REVELACIONES #2
Una Cessna 208 Grand Caravan. Su fuselaje blanco parecía un juguete delicado, casi patético, rodeado por la tiranía de los pistones de acero de las plataformas elevadas.
Rob alzó la vista, obligando a sus ojos a asimilar la magnitud de lo que tenía encima.
Treinta metros más arriba, rompiendo la continuidad del hormigón, se alineaban pesadas compuertas retráctiles de acero blindado.
Esclusas diseñadas para abrirse en abanico bajo la noche, permitiendo que las antenas de O.N.O. ascendieran hacia la superficie en un suspiro antes de volver a sepultar la verdad bajo toneladas de hielo y nieve.
—¡Santo Dios! Esto es…
—Esto es el motivo por el que no vimos las antenas al llegar. Y allí está el avión que tiene pensado utilizar Kairos y Archor para abandonar este lugar.
—Pero esto es… —Rob no podía articular palabra.
—Hermoso. — Dijo Elena.
—Sí. — Afirmó Roberto.
Valeria también estaba abrumada ante aquella obra de ingeniería, pero estaba buscando algo más con la mirada. Allí no estaba Kay, ni Stern, ni Archor. Pero tenían que llegar allí.
—Martina, sígueme. — Salió corriendo atravesando aquel complejo hasta llegar a una sala en el extremo más cercano. Valeria entró con el fusil en guardia, sin embargo, pronto lo bajó. Allí no había nadie.
—Qué extraño. ¿No hay nadie en todo este silo? — Preguntó Roberto que entraba por la puerta.
—No. ¡Mira! — Dijo Martina señalando una pantalla.
En ella había un mensaje sobre una ventana en rojo parpadeante:
“Last Fly - 2026/12/01 21:00PM – All civilian and science staff”
—Solo dejaron el personal indispensable.
—Sí. A su guardia personal.
—Aquí vas a trabajar. Necesito que inventes algo para individualizar y anular la señal que emitan Stern o Aniak. Son los dos únicos que pueden hacer volar todo esto. — Ordenó Valeria.
—Eso es imposible. Aquí hay cientos de miles de interferencias, señales y frecuencias de radio ¿Has visto esas antenas de ahí fuera?
—Tienes que intentarlo. Si no bloqueamos esa señal, cada segundo que pase puede ser el último.
—Esto ya sería casi imposible con todos mis aparatos. Pero aquí… aquí haría falta un milagro. Quizás con Alicia ayudándome a separar frecuencias.
—Tus deseos son órdenes. — Detrás de Roberto, abriendo la puerta de aquella sala de comunicaciones, apareció una debilitada Alicia.
Sujeta al marco de la puerta y con una pistola en la mano derecha, parecía una aparición fantasmagórica gracias a los reflejos de los focos que iluminaban el silo detrás de ella.
—¡Alicia! — Se sobresaltó Rob.
—¡Alicia! — Repitió asombrada Martina.
—¡Gracias a Dios estás bien! — Elena sujetó a Alicia antes de que las piernas de esta flaquearan por el enorme esfuerzo.
—No. — Balbuceó. —No lo estoy. Me han inyectado algo y tengo la cabeza que me va a explotar. — Trató de apartar a Elena. —No quiero infectaros a ninguno.
—Llegas tarde. — Bromeó Roberto que la agarró por el otro brazo para llevarla hasta una silla.
—¿Y Hugo? — Preguntó Valeria.
—Se quedó arriba. Se dirigió hacia una de esas antenas. Dijo que, si lo habíais conseguido, seguramente estaríais buscando la manera de controlar la señal que evitara que todo esto volase por los aires.
—¡Qué cabrón! — Espetó Rob.
—¿Os separasteis? ¿Pero en qué estabais pensando? — Dijo furiosa.
—Mientras veníamos desde el faro, me explicó la situación.
Le dije que el mero hecho de que hubiese antenas del tamaño que me describió haría imposible aislar esa frecuencia.
Le expliqué que ese tipo de antenas son como las que hay en los complejos de la NASA para recibir señales del espacio profundo.
Si las emplean para enviar señales alrededor del mundo sería imposible individualizar una sola señal entre millones de frecuencias.
—Es lo que les he dicho yo. — Apuntó Martina. —Pero primero tenemos que adivinar cual es la frecuencia y, posteriormente…
Valeria estaba paralizada. Hugo había sobrevivido inexplicablemente al trayecto hasta el faro, a la incursión en él, al salvamento de Artemisa y al regreso hasta el distrito escolar y, sin embargo, en vez de reunirse con ellos,
había decidido continuar jugando una partida de póker con la muerte hasta ver cuál de los dos salía victorioso.
—Así que insistió en que buscase una sala de control o algo parecido. Era muy optimista. “Valeria lo habrá conseguido y estará allí esperándote”, aseguró. Yo le pregunté que qué era lo que iba a hacer.
—Anular las antenas. Una a una. Por fuerza bruta. — Susurró Valeria.
—Anular las antenas. Exacto.
—Pero no sabe que Kay está buscando a Kairos Stern para vengar la muerte de su hermana. Y que Archor, bueno… Aniak, está desaparecida. —Dijo Elena quién estaba despojando a Alicia de la capa de ropa que cubría uno de sus brazos.
Martina se sentó rápidamente en una de las consolas.
El sistema requería credenciales, pero no había tiempo para hackear el cortafuegos principal.
Con pulso firme introdujo el pendrive que siempre llevaba consigo en el hub de diagnóstico sobre la mesa y comenzó a teclear a la velocidad del rayo, saltándose los protocolos de seguridad de la consola.
Aquel pendrive que le regaló Alicia y que ella consideraba la mano de Dios, pues con él, todo lo podía.
—Ok, primero tengo que interceptar la matriz de conmutación de la radiofrecuencia de la instalación.
—Murmuraba Martina, con los ojos fijos en el barrido de frecuencias que empezaba a volcarse en el monitor principal.
No se daba cuenta que estaba hablando con una jerga totalmente incomprensible para el resto, excepto para Artemisa.
—Estamos a treinta metros bajo tierra. Tenemos una cúpula de hormigón sobre nosotros. Una Jaula de Faraday perfecta. No vas a captar ninguna señal de radio salvo… — Apuntaba Alicia mientas Elena tomaba su brazo desnudo.
Martina, concentrada con la vista en el monitor, ajena a todo lo demás, continuó. —… salvo que esta consola gestione las líneas de alimentación física de las catorce antenas y pueda abrir un canal específico para comunicaciones.
Un leve quejido hizo que la joven mirase por un segundo a su espalda. Elena acababa de inyectar una dosis de un compuesto blanco translúcido a Alicia. Ella volvió la vista a su monitor mientras escuchaba a la doctora como tranquilizaba a Alicia.
—Esto te hará mejorar. Tranquila. Esa pesadez de cabeza y las voces que no me dices que estás oyendo, desaparecerán.
—Roberto. Te quedas al mando táctico. Cuando Martina consiga aislar esa frecuencia y podamos neutralizar las amenazas, infórmame. — Val abrió la puerta y salió corriendo hacia una escalera que ascendía los treinta metros hasta la superficie.
—¿Dónde te crees que vas? — Le preguntó.
—A apoyar a Alfa-1. — Dijo mientras en la base de la escalera se colocaba el auricular en la oreja.
Minutos más tarde, las gráficas de frecuencia comenzaron a apilarse en el analizador de espectro del monitor en el que trabajaba Martina.
Las líneas de datos comenzaron a cruzarse en la pantalla como una telaraña ecléctica imposible de descifrar.
Un sudor frio empezaba a resbalarle por la nuca.