CONEXIÓN BAJO CERO
“6 de diciembre. 10:46 AM (hora local) – Superficie del silo, 71.26º N, 156.58ª O”
La tormenta de hielo y nieve aumentó de intensidad. La pared trasera de aquel huracán helado iba a dar su último coletazo antes de desaparecer.
Agazapado junto a la estructura metálica de la última antena, con los músculos al límite del espasmo y sosteniendo la pesada cizalla hidráulica, Hugo recibió tres nuevos golpes en el costado.
Aquellos fueron los más duros y dolorosos que había recibido desde hacía mucho tiempo.
Se quedó sin respiración por unos segundos.
La nariz le volvía a sangrar. Una voz en su cabeza estaba tratando de que desistiera de su misión desde hacía ya unas cuantas horas. Sentía que la cabeza le iba a explotar.
Junto a él, Valeria vigilaba la penumbra con el fusil encarado, barriendo con la mirada los accesos a los viejos edificios escolares y la enorme pista aeroportuaria esculpida en el hielo eterno del permafrost. La sierra había dejado de funcionar.
—¿Seguimos sin conexión? — Trataba de recomponerse.
—De momento seguimos a ciegas. —Respondió Val sin darse cuenta de la merma en el estado de salud de Hugo desde hacía diez minutos.
—Recibido. — Con sumo esfuerzo, abrió la cizalla y la colocó sobre la última manguera de cables que conectaba la última antena que quedaba en funcionamiento en aquella estación. De repente, la estática de los intercomunicadores les sobresaltó.
—…(ruido estático)…
—¿Eres tú? — Preguntó Val.
—Negativo. — Respondió Hugo.
—… (ruido estático)… ¡No!…anten…¡Parad…aires todos!...
—Parece, ¿Martina?
Hugo aflojó la presión que estaba ejerciendo con la cizalla sobre el blindaje de la manguera.
—¡Esto no funcio…! No consigo que la señal traspa… la cúp… de hormigón.
—Pues hay que hacer algo. Por más que repitamos que no corten más cables, no van a parar.
—¡No me digas! Pues ya me dirás tú que hace… un momento, ¿por qué se han encendido aquellos focos?
—Aquí Alfa-1, ¿me recibís? ¿qué ocurre?
—Se está abriendo una de las compuertas de la superficie. …(silencio)… Un momento, ¿has oído eso?
Hugo dejó la cizalla en el suelo. Valeria se giró al sentir el golpe del peso de aquella herramienta contra el hormigón de la base de la antena.
—…¿Jefe? ¿Eres tú?
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?
—Jefe, cuantas ganas de… — De fondo se sentía que alguien la apremiaba.
—Sí, sí. Perdón. Jefe, detente. No cortes más cables.
— La voz de Martina restallaba en el auricular, distorsionada pero cargada de un pánico apremiante.
—¡Si cortas la conexión de la última antena dejarás sin señal al sistema y activarás la detonación de los explosivos tú mismo!
Un sudor frio comenzó a recorrer la espalda de Hugo. Unas gotas que se congelaron casi al instante. “¿Esto es lo que me querían decir ahora los golpes en las costillas?”, pensó.
—¿Qué demonios pasa ahí abajo, Martina? — Gritó Valeria sobre el bufido de la ventisca. —¿Cómo es posible que volvamos a tener conexión?
—No sabemos cómo, pero ha comenzado a abrirse una de las esclusas del techo. Parece que eso está permitiendo que las ondas de los comunicadores lleguen a la superficie. — Dijo de fondo Alicia mientras se escuchaba en segundo plano como dos personas aporreaban simultáneamente varios teclados.
Valeria observó a lo lejos un haz de luz emergiendo desde el suelo. “Allí debe estar la compuerta que se está abriendo”, pensó. Rápidamente, escudriñó en todas direcciones para evitar que más mercenarios de O.N.O. les sorprendieran.
—Creo haber descubierto algo. — Se escuchó por el intercomunicador. —En vez de tratar de adivinar cuál de los cientos de frecuencias es la que transporta la señal que queremos encontrar, he utilizado un repetidor exterior a la instalación.
Un suspiro se intuyó a través de la radio.
—La boya. En vez de buscar señales entre las catorce antenas, deberíamos haber buscado una coincidente entre la antena que queda y cualquiera de las boyas ancladas en el permafrost junto al océano.
— Quedaba demostrado que Martina y Alicia formaban un equipo de respaldo increíble.
No había problema informático que se les resistiera.
Al tiempo, un zumbido sordo y telúrico hizo vibrar las placas de acero que conformaban el suelo del silo.
Un destello de advertencia, de color ámbar, comenzó a girar en las paredes de aquella caverna.
Con un crujido de engranajes, la plataforma número veinte, sobre la que reposaba la Cessna 208 comenzó a girar sobre sí misma.
Treinta metros más arriba, las gigantescas compuertas de acero blindado del techo se abrieron totalmente en abanico, dejando entrar un torrente de aire gélido y copos de nieve que flotaban en el vacío de aquel hangar.
—Veo a alguien. Está corriendo hacia el avión. — Gritó Elena desde la puerta de la sala de monitores. Roberto, junto a ella, la empujó sin querer y salió corriendo hacia la avioneta con el arma preparada.
—¿Qué está ocurriendo ahí abajo?
Alicia no retiraba la mirada de sus monitores, al igual que Martina. Ellas trataban de aislar una señal fantasma entre apenas unas pocos cientos de señales que quedaban activas.
—Parece que es Stern, está corriendo hacia el avión.
Otras dos personas corren junto a él. Un hombre y una mujer.
Ella lleva algo en la mano. ¡Joder…! — Elena reconoció a dos de las tres personas que trataban de llegar hasta la avioneta.
Una era aquel hombre que la había atormentado en sueños y, sobre todo, en pesadillas, desde hacía varios días.
La mujer fue la que tan modosamente les atendió a ella y a su grupo en la pensión Pikalujak y que horas antes irrumpió en su habitación, finalizando el encuentro en una pelea casi a muerte.
Hugo se percató también de que la compuerta se abría y se dirigió trastabillando hacia ella. Las fuerzas ya le estaban abandonando. Su voz interior llevaba varias horas minando su moral y su confianza.
—Mierda, mierda, mierda, no. Kay, …(ruido sordo)…noooooooo.
Roberto no se dio cuenta de que se había activado su micrófono.
—… (Ruido de disparos)…
El subfusil de Kay escupió una ráfaga atronadora que reverberó en la bóveda de hormigón. Stern cayó fulminado. El segundo hombre, cayó después, tras tratar de disparar a ciegas de espaldas a la tiradora.
—¡Alfas!, ¿qué ocurre ahí abajo? — Resolló Hugo tratando de hacerse oír sobre la tormenta.
—Es Stern. Ha caído.
El mute duró unos segundos.
—¡Explícate! — Requirió Val, mientras veía como a Hugo le empezaba a costar dar un paso tras otro en aquellas circunstancias.
—Kay, ¡para! Conseguirás matarnos a todos. …(Ininteligible)… Nooo. ¿Ya se te ha olvidado lo que os dijo el tabernero? — Roberto trataba de convencer a Kay.
Stern, aterrorizado, herido casi de muerte, trató de alcanzar el borde de la plataforma que ya se estaba elevando unos centímetros del suelo. La puerta de la avioneta se cerraba. Aniak estaba dentro.
—No. No sabemos quién lo tiene. …(Ininteligible)… Pero a los demás no nos da igual.
—Kay, tu hermana no aguantó tanto tiempo aquí para que tú lo acabes así. — Se escuchaba a Elena tratando de convencer a Kay. —… (Ráfaga de disparos) … (ininteligible) … (dos disparos) … —El silencio se apoderó nuevamente de la radio.
Una nueva ráfaga de disparos de Kay alcanzó de lleno la espalda de Stern que se desplomó sobre el suelo del silo, con los ojos abiertos y la boca llena de sangre, inmóvil.
Los dos últimos disparos fueron los del arma de Rob.
El cuerpo de Kay cayó hacia atrás, sobre la plataforma número 19 que comenzaba su ascenso unos segundos más retrasada que la que sostenía al Cessna.
Un par de los disparos desesperados del guardaespaldas de Archor impactaron en el sistema hidráulico, activándolo.
Arriba, treinta metros sobre ellos, una segunda compuerta comenzaba a abrirse en la superficie, mientras impactos sobre la nieve acometían la posición desprotegida de Hugo y Valeria.
Varios mercenarios acababan de aparecer sobre una Ford Raptor de tres ejes.
Las luces de la pista de despegue invisible comenzaron a iluminarse.
La nieve que la cubría súbitamente comenzó a ascender como si cientos de ventiladores expulsaran aire a presión para limpiar y despejar aquella pista.
El rugido del encendido de la Cessna inundó todo el silo. Martina miraba la pantalla del monitor donde estaba trabajando, con el corazón ahora detenido, esperando que los gráficos que mostraban se volvieran rojos y aquella base estallara por los aires.
Cinco segundos.
Diez segundos.
Nada ocurrió.
—No era él… — Susurró Alicia, apoyando la espalda contra el respaldo de su silla. —Stern no llevaba el detonador.
—Archor. —Dijo Elena, con una certeza tal que les heló la sangre a todos. —Lo tiene Archor, Aniak. Y está subiendo.
—Va a escapar y tendremos que empezar de nuevo. — Apuntó Rob que acababa de llegar nuevamente a la sala de control.
—Eso no es lo peor. Lo peor es que arriba está Hugo. Y él no le va a dejar escapar. Sea como sea esto no va a terminar con Archor vivo.
Alicia volvió a mirar las gráficas de los monitores en los que Martina estaba trabajando como si de ello dependiese su vida. Realmente, era así.
—¡Hugo!, ¡Val! — Gritó Roberto por el intercomunicador mientras echaba a correr hacia las escaleras que llevaban a la superficie seguido por Elena. —¡Archor está subiendo! No puede escapar, pero aquí seguimos sin interceptar la señal.
En la superficie, la tormenta regalaba los últimos coletazos, arreciando la ventisca. Las compuertas blindadas terminaron de abrirse por completo y la plataforma que elevaba la avioneta emergía lentamente a ras de suelo en la oscuridad.
La pista de despegue estaba unos metros alejada de las plataformas. Su iluminación ayudó a localizar la camioneta desde la que cuatro tangos, apeándose de ella, ofrecían cobertura para que su jefe pudiese abandonar aquel infierno helado.
Los dos miembros del equipo HOSTES, ocultos sobre treinta centímetros de nieve, trataban de repeler como podían el ataque. Únicamente podían percibir sombras, pues la iluminación de la pista simplemente ofrecía un halo de luz muy tenue fuera de ella.
—No veo nada. — Espetó Val.