Sin voz en la tormenta (Hostes 2) AGUJERO DE GUSANO #2
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AGUJERO DE GUSANO #2

—En esta vida no debes de dar nada por sentado.

—Se dirigió hacia su moto, la arrancó y muy lentamente pasó por la compuerta que se encontraba casi cerrada del ramal derecho.

Breslin se levantó del suelo, se sacudió nuevamente la suciedad de sus pantalones, levantó su moto como pudo y siguió a Valeria por el estrecho acceso.

Diez minutos más tarde y tras avanzar unos cuatro kilómetros más al norte, llegaron a un punto muerto.

Allí finalizaba el trayecto. Una pared vertical que cortaba totalmente el paso.

Junto a la pared helada descansaba un quad todavía caliente, cubierto por una fina capa de escarcha que se estaba formando en el asiento.

Apagaron sus motos y con ellas la única fuente de luz que tenían desde hacía casi un kilómetro.

Las luces ya no se accionaban a su paso, por lo que Valeria tuvo que echar mano de su linterna táctica Fenix TK35 que llevaba en uno de sus bolsillos para tratar de ver algo.

Sus ojos no se acostumbraban a aquella profunda y total oscuridad.

Cuando la encendió, Valeria observó a su compañera tratando de caminar como podía, con los brazos estirados hacia delante, dando pequeños pasos y pareciendo la caricatura de un zombie de los que aparecen en las películas de terror de serie B.

—Sé de alguien que habría hecho un buen chascarrillo al verte así.

Breslin no dijo nada. Únicamente bajó los brazos y se colocó al lado de aquella mujer.

La luz de la linterna recorrió aquel claustrofóbico pasadizo hasta detenerse en una extraña irregularidad apenas perceptible en la roca.

Valeria sacó su arma y entregó la linterna a Breslin.

Ella iluminaba a sus doce con la luz táctica de la Glock 26.

Escudriñando un poco más a fondo, observó que esa anomalía en el fondo del túnel se trataba de una lona de camuflaje que disimulaba un pasadizo mucho más estrecho que los anteriores y que finalizaba en una escalera ascendente excavada en el permafrost.

A través de aquella lona, y con los haces de luz apuntando hasta el fondo de aquel pasadizo, la garganta abierta de la bestia les daba la bienvenida a un nuevo nivel. El frío allí continuaba siendo muy notable, sin embargo, a cada escalón que ascendían, la temperatura se iba normalizando.

Al final de la escalera, una puerta metálica les recibía, carente de la seguridad enfermiza como las que habían encontrado en otros complejos hasta entonces.

Durante unos minutos, ambas mujeres se mantuvieron en un absoluto silencio. Si bien era cierto que la joven Breslin no había recibido la formación estratégica que había tenido Valeria, esta supo adaptarse a las circunstancias.

—No se escucha nada al otro lado. — Informó Val tras colocar su oreja contra la puerta. —No sabemos qué habrá al otro lado. Sígueme en total y absoluto silencio, ¿entendido?

Margareth asintió.

Valeria abrió lentamente la puerta que daba acceso a aquella habitación. Se sorprendió, pues la sala no tenía pinta de ser ningún laboratorio, instalación militar o base secreta. Era únicamente un simple sótano escolar.

Las paredes de hormigón desnudo estaban recorridas por tuberías cubiertas de escarcha.

Varias estanterías metálicas se alineaban contra los muros, custodiando cajas repletas de libros, deformadas por la humedad y el paso del tiempo.

En una esquina descansaban apilados decenas de pupitres infantiles, cubiertos completamente de polvo y moho, recuerdos de una época ya pasada y olvidada.

El aire hedía a óxido y madera podrida, aunque se intuía muy sutilmente un olor estéril y antiséptico, totalmente incompatible con aquello que estaban viendo.

—¿A qué huele aquí? — Preguntó la joven ayudante Breslin.

Valeria susurró muy solemne y críptico. —A muerte y olvido. — Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Margareth quien permaneció pegada a Val.

Durante décadas, aquel lugar había servido como almacén del distrito escolar.

Todavía podían verse carteles educativos despegados de las paredes debido al paso del tiempo y la enorme humedad ambiental.

Restos de dibujos infantiles sobresalían bajo capas de suciedad de las carpetas que separaban los anuarios escolares.

Un mural medio arrancado mostraba animales del Ártico caricaturizados sonriendo bajo un sol dibujado con ceras de colores.

Aquello resultaba perturbador.

—¿De verdad hemos llegado a las antiguas aulas iñupiaks?

— Breslin tomó entre sus manos uno de los anuarios.

Al hacerlo, cayó un antiguo trofeo de matemáticas del curso del sesenta y siete, sobre una lona que arrastró hasta el suelo, descubriendo bajo ella rollos de cable,

cámaras de vigilancia sin instalar y una gruesa línea de alimentación eléctrica que atravesaba desde el techo y desaparecía hacia el interior del complejo.

—¿Qué te dije? — Susurró Valeria. —¿Entendiste lo que te dije? Porque creo que fui muy clara.

—Lo siento.

—¡Que no toques nada!

—Lo siento. — Repitió bajo la mirada inquisitiva de Valeria.

Avanzaron un poco más en aquella sala. Al fondo, una puerta aparecía entornada.

Desde allí llegaba una iluminación blanca y artificial.

Apagaron sus linternas, pero Valeria no apartó el cañón de su arma del frente.

Tras aquella puerta; generadores y equipos electrónicos emitían un zumbido constante, contrastando totalmente con lo atemporal de aquella sala en las profundidades del distrito escolar, y… y vida. Signos de vida, conocida.

—Te va a matar.

Valeria no lo podía creer. —¿Por qué te voy a matar? — Abrió totalmente la puerta encontrando a tres personas que evidentemente no pertenecían a aquellas instalaciones.

—¿Valeria? — Martina se abalanzó contra ella dándole un fuerte abrazo.

—¿Qué hacéis aquí? — La joven informática se apartó para dejar paso a Roberto. —¿No se supone que nos teníais que esperar fuera?

—Sabía que no ibais a esperarnos, así que decidimos ir comenzando con la fiesta. — Rob golpeó el puño con Valeria, mientras buscaba a su líder. —Por cierto, ¿y el jefe?

Breslin saludó tímidamente y se colocó junto a Kay. Sabía que las noticias que venían debía de dárselas su compañera.

Valeria ensombreció su dulce rostro y comenzó a buscar las palabras adecuadas para darles las novedades.

—¿Dónde está Hugo? — Preguntó seria Martina.

Aquella permaneció unos segundos en silencio.

—¿Valeria? — Apremió ahora Rob.

—Los planes han cambiado. Tenemos que encontrar a Elena. Confirmamos que se la han llevado. La agente Breslin encontró un pasadizo en las cocinas de la pensión por el que creemos que han secuestrado a la doctora.

—¿Y Hugo? — Reiteró Roberto.

—Al llegar a las habitaciones, alguien nos había dejado un regalito. Habían colocado una trampa en la habitación de Elena. Explosivos suficientes como para volar completamente el edificio y a todos los que estuviéramos allí. Desactivamos la trampa….

—Fue ella la que la desactivó. — Aportó tímidamente Margareth.

—Desactivé la trampa y… y vimos que había ocurrido un…

— A Valeria se le atragantaban las palabras.

—…incidente en la habitación. Encontramos la sustancia que previamente había identificado la doctora.

La que trató de liberar Nils en el hangar.

También encontramos los informes sobre el Érebo-6 y su antídoto. No está completo y se está degradando.

—¿Cómo que se está degradando?

—La administración de la sustancia que encontró Kay no puede ser lineal. La duración del efecto se va reduciendo exponencialmente con cada dosis.

Roberto miró su reloj tratando de calcular cuánto tiempo tendría Elena antes de la siguiente inoculación.

—Eso no responde a la pregunta que te he hecho Valeria.

—¿Y Hugo? ¿Dónde está? — Insistió la joven informática.

—Eso… eso es más complicado. — Martina avanzó un paso colocándose delante de Rob, esperando la respuesta. —Recibió una llamada.

—¿Una llamada? ¿Aquí? ¿De quién?

—De Alicia. Está en el faro de Kovac. Ha ido a rescatarla, pero… — No lo dijo, y sin embargo sus compañeros la conocían tan bien que no hizo falta que siguiera dando explicaciones. Aquella expedición suicida no auguraba nada bueno.