Sin voz en la tormenta (Hostes 2) HACES DE HIELO
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HACES DE HIELO

“6 de diciembre. 20:50 AM (hora local) – 71,26º N, 156,59º O. Antiguo distrito escolar.”

—Sigue sin contestar. No lo entiendo. El transmisor de Hugo parece que esté muerto, y ni Valeria ni Breslin, parecen tener cobertura. No les entran los mensajes.

A las afueras del complejo, Roberto, Martina y Kay continuaban observando aquel conglomerado de edificios, antenas y luces. Desde esa distancia y con el titilar de las luces, tenía cierta belleza navideña.

—Parece la aldea de Papá Noel. — Bromeó Roberto. —Mira, por allí van los elfos seguratas, con sus bastones automáticos que disparan gominolas del calibre 7,62. A lo mejor encuentras a otro que te quiera invitar a una taza de chocolate en la cantina de la aldea.

—¡Vete a la mierda! — Le espetó Martina mientras continuaba manejando su tablet.

Tras unos largos minutos, Kay insinuó que no podían seguir allí eternamente, ya que los encontrarían. Ella sentía que tenía que entrar en aquel edificio donde tantas veces había estado y que ahora parecía pertenecer a otra dimensión diferente a la que conocía.

De repente, la iluminación se redujo un noventa por ciento. Las luces que iluminaban lo que parecía una pista de despegue, justo detrás de aquellas gigantescas antenas, acababan de apagarse. Sin mediar palabra, Roberto aceleró bruscamente el pick up en dirección al edificio principal.

—Es ahora o nunca. —Dijo a sus compañeras.

—Rob…

—Peque, tu tranquila. Vamos a ver que averiguamos. Nos mantendremos ocultos hasta que vengan los demás.

—Vale… allá vamos. — Titubeó Martina. —Bueno, yo acabo de programar un envío recurrente de nuestras coordenadas y la información necesaria a los móviles de Val y Hugo.

He enviado novedades al General para que sepa que, si no volvemos, al menos que no le ofrezca mi puesto a Flores, es un inútil arrogante que vive del trabajo de los demás.

— Apagó la pantalla. —Si por mí fuera, ese tipejo estaría despedido.

—Martina, relájate. — Pidió Rob a la joven informática. Siempre se ponía nerviosa minutos antes de realizar una escaramuza.

—Vale… vale… respira, concéntrate…

Kay se mantenía en silencio. Estaba visualizando que tenía una posibilidad de entrar y encontrar a su hermana, pedirle explicaciones y, con un poco de suerte, demostrar que no está implicada para poder sacarla de allí con vida.

Detuvieron el vehículo a unos metros de la entrada principal del edificio que antaño fuera la escuela principal.

Se apearon del pick up tras verificar que el escáner térmico no emitía ninguna señal próxima a ellos.

La tormenta les golpeaba inmisericorde, pero se notaba que, poco a poco, hora tras hora, aquel monstruo comenzaba a perder intensidad.

La puerta no estaba cerrada con llave, por lo que, al girar el pomo, se abrió ayudada por el fuerte viento. Ese viento que hizo que, al tratar de cerrarla desde el interior, Rob tuviera que emplearse a fondo.

La estructura interior era la clásica en una cabaña de madera más grande de lo habitual por aquellas latitudes.

Madera y acero, dividiendo la estancia principal en otras dos más pequeñas.

Aquella no era la cabaña en la que se refugiaron del frío unos días atrás.

Aquella era más grande. No tenía chimenea en la entrada. No tenía nada.

—Pero… esto está vacío.

Aquel espacio estaba totalmente vacío. Rob entró en una de las habitaciones y Kay en la otra.

—No del todo. — Indicó Kay. Rob fue inmediatamente a aquella otra habitación.

—Cielo santo. Pero…

—Creo que acabamos de encontrar a dos más de esas mujeres que continuaban desaparecidas.

Los dos cuerpos estaban tendidos sobre dos camillas de campaña, improvisadas y colocadas en el extremo más alejado de la puerta de entrada.

Aquella habitación parecía que se había convertido en el almacén de una morgue improvisada.

Ambas mujeres eran prácticamente iguales.

Misma proporción, misma estatura, mismo color de pelo y misma edad.

Su expresión era de auténtico terror, manteniendo los ojos totalmente abiertos.

—Eran las dos que faltaban. Junto con tu hermana, la lista está completa. — Rob se echó las manos a la cabeza. —Joder.

Kay se acercó a ellas. Se quitó el guante y acarició las mejillas de ambas mujeres.

Comenzó a susurrar. —Nakuurruġli aullaġnin.

Suli tautugumiġipkin. — De una manera muy ceremonial, les cerró los ojos a ambas, cruzó sus brazos sobre sus pechos y mientras juntaba una mano sobre las suyas repitió nuevamente.

—Nakuurruġli aullaġnin. Suli tautugumiġipkin.

Rob permaneció en silencio hasta que Kay se incorporó. —¿Qué es lo que has dicho?

—Que tu viaje sea bueno. Que nos volvamos a ver. — Respondió en un tono solemne. —Estas mujeres han muerto cuando no les tocaba. Al menos, que su alma se reúna con las de sus seres queridos.

Roberto, por un momento, sintió el remordimiento de que aquello era lo que debió hacer con la joven que abandonaron junto a la oficina del sheriff.

Aquello le había quitado el sueño cada vez que cerraba los ojos para descansar.

En ese momento, un foco de luz atravesó la habitación desde el exterior.

En la estancia principal, otro haz de luz recorrió de izquierda a derecha aquella oscuridad.

El polvo se mezclaba con los cristales de hielo que danzaban dentro de las dos proyecciones de luz fría de las linternas que unos guardias movían desde el exterior.

—Mierda. No tenemos salida. — Susurró Rob. —Nos han pillado antes de lo que pensaba.

—Chicos… Venid aquí. — La voz de Martina sonaba amortiguada desde la estancia principal. Cuando Kay y Rob llegaron reptando hasta allí, no la vieron. Los haces de luz cada vez se acercaban más al suelo.

—¿Dónde estás?

—Nos van a pillar. — Dijo Kay quién sacó su pistola del bolsillo del abrigo y apuntó hacia una de las ventanas.

—Martina, ¿dónde estás?

A escasos centímetros de la cara de Kay se levantó una trampilla. Bajo ella, irrumpieron los ojos brillantes de Martina.

—Por aquí. Rápido.

El espacio bajo la trampilla era demasiado estrecho.

Aquel era un pasaje que llevaba hasta los niveles inferiores.

Se notaba también que ese pasaje hacía mucho tiempo que no se utilizaba, ya que, al ser tan estrecho y angosto, técnicamente no era muy útil para mover cargas o personas al exterior.

Ahora el aire se sentía espeso y caliente al estar compartido por demasiadas bocas que intentaban no respirar para no hacer el más mínimo ruido.

Detrás de ellos el pasadizo descendía en total oscuridad en dirección a un resplandor unos treinta metros más abajo.

Enclaustrados allí, pensaban que aquel destello de un color blanco quirúrgico pertenecería probablemente a algún tipo de laboratorio.

Roberto solo esperaba que no se tratase de una salida de gases hacia el exterior.

Arriba, la puerta de la casa cedió con un golpe seco.

Las pisadas de los guardias generaban una tensión terrorífica, no solo por el sonido del propio golpe de las botas contra el suelo, sino por las vibraciones que atravesaban la trampilla y retumbaban en las paredes de aquel ducto vertical.

Esas mismas vibraciones se sentían a través de la ropa de los tres infiltrados y se fusionaban con sus latidos, haciendo que sus corazones bombearan al ritmo frenético de las pisadas de aquellos guardias que recorrían las estancias superiores con rapidez, registrando palmo a palmo aquella casa,

buscando algo, o a alguien.

A través de la rendija invisible que separaba los tablones de la trampilla, se colaban los haces de luz de las linternas, que volaban de un lado a otro, cortando la penumbra en líneas rectas, perfectas y blancas.

Cada vez que un haz pasaba sobre una grieta, un destello iluminaba por una fracción de segundo los ojos abiertos y aterrados de Martina.

Nadie de los allí refugiados se atrevía a parpadear.

El polvo acumulado entre las tablas empezó a ceder por las vibraciones.

Kay tuvo que hundir su cabeza, más si cabía, entre sus ropajes para no estornudar.

Entonces, el sonido de las pisadas cambió.

Un crujido más agudo se sintió sobre sus cabezas.

Una bota se había detenido exactamente sobre aquella portezuela oculta.

Se pudo sentir como la estructura de la trampilla cedía un milímetro. Allí abajo, todos estaban tratando de contener la respiración. Un nuevo crujido de la trampilla fue acompañado de varios haces de luz en esa dirección. Se sintió como un par de manos trataban de abrirla.

Debajo, Martina ya se sentía prisionera y formando parte de uno de los terroríficos experimentos de O.N.O y la hermana de Kay.

Varios intentos de apertura fueron inútiles. Aquella compuerta no cedió más del milímetro que cedió al recibir la pisada.

—Aquí no hay nadie. Continuar vigilando el perímetro.

La jefa ha dicho que estemos en alerta. Que vamos a tener visita.

¡Venga, todos fuera! — La voz y las pisadas comenzaron a alejarse hasta que se cerró de golpe la puerta de aquel edificio.

—El que me traiga a uno muerto, recibirá medio millón.

Si me traéis a dos… imaginaros las putas que podréis pagar.

Nadie dijo nada hasta llegar a la fuente de luz, treinta metros por debajo de aquella casa.

—¿Cómo es posible que no hayan podido abrir la compuerta? Yo lo hice, y no me costó nada.

—Valeria me va a matar.

—¿Por qué?

—Utilicé su regalo de cumpleaños para bloquear la trampilla antes de que entrasen en la sala.

—¿En serio? Te va a matar.

—¿De qué estáis hablando? — Preguntó Kay.

—En el cumpleaños de este ceporro, una compañera, el pibón alto que estaba con nosotros, le regaló un cuchillo de combate.

Una réplica exacta y totalmente funcional del que utilizó Silvester Stallone en la película Rambo.

Le costó un ojo de la cara conseguirlo en una subasta por internet.

— Martina golpeó en la cabeza a Rob. —¡Te va a matar!

—¿Por qué te voy matar? — Gimió Valeria abriendo la puerta de aquella sala.