LABORATORIO 33 #2
Nuna, sabiéndose sin credibilidad ninguna, se abrió la bata blanca inmaculada y del bolsillo interior sacó una fotografía. En ella se podía ver a Nuna y Kay, tomando un café en una terraza de una cafetería de alguna ciudad tomada por la nieve.
—Esta es mi hermana, Kay Aqsarnic. He escuchado que, a parte de ser doctora, eres policía.
Si no me quieres ayudar lo entiendo perfectamente.
Así que te voy a sacar de aquí. Solo quiero que localices a mi hermana, que le des esta foto, y le digas que lo siento mucho.
Que debí hacerla caso y que nunca debí aceptar aquel trabajo.
Elena permanecía desconcertada, en silencio.
—Estamos ahora varios niveles por debajo del suelo. Arriba hay un vehículo cuatro por cuatro. Estas son las llaves. Los códigos de acceso de las puertas son…
—Para, para, para. ¿De qué va todo esto?
Has estado ayudando a Stern durante años a crear todas esas toxinas.
Habéis experimentado, torturado y asesinado a decenas de mujeres y habéis extorsionado al Sheriff Kodiak para que os proporcionara esos conejillos de indias a costa de hacerle creer que estabais tratando de salvar a su familia.
Por el amor de Dios, has sido parte de todo este genocidio.
Eres culpable de secuestros, extorsiones, pertenencia a organización criminal, asesinatos, delitos contra la salud pública, delitos contra la seguridad internacional y yo que sé cuantos más delitos. Eso que yo sepa.
—Agente, puede creerme o no. Yo no he hecho nada de todo eso. Sí es cierto que tenía bajo mi supervisión a Sakari y Kathleen, pero yo estaba tratando de salvarles la vida.
Le resultó extraño que las llamara por su nombre. No las había tratado como simples especímenes de prueba. —¿Cómo? ¿Administrándoles toxinas para bloquearles la capacidad de sentir? ¿de respirar? ¿de dominar sus impulsos?
—¿Qué? Noooo. Hace tres años, Sakari y su hija Kath aparecieron en el laboratorio para someterse a una terapia experimental.
Estaban muy graves y, por desgracia, no pude hacer nada para salvarlas.
Estuvieron ingresadas en estas instalaciones un mes.
Después fallecieron. Quise ser yo quién informara a Jack de lo ocurrido, ya que fueron mis pacientes.
Sin embargo, Stern me dijo que él se encargaría de darle la noticia de la trágica muerte de su mujer e hija ya que no quería que este tipo de traumas me desconcentraran de mi objetivo.
—¡Ya! Pues esa noticia nunca llegó.
Nuna mostraba desconsuelo, pues aunque nunca se lo confirmó, en su interior sabía que Stern nunca lo hizo.
—Lo lamento mucho. — Elena seguía sin saber cómo reaccionar.
Realmente notaba el dolor en su rostro por las muertes de aquella mujer y su hija.
—Cuando descubrí lo que realmente implicaba la investigación que estaban realizando aquí, y que no se trataba de nada bueno, pude irme hace tiempo, pero…
— Parecía que aquellas palabras le dolían.
—…decidí permanecer aquí para poder sabotear las investigaciones desde dentro, a costa de mi propia libertad.
—De poco te ha servido. Hay informes de todas las toxinas que han conseguido fabricar.
He visto los estudios, los dosieres, los videos, ¡joder!
, he visto hasta los cuerpos inertes de las pacientes cero y de los portadores de esos patógenos.
Yo misma soy huésped de una de vuestras endemoniadas creaciones.
—Por eso necesito quedarme aquí. — Abrió un cajón y le entregó un puñado de viales.
El líquido de su interior era de un color amarillo más anaranjado que el del propio retardante que se estaba administrando.
—Toma esto. Guarda uno. Si eres tan buena como ha insinuado Stern hasta la saciedad, te dará el tiempo suficiente para encontrar la modificación de la fórmula y crear el antídoto para el Érebo-6.
— Todo aquello pilló a Elena por sorpresa.
O aquella mujer era una actriz digna de cualquier superproducción de Hollywood, o realmente se creía lo que estaba diciendo.
—Pero por favor, necesito que te vayas ya. Sino no podré asegurar que…
—Calla. Déjame pensar por un segundo. — La mente analítica de Elena funcionaba a pleno rendimiento. —Antes de irme tengo varias preguntas que me vas a responder.
—No hay tiempo.
—Siempre hay tiempo. Primero: ¿Por qué debería fiarme de ti?
—¿No te he dado suficientes motivos?
—Si hubieras vivido lo que he vivido yo… Dices que has tratado de destruir los proyectos que estaban haciendo, pero lo que he descubierto no dice eso.
Nuna se dirigió hacia el fondo del laboratorio, donde se encontraban los ultracongeladores.
Abrió la tapadera que cerraba herméticamente uno de los tanques de nitrógeno líquido.
Se colocó un guante, extrajo una gradilla de su interior que contenía catorce crioviales de polipropileno y los acercó a la campana de seguridad biológica.
Esa campana era igual que la que Elena instaló en su laboratorio de HOSTES.
Conocía perfectamente todo el material que tenía aquel laboratorio.
Nuna hizo un gesto para que se acercara.
—Esta es una de las dos gradillas con cepas madres que existen de los siete experimentos que se han llevado a cabo aquí con éxito. Cada uno en dos viales, por duplicado. Protocolo de Kairos Stern. En total, de cada cepa original de cada toxina experimental existen cuatro viales.
—Cuatro viales, dos gradillas, dos tanques de Nitrógeno líquido a -196º Celsius. ¿Qué ocurre con las cepas derivadas?
—Se encuentran, supuestamente, a buen recaudo en dos laboratorios cerca de aquí.
Por lo que he podido escuchar, uno fue destruido hace un par de días, e imagino que tú o tu equipo tuvo algo que ver.
El otro… — Volvió a introducir la gradilla en el tanque criogénico y lo cerró.
Se quitó el guante protector y se dirigió al ordenador que tenía enfrente.
Accedió con su nombre y contraseña y clicó sobre un icono invisible en su escritorio.
Apareció otra ventana en la pantalla en la que solicitaba un reconocimiento biométrico y una contraseña.
Bajo el escritorio, como un resorte, salió un detector de reconocimiento dactilar.
Nuna colocó suavemente su dedo auricular sobre él.
Inusual, pues lo normal en este tipo de detectores era utilizar los dedos pulgar o índice.
Eso era muy inteligente por su parte. Acto seguido se habilitó la introducción de la contraseña. Ella escribió: “Nun4;K41-*S”
La ventana que emergió mostraba imágenes de un lugar en el que ella ya había estado.
Un símbolo que mostraba la magnitud y crudeza de lo que tanto ella como su equipo habían tenido que afrontar desde hacía varios días.
Un lugar redondo, alto, helado, y con celdas y laboratorios en su subnivel inferior.
—Eso es…
—El faro de Kovac Bay. La instalación más antigua de todas.
En su segundo subnivel se encuentran los laboratorios donde están almacenadas toneladas de viales con las diferentes toxinas.
— En las imágenes, casi una cuarentena de cámaras emitían en directo lo que ocurría en aquellas instalaciones.
—No he podido volarlas porque estaba esperando a que Stern fuera allí en persona para supervisar el transporte de todos los viales.
El plan era que antes de que comenzara la tormenta, los sacarían en camiones y los distribuirían alrededor del mundo para iniciar una especie de pandemia y… y no sé qué de la economía mundial.
—Eso hundiría las economías mundiales y modificaría el… — “¡Oh, no!” pensó Elena. —…modificaría y crearía un nuevo orden mundial.
—Sí, pero cuando aterrizó este ciclón helado, Stern y esa mujer que apareció de repente, esa con la que has tenido el pequeño encontronazo, pospusieron su traslado.
Luego me enteré que iban a traer a una experta y más sujetos de prueba.
Que esa experta era la que completaría la secuencia genética y la cadena proteica del E6, convirtiéndolo en el E7 y en una nueva toxina para lograr el control de cualquier individuo atacando a su corteza prefrontal logrando una sumisión neuronal completa.
Y entonces apareciste tú y tus compañeros en el radar.
Con estos nuevos acontecimientos, necesitaba apremiarlo todo y en el día de ayer quise destruir aquel almacén.
Stern ya no iba a ir y, ya que al parecer el faro estaba vacío, podría pasar por un fallo informático grave el que la instalación activase sus propias medidas de seguridad e implosionase sobre sí misma, destruyendo todo su contenido.
Sin embargo, cuando fui a activarlo, vi por las cámaras que había aparecido el equipo de seguridad del complejo y llevaban a una mujer secuestrada. No fui capaz de volarlo.
Elena procesaba toda la información recibida. Era coherente con todo lo que ella había vivido hasta ahora, pero no le cuadraba lo de aquella mujer secuestrada. ¿Sería Artemisa?, se preguntó.
—Parece que algo ha salido mal. — Apuntó Elena mirando las cámaras. —Los guardias están muertos.
Nuna miró detenidamente las cámaras.
—Es cierto. Está vacío, y la mujer no está. — Comenzó a teclear sobre una consola que inició en una ventana aparte. —¿Quieres una prueba de confianza? — Nuna lo vio claro. Era ahora o nunca.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que tenía que haber hecho hace tiempo y tuve que posponer. — Tecleó una retahíla de código informático. Por un momento, echó de menos no tener allí a Martina para que le explicara lo que fuera que estaba ocurriendo en aquel monitor.
Cuando Nuna terminó de escribir, levantó la mano para pulsar la tecla Enter. A partir de ahí, los siguientes segundos fueron un infierno para Elena.
Aquella mujer pulsó la tecla del ordenador que activaba la secuencia de comandos la cual, al tiempo, activaba los explosivos que destruirían la instalación.
Simultáneamente en una de las cámaras, apareció la silueta de un hombre llevando en volandas el cuerpo de una mujer que se sujetaba a él aferrándose con esfuerzo a su cuello.
Habían aparecido inexplicablemente en la cámara que enfocaba la puerta de salida del faro hacia el exterior.
Elena agarró rápidamente la muñeca de Nuna para tratar de contenerla.
Fue demasiado tarde pues ya había pulsado la tecla.