Sin voz en la tormenta (Hostes 2) UN MINUTO MÁS
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UN MINUTO MÁS

“6 de diciembre. 02:50 AM (hora local) – Permafrost de Kovac Bay.”

Hugo no dudó ni un solo segundo al subirse a la moto de nieve. No comprobó el combustible, no comprobó el estado en general de la moto, únicamente arrancó y aceleró en dirección a la oscuridad.

La luz que arrojaba el foco de aquella Ski-Doo era muy deficiente, pero era lo que tenía para iluminar el camino entre la tormenta de hielo y nieve durante los más de quince kilómetros que tenía de trayecto hasta el faro.

Una distancia que ya había recorrido bajo aquellas condiciones climatológicas, aunque no lo hubiera hecho solo.

Cualquier fallo, cualquier error, cualquier accidente sabía que sería mortal, pues su equipo no iba a ir a socorrerle.

Ellos tenían otra misión mucho más importante.

Salvar el mundo de O.N.O. La suya era una misión más insignificante, salvar su mundo.

Durante el trayecto, iba corrigiendo la dirección, pues era imposible trazar una línea recta hasta Alicia, ya que la orografía, aunque no era muy accidentada, era traicionera debido a las grietas en la nieve y el hielo ocultas a la vista y únicamente apreciables cuando estabas ya sobre ellas.

A unos cuantos kilómetros a su derecha se intuían unos fogonazos fantasma donde se encontraba el antiguo distrito escolar donde se encontraban Roberto, Martina, Valeria y Elena.

En sus pensamientos solo esperaba que las dos mujeres que se les habían unido por accidente pudieran ayudar a su equipo. A su familia.

Tras más de media hora de lucha contra los elementos sobre aquel vehículo que poco o nada le protegía del vendaval de hielo que le azotaba, logró encontrar entre la oscuridad de la noche su destino. El faro de Kovac Bay nuevamente se erigía ante él.

Desde esa distancia no distinguía a ningún guardia. No había llevado el escáner térmico ni las gafas UV que le había entregado Martina. Había ido con lo justo. Sus armas y su ira descontrolada hacia los que habían puesto su vida patas arriba desde hacía ya varios años.

Con la misma decisión que precaución, se bajó de la moto de nieve y anduvo sigilosamente hacia la única puerta de acceso que conocía. Tácticamente sabía que era un suicidio. Una única vía de acceso que tendrían vigilada en su interior los secuestradores de Alicia.

Ante aquel escenario no cabía otra posibilidad. Debía recurrir a una entrada agresiva. Una entrada que tenía muy entrenada con su ex equipo y que, sin embargo, en su última misión con ellos le costó la vida a su mejor amigo y compañero, Adán.

—Pues será “300”. — Se susurró a sí mismo.

Trescientos era siempre la última opción.

La acción más agresiva y violenta que tenía en su manual personal.

No había posibilidad de error, pues lo que aquello significaba era que, tras crear una brecha en la puerta, todo lo que se moviera debía ser neutralizado utilizando cualquier medio a su disposición.

No había tácticas disuasorias, no había ocultación, no había lecturas de derechos ni trámites burocráticos.

Ante lo peor del ser humano se utilizaba la estrategia más contundente.

Si los muy malos no jugaban acorde a las reglas, los muy buenos debían equilibrar la balanza para vencer.

Comprobó sus armas y opciones. En el exterior, únicamente había un pick up de color negro, aunque con una capa de diez centímetros de espesor de nieve. Llevaba allí un tiempo.

—Una camioneta. Máximo seis personas, sin contar Alicia. — Volvió a susurrarse.

De repente, la puerta se abrió y un par de hombres cubiertos totalmente con abrigos blancos, salieron en dirección al vehículo. Un tercero se quedó junto a la puerta, contra la barandilla desvencijada que protegía la escalera de una caída de un par de metros.

Hugo se echó cuerpo a nieve para tratar de que no le vieran. Apenas estaba a un par de metros de la pick up a la que se dirigían los dos hombres. Si se levantaba y se liaba a tiros, sería un blanco fácil y su esfuerzo no serviría para nada.

Uno de los hombres se detuvo a medio camino de la furgoneta para encenderse un cigarrillo, mientras el otro daba la vuelta a pick up para abrir la puerta del piloto.

Ahora tenía a tres objetivos distantes entre sí, uno de ellos en movimiento, sin visión clara de los otros dos. El que se encontraba en la puerta del faro veía perfectamente todo a su alrededor, y el que estaba fumando únicamente veía al que se dirigía a la camioneta.

Hugo debía neutralizar a sus tangos en sentido contrario de lo que indicaba el manual de intervención.

Ahora, el más lejano era el que tenía prioridad, después el de media distancia y, finalmente, aquel que simplemente tardaría unos cinco segundos en desenfundar y disparar sin necesidad de apuntar.

Lentamente se preparó, tomando su H&K 416 y quitándole el seguro.

—Vamos niño. Si lo haces bien, no verán ni tan siquiera el fogonazo del disparo.

— Desde la nieve, apuntó hacia la puerta del faro.

Un impacto en la cabeza del vigía, rápido, certero, hizo que el primero de los tres fuese neutralizado.

El eolio amortiguó el sonido de la caída del cuerpo contra el marco de la puerta del faro.

El que estaba más cerca de Hugo intuyó una especie de destello a unos cinco metros de donde él estaba.

Un segundo más tarde, otro destello. La tormenta silenciaba cualquier ruido que no proviniese de su avalancha de viento y nieve.

Avanzó un par de pasos en dirección a aquellos fogonazos.

Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, cayó desplomado hacia atrás, inerte.

Hugo se levantó y se dirigió rápidamente hacia la entrada. La puerta permanecía abierta y no había nadie en ella por lo que, si había alguien más dentro del faro, no se habían percatado de lo que acababa de ocurrir.

—Tres menos.

Al llegar a la puerta, echó un vistazo al interior.

Todo continuaba exactamente igual que cuando entró acompañado de su equipo.

Su primer impulso fue bajar a la zona inferior, donde se encontraban los laboratorios, pero recordó que, en la llamada de Artemisa, ésta le dijo que se encontraba en una estancia redonda y fría y que escuchaba el ruido del mar.

Eso descartaba totalmente el nivel inferior.

Las luces estaban totalmente apagadas. Instintivamente, apuntó su fusil hacia las escaleras.

Al subir por ellas, un murmullo comenzó a escucharse.

Al menos dos personas, varones, estaban enzarzados en una discusión.

Reconoció una de esas voces. Se trataba de la persona que amenazó con matar a Alicia mientras tuvo el teléfono activo.

Continuó subiendo hasta el primer piso. Al fondo, tras una puerta entornada, se encontraba el cuerpo de una mujer, tirado en el suelo, inmóvil. No se le veía la cara, pero Hugo sabía que ella era su misión.

—Como la hayas matado… ¡imbécil! Te dije que la dejaras en paz.

—La muy zorra no se callaba. Me tenía la cabeza loca.

—Le has golpeado muy fuerte. Como no despierte… —Hugo escuchaba pasos acelerados de un lado a otro. Ese tipo estaba muy nervioso. —…como no despierte, la jefa dará cuenta de ti.

—¿Sí? Y que me va a hacer ¿Azotarme?

—No tienes ni idea de quienes son, ¿verdad?

La cara del otro hombre era de indiferencia y desconcierto total.

—No me importa quienes sean. Que paguen y punto. Llevo un día aquí y tengo ya el culo congelado.

—A esta gente no se les dice lo que tienen que hacer. Ellos son los que te lo dicen a ti. Y si no obedeces, apareces en el fondo de la bahía, sirviendo de alimento para los tiburones. Pedazo de imbécil.

Al ver inconsciente a Alicia tras aquella puerta, y escuchar a esos dos hombres, Hugo retomó el plan original.

Salió de la oscuridad que regalaba su anonimato en aquel lugar y disparó varias veces.

Uno de aquellos hombres cayó fulminado al instante.

El otro reaccionó escondiéndose tras un escritorio de madera y disparando a ciegas en dirección a la única salida.

Cuando cesaron los disparos, Hugo preguntó:

—¿Sigues vivo?

Aquel hombre respondió.

—Estoy esperando para matarte, hijo de puta. ¿Quién cojones eres?

Hugo confirmó que aquel tipo era el que amedrentó a Alicia mientras estaba el teléfono conectado. Era el valiente que la amenazó y golpeó antes de perder la señal. Por un instante, el demonio se reflejó en el rostro de Hugo. La palabra venganza sobrevoló sus pensamientos.

—¿Te gusta pegar a mujeres indefensas?

—¿Indefensas? Esa zorra me dio una patada en los huevos que me dejó sin respiración durante cinco minutos.

Hugo sonrió. Apoyó la boca de fuego de su fusil contra el marco de la pared que le daba cobertura. El objetivo era claro. El disparo directo lo bloqueaba únicamente un panel de madera.

—Yo solo quiero que me den mi parte. No quiero más problemas. Quiero vivir un día más.

—¿Cuánto te iban a dar? — Preguntó Hugo.

—Cien mil dólares por secuestrarla y otro tanto por custodiarla hasta que ella nos dijera donde debíamos llevarla.

—¿Quién es la mujer secuestrada?

—Ni puta idea. A mí me dieron una dirección y unas instrucciones. Punto.

—¿No sabes que has secuestrado a una policía?

—No. — Hizo una pausa. —Pero de haberlo sabido, habría pedido más dinero.

—Imbécil. —Susurró Hugo.

—Y le hubiera dado más fuerte. Ahora se me hace poco. — Rio a carcajadas. De repente, asomó su mano sobre la mesa y comenzó a disparar. Hugo no malgastó munición. Ese tipo estaba soltando información muy interesante. Le quedaba una pregunta más.

—¿Quién es esa jefa de la que hablas?

—¿Quieres saberlo? Yo también. Quién lo sabía era el tío al que le has volado la puta cabeza. — Volvió a disparar.

—Entonces tú no me sirves para nada. — Dos impactos en el centro del tablero de la mesa terminaron con aquella conversación. Hugo salió corriendo hacia la habitación donde se encontraba Alicia.

Estaba helada, tenía el pulso muy débil, al igual que su respiración.

—Alicia. Estoy aquí. Despierta.

Aquella mujer no reaccionaba. Hugo apretó su cabeza contra el pecho de Alicia para intentar escuchar su latido. En ese momento, el latido se detuvo.

—No, no, NOOOOOO.

Hugo la tumbó en el suelo y comenzó a hacerle la reanimación cardio pulmonar. Durante tres minutos eternos no se detuvo. El sudor comenzó a aflorar en su frente, pero aquella mujer, no reaccionaba.

—No me dejes, tú TAMPOCO ME DEJEEESS.

Por un momento, a aquel hombre le pareció ausentarse de esa dimensión. Una voz conocida, familiar, casi angelical, le susurró.

“Hugo, déjala ir. No te preocupes. Vendrá con nosotros. Nosotros cuidaremos de ella. Te esperaremos aquí. Todos.”

Desesperado levantó la cabeza por un momento. Estaba viendo a su compañera, Vicky. Junto a ella, aparecía Adán, y ahora también, Alicia. Los tres se encontraban allí de pie, junto al cuerpo inerte de Artemisa.

“Estate tranquilo Hugo. Ella ya está con nosotros. Está bien. Ahora lo que tienes que hacer es venir tú también. Ven con nosotros. Te estamos esperando.”

Hugo no entendía nada ¿Estaba teniendo una alucinación o aquello era real? Sus tres hermanos de batalla le estaban diciendo con la mano que fuera con ellos. No podía creer lo que estaba ocurriendo, y mucho menos que Alicia se hubiera unido a Adán y Victoria en aquella terrorífica visión.

Sin embargo, algo no le cuadraba. Los tres estaban pidiendo a su compañero todavía vivo que se levantase y fuese con ellos, pero con la otra mano, parecía que les estaba apuntando a algún lugar. Hugo dirigió la mirada hacia donde apuntaban sutilmente con la otra mano. Era hacia su cintura.

—¿Por qué? — Hugo no entendía por qué esa visión que le regalaba el subconsciente le indicaba dos direcciones opuestas.

Sin querer, pues estaba casi paralizado por la situación, se tocó la cintura.

En su parte de atrás. La cara le cambió, al igual que les cambió la cara a los protagonistas de aquella visión. Los tres desaparecieron lentamente.

Unos segundos más tarde, segundos que a Hugo le parecieron eternos, Alicia se incorporó como por arte de magia tomando una bocanada eterna de aire.

—Respira. Respira. Ya estás de vuelta.

Con dificultad y entre jadeos, pues quería meter en sus pulmones más aire del que podía, Alicia jadeó. —Qué me has hecho. Me arde el pecho.

—He de reconocer que me he aprovechado de ti un poco mientras estabas inconsciente.

—La pena es que sé que es mentira. — Rio débilmente.

Hugo le mostró un vial vacío. —Realmente no sé si te he salvado la vida o te he sentenciado.

El vial que tenía era una dosis del retardante que usaba Elena y que se había guardado en su botiquín táctico.

En la habitación de Elena, junto al NK7, había un vial de ese semi antídoto.

Era el que estaba estudiando la doctora cuando le atacaron en su habitación, y que él guardó junto con el vial de Nils.

Con la mano en el pecho, pues el corazón le había pasado de parada a cien pulsaciones por minuto, Alicia miró a los ojos a su salvador y le dijo. —He tenido un sueño muy extraño. He soñado que me reunía con Victoria y con Adán en una nube.

Resignado, Hugo respondió. —Ni te lo imaginas.

— Y se quedaron sentados, celebrando esa pequeña victoria hasta que un disparo rebotó contra la pared de aquella habitación.

Hugo se colocó sobre Alicia para protegerla, mientras ella devolvía el disparo con la pistola de Hugo.

Aquel guardia cayó de espaldas por las escaleras.

Él tomó su fusil y corrió para ver si había alguien más en las instalaciones.

Ahora sí estaba totalmente despejado aquel faro.

“Ahora sí. Es tu turno. Ya no tendremos que esperar más para reunirnos con ellos. Vas a morir, y si no es por tus heridas será porque esa mujer a la que has salvado la vida va a acabar contigo. Te desea y si no puedes ser suyo, no serás de nadie.”

—¿Qué me está pasando?

—¿De qué hablas? — Preguntó Alicia, incorporándose.

—Estos síntomas… son los… los de Elena. Ahora la comprendo.

—¿Qué síntomas? ¿De qué estás hablando?

Hugo sabía que estaba infectado con alguna de las sustancias de O.N.O. aunque no sabía cuál. En ese instante lo adivinó. Era la misma que había infectado a Elena pues los síntomas eran casi iguales. Hugo también estaba infectado con el Érebo-6.

—Me quedan unas horas de vida. Tenemos que buscar a la doctora y a los demás.

—Te han entrado las prisas de repente. ¿Qué ocurre?

Se acababa de dar cuenta de que el único retardante que tenía se lo había aplicado a Alicia instantes antes. No se arrepintió.

—Puede que el que esté sentenciado sea yo.