Sin voz en la tormenta (Hostes 2) HÉMERA
90%

HÉMERA

“6 de diciembre. 07:32 AM (hora local) – Laboratorios 33”

El equipo que lideraba Roberto no tuvo muchos problemas para llegar al laboratorio número treinta y tres.

Allí les estaba esperando Nuna para abrirles la puerta.

Rob y Breslin entraron rápidamente. Roberto se dirigió hacia el fondo del laboratorio, donde se encontraba Elena.

La joven Breslin le siguió manteniendo las distancias.

Kay, sin embargo, se quedó petrificada a escasos metros del quicio de la puerta de entrada.

No creía que su hermana pequeña, aquella que había desaparecido hacía tres años, a la cual llevaba buscando desde entonces, y por la que había pasado tantas penas y desgracias personales, se hallaba viva delante de ella.

A Nuna le ocurrió lo mismo. Estaba petrificada tras la puerta entornada, con los ojos llenos de lágrimas.

Ninguna se movía. Ninguna daba el primer paso.

Únicamente se miraban fijamente pues no podían creer que ese momento hubiera llegado por fin.

—Herm… — Balbuceó Kay. —…hermanita.

Sin poder contener la congoja ni las lágrimas, la más joven de las dos hermanas sollozó.

—¡Lo siento! — Y salió de detrás de la puerta.

Ambas se fundieron en un eterno abrazo en mitad del pasillo.

Un abrazo que contenía tres años de silencios, culpa y una búsqueda desesperada de la verdad tras incontables pistas falsas y castigos físicos y psicológicos inhumanos.

Un abrazo en el que sobraban todas las palabras.

Un abrazo que las fusionó de tal manera que, desde el interior de la sala treinta y tres, arrancó un pellizco de conmoción, respeto y un doloroso nudo de emoción en el pecho a Roberto.

No se podía imaginar lo que ambas estaban sintiendo.

Por otro lado, la doctora permanecía ajena a aquella escena.

Con la mirada fija en los gráficos del monitor, Elena tecleaba febrilmente en uno de los ordenadores de aquel laboratorio, introduciendo nuevas secuencias de síntesis peptídica en el simulador.

En la pantalla, los modelos moleculares eran devastadores.

El problema continuaba siendo el mismo que diez años atrás impidiera a la doctora pasar de la fase uno al fármaco experimental en el Instituto Global de Farmacología Aplicada en Oslo.

La cepa original del Érebo, con la que estaban trabajando era tan agresiva que devoraba los enlaces de cualquier formulación de antídoto simulado en minutos. Ese era el problema que se había encontrado Nils y Stern durante tanto tiempo.

Elena necesitaba reconfigurar la estructura nuclear de aquel compuesto que utilizaba como retardante del E-6, añadiendo una cadena de aminoácidos modificados mediante ingeniería molecular para blindarlo y frenar la degradación acelerada.

Si no lograba estabilizar el compuesto frente a la matriz original de la toxina, el nuevo suero fallaría antes de llegar al torrente sanguíneo y podría producir la coagulación acelerada de los glóbulos rojos, logrando que la sangre se transformara en un lodo necrótico de un tono negro verdoso.

Algo de por sí asqueroso y que causaría una muerte más dolorosa si cabía.

—No es por meter prisa jefa, pero, ¿te queda mucho? — Preguntó Roberto.

—Pues no lo sé. Te recuerdo que dos de las mentes más brillantes del mundo, bueno, tres si la incluimos a ella… — Dijo mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección a Nuna sin dejar de teclear. —…no han logrado dar con la solución en diez años.

—Lo siento. — Se disculpó.

Breslin observaba como ambas hermanas entraban en el laboratorio y cerraban la puerta. Nuna volvió junto a Elena tras darle otro fuerte abrazo a Kay.

La joven ex ayudante del sheriff de Kovac Bay miraba atónita toda aquella instalación.

—¿De verdad te puedes creer que nadie supiera que esto estaba aquí? — Preguntó Rob en un susurro que sobresaltó a Margareth.

—N…No. La verdad que no. — Titubeó inmersa en lo que parecía una vorágine inspiradora de creación de teorías y conspiraciones.

—Alfa-2. Punto de misión alcanzado. Estamos con Alfa-3. Está tan guapa como siempre.

—…

—Alfa-2, ¿me recibes?

—…

—Alfa-2, Alfa-5, ¿podéis oírme?

—…

Roberto no recibía señal por el intercomunicador y comenzaba a preocuparse. Empezó a moverse nervioso, erráticamente por la sala, mientras insistía en comunicarse con sus compañeras.

—Alfa-5, Alfa-2. No os recibo. ¿Estáis ahí?

Roberto se frenó junto a la doctora, lo que hizo que ésta, por un instante, levantase la cabeza del ordenador.

—¿Qué ocurre? — Dijo mientras observaba como la cara de incertidumbre y preocupación de Roberto se desencajaba totalmente. Rob se volteó, haciendo un aspaviento con la mano izquierda a la doctora para que siguiera con su trabajo, mientras con la derecha apretaba con más fuerza su fusil.

A través de su auricular no escuchaba las voces de sus compañeras, sino que comenzó a escuchar varias voces mucho más graves. Eran dos, puede que tres, hombres al otro lado del auricular.

—…esto? No se parece a los que usamos nosotros.

—Joder, aquí hay alguien más.

—Mierda. Han entrado en la instalación.

—Corre a dar la alarm…

—¡Eh! Ahí están.

Las voces cesaron de repente. En el silencio, dos golpes indicaban que dos cuerpos de unos cien kilos aproximadamente habían caído a plomo al suelo.

—¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—…

—¿Hola? ¿Alfa-2? Valeria, Martina ¿Qué ocurre? — Instintivamente, Roberto se dirigió a la puerta del laboratorio. Quería salir corriendo en dirección al despacho de Stern para encontrarse con sus compañeras.

Al llegar a la puerta, se frenó y respiró profundamente. Se dio cuenta que las cuatro mujeres con las que estaba en la habitación le estaban mirando en busca de una explicación.

—Te dije que cuando yo saliese, lo hicieras tú también. Casi se me escapa. — Se escuchaba de fondo a Valeria.

—Eres muy rápida, tía. Te recuerdo que todavía tengo el culo entumecido por haber estado sentada sobre una bomba, y mis reflejos no están al cien por cien.

—¿Hola?

—Eiiiii, Alfa-4, ¿qué tal? — Dijo Martina

—Pero… ¿Qué cojones ha pasado? — Gritó. —Casi me da un puto infarto. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estáis?

—Tranquilo vaquero. Estaba haciendo mi trabajo. Aquí la cobertura no es muy buena. He tenido que hacer la del “pica-pica”. Un señuelo y han ido como moscas a la mier…

—Joder. Me habéis dado un susto de muerte. Pensé que os habían cazado. — Interrumpió Roberto.

—Sí, pero casi nos pillan por su lentitud.

—¡Otra vez! Que todavía tengo el culo entumecido… — Se quedó pensativa. —…A ver si estoy yo también contagiada. A ver si esto es un efecto secundario de…

—Sí. Un efecto secundario de jugar veinticuatro horas seguidas a los videojuegos sin levantarte de la silla. ¡Tortuga!

—Mis dotes físicas las suplo con las intelectuales.

—No me importan tus dotes intelectuales ahora mismo. Me importa que no nos maten antes de llegar al despacho de Stern.

—¿Cuánto os queda?

—Veinte metros. Ya lo veo. Vamos a entrar.

—Recibido. Alfa-3 está trabajando. Si tienes problemas, avisa.

—Recibido. ¡Corto!

Breslin miraba a través de la pequeña ventana que tenía una compuerta al final del pasillo. Tras ella, una luz roja lanzaba destellos infundiendo una sensación de peligro gestante en aquella estancia y que distaba un universo entero de la luz blanca, pulcra y fría del laboratorio principal.

—¿Por qué…? — Titubeaba mientras señalaba con el dedo hacia el interior de la sala roja.

—¡Ah! No trates de abrirla. Al menos, de momento.

—Pero… está al otro lado. Y nos separa solo… solo una puerta ¿Estamos seguros aquí?

—Tan seguros como en cualquier otro lado de estas instalaciones. Acabo de iniciar la destrucción de los últimos viales de las cepas primarias. Tardarán un poco todavía entre la incineración y la descontaminación de la sala. Pero si quieres entrar... aunque puede que no dures ni cinco minutos.

Margaret dio un par de pasos hacia atrás.

—Vale.

Unos minutos más tarde, Elena susurró en voz muy baja.

—Lo tengo.

Todos giraron la cabeza en su dirección.

—Lo tengo. Lo he… lo he… creo que lo he logrado.

Nuna dejó su teclado. Estaban la una frente a la otra en la mesa central del laboratorio

—¿Qué has dicho?

—Creo que he conseguido estabilizar… el inhibidor. — Articuló Elena. Su voz era un fino hilo de esperanza, quebrado por el nerviosismo y la tensión acumulada de las últimas horas.

Nuna rodeó toda la mesa para confirmar los resultados de Elena.

Clavó los ojos en la pantalla, entrecerrándolos apenas un milímetro mientras sus pupilas daban ese vaivén rápido y rítmico, barriendo los datos de izquierda a derecha.

Kay reconoció de inmediato aquella mirada.

Era el escáner de Nuna. Exactamente el mismo gesto de obsesiva concentración con el que de niñas, Nuna buscaba la ubicación de las piezas que faltaban en sus puzles infinitos de entre los cientos de posibilidades.

La hermana mayor, desde el otro lado del laboratorio, dibujó una sonrisa. Había recuperado a su hermana. Estaba viva. Estaban juntas.

Aquel laboratorio se dividía en varias secciones perfectamente diferenciadas para un especialista.

Para Roberto, se trataba de una sala blanca llena de aparatos, ordenadores y pantallas gigantes que debían de ser extremadamente caras.

En la mesa central, la pantalla donde se encontraba Elena tenía rotulada en su parte inferior una inscripción: “Automated Evolutionary Genetic Interaction System” (A.E.G.I.S.).

Se trataba de una pantalla táctil de setenta pulgadas con un pequeño proyector holográfico.

En el lado opuesto, y donde había estado trabajando Nuna, un monitor de proyección Holo-vítrea transparente y un teclado virtual iluminado proyectado sobre la mesa.

Al igual que la pantalla táctil, aquel tenía otro nombre serigrafiado, “Bio-Dym 7”.

El grueso de aparatos, viales, tubos de ensayo y demás material propio de un laboratorio de bioquímica se encontraba repartido por la enorme encimera voladiza que recorría todo el perímetro de la sala.

Llamaba la atención entre todos aquellos instrumentos una especie de horno de cocina a nivel industrial, como lo describió Rob.

Se trataba de un bloque monolítico de titanio de color gris y un cristal blindado en el frontal.