Sin voz en la tormenta (Hostes 2) CONEXIÓN BAJO CERO #2
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CONEXIÓN BAJO CERO #2

—Sin visores térmicos, sin apoyo táctico, …

—¿Te arrepientes ahora de haber aceptado este trabajo? — Preguntó quedamente Val.

—De lo único que me arrepiento es de no haberle dado un último abrazo a Laura y a mi hija antes de venir aquí. — Eso hizo un poco de mella en la voluntad de Val.

—Eso es una estupidez. Lo harás. — Valeria se volvió hacia Hugo quién estaba tratando de aguantar el dolor que sentía en sus carnes. Las heridas de bala, la toxina, el frío y las voces en su cabeza, estaban mellando su voluntad y acabando con sus fuerzas.

Nuevos impactos estallaron a escasos centímetros de sus cuerpos.

—De todas formas, de lo que no me arrepiento es de haberte conocido. No concibo estar con nadie más que no seas tú para que me acompañe en unas vacaciones como estas. — Esbozó una sonrisa que llegó al alma a la imperturbable “Mujer de hielo”, como la había apodado Hugo cariñosamente.

—Te estás ablandando, jefe. — Le dijo Val. Hugo quedó por un instante en shock, pues esas mismas palabras eran las que le dijo su antigua compañera, Vicky, antes de que Hugo acabase con su vida.

“Reacciona coño. Te hemos dicho que todavía no tienes que reunirte con nosotros”

La voz de Adán, su otro punto años atrás y mejor amigo, irrumpió entre los pensamientos agoreros que dominaban su mente por acción de la toxina Érebo-6. Seguidamente, una dulce voz silenció la de Adán.

“Te lo ha dicho Adán, ahora te lo digo yo. Levántate y haz tu trabajo. Tienes un equipo que liderar.”

Por debajo de ellas, la suya propia trataba de imperar.

“Estás muerto. No sigas. No merece la pena. Deja que tu miserable y agónica vida termine. Hazles un favor a todos. Muere ya.”

Un bofetón propinado por Valeria le abstrajo de esos pensamientos.

—¿Sigues aquí?

—Como me jode que me respetéis tanto. Con lo fácil que sería… — Murmuró para sí, mientras se incorporaba con las pocas fuerzas que le quedaban y comenzaba a disparar hacia aquellas sombras.

De repente, un haz de luz iluminó la posición de aquellos mercenarios. Apenas duró unos segundos, suficiente para que ambos tiradores hiciesen blanco en sus objetivos, neutralizando a los cuatro tiradores.

Valeria se giró para localizar de dónde provenía aquella luz. La Cessna 208 Grand Caravan se encontraba fuera de la plataforma, girando para dirigirse a la pista de despegue.

Hugo pudo ver como la segunda plataforma completaba su ascenso. En ella, el cuerpo inerte de Kay comenzaba a cubrirse de nieve.

—Descansa en paz junto a tu hermana. Protégela para siempre en el más allá.

Hizo una pequeña reverencia, pues valoró mucho el esfuerzo y lo que sufrió durante tanto tiempo Kay, solo por volver a ver a su hermana, aunque fueran únicamente unos minutos.

Sabía lo que ese tipo de amor significaba.

Recordó a Diana e Isabella, años atrás, y su amor incondicional. Lo entendía. Lo respetaba.

—Voy a por el cuatro por cuatro. — Gritó Valeria mientas salía corriendo en dirección hacia la Ford Raptor.

Hugo, totalmente cubierto de nieve y escarcha, comprobó la recámara de su arma y el cargador. Su H&K 416 tenía apenas diez proyectiles más uno en la recámara. Su Glock estaba seca.

La Cessna se encontraba alineada y en la cabecera de la pista.

Una de las puertas de la avioneta se abrió y de ella emergió una silueta imponente.

No era la pequeña y tímida recepcionista que les estuvo atendiendo durante varios días.

Aquella mujer se sentía segura y desafiante.

Vistiendo un abrigo militar invernal y sin soltar lo que parecía un pequeño maletín reforzado con el símbolo de amenaza biológica, buscó con la mirada a su objetivo.

Cuando lo localizó, y a pesar de la distancia, Hugo sintió como sus miradas conectaban.

Ambas emitían un odio mutuo. Por segunda vez, aquel hombre había frustrado los planes de su organización y, por segunda vez, aquella que ahora ostentaba el mando de O.N.O. casi acaba con su vida.

—Alfas, decidme que habéis interceptado la señal. ¡Ya!

—Solo unos minutos más, jefe. — Dijo Martina.

—Esto está al noventa y cinco por ciento. — Sostuvo Alicia.

—¡No hay tiempo! ¡Se escapa! — Gritó Hugo mientras salía a la carrera hacia la pista.

Valeria llegó a recogerle con el Raptor. Hugo se subió en la caja de la parte trasera y comenzó a disparar a la avioneta. Disparo a disparo todos impactaron en la aeronave, pero sin ningún resultado. Ocho disparos desesperados para evitar que aquel pájaro despegase.

A mitad de pista, una exclusa se abría de manera manual.

De ella emergieron Roberto y Elena. Gracias a la iluminación de la pista, pudieron localizar a la avioneta y a un vehículo de color blanco que se dirigía hacia ella.

Ambos corrieron hasta mitad de la pista y con sus armas preparadas apuntaron hacia aquella avioneta.

—Roberto, te das cuenta de que nosotros no podemos pararlo, ¿verdad?

La avioneta cobraba velocidad por la pista.

—Nosotros no vamos a pararla… — Apuntó Roberto tras inspeccionar todo aquel escenario.

Elena le miró fijamente. Por un instante, su fusil AK-74 bajó la boca de fuego. Elena no entendía por qué estaban entonces allí delante.

—…ni aunque estuviésemos todo el puñetero equipo aquí la detendríamos, jefa.

—¿Entonces?

—Solo tenemos… — Bajó su arma y señaló con el dedo hacia delante, mostrándole lo que la densa nube de nieve pulverizada que levantaba la avioneta al acelerar no permitía ver.

Una camioneta estaba tratando de adelantar a la Cessna por su parte derecha.

—…que evitar que mire hacia la derecha.

En ese momento, la Ford Raptor de tres ejes se colocó a la altura de la cabina y con un fuerte giro de volante, golpeó la rueda delantera de la avioneta, partiendo su eje y apoyando el morro sobre el techo de la camioneta.

Las aspas del rotor delantero golpeaban en cada giro contra el capó del Raptor soltando una ingente cantidad de chispas, hasta partir dos de las aspas y detener el rotor por completo.

Entre tanto, la camioneta perdía el control saliéndose la pista dejando a la Cessna arrastrándose sobre el morro decelerando de golpe la velocidad.

Roberto y Elena permanecían en medio de la pista.

—No frena Roberto.

—Es cierto. — Al ver que la masa de aquella avioneta se acercaba con velocidad, ambos salieron de la pista, cayendo sobre la nieve.

La avioneta rodó sobre sí misma partiendo ambas alas, y quedando únicamente un cilindro de hierro y vidrios rotos. En su interior, alguien trataba de moverse con mucha dificultad.

Hugo apareció corriendo por la pista, seguido de Valeria. Ligeramente aturdidos, trataban de dar alcance a lo que quedaba de una avioneta legendaria.

—¿Cómo vais ahí abajo? — Gritó Hugo. No hubo respuesta.

Al llegar a la altura de los restos de la Cessna, Hugo vio a Roberto ayudando a Elena a incorporarse. Valeria ya estaba protegiendo al equipo, apuntando hacia lo que quedaba de puerta entre aquella amalgama de hierros.

—¿Estáis bien? — Preguntó Hugo.

—Perfecto jefe. — Respondió Rob.

—¿Elena?

—Mejor, ahora que estás aquí.

A Hugo le flaquearon las rodillas. El resto apenas lo percibió.

Nuevos golpes en el costado, cada vez más fuertes, le invitaban a dejarse caer contra aquel hormigón que emitía una brisa de aire caliente hacia arriba.

Aquella instalación debía de tener unos ventiladores calefactados con sobrada potencia para eliminar el hielo y la nieve a través de aquella superficie porosa que ejercía las veces de aeropuerto clandestino.

Los cuatro rodearon la parte delantera del avión.

—Martina, Alicia, decidnos algo. — Más silencio por respuesta.

—Así no podemos disparar. — Susurró Valeria.

—Y no se va a rendir. Todos lo sabéis. — Dijo Rob.

—Pero no puede salir de aquí o el mundo entero lo sufrirá. — Matizó Elena.

Hugo trataba de construir una táctica que les permitiera la captura de Archor sin tener que disparar una sola vez, sin embargo, las palabras de Elena reflejaban una realidad indiscutible. Archor no podía salir de allí libre. Y Aniak también lo sabía.

Lo que quedaba de la puerta de la avioneta se abrió. Todos se pusieron en guardia.

Aniak no se ocultó. Sabía que no la iban a disparar. En una mano llevaba una pistola, en la otra ya no llevaba el maletín, sino que llevaba un vial metálico, lo que la convertía en un arma biológica andante.

Tocó la pista y comenzó a caminar torpemente hacia los cuatro miembros del equipo.

—Por favor, ahí abajo, decidme algo ya o, de una u otra manera, moriremos todos. — Susurró Hugo por el intercomunicador. Más silencio.

—Bueno, bueno. Aquí estamos otra vez. — El tono de la joven recepcionista ya no era tan dulce. —No voy a decir que no me lo esperaba de ti. — Dijo dirigiéndose a Hugo. —Me habían contado que nunca dejabas escapar a tu presa. Me alegro de que las historias fueran ciertas.

—No te alegrarás tanto cuando esto acabe en unos minutos.

—Todo lo contrario, amigo mío. Me alegraré porque he sido el único miembro de O.N.O. que ha logrado acabar contigo.

—Chicas, necesitamos que nos digáis algo. — Apremió Roberto por el comunicador. La respuesta fue solo silencio.