32. Rafe #3
—Si te sirve de consuelo, no parece que acabes de abrirle la cabeza a un tío con un martillo para después echarlo al fuego de una patada.
Contengo una sonrisilla.
—Creo que es el mayor cumplido que me has echado en la vida, hermano. A lo mejor estamos conectando.
—A lo mejor te has intoxicado con el humo de la hoguera. —Se me queda mirando un rato—. ¿Estás mejor?
Pues sí. Siento la sangre vibrando y el pecho ligero. A pesar de que me duele la espalda y tengo el cuerpo cubierto de una fina capa de sudor, me siento un poco mejor. Como si el monstruo que vive debajo de mi traje se hubiese encogido un poco y ahora fuera más fácil de ocultar.
Evidentemente, a Gabe le ofrezco una respuesta menos elaborada.
—Estoy bien.
Dirige la vista hacia lo que hay detrás de mí y veo que se le oscurecen las pupilas.
—¿Qué tienes en el coche?
Es una pregunta sencilla, pero dado que conozco la respuesta, se me tensan todos los músculos.
«A Penélope».
Me doy la vuelta y me deja de vibrar la sangre al instante.
«Violencia, impulsividad». Esas características nocivas que encajan en el cuerpo de mis hermanos y no en el mío me nublan la vista. Atravieso la maleza para dirigirme a Blake.
El muy capullo no me ve venir. Está demasiado ocupado mirando por la ventanilla del copiloto, haciéndose visera con las manos.
«Rabia. Decisión». Con un susurro de la tela de mi abrigo, rozo la pistola con la yema de los dedos, pero no la agarro. En cambio, cierro la mano y formo un puño que echo atrás y, así, corto el último hilo que me ataba a la compostura.
«Dolor. Satisfacción». El puñetazo impacta contra su pómulo y él cae a cámara lenta, lo que le da a esa voz diminuta que vive en las profundidades más oscuras de mi cerebro la oportunidad de susurrarme «con uno basta».
Puedo recuperarme de un solo puñetazo. Es como sentir la gravilla precipitándose por el borde del precipicio; no necesito tirar el resto del cuerpo al vacío.
Sin embargo, mi puño izquierdo no estaba prestando atención. Impacta contra su mandíbula antes de que toque el suelo, le inclina la cabeza hacia atrás y me permite ver con toda claridad el pánico en sus ojos.
«Gratificación. Delirio». Ver rebotar su cráneo contra la carretera helada no hace sino espolearme.
Lo agarro del cogote, por su camisa de poliéster.
El siguiente puñetazo me rasga la piel de los nudillos y, en fin, ahora ya no hay vuelta atrás.
El siguiente impacto produce un crac que suena irreparable, y cualquier hombre con una pizca de deportividad lo dejaría estar; ya no es una pelea justa.
Nunca lo fue. Sin embargo, bajo el sereno cielo del alba, yo no soy un hombre.
Soy un animal con un traje elegante, y estoy protegiendo lo que es mío.
Las defensas de Blake cayeron con él y no son los gritos de Griffin los que me obligan a detenerme, ni tampoco el coro de blasfemias que emiten mis hombres, sino la mano de Gabe al agarrarme con fuerza del hombro.
— Abbastanza —dice. «Ya basta».
Dejo caer el cuerpo sin vida y me miro los nudillos.
«Irreversible. Sin remordimientos».
Las bocanadas irregulares de aire me queman los pulmones y alzo la cabeza hacia el cielo de color gris perla. Si mi madre me estuviese viendo, a su hijo, el de la labia, usar los puños en vez de las palabras... Y ¿todo para qué?
Cuando bajo la mirada, me topo con otros ojos.
«Azul. Insondable».
—Vete —dice mi hermano—. Ya termino yo.
No aparto la vista de Penélope. No puedo. Ni cuando piso un charco de sangre fresca, ni cuando el «¿qué has hecho?» susurrado de Griffin me roza los oídos al abrir la puerta del coche y cerrarla de golpe tras de mí.
Seis pares de ojos se me clavan a través del parabrisas. Ninguno son los de ella, así que ninguno me importa. Arranco el motor y ni me digno a mirar por el retrovisor al dar marcha atrás.
Su mirada me pellizca las manos ensangrentadas con las que aferro el volante.
—¿Qué cojones ha pasado, Rafe?
«Rafe». Es la primera vez que me llama por mi apodo. Y me gusta cómo lo ha dicho. Con un estupor ahogado. Provoca que se me cierren los párpados durante demasiado tiempo, teniendo en cuenta que voy a ciento treinta kilómetros por hora por una carretera secundaria.
No respondo. En cambio, clavo la vista en la carretera y recuerdo el primer momento en el que temí que la pelirroja del vestido robado pudiera ser la reina de corazones.
Fue en la boda de mi hermano, la explosión del puerto acababa de teñir el cielo de naranja.
Me pregunté, aunque no muy en serio, que, si ese era el inicio de mi descenso en picado, cómo sería tocar fondo.
Según parece, el fondo está lleno de respiraciones alteradas, de perfume cítrico y de la melodía de White Christmas de Bing Crosby.
«Tranquilidad. Aceptación». Me sobreviene la calma y respiro tranquilo. Me resulta reconfortante saber que he llegado al fondo y que ya no puedo caer más abajo.
Los ojos de Penélope siguen el río rojo que me mana del dorso de la mano y desaparece por la manga de la camisa.
—¿Adónde vamos? —murmura.
Aparto la mano del volante y la dejo sobre su rodilla.
—A casa, mi reina.