REVELACIONES
“6 de diciembre. 10:00 AM (hora local) – Laboratorios 33”
Una ráfaga de disparos impactó sobre el cuerpo de Nuna.
—¡Traidora!
Rob, instintivamente, agarró el cañón del Ak-74 cuando trataba de apuntar hacia Elena.
—Margareth, ¿qué cojones haces? — Gritó Roberto arrebatándole el fusil de las manos.
Breslin sacó un karambit de la cintura de su pantalón y propinó varios cortes en la pierna y el abdomen a Roberto.
Tras zafarse de este, Breslin se dirigió hacia Elena con el cuchillo en la mano.
Un fuerte grito de dolor salía de lo más hondo del ser de Kay.
No porque le hubiera alcanzado ningún proyectil, sino porque había vuelto a perder lo que más amaba, lo que había perdido hacía tres años y acababa de recuperar.
Nuna había caído fulminada por varios impactos en el pecho.
—¡O.N.O. NO DEJA CABOS SUELTOS! — Gritó la joven ex ayudante del sheriff mientras saltaba sobre la mesa central del laboratorio para tratar de apuñalar a Elena.
Tres disparos por la espalda neutralizaron a aquella mujer que cayó sobre el panel del Bio-Dym creando un reguero de sangre que comenzó a deslizarse por la mesa, tiñendo de un rojo espeso los gráficos verdes de la simulación que aún parpadeaba con la palabra ÉXITO.
El cuerpo inerte de Breslin quedó tendido sobre la mesa central, con la mirada vacía fija en Elena y el karambit resbalando de sus dedos muertos.
Detrás de ella, a través de la humareda de los disparos que flotaba en la entrada del laboratorio, la silueta de Rob se recortaba con el arma aún levantada y el cañón caliente de su Sig Sauer Spear-LT apuntando al vacío.
Su mirada, una vez comprobado que Elena estaba a salvo, se volvió hacia Nuna y Kay.
—¡NOOOOOOOOOOOO! ¡Hermanita no me dejes! — El grito de Kay desgarró el aire.
—Nuna ¡no! — Elena se acercó a Kay quién tenía entre sus brazos el cuerpo de su hermana pequeña. Nada más verlo, supo que no había posibilidad de salvación. Nuna tenía cinco disparos en el pecho. La camisa y la bata blanca empapadas en su propia sangre. Nuna había muerto.
Roberto, guiado por la rabia, comenzó a dar puñetazos a la pared.
La alarma del pasillo estalló con un sonido estridente.
Las luces blancas del laboratorio se apagaron sumiendo la estancia en el parpadeo rítmico y denso de los focos de emergencia.
La atmósfera se volvió más asfixiante si cabía.
Las sombras comenzaron a danzar de forma errática contra las paredes, transformando aquel lugar en un zulo claustrofóbico con olor a oxido cobrizo sanguíneo que comenzaba a inundar el ambiente.
De pronto, el comunicador de Rob se activó.
—Alfa-4, viales del despacho de Stern destruidos. Ha saltado la alarma. Tenemos compañía.
De fondo se escuchaban disparos y a Martina apremiando para salir de alguna estancia en la que se encontraban.
Al tiempo, la Forja emitía un timbre y abría la zona de entrega de más viales de Hémera recién creados.
—Alfa-4, ¿estás ahí?. Necesitamos apoyo. No tenemos salida. Stern está escapando.
—Elena, tenemos que irnos. Valeria y Martina están acorraladas y Stern ha huido.
Kay no quería despegarse del cuerpo de su hermana.
Había tardado una eternidad y pasado incontables desdichas y penurias hasta volver a encontrar a su hermana pequeña.
Aquella a la que Stern le había prometido fama, gloria y dinero.
Aquella que al ver la crueldad de Stern y lo que estaba preparando para el resto del mundo, quiso quedarse para pararle los pies y arruinarle sus planes.
Aquella que ayudó a crear la cura para una de las toxinas más violentas y letales creadas hasta la fecha.
Aquella que la llamaba “tata” cuando apenas tenía dos años.
Kay le dio un beso en la frente al cuerpo sin vida de Nuna. Lo tendió en el suelo y le cerró los ojos con sumo cuidado. Le juntó las manos sobre el pecho mientras le regalaba un último ósculo y una lágrima caía de sus mejillas hasta las de su hermana.
—Adiós. Nakuurruġli aullaġnin. Suli tautugumiġipkin. — Le susurró al odio mientras la dejaba marchar al fin. —Que tu viaje sea bueno. Que nos volvamos a ver. Hasta siempre hermanita.
Kay se levantó, tomando el AK-74 disparando una ráfaga sobre el cuerpo de Breslin. Elena tomó el otro AK-74.
—Rob, guíanos. — Dijo Elena.
—Yo voy a matar a Stern. — Kay había definido su objetivo.
Quería venganza, y la quería ya. — Salió la primera de aquel laboratorio.
No esperó a nadie más. Pasillo tras pasillo, avanzaba sin mirar atrás.
Roberto y Elena la seguían tratando de hacerla entrar en razón, pero ella no escuchaba.
No quería escuchar a nadie. Estaba cegada por la ira.
No sabía hacia donde se dirigía, ni siquiera si ese camino sería el correcto, pero no aminoraba.
—Alfa-2, Alfa-5, vamos para allá. Ya escuchamos los disparos.
—¡Joder, nos van a masacrar, daros prisa!
Kay tomó una bifurcación a la izquierda. Roberto y Elena se detuvieron, pues escuchaban las detonaciones en la dirección contraria. Se miraron. No querían dejar a Kay sola, pero tenían que ir a salvar la vida a sus compañeras.
Roberto inició la carrera por el pasillo de la derecha. Diez metros más adelante encontró los primeros mercenarios de O.N.O.. No supieron de donde les llegaron las ráfagas. Roberto abatió a cuatro.
—Estamos fuera. Cuatro menos.
—¿Cuántos hay?
—Cuento cinco más.
—Dime cuándo puedo disparar.
Elena comenzó a disparar abatiendo a uno. El resto, al darse cuenta, se dio la vuelta y comenzó a disparar en dirección a Roberto y la doctora.
—¡Ahora!
Las dos mujeres salieron de su cobertura en el despacho de Stern.
Estaban parapetadas tras la cámara criogénica que, debido a los impactos de bala, estaba derramando el nitrógeno líquido, creando una atmosfera fantasmagórica.
Nubes de vapor blanco y crujiente restallaban contra las paredes y el suelo, bajando la temperatura de la estancia casi a la misma temperatura que se hallaba el exterior.
Atravesaron el lugar donde debía de estar la puerta del despacho, ahora inexistente por los disparos, y neutralizaron a los cuatro mercenarios que ahora se encontraban disparando hacia la posición de Roberto.
—¡Despejado!
—¡Despejado!
Elena y Roberto salieron de su cobertura y se reunieron con Valeria y Martina. Los cuatro miembros del equipo HOSTES estaba nuevamente reunidos.
Roberto chocaba el puño con Val, mientras Martina abrazaba a Elena y no ocultaba su alegría al escuchar que había conseguido sintetizar un antídoto.
—Nos ha llevado más tiempo del que esperábamos, pero las cepas de Stern están destruidas. — Confirmó Valeria.
—Y tengo toda su investigación en mi tablet.
Es lo que más ha tardado. Lo bueno es que su despacho tenía una conexión satélite súper rápida y súper estable, por lo que he conseguido subir más de noventa terabytes de datos a la nube de HOSTES.
Creo que habrá que decirle al General que hay que comprar más discos duros. — Apuntó Martina.
—Es genial. Ahora tenemos que localizar a Stern y a Archor. — Dijo Elena.
—¿Dónde están Kay y Breslin? — Preguntó Val.
—Pues Kay estará con su hermana y Breslin imagino que se habrá quedado para protegerlas. ¿No? — Conjeturó Martina.
—Me temo que nada más lejos de la realidad.
Elena las puso al día con lo ocurrido. Valeria, al oír aquello, abrió los ojos como si una revelación le hubiera devuelto una pieza clave en todo aquello que la intervención de las últimas horas le había hecho olvidar.
—No puede matarlo. — Espetó.
—¿Por qué? Déjala. Llegado a este punto, necesita vengar la muerte de su hermana, y con lo que tenemos en la nube, seguramente no nos haga falta para nada más. El mundo será un lugar mucho más seguro sin él. — Conjeturó Rob.
—¡No! No puede matarlo porque no sabemos a quién colocó el tío del bar el dispositivo de hombre muerto. Y si lo mata…
Excepto Elena, que no sabía de qué estaban hablando, el resto se quedaron petrificados.
Si era Stern quién tenía ese dispositivo instalado, en cuanto dejase de detectar el latido de su corazón, detonarían cargas explosivas por toda la costa y aniquilarían la poca o mucha población que Kobac Bay tuviera, amén que cambiaría la orografía en kilómetros a la redonda,
dejando de ser ese el punto terrestre más septentrional de Estados Unidos.
Tras ellos, en lo que quedaba del despacho de Stern, unos destellos rojos que contrarrestaban la luz blanca y fría de la sala indicaban que Val había seguido las instrucciones que Nuna le dio para destruir la copia de seguridad secreta de las cepas que ocultaba Kairos.
Los cuatro miembros del equipo HOSTES corrieron por los pasillos hasta llegar a uno que finalizaba en una doble puerta. En el ala derecha, un cartel de acero remachado rezaba:
« SUBLEVEL H-4 / HOISTING el aire allí dentro estaba cargado de un gélido olor a queroseno refinado, ozono y grasa de motor. Nada que ver con el estéril aroma de los laboratorios.
—¿Cuánto tiempo les ha llevado construir todo esto? — Martina estaba abrumada con las dimensiones colosales de aquella monstruosa infraestructura. Sintió una presión en el pecho al comprender la magnitud de lo que podía llegar a hacer aquella organización.
Frente a ellos, la sala se extendía como una colmena de ingeniería subterránea, un vacío imponente de treinta metros de altura bajo la superficie helada del permafrost.
La luz de los proyectores de alta presión caía en haces densos, cortando la penumbra y perfilando la geometría perfecta de veinte elevadores hidráulicos empotrados en el suelo.
El despliegue era una oda a la fuerza bruta.
Catorce de esas plataformas masivas de acero acorazado permanecían izadas contra el techo de hielo y roca, encajadas con una precisión milimétrica, sosteniendo catorce pesadas y colosales antenas parabólicas.
Cinco fosos más permanecían vacíos, dejando al descubierto unas superficies desnudas de quince por doce metros cada una.
Abismos cuadrangulares que aguardaban su carga en silencio, y justo en mitad de aquel desierto de metal, sobre el último elevador a ras de suelo, reposaba una avioneta.