Sin voz en la tormenta (Hostes 2) LABORATORIO 33
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LABORATORIO 33

“6 de diciembre. 05:00 AM (hora local) – Laboratorios subterráneos del distrito escolar.”

—Bienvenida otra vez al mundo de los vivos, princesita.

—Creo que le debemos más respeto a la doctora.

—Yo decidiré el respeto que se merece.

—Solo digo que creo que hay que tratar mejor a nuestra invitada. Al fin y al cabo, requerimos de su ayuda para nuestro fin.

—Con permiso, yo me encargaré de ella. Le daré una dosis extra del estabilizador y me pondré enseguida con la formulación de la última cadena de proteínas del proyecto. — Una suave voz irrumpió en la sala en la que el cuerpo sin voluntad de Elena se encontraba.

No tenía fuerzas para moverse, ni tan siquiera para abrir los ojos. Era un cuerpo inerte en el que únicamente funcionaban sus sentidos del tacto y oído.

—De acuerdo. — Respondió la otra voz femenina que había allí. Ese tono y timbre de voz lo conocía bien. Aunque más grave y con bastante más autoridad que la última vez que la escuchó, la joven recepcionista Aniak mostraba su verdadero yo.

Sintió cómo aquella se daba la vuelta y comenzaba a caminar, alejándose de su posición. —No quiero más retrasos. Ya llevamos demasiados y me estoy impacientando. Estamos demorando otros compromisos y yo he dado mi palabra. — Aquella mujer se frenó de golpe. —Y Archor nunca incumple su palabra.

Aunque no podía moverse, Elena se quedó literalmente de piedra al descubrir que aquella mujer a la que habían tratado como una simple recepcionista, becaria de una remota pensión en el lugar más inhóspito del planeta,

era en realidad la jefa de la cúpula criminal más importante y peligrosa del mundo actual.

Sus dos únicos sentidos activos dejaron de funcionar. Elena estaba cayendo en un oscuro vacío infinito. No sentía, no veía, no olía ni oía, y su paladar ya no sentía el sabor a hierro que le produjo el sangrado por los golpes recibidos en la pelea contra su secuestradora.

“Ahora sí. Estás muerta.”

Lo que a Elena le pareció una eternidad, resultaron unos minutos en la vida real.

Estaba en el umbral entre la vida y la muerte, suspendida en una nada ciega y muda cuando de pronto, el mundo la golpeó de frente.

El aire la rasgó los pulmones, la luz le hirió los ojos, en su boca, prácticamente masticaba los glóbulos rojos de la sangre residual de los golpes recibidos en la cabeza.

Escuchaba hasta el más mínimo susurro y el cuerpo volvió a sentir el dolor de sus músculos dañados y heridos.

La bocanada de aire fue eterna. Su vista tardó un par de minutos en comenzar a enfocar lo que la rodeaba. La luz blanca quirúrgica no ayudaba a ello. Cuando logró que sus sentidos la obedecieran, deseó volver a aquel estado catatónico de privación sensorial.

—Me alegra volver a verte Elena.

—Stern. ¿Qué es lo que has hecho? — La voz fría, cavernosa, intimidante y susurrante que ella recordaba, prácticamente había desaparecido. Lo único que permanecía era su forma de arrastrar las ies y las cus.

Lo tenía allí en frente. La distancia que arrojaban las imágenes de las cámaras de seguridad se evaporó y el doctor Kairos Stern se materializó frente a ella, más siniestro y real que nunca.

El hombre del pasado que ella conoció años atrás había desaparecido dando paso a una criatura demacrada.

Su estatura seguía imponiendo, pero ahora, su espalda, como se viera en el video que recuperaron en el despacho de Kodiak, se veía curvada hacia delante, otorgándole un aire depredador a ese esqueleto andante.

Su rostro demacrado recordaba al vampiro de la película de 1922, Nosferatu.

La piel cetrina era tan pálida y translúcida que parecía artificial, tensada sobre unos pómulos que la enfermedad o una exposición prolongada en el tiempo a determinadas sustancias químicas habían esculpido.

Lo que sí permanecía igual era su pulcro cabello peinado hacia atrás, aunque mucho más encanecido, que conectaba a este monstruo con el científico que ella recordaba.

Y una mueca. Esa mueca carente de toda ética humana.

—Ha pasado mucho tiempo Elena.

La doctora sentía que algo en su interior la estaba quemando por dentro. Era su propia sangre, arrastrando una doble dosis de aquella supuesta solución a los efectos del Érebo-6.

—¿Qué hiciste Kairos? Eras un genio. Podías haber creado la cura para cualquier enfermedad que existiese en este planeta. ¿Por qué te malograste?

—¿Malograrme? Elena, ¿eso piensas de mí?

¿Crees que eso es lo que estoy haciendo?

¿Malograrme? —No tuvo que contestar. Su mirada y sus gestos lo decían todo.

—Es una pena que seas tan corta de miras.

— Stern se incorporó. —Doctora Cruz, imagino, desarrollo y creo los patógenos más contagiosos, más dolorosos, más terribles y mortales de este miserable mundo para poder crear sus curas.

Las curas a las peores plagas invisibles que puedan existir y que el mundo entero esté a salvo.

—¿Realmente te crees tus palabras?

—Sí.

Ese sí tan contundente hizo dudar por unos instantes el buen juicio de la doctora. Duda que quedó resuelta segundos después cuando a Stern se le escapó una sonrisilla.

—No. Realmente no. Únicamente quería ver tu cara de decepción…

—Doctor Stern, necesitamos finalizar la síntesis química total del antídoto. — La hermana de Kay, Nuna, apremió a Kairos para que se dejase de tanta palabrería.

—Es cierto, doctora Aqsarnic. Doctora Cruz… — Con una especie de reverencia, hizo las presentaciones. —…le presento a la doctora Nuna Aqsarnic. La jefa de investigación del Sector de Operaciones e Investigación de Narcóticos y Cinética Experimental.

Las conexiones neuronales de Elena estaban activándose a toda velocidad.

Los efectos de la doble dosis que le inyectaron estaban dando resultado.

Su cerebro estaba totalmente operativo y funcional.

Sus latidos se aceleraron para aportar ese extra de oxígeno que comenzaban a consumir sus células cerebrales.

—¿Eres la jefa de NEKROS? — Le dijo a Nuna.

—Recientemente nombrada. — Respondió Stern. —Se lo ha ganado.

—¿Quieres que le dé la enhorabuena? — Dijo con sarcasmo Elena.

—No es necesario. — Indicó aquella mujer.

Elena la identificó enseguida como la mujer que apareció en las grabaciones que revisaron en la pensión.

Aquella mujer continuaba luciendo una coleta alta rubia y la bata perfectamente planchada.

Los ojos avellanados de color azul eran los mismos que los de su hermana.

Realmente, era como observar una versión mucho menos castigada de Kay.

—De usted únicamente necesito la secuencia nucleotídica original que aisló cuando trabajaba con el doctor Stern.

Sin ese molde de ARN de origen, es bioquímicamente imposible replicar la estructura tridimensional del compuesto activo que anula la proteína activa del patógeno Érebo-6.

Kairos hizo una mueca apenas perceptible, sin embargo Elena si se dio cuenta.

Fue al pronunciar Nuna la palabra “patógeno”.

Eso era malo, y sin embargo, para Stern, el trabajo de toda una vida no se resumía en la creación de un simple patógeno cualquiera, sino la de una obra de arte, un agente biológico con un propósito específico.

Nuna, con una fuerza que no aparentaba, tomó a Elena por el brazo y la levantó del suelo.

—Stern, usted vaya al despacho. Es hora de su tratamiento. Vuelva en media hora al laboratorio. Ha de quedar todo preparado para cuando tengamos la formulación que podamos crear varios viales del suero bioquímico modificado. El Érebo-7 verá hoy la luz. Como usted dijo.

—Qué bajo has caído Kairos. Defenestrado institucionalmente, incapaz de descifrar la codificación de una simple cadena proteica, muerto en vida… solo hay que verte, y lo que nunca pudiste soportar, estar a la sombra de una mujer más inteligente que tú.

—No te equivoques Elena. — Kairos se acercó amenazante.

La escena ahora sí se podría incluir en cualquier película de terror con Nosferatu como protagonista.

El rostro cetrino y huesudo de Stern estaba a escasos centímetros del de Elena.

Iracundo, pues había herido su orgullo, pequeños capilares demudaban la piel hacia un tono violáceo.

—Puede que ella sea la jefa del departamento, pero el genio y único director de la investigación sigo siendo yo.

—¡Suficiente! — Se impuso ahora Nuna. — Me la llevo a trabajar. — Y con la misma fuerza que utilizó para levantarla del suelo, la separó de aquel hombre, empujándola por un pasillo hasta llegar a uno de los laboratorios.

Kairos Stern, furioso, se dirigió en dirección contraria.

La tormenta exterior allí no tenía presencia. Los pasillos de aquella instalación estaban climatizados y perfectamente aislados del infierno de hielo del exterior.

Al final de uno de los pasillos, y tras haberse cruzado con varios guardias de seguridad, Nuna y Elena accedieron a uno de los laboratorios. El laboratorio treinta y tres.

—Cómo no. — Espetó con ironía Elena.

—Sí. Les encanta este número. — La respuesta que Nuna dio no fue algo que Elena esperaría.

Nuna ayudó a sentarse en una banqueta a Elena.

—Escúchame bien, porque no tengo tiempo. — Aquella mujer retiró los grilletes que tenía a Elena maniatada a la espalda. —¿Tú eres Elena Cruz? ¿De verdad?

Elena estaba totalmente desconcertada. Su cerebro, que trabajaba ahora a máxima velocidad, hipotetizaba en que aquello sería algún tipo de estrategia o argucia para que colaborase con ella.

—Mira, si esto es una forma de que me apiade de vosotros, y que os ayude a terminar esa muerte líquida, olvídalo. No voy a decirte nada.

—Entiendo perfectamente que no te fíes. Solo quiero saber si no eres otra prueba de ese puto loco.

Elena se quedó callada.

—Mira, llevo encerrada aquí casi tres años. Cuando me contrataron, nunca pensé que sería para… para crear toda esta mierda. — Ahora se mostraba ansiosa a la par que esperanzada. —Abandoné a mis padres y a mi hermana en Prudhoe Bay. No sé ni siquiera si siguen vivos. Necesito salir de aquí.

—Un momento. Te han nombrado directora de la división secreta más mortífera de una de las organizaciones criminales más peligrosas de todo el planeta. ¿Qué me estás contando? ¿Realmente crees que te voy a creer?