ARTEMISA
“6 de diciembre. 02:25 AM (hora local) – Hostal Pikalujak. Kovac Bay.”
—¿Alicia?
—Dios, Hugo. — La voz que se escuchaba al otro lado del teléfono sonaba débil y vulnerable. Aún así, Artemisa trataba de comunicar su apremiante situación. —¿Por qué no lo has cogido antes? Llevo tratando de llamarte un día entero.
—¿A… Alicia?, ¿cómo es posible? Dios santo, ¿dónde estás?
—No sé dónde estoy. Me secuestraron. Entraron en mi casa.
—¡Tranquila! Dime. ¿Tú estás bien? ¿Cómo te encuentras?
—Estoy muerta de frío. No sé si aguantaré mucho más.
—¿Estás sola?
—De momento sí, aunque no creo que tarde mucho en volver a tener compañía. Calculo que vienen a ver si sigo viva cada quince minutos.
—¿Cómo has conseguido llamarme?
—Magia… — Una tos muy fea irrumpió en medio de la conversación. Con dificultad, continuó. —Le he picado el móvil a uno de estos tíos. — Su voz sonaba quejumbrosa.
“Esa es mi chica” pensó Hugo para sus adentros al saber que había robado el teléfono de uno de sus secuestradores, pero no podía ocultar su preocupación. —Alicia, ¿qué te ocurre? ¿Te han hecho algo?
—Tengo mucho frío. Hugo, no sé si volveré a verte.
—No digas eso. Intenta mantener el calor corporal.
Te encontraré lo más rápido que pueda, pero ahora necesito que me digas…
— Su corazón se aceleró de golpe. En su cabeza, como si de cañonazos se tratasen, las venas comenzaron a golpearle con más fuerza.
Sentía que le iba a estallar la cabeza. Volvía a tener esa mirada que tanto miedo le daba a Valeria y a Elena.
Una mirada que exteriorizaba ese sentimiento que indicaba que Hugo iba a perder la razón, haciendo caso omiso a su buen juicio, y que haría lo que fuera incluso a costa de su propia vida para llevar a cabo la misión.
—…qué ves, qué oyes y qué sientes, aparte de mucho frío.
—No lo sé.
—Alicia, necesito que te concentres. Voy a ir a por ti, pero necesito que me ayudes.
¿Has visto algo cuando te han llevado allí?
¿Algo característico? ¿Cómo es el sitio?
¿Cuánta gente hay allí? ¿Has visto a alguien más?
— No quería agobiarla más de lo que ya estaba, pero no podía permanecer impotente al otro lado del teléfono. Necesitaba información.
Tras unos segundos de silencio que a Hugo le pareció una eternidad, al fin Artemisa respondió. —Oigo ruido a lo lejos. Parece… parece agua.
—¿Ok, es el agua de un grifo que gotea?, ¿un río?, ¿el mar? Necesito más información. — Hugo miraba fijamente a Valeria quién intuía lo que iba a ocurrir a continuación. Breslin había desaparecido de aquella habitación.
—Parece el mar. Las olas del mar. Uno muy cabreado.
—Ok, perfecto. ¿Qué más puedes decirme?
—… (Silencio)… — Hugo no despegaba la oreja de su teléfono mientras vocalizaba sin emitir ningún sonido dirigiéndose a Valeria.
“Lo siento.”
Valeria negó con la cabeza y sujetó a Hugo por el pecho al tiempo que este iniciaba la marcha a la carrera hacia la salida. Valeria no pudo frenarle, y aunque no le soltaba, él solo frenó en mitad del pasillo, sobrecogido por lo que estaba escuchando ahora a través del teléfono.
—Jij, ga weer op de grond… (Ininteligible), tering.
— Un golpe seco intuía que Alicia había golpeado el suelo.
La retransmisión no se cortó, por lo que supuso Hugo que el teléfono estaba oculto en algún lugar antes de que ese tipo hiciese su aparición.
La función de traducción simultánea del teléfono se superpuso a las voces mientras hablaban en aquel idioma.
“Tú, vuelve a sentarte en el suelo y aléjate de la ventana, si no quieres morir aquí y ahora, maldita zorra.”
Tras varios golpes más que indicaban que estaban dando un correctivo a Alicia, otro más fuerte indicaba que una puerta acababa de ser cerrada de un portazo.
La voz se iba perdiendo poco a poco. —Ik snap nog steeds niet waarom die teringbaas in godsnaam wil dat we haar in leven houden.
— “Sigo sin entender para qué cojones quiere la jefa que la mantengamos con vida.”
“Jefa”, Hugo acababa de corroborar que quién comandaba toda aquella operación era una mujer. Tras unos segundos de silencio, unos gemidos comenzaron a oírse por el auricular.
—Alicia, ¿sigues ahí?
—…
—Alicia, por favor, dime que estás bien.
—Joder, que ganas de comerme una tortilla de patatas como la que hace tu mujer.
— Nuevamente, una tos seca y ruda interrumpió a Artemisa.
La imagen de una cena familiar con su mujer, su hija y la madrina de ésta, Alicia, se dibujó en su retina junto con el esbozo de una lágrima.
La última vez que cenaron los cuatro juntos fue en la casa de los padres de Alicia, dos años atrás, cuando Hugo regresó a Estados Unidos a por su familia, tras ponerla a salvo de O.N.O. Temía que el deseo de su más que compañera no pudiera hacerse realidad.
—No te preocupes por la tortilla. Te cansarás de comerlas, yo me encargo.
—Siempre te encargas, pero creo que esta vez, no vas a poder.
—¡Cállate! No vuelvas a decir eso.
—¡A la orden, jefe! — Su voz era cada vez más débil.
—Alicia, dime como es la habitación, dime algo más.
Por favor…— La desesperación se había apoderado de Hugo quién no veía posibilidad de poder ayudarla.
—…por favor Ali, no puedo perderte… — Ahora no disimulaba la voz rota, quebrada por un llanto infantil que luchaba por salir.
—Dame algo, solo un punto, solo un indicio, y moveré cielo y tierra para encontrarte, pero dame algo, por favor.
—Es redonda, fría… muy fría. — La voz se desvaneció.
La llamada se cortó.
—¡Alicia! ¡Alicia! Sigue conmigo, por favor. Alicia, ¿Estás ahí?... ALICIAAAAAA, NOOOOOO.
Aquel hombre de metro ochenta y cinco, fuerte, valiente, decido, con determinación implacable y sin miedo a nada ni a nadie, acababa de ser derrotado con una simple llamada de teléfono.
Vencido y de rodillas en el suelo, mostraba su desesperación golpeando su cabeza contra la pared.
Valeria nunca había visto en ese estado a su jefe y amigo.
No sabía qué había ocurrido al otro lado del teléfono, pero estaba claro que no era para nada bueno.
Se colocó en cuclillas y sujetó su cabeza para que no continuase.
Finalmente, le abrazó. Hugo no sintió consuelo con aquel cálido abrazo, pero sí lo hizo con las palabras que su compañera le susurró al oído.
—No sé qué cojones ha ocurrido en esa llamada, y no voy a preguntar, pero no voy a dejar que te rompas la cabeza contra esta pared ¡Mírame!
— Le giró la cabeza hasta tenerle frente a frente.
De una pequeña brecha emanaba un fino hilo de sangre.
Valeria se la limpió, como hiciera minutos antes con el resto de sangre seca en la comisura de la boca, con su mano desnuda.
—Tú no. Llevo mucho tiempo viéndote pelear contra monstruos que nos habrían vuelto loco a cualquiera.
Te he visto aguantar golpes que habrían matado a un ejército.
Siempre sin pestañear, nunca dando un paso atrás.
Eres el hombre más fuerte que conozco y, aun así, no eres invencible.
Sé que la carne también se cansa, joder, y tu armadura pesa demasiado.
—No puedo más.
—No eres de piedra, Hugo, y no pasa nada por estar ahora en el suelo. Llora, grita, sangra si hace falta… pero no te rindas. Te necesitamos. Deja que yo sostenga tu armadura mientas te das un respiro.
—No tenemos nada Valeria. No podemos ganar. Esto nos viene muy grande. —Hugo estaba derrotado. La impotencia ganó la batalla al guerrero. —He perdido a Elena, y ahora a Alicia. No sé dónde están y no puedo… no… no quiero perderos a ninguno más.
—No lo harás. Vamos a encontrar a los culpables y les quemaremos su mundo antes de quemarlos a ellos si quieres.
Pero no hagas esto. Permítete el lujo de respirar cinco minutos, descansa aquí.
— Val le dio un largo y tranquilizador beso en la frente.
—Ya has sido fuerte para todo el mundo. Ahora sé humano conmigo. Nadie te ve.
Hugo rompió a llorar desconsoladamente durante un minuto. Un eterno minuto en el que únicamente se oían los sollozos desconsolados de un hombre inundando todos y cada uno de los rincones de aquel solitario hostal.
—He encontrado algo. — Gritaba Breslin mientras subía por las escaleras. Hugo se incorporó lentamente, girándose mientras se secaba las lágrimas. Valeria se levantó de un salto y se dirigió a la escalera para evitar que la joven viese así a su amigo.
—Danos un minuto. — Respondió Valeria.
—No. Vamos a verlo. — Inquirió Hugo ligeramente recompuesto.
—Puedes tomarte un minuto.
—¡No! Vamos a acabar con esto.
Los tres comenzaron a bajar por las escaleras.
Guiaba la comitiva la joven Margareth, seguida por Hugo, que avanzaba con paso pesado y Valeria, que no le quitaba ojo a su líder.
Al llegar al final de la escalera, Hugo dejó que Val le adelantara, y cuando estuvo a su misma altura, acercó su cara a la oreja de ésta y le susurró muy bajito.
—Gracias.
En ese momento, el teléfono de Hugo emitió dos pitidos.
Había recibido un mensaje. Mientras continuaba andando, siguiendo a las dos mujeres, tomó su teléfono en la mano y miró qué era aquel mensaje entrante.
Se detuvo de golpe y por un momento, la pesadumbre que sentía se volvió más liviana.
Una mueca cambió su rostro muerto en vida.
Todavía quedaba un halito de esperanza. Volvió a aparecer aquella mirada.
—Me pareció extraño ver el congelador en medio de la cocina, así que me he asomado.
— Abrió una trampilla oculta bajo las baldosas.
— Creo que he encontrado el principio del túnel que están siguiendo vuestros compañeros.
— Una sonrisa triunfal resplandecía en la cara de Breslin, ajena al sufrimiento de sus improvisados compañeros.
—Y hay un par de motos de gasolina aquí abajo, en lo que parece un pequeño almacén para transporte de mercancías.
Val se giró para ver la reacción de Hugo y esperar órdenes, pero lo que vio fue aquel rostro, ahora decidido, salvaje y con una nueva misión.
Ella se dio cuenta que en apenas unos segundos su gesto había cambiado por completo y lo único que había ocurrido en ese impasse de tiempo era que había respondido a un mensaje, puesto que todavía no había llegado hasta la apertura del pasaje subterráneo.
—¿Jefe?
Hugo la miró fijamente.
—¿Jefe? ¿Qué ocurre?
—Es ella. Debo ir a por ella.
—¿Quién? — Tras realizar la pregunta, ella sola se contestó. —Artemisa.
—Su último mensaje antes de caer. Son unas coordenadas. Tengo que ir. — Dio un minúsculo paso atrás. Lento, imperceptible, pero seguro.
—Un momento Hugo. Puede ser una trampa. No…
—No lo es. — Dio otro paso atrás. —Sé que no lo es. Voy a traerla de vuelta.
—No estás pensando con claridad. Tenemos que ir a apoyar al equipo. Hugo, te está dominando nuevamente la sinrazón. Párate a pensar. No sabes si es una trampa o realmente ha sido Alicia la que te ha envi…
—Detrás de las coordenadas ha enviado dos emojis. Un trébol de cuatro hojas y un genio.
—¿Un genio? ¿En serio? — Vio como daba otro paso atrás mientras ajustaba el cargador de su arma corta.
—Cuando trabajábamos juntos, al salir hacia una intervención complicada, ella me enviaba un trébol de cuatro hojas desde el camión del Puesto de Control Avanzado.
— Explicó. —Yo le enviaba un genio con su lámpara.
Ella me deseaba suerte y yo le decía que los genios no la necesitamos. — Él no dudó. —Es ella.
Ante aquel argumento, Valeria supo que tenía perdida la batalla y lo que inevitablemente iba a ocurrir en los próximos segundos. Lo que no sabía era cuales iban a ser las consecuencias sobrevenidas.
Un tercer paso, esta vez más grande, dio pie a que tomase entre sus manos su subfusil y comprobase la munición.
—Es ella. Está en apuros, y sola. — Su voz se tornó imperativa, tomando nuevamente el control de la situación.
Breslin miraba a los pies de la trampilla, casi escondida tras el congelador industrial.
—Tú y Breslin coged las motos, reuníos con el resto del equipo.
—Fue en ese momento, cuando aquella mujer recibió la orden más dura que había recibido nunca.
No por la orden en sí, sino por el significado oculto de aquella. —Ahora estás al mando.
Una punzada en el corazón sobrecogió a Valeria que se quedó sin palabras.
—Encuentra a Rob y Martina, rescatad a Elena, y si no he llegado para entonces, quemadlo todo.
—Pero…
—Pero aseguraros de no matar a Archor. Si muere…
Val recordó la conversación con el tabernero. —Si muere… todos morimos.
—Eso es. — Hugo dio un último paso atrás antes de darse la vuelta y salir corriendo cual alma que lleva el diablo.
—Dile a Martina que invente algo para bloquear la señal.
Y por si no vuelvo, a Rob que os proteja, a la doctora…
que ha sido la mejor jefa que he tenido nunca.
— Una lágrima irrumpió de repente en ella, bajando sin consuelo por sus mejillas, anticipando una despedida amarga.
—Has sido la hermana que nunca tuve. — Se le acababa de desgarrar el corazón.
Lo respetaba y quería a partes iguales. Más que a un familiar, más que a un amante, más que a nadie que hubiera tenido a su lado en la vida.
Para ella, era la única persona que la había tratado como a un igual desde el primer día que la conoció, y no como un simple trozo de carne al que llevarse a la cama.
Ahora se estaba dando cuenta de que realmente, no le hubiera importado hacerlo.
—Val, rescata a Elena. Acabad con O.N.O..
—Tú encuentra rápido a Alicia y vuelve con vida, o seré yo quien vaya a buscarte y te mataré con mis propias manos.
— Su cuerpo se estremeció por aquella sensación de pérdida.
Sentía que era una misión suicida, pero no hubo réplica.
No hubo una despedida. No hubo más órdenes. Ya las tenía. Y tenía que cumplirlas.
Val se volvió hacia Breslin quien estaba de pie observando la escena. Con celeridad y decisión, bajó por la escalera oxidada que conducía hacia aquella caverna.
Hugo se giró determinante y salió corriendo en dirección contraria, hacia el exterior. Arrancó una de las motos de nieve e inició el trayecto hacia las coordenadas recibidas en aquel mensaje que acompañaba a un emoji en forma de trébol de cuatro hojas y a un genio.
“71º 18´ N, 156º 45´ O”.