una superioridad que me da ganas de asfixiarla—. Sin embargo, sospecho que estás empezando a descubrirlo por ti mismo, porque, si no, no estarías aquí.

Me paso la lengua por los dientes. Dirijo la mirada a las vigas polvorientas que sostienen el techo del carromato.

Las probabilidades de que mi madre sacase ese supuesto dúo de la muerte eran escasas, pero es prácticamente imposible poner un número estadístico a la serie de acontecimientos que sucedieron el mes siguiente.

Mi madre falleció de un ataque al corazón, a pesar de tener una salud de hierro. Y luego, menos de una semana después, mi padre falleció de una hemorragia cerebral repentina.

Suelto una carcajada incrédula. Una semana. Siete putos días; no hizo falta más tiempo para borrar del mapa a mi familia inmediata. En siete días me quedé sin suelo bajo los pies.

Y hoy, Angelo terminó de cavar el hoyo con su repentina revelación.

«No pienso regresar a Devil’s Dip».

Estábamos en el acantilado, a menos de un metro de la tumba de nuestros padres, recién enterrados, cuando nos lo contó. No fue tanto un bombazo como un susurro venenoso; murmuró las palabras tan bajo que creí que el viento me había jugado una mala pasada.

Sin embargo, al mirar sus pupilas oscuras, vi turbulencias y una decisión férrea.

Supongo que soy un mentiroso. Sí que creo un poco en el destino.

Como todo buen mafioso, mi vida se trazó desde que nací.

Mi padre era el capo de Devil’s Dip, y estaba escrito que, cuando él muriese, el título pasaría a manos de Angelo, mi hermano mayor.

También estaba escrito que yo me convertiría en su segundo al mando, y Gabe, nuestro hermano pequeño, en su consigliere .

He aprendido una dura lección en esos siete días. Porque ahora Angelo está en la otra punta del Atlántico, Gabe está Dios sabe dónde, y yo me he quedado plantado en medio del camino que tenía marcado, solo, preguntándome dónde narices está el sendero.

La Cosa Nostra es toda mi vida, y me he pasado la mayor parte de mis veinticinco años preparándome para ese puesto.

He trabajado de becario en Goldman Sachs y en J. P. Morgan. Estudié un máster en la Harvard Business School. Joder, si compré un casino en Las Vegas fue para aprender el negocio antes de crear mi legado en casa.

«En casa». Me cago en todo. Siempre consideré que mi casa estaba donde estuviese mi familia, pero ahora ya no lo tengo tan claro.

Sé que siempre puedo volver a Devil’s Coast. El tío Alberto me acogerá como caporegime en Devil’s Cove, o, si no quisiera mancharme las manos, me ofrecería un puesto en la junta de accionistas de la destilería de whisky en Devil’s Hollow.