Sin voz en la tormenta (Hostes 2) GJALLARBRU
78%

GJALLARBRU

“6 de diciembre. 02:25 AM (hora local) – 71,26º N, 156,59º O. Afueras del antiguo distrito escolar.”

—¡Para! — Exclamó Kay, haciendo que Rob detuviese de golpe el pick up.

—¿Qué has visto? — Preguntó el conductor.

—Ha visto Mordor. — Respondió la joven informática.

De fondo, tras la niebla y la espesura de la nevada que estaba cayendo, se erigían varias antenas parabólicas que formaban una estación terrena. O al menos eso era la sombra que arrojaba la potente iluminación que parpadeaba en su parte posterior.

—Pensaba que eran los resplandores de los rayos de la tormenta. — Forzó un poco la vista tratando de adivinar qué era lo que aparecía en aquel horizonte. —Un momento… Pero, ¿qué es eso?

—Eso es lo que estuvieron construyendo los obreros que llegaban al hangar abandonado durante años a escondidas, lo que tuvo que desmentir el sheriff Kodiak y la razón de que se cerrase el distrito escolar hace décadas. — Respondió Martina. — Solo hay que atar cabos.

—Ese tipo de antenas únicamente las he visto en los complejos de comunicaciones de espacio profundo. Como el que tiene la NASA a las afueras de Madrid. —Dijo Rob confundido. —De todas formas, juraría que hace unos días ahí no había nada. Solo nieve.

Tras unos segundos en silencio, Roberto y Martina susurraron a unísono.

—“Plataformas soterradas.” — Se miraron.

—Como las que tiene el estadio Santiago Bernabéu. — Apuntó Rob.

—Yo estaba pensando más bien en las de ese portaaviones americano.

El que decían que era el más grande del mundo.

¿Cómo se llamaba? — Martina comenzó a buscar en su tablet.

— Eso es. El U.S.S. Gerald R. Ford. Tiene tres elevadores eléctricos para sus aviones.

No son hidráulicos, lo que le permite que las velocidades de elevación y descenso de las plataformas sean infinitamente más veloces.

Y el mantenimiento es mínimo, y con esta climatología…

— Miró a esas sombras del exterior. —Esa tecnología sería perfecta para un lugar así.

—¿De qué estáis hablando? — Preguntó Kay que no entendía nada.

—Plataformas enrasadas con la superficie, totalmente ocultas a la vista. Cuando es necesario, abren la compuerta exterior y suben o bajan lo que sea a niveles inferiores. Así ocultan cualquier cosa: misiles, aviones… antenas gigantes.

—Son invisibles a la vista en condiciones normales, así que imagínate en un lugar donde en cuestión de segundos, el terreno es cubierto por capas y capas de nieve y hielo. — Completó Roberto.

—Con razón nadie entendía donde desaparecía todo aquel material que llegaba al hangar.

—Misterio uno resuelto. Misterio dos: ¿qué cojones son aquellas luces?

—Creo que ya sabemos dónde tiene previsto aterrizar la Cessna de Stern.

Roberto trató de agudizar aún más su sentido de la vista.

—Debemos acercarnos un poco más antes de comunicarle las novedades a Hugo. — Sopesó.

Retomaron la marcha en el pick up. Kay tenía el escáner que apuntaba en todas direcciones tratando de buscar algún punto caliente que les volviera a poner sobre la pista de aquel fantasma al que seguían.

Apenas un kilómetro les separaba del edificio principal del antiguo distrito escolar cuando Kay dio la voz de alarma.

—¡Para!

Roberto volvió a pisar el freno de golpe, consiguiendo que el vehículo se deslizase unos metros con las ruedas bloqueadas. —¿Qué has visto esta vez?

—Espera — Kay trataba de interpretar las imágenes que arrojaba el escáner.

La tormenta no daba tregua.

—Veinte metros a la derecha. Reaparece el agujero de gusano. Y se dirige directamente a aquel edificio del complejo de escuelas.

En ese momento, un haz de luz proveniente de la nada les deslumbró. Unos pequeños golpes en la puerta de Roberto hicieron que los ocupantes de la pick up se sobresaltaran.

—Una i…. piat.

—Pero, ¿de dónde cojones ha salido este tío?

—Éstos. Joder, hay otro de este lado. — Dijo Kay quién trataba de ocultar su rostro bajo el cuello polar.

—¿Qué hacemos? — Susurró Rob a Martina.

—Una inuich piat. — Repitió más fuerte la voz grave del exterior mientras repetía la cadencia de golpes, esta vez, en el cristal de la ventanilla para que los ocupantes la bajasen mientras seguía deslumbrándoles con el haz de una potente linterna.

—Rob, no son amigos. En cuanto nos conozcan…

—Eso si no lo han hecho ya. Este coche es de los suyos.

—No lo han hecho. — Ambos la miraron. —Seguimos vivos. — Apuntó Kay.

Roberto bajó ligeramente la ventanilla. Aquel hombre repitió por tercera vez, con un tono más apremiante.

—Una inuich piat. — Mostrando ligeramente el fusil de asalto AK-74 que llevaba.

—¿Qué cojones dice? — Susurró Roberto. —¡Ey! Amigo. My friend. No te entiendo nada de lo que dices.

—Te está diciendo que “esto es una propiedad privada.”

—Hace dos días no lo era.

—Hace dos días no estaban las cosas tan revueltas como lo están ahora. — Respondió Kay.

Martina se dirigió al hombre que golpeó la ventanilla con una vocecilla más aguda y dulce de lo normal. —Somos turistas. Turist. Estamos perdidos… Lost. ¿Cómo se dice perdidos en Iñupiak?

Aquel extraño le contestó. —Tammaruq. Se dice Tammaruq. ¿Qué hacen porrr aquí?

—Joder, si habla nuestro idioma. — Murmuró Roberto más alto de que quiso y bajo la mirada inquisitiva de aquel hombre armado.

Martina respondió. —Veníamos buscando el Gjallarbru.

—Señorrrita. ¿Le parece que por aquí va a encontrarrr un puente dorado que llegue hacia el infierrrrno? — Dijo mientras bajaba ligeramente el haz de la linterna.

Martina se sorprendió. —¿Conoce lo que es el Gjallarbru? — El otro guardia se limpió como pudo la nieve que se estaba acumulando en sus gafas y, viendo que su compañero tenía la situación controlada, se dirigió a la parte trasera del vehículo, inspeccionándolo con meticulosidad.

—Mi madrrre me contaba esas historrrias. — Hizo caso omiso al conductor, y se centró en aquella joven. Ese guardia endulzó su voz con un ligero tono de coqueteo.

—Pues la verdad es que en el pueblo nos dijeron que era un reclamo turístico, y que estaba por la zona más septentrional de Alaska.

Nos vamos en unos días de vuelta a la universidad, y como nos quedábamos sin tiempo, hemos tomado…

bueno, mis colegas han tomado la decisión de buscarla ahora.

Impaciencia y varias cervezas. Ya sabe. — Martina endulzó un poco más su voz.

—Señorrrrita, están muy lejos del pueblo.

—Sí. Lo sabemos. Lo sentimos mucho. Aun así, ¿nos podría dejar pasar?

—Aquí no pueden estarrr. Perrro si quierrre, mañana podemos quedarrr en el pub del pueblo y me cuenta que le fascina tanto del Gjallarbru.

Martina no lo disimuló y se sonrojó. Aunque era una chica muy atractiva, era muy extraño que algún hombre la cortejara o la invitase a tomar algo.

No ayudaba que su apariencia friki era un repelente de personas “normales”.

A eso había que añadirle que su inteligencia estaba muy por encima de la media, así que, como solía repetirse: “visualmente impecable, pero con un sistema operativo tan avanzado que el noventa y nueve por ciento de los hombres tiene un error de compatibilidad”.

Por lo que, cuando alguno le metía ficha, su reacción natural era ponerse colorada como un tomate.

Aunque el que lo hiciera fuese de los malos.

En el exterior del pick up, el otro tipo que estaba inspeccionando el vehículo observó algo en la parte de atrás.

Levantó el AK-74 y salió corriendo hacia la parte delantera, apuntando al interior del coche.

Su compañero, al ver la reacción de este, levantó también su fusil, volviéndoles a iluminar con la linterna y comenzando a gritar órdenes a los ocupantes de vehículo.

Rob, que ya tenía empuñada su Glock 19, disparó a través de la ventanilla.

Las detonaciones le dejaron temporalmente sordo.

A esa distancia no falló. Cuando quiso encañonar al otro guardia, había desaparecido.

Lo que sí pudo ver a través del humo que ahora inundaba el habitáculo del pick up, eran los dos agujeros de bala que habían fracturado la luna delantera.

Lo primero que pensó fue en la suerte de sus compañeras, hasta que las vio a ambas apuntando con dos pistolas, una cada una, hacia delante.

Rob tomó su fusil y salió en busca del segundo guardia. No tuvo que ir muy lejos. Sus dos compañeras de viaje habían cazado a su cazador. Cuando volvió al interior del coche, miró a ambas. — Las mujeres nunca dejareis de sorprenderme.

—Ese es un comentario que está fuera de lugar. — Espetó Kay.

—Ya hay confianza, ¿no? — Y miró a su pequeña compañera.

—¿Qué?

—¿Ese tío te estaba tirando la caña? — Preguntó irónicamente Roberto.

—Sí. ¿Celoso?

—No. Pero no me gustaba para ti.

—¿Y por eso le has metido dos balas en el coco?

—Digamos que no pasó mi filtro, peque. — Martina retiró tímidamente la mirada que tenía fijada en su compañero para volver a echar un vistazo a su tablet.

Roberto, con un dulce gesto, le colocó un mechón rebelde del pelo.

Martina se volvió a ruborizar. Rob lo notó, y para aliviar un poco la tensión, miró a Kay y levantó el pulgar en su dirección.

—Por cierto, ¿de dónde has sacado tú esa pistola?

—No creerías que he sobrevivido aquí tanto tiempo sin llevar un arma encima, ¿verdad? Eres más ingenuo de lo que creía. — Dijo mientras guardaba su pistola y volvía a dirigir el escáner térmico en dirección al edificio principal. —Además ¿A mí no me dices nada bonito, musculitos?

Roberto soltó una carcajada. —No a una mujer de armas tomar, como tú. Aunque cada vez me vas cayendo mejor.

Un par de minutos después del incidente, y con la situación controlada, Martina apremió.

—Hay que avisar a Hugo. ¡Ya!