HÉMERA #2
En ese cristal se encontraba escrita la palabra “Sanalvik”.
En iñupiak significaba algo como “fábrica de cosas duras”. Allí, lo conocían como “La Forja”.
La Forja era una máquina capaz de trabajar en un vacío absoluto, libre de cualquier contaminación externa, sin engranajes ruidosos.
Únicamente los brazos robóticos que tenía en su interior emitían un leve siseo cuando estaban en movimiento.
Ahí era donde se ejecutaban todas las mezclas de compuestos y sustancias antes de su traslado a la sala de cuarentena.
Nuna continuaba escudriñando los datos que Elena había introducido en su terminal.
Elena repasaba con ella los puntos críticos.
Tras varios minutos de concentración silenciosa, Nuna golpeó la mesa tras un leve suspiro.
Pareciese que estuviera conteniendo la respiración mientras repasaba las últimas cadenas escritas.
—Los datos de A.E.G.I.S son sólidos, Elena. La estructura molecular que has diseñado encaja perfectamente en los receptores de la toxina. Es una jodida llave maestra.
—Es la única combinación que quedaba por probar tras decenas de cientos de miles de posibilidades.
—Es perfecta, pero de momento sigue siendo solo teoría matemática aplicada en una pantalla. — Elena tragó saliva tras aquel baño de realidad de Nuna.
Lo que acababa de conseguir no era más que números y letras apilados en una pantalla.
Sabía que, en condiciones normales, todo el proceso que seguía a continuación duraba semanas en un laboratorio convencional, meses de burocracia en despachos de universidades, institutos de medicina y sedes políticas, y más tarde,
años hasta la creación de un compuesto tangible y fiable tras luchas y pugnas por la patente en laboratorios farmacéuticos.
—Voy a transferir la secuencia al Bio-Dym 7. — Repuso Nuna volviendo a su terminal.
De repente, la gran pantalla central del laboratorio parpadeó, tiñendo las paredes de un color azul eléctrico.
El simulador cuántico de dinámica molecular del Bio-Dym cobró vida.
En el centro de la proyección apareció una representación tridimensional e hiperrealista de la toxina.
Una estructura orgánica violenta, erizada de espinas microscópicas de color rojo encendido, rodeando a una célula sana.
Aquello era una duplicidad de la pantalla en la que estaba trabajando la hermana de Kay.
Estaban viendo por primera vez la forma física real de la toxina Erebo.
—Simulación de colisión biológica en tres, dos uno… — Murmuró.
Elena estaba hipnotizada ante aquel adelanto tecnológico del que no había oído hablar, pero mucho más aún por el adelanto temporal que implicaba esa simulación en comparación con el desarrollo normal de una investigación convencional y oficial.
Los gráficos comenzaron a oscilar de forma errática. Las espinas rojas de Erebo mutaron, resistiendo el envite, devorando el inhibidor y tiñendo la simulación de un alarmante color ámbar.
Elena cerró los ojos. No quería ver aquello. Había fallado.
—No funciona. — Se dijo.
—No es posible. — Murmuró derrotista Rob desde la puerta.
—No está funcionando. — Susurró también Kay, dando un paso adelante, con el corazón acelerado. Aunque no entendiera de química, sabía comprender lo que estaba viendo en aquel holograma y las implicaciones que ello tenía.
—¡Espera! — Le cortó Nuna, sin apartar su mirada analítica del monitor traslúcido del Bio-Dym.
—Espera… mira los enlaces de hidrógeno. Están cediendo.
— Elena se recompuso, abrió los ojos incrédula.
Miró a la pantalla central, pero ella no era una mera espectadora.
No le gustaba ver sus resultados así. Ella tenía que verlo en el monitor principal de su estación de trabajo, así que fue junto a Nuna para observarlo con ella.
El simulador cuántico procesó un millón de variables por microsegundo, recalculando la presión y la temperatura celular.
De pronto, la nube plateada del inhibidor se reorganizó, envolviendo la totalidad de la toxina.
Las espinas rojas colapsaron, desintegrándose en un destello digital.
La pantalla se estabilizó en un verde brillante.
VIABILIDAD EN ENTORNO VIVO: 99.9%. REACCIÓN EXITOSA.
Elena exhaló todo el aire que retenía en los pulmones.
—Es real… — Dijo con una chispa de triunfo en los ojos que se confundía entre las lágrimas que querían aflorar. —La teoría funciona y la simulación lo ha confirmado.
—Enhorabuena, Doctora Cruz.
Breslin comenzó a aplaudir tímidamente, y Rob abrazó a Elena.
—Enhorabuena jefa.
Elena no se lo podía creer. Había completado su investigación iniciada hacía diez años, y solo le bastó un poco de presión mortal para centrarse y focalizar el error que cometía en sus estudios iniciales.
—Gracias Rob, pero ahora hay que…
—Ya se está creando la primera dosis. — Interrumpió Nuna que señalaba al horno industrial.
A través del cristal blindado, se veía como La Forja materializaba aquel compuesto.
Los inyectores automatizados cobraron vida con un zumbido ultrasónico casi imperceptible.
Los brazos robóticos comenzaron a moverse a la velocidad de la luz, disparando pulsos laser invisibles para unir los átomos de los componentes base.
Silenciosamente, como la condensación que forma el rocío en las mañanas, gota a gota, un vial de cristal comenzó a llenarse con un compuesto espeso, translúcido, que brillaba con una pureza casi milagrosa bajo los focos ultravioleta de aquella bien denominada “Forja”.
Quince minutos más tarde, la Forja continuaba creando viales con el compuesto. Elena tenía en su mano un par de frascos autoinyectables y perfectamente operativos y funcionales.
—Es muy arriesgado, pero situaciones desesperadas…
—…requieren medidas igual de desesperadas. Es la única opción. Tú lo has creado, sabes que funciona, y la toxina que llevas dentro está en fase terminal. — Le dijo Nuna a Elena. —Pero la decisión es tuya.
—Trae para acá. — Roberto tomó el vial, y con sumo cuidado, se lo inyectó a su compañera. —No hay nada que pensar. Y… Hugo no está aquí para hacerlo, así que…
En la cabeza de Elena, las voces retornaron una última vez.
“Morirás. El día menos pensado, vas a morir. Y lo peor es que sabes que lo harás sola.”
La voz que apareció días atrás ahora se diluía poco a poco. Lentamente. Para siempre.
“Esa familia que crees que tienes no van a hacer nada para…(silencio).”
No dijo nada, pero Roberto, quién la conocía bien, supo ver en su mirada que la chispa que siempre había tenido estaba reapareciendo. Estaba volviendo a ser la doctora Cruz, Elena, la jefa de siempre.
—Bueno, ¿cómo lo vas a llamar? — Le preguntó Nuna.
—¿Qué?
—Tendrás que ponerle un nombre. Tú has sido la que has descubierto la cura.
—Pues, la verdad, no creo que sea el momento…
—Vamos jefa. Le pusiste nombre a esa aberración que han estado usando para matarte. — A cada segundo que pasaba, Rob la veía más entera.
—No sabría qué nombre ponerle.
La tensión que soportaba Nuna también iba desapareciendo poco a poco.
Su trabajo ya estaba completado. —Piénsalo.
Por cierto, Elena, te doy las gracias de todo corazón.
Me has ayudado a terminar con esto. Ahora ya puedo regresar a mi vida.
— Una mirada entre las dos hermanas hizo que ambas inundasen en silencio sus mejillas con las lágrimas más puras que su amor les regaló.
Rob estaba concentrado en la puerta, junto con Breslin, esperando noticias de Valeria y Martina.
La luz roja de la habitación del fondo se detuvo, dejando reinar en solitario el blanco puro del laboratorio 33.
Elena no podía parar de mirar la pantalla donde se veía una representación tridimensional del compuesto que había creado.
—Hémera. — Susurró más alto de lo que quiso.
Todos se dieron la vuelta para mirarla.
—¿Han vuelto los delirios, jefa? — Se sobresaltó Rob.
—¿Eh? — Sorprendida porque sus pensamientos se habían expresado en voz alta sin darse ella cuenta, respondió. —No, no, no. Perdón. Estaba pensando. Ya tengo nombre. Hémera.
—¿Qué idioma es ese?
—Griego, al igual que Érebo. De hecho, Hémera fue la hija de Érebo y la diosa griega que personificaba el día, la luz, la que disipaba cada mañana las tinieblas que el mismo Érebo erigía durante la noche.
—Muy bonito. — Afirmó Rob. —Yo estaba pensando en un nombre más comercial. Stormbraker, OnoKill,… — Continuó bromeando.
—Sea pues. El nuevo compuesto se llamará Hémera, y traerá la cura para la posible infección creada por Érebo.
—Gracias. — Dijo Elena.
—Quiero decirte que, ahora que tenemos un respiro, llevo tres años oyendo historias sobre ti.
Tres años en los que he tenido que aguantar la soberbia de Nils y de Stern.
Tres años en los que podía haber escapado y dejar que el mundo se fuese a la mierda, regresar con mi hermana y vivir felices el mucho o poco tiempo que nos quedase.
Pero… — Nuna observó fijamente a su hermana, la cual no dejó de idolatrarla con la mirada en ningún momento desde que volvieron a reunirse.
—… alguien me enseñó que hay que hacer siempre lo correcto, aun cuando ello implique hacer daño a los que más quieres.
— Nuna abrazó a su hermana. Fue un abrazo que duró una eternidad.
Un abrazo que recordaría toda la vida. Un abrazo, el último que recibiría de su hermana.