AGUJERO DE GUSANO
“6 de diciembre. 02:50 AM (hora local) – Hostal Pikalujak. Kovac Bay.”
Valeria se adentró en la galería tras Margareth. Con los ojos llorosos, no se hacía a la idea de que aquella pudiera haber sido la última vez que hubiera visto a Hugo.
Breslin iba ligeramente más adelantada, encarando las diferentes entradas y recovecos que aquella catacumba les regalaba. Intuía luz unos metros más adelante, pero habiendo visto lo que había ocurrido hasta ahora con aquel grupo de forasteros, estaba tomando todas las precauciones posibles.
Temerosa a cada sinuosa pared de aquel laberíntico y gigantesco túnel, llegó a una zona en la que se abría unos metros.
Parecía una especie de zona de almacenaje.
Allí encontró un par de motocicletas junto a unas estanterías vacías y una especie de canalizaciones y cableado.
A partir de ahí, y en la única dirección hacia la que podían ir por aquel pasadizo, bombillas incandescentes se iluminaban con más intensidad a medida que notaban la presencia de movimiento.
Breslin se quedó abrumada ante aquel descubrimiento.
No creía que, en los bajos fondos del pueblo en el que trabajaba como ayudante del sheriff, pudiera existir una conspiración de tal calibre, menos aún que existiera una organización como la que aquel grupo de extranjeros había estado investigando,
y mucho menos que alguien pudiera crear tal tipo de infraestructura logística sin que nadie allí hubiera sospechado nada.
Valeria llegó a su altura. Estaba en su mundo.
Un mundo ahora roto y en el que no veía un final feliz.
—Creo que esto es lo que tus amigos vieron.
—Sí. — Respondió perdida.
—Puede que estas luces fueran lo que les apareció en el escáner térmico. Desde arriba se vería como una especie de madriguera de conejo o…
—Un agujero de gusano.
—Eso. — La joven dudó en si preguntar por las lágrimas que estaban asomando en el rostro de su ahora compañera.
Valeria permanecía parada frente a la boca de aquel túnel, iluminado hasta una distancia de unos treinta metros más adelante. Con las manos entreabiertas, respirando profundamente, y tratando de serenar sus sentimientos, cruzó una mirada con Breslin.
—Hugo no es solo tu jefe, ¿verdad?
Esa pregunta no era la que esperaba por parte de su nueva acompañante. Aun así, le molestó menos de lo que ella misma hubiera reconocido. —No.
—¿Él lo sabe?
—No.
—Pero…
—¡No! — Cerró los puños con fuerza, se secó las lágrimas y con decisión se dirigió hacia las motocicletas.
—Y nunca lo va a saber. — Tomó una de ellas, y mirando nuevamente a la joven, sentenció.
—Tiene sus prioridades muy claras. Y se acabó el tema.
— Trató de arrancarla. Eran unas motos de dos tiempos, pero mucho menos ruidosas de lo que se esperaba de ese tipo.
—Pero no puedes seguir así. Tú…
—¡He dicho que se acabó! — Sus ojos continuaban enjutos en lágrimas.
—Y una mierda se acabó. — Breslin no supo de dónde sacó el valor para hablar así a aquella mujer que sabía era mucho más letal que ella. —No voy a saber dónde tendrás que salvarme la vida, pero o te desahogas y te centras, o vas tú sola.
Valeria metió primera y aceleró con un golpe brusco de gas, dejando a Breslin unos metros atrás. La joven se quedó en shock por un instante al ver la actuación de aquella mujer, pues no se esperaba que la dejase con la palabra en la boca.
Sin embargo, la espantada de Valeria le duró apenas unos metros. Frenó la motocicleta antes de entrar en el túnel de dos metros de diámetro.
—Empecé a sentir algo cuando descubrí que no me veía como a una mujer con la que acostarse.
Me trataba como a uno más. Confiaba en mí y me asignaba misiones de responsabilidad.
— Margareth tomó la otra moto y se acercó hasta ella con el motor apagado.
Se colocó a su altura y mantuvo la compostura ante la revelación de su compañera.
Breslin no era muy dicha en temas tácticos, pero tenía un master en psicología debido a sus propios traumas, y sabía que la gente con temas pendientes era incapaz de centrarse en tareas difíciles pues en sus pensamientos, no dejaban de darle vueltas a esos traumas.
—Ha sido la única persona que me ha valorado por lo que soy, y no por su interés.
Me ha salvado la vida en incontables ocasiones, al igual que yo a él.
Tenemos un vínculo que no quiero romper.
Es como mi hermano y mi padre juntos. Qué cojones, es la única familia que tengo, aunque él no lo sepa.
Y sí, me gustaría que fuera algo más, pero llegué muy tarde a su vida, al igual que Alicia.
Él se llevó el premio de su mujer e hija. Y no las va a cambiar por nadie.
—¿Pero si ellas no estuviesen?
—Se volvería tan loco que dejaría de ser él mismo. Es lo que hay y es lo que acepto.
—Lo que tú digas, pero se ha ido a salvar a otra mujer a costa de su propia vida.
—Lo haría por cualquiera de nosotros. Es así, y por eso es por lo que le… por lo que le quiere mucha gente.
—Y tú
Valeria le echó una mirada asesina que Margareth ignoró.
—Ya, pero…
—Breslin ¡ya! Acabemos con esto.
—De acuerdo.
La sensación de que había profundizado más de lo que debió hacerlo dejó mal cuerpo a la joven ayudante, sin embargo, aún mostrando desazón y malestar por la conversación, Valeria sintió que se había quitado un peso de encima.
Ambas aceleraron las motos e iniciaron el duro camino por aquel túnel bajo el pueblo y que llegaba más allá del mismo a través del permafrost.
Las luces de las motocicletas apenas alcanzaban a iluminar unos metros más allá que el autoencendido de los focos del túnel.
Secciones de cuarenta metros se descubrían por delante de ellas tras activar cada sensor de movimiento.
Llevaban quince minutos de recorrido y Valeria se desesperaba en aquel angosto y enfangado circuito, pues el rango de velocidad máxima que podía alcanzar sin abrazar la posibilidad de matarse en una curva ciega era de quince a veinticinco kilómetros por hora.
Calculaba que llevaban recorridos en torno a seis kilómetros y el ruido del motor empezaba a convertirse en un ruido de fondo desquiciante.
A ambos lados del pasadizo, las paredes heladas del permafrost mostraban grietas y cicatrices de maquinaria pesada.
Aquella galería no era para nada algo improvisado.
En ella se habían invertido años de trabajo y una cantidad obscena de recursos y dinero tanto para crearla como para ocultarla a la vista de los lugareños.
“La verdadera propietaria de la pensión, ¿sabría de este pasadizo o sufrió las consecuencias de estar en un lugar estratégicamente perfecto en el pueblo?”
pensó Valeria. Seguía escuchando el ruido de la segunda motocicleta pegada a ella, aunque no la viera.
De hecho, no quería ni verla. Mostró su debilidad por un momento a una extraña que bien podía ser una agente infiltrada de O.N.O., algo que de ser así, no se lo perdonaría nunca.
Sabía que aquella gente no tenía escrúpulos y que utilizarían cualquier punto débil de sus enemigos para acabar con ellos.
Además, ella no iba mostrando sus debilidades a nadie.
No era lo que la había llevado a ser la mejor en su campo.
Por un momento quiso frenar e interrogar un poco más a fondo a la joven Margareth.
Ya no sabía en quién podía confiar. Su equipo estaba lejos, su jefe más, y ella estaba sola, aunque esperaba no continuar así mucho más tiempo.
Valeria redujo ligeramente la velocidad al atravesar una zona más amplia del túnel hasta detenerse completamente.
El haz de luz de ambas motocicletas activó los sensores de iluminación, mostrando una derivación más adelante.
No era la primera que encontraban, pero a diferencia de las anteriores, en ésta el suelo no estaba tan blando.
No había posibilidad, a simple vista, de saber si alguien había pasado por allí minutos antes.
Habían encontrado un par de ramales anteriormente que finalizaban en una pequeña galería unos cincuenta metros más adelante, sirviendo estas de pequeño almacén de combustible y maquinaria.
Esta bifurcación era diferente. En ella, el ramal de la derecha estaba bloqueado por una compuerta metálica semiabierta.
La otra, totalmente desbloqueada, no parecía el típico camino ciego como los que dejaron atrás.
—¿Y ahora? ¿Por dónde? — Dijo Breslin por encima del martilleante sonido del motor monocilíndrico de su montura.
Valeria permaneció en silencio. Descendió lentamente de la moto y avanzó unos metros hasta estar frente a ambas compuertas. La de la izquierda se encontraba completamente abierta, por la otra apenas entraba el ancho total de sus motos.
—A priori, el camino está claro.
—Pues entonces por la izquierda. — Sentenció la joven.
—No. — Dijo Valeria frente a la compuerta abierta. Algo no le cuadraba. No dejaba de observar cada recoveco hasta donde las luminarias automáticas lo permitían.
—¿Cómo qué no? Por allí la moto no entra. Vamos. — Con un golpe de gas, encaró su motocicleta hacia la entrada hasta que Valeria, de un potente salto, se arrojó sobre ella para tirarla de la moto.
—Pero, ¿estás loca? ¿Qué cojones crees que estás haciendo? Ese es el único camino, y tenemos que llegar lo antes posible para…
La motocicleta permanecía arrancada en el suelo, con la primera marcha metida y la rueda trasera rascando contra la pared.
Valeria se incorporó ayudando a levantar a Margareth, quien continuaba en silencio ahora, escudriñando más agudamente el fondo, un poco más iluminado gracias a la luz de la moto de la joven.
Breslin no entendía nada. Solo gesticulaba con los brazos y se sacudía la tierra de su ropa.
—¿Puedes explicarme porqué demonios me has tirado al suelo?
Valeria tomó una piedra del tamaño de un puño y la arrojó con todas sus fuerzas hacia el interior del ramal izquierdo.
—Genial, y ahora se pone a jugar con las piedras.
El trozo de roca golpeó el suelo casi treinta metros más adelante, una vez, dos veces.
Al tercer rebote, el túnel se iluminó con destellos anaranjados y varias detonaciones resonaron en cadena.
Los proyectiles disparados arrancaban fragmentos de permafrost justo del lugar donde había terminado la piedra.
Margareth se cayó nuevamente al suelo, esta vez ella sola y de culo debido al sobresalto de los disparos. Valeria la miró.