UNA HABITACIÓN HELADA
“6 de diciembre. 01:46 AM (hora local) – Calles de Kovac Bay.”
—Alfa-2, responde.
—Jefe, estamos siguiendo la estela del escáner, pero se enfría muy rápidamente. Esta tormenta no ayuda. —Informó Martina.
—Elena, ¡responde joder! ¿Estás ahí? —Los quinientos ochenta metros bajo aquel infierno helado y la nieve acumulada en la carretera y las aceras, que separaban el bar del hostal dificultaban mucho la respiración y la comunicación al mismo tiempo.
El cansancio y los jadeos se presentaron antes de tiempo.
El Pick up manejado por Rob trataba de traccionar por las calles cubiertas de nieve y hielo.
En el interior, Martina hacía sus cálculos con la tablet mientras Kay tenía instrucciones de manejar el escáner para no perder de vista la señal térmica.
Trataban de no perderla mientras atravesaban el pueblo y aquella endiablada tormenta.
A veces, la señal se disipaba bastante debido al frio exterior, y otras, al atravesar por debajo de edificaciones, tenían que adivinar por donde podría continuar.
En la otra parte del pueblo, Valeria, Hugo y Breslin trataban de llegar desesperadamente a la pensión donde habían dejado a Elena descansando mientras avanzaba en la investigación.
Hugo temía haber vuelto a fallar a su equipo y viejos fantasmas del pasado reaparecieron mientras trataba de abrirse paso por el medio metro de nieve que cubría aquel pueblo perdido de la mano de Dios.
Su determinación, en incontables ocasiones, nublaba su juicio, siendo ésta una más.
Al salir de la taberna, se olvidó totalmente del vehículo oruga que los había llevado hasta allí.
El problema era que hasta que no recorrió cien metros, no escuchó a Valeria por el equipo suplicarle que se detuviese.
—¡Afa-1 detente! Tienes las llaves de la oruga. ¡Tardaremos menos!
Cansado por el esfuerzo, se giró y volvió corriendo sobre sus pasos, viendo a la joven agente Breslin temblando de frio junto al vehículo y a Valeria, en medio de la calle, haciéndole señas con la linterna.
No se disculpó. Ni tan siquiera lo pensó. Solo quería correr, llegar a la habitación de Elena y ver que estaba allí, dormida, descansando, y que ese era el motivo por el que no contestaba. No se dio cuenta de que su teléfono había amagado en dos ocasiones más con la recepción de una llamada.
Subieron al vehículo y minutos más tarde, detuvieron se detuvieron frente a la puerta de la pensión Pikalujak, saliendo como alma que llevaba el diablo hacia su interior.
Valeria iba en cabeza, pues su puerta era la más próxima a la recepción. Se percató que no había nadie en la recepción. Subió rápidamente seguida de Hugo que trataba de darle alcance.
Al llegar al rellano del pasillo del primer piso, Val se frenó y empuñó su fusil CZ Scorpion y Hugo hizo lo mismo al sobrepasarla con su H&K 416.
Ambos reiniciaron el avance hasta la habitación de Elena, comprobando que todas las puertas se encontraban cerradas.
Al llegar a la habitación ciento cuatro, una pequeña abertura entre la puerta y el quicio auguraba un mal presagio.
Hugo miró a Valeria para confirmar que estaba preparada y lentamente, con su mano izquierda, tomó el pomo de la puerta.
Comenzó a abrirla con sigilo, pero apenas, medio segundo después, su compañera colocó su mano sobre la que así el pomo para frenarla.
—¡Para! — Ordenó Valeria. —¡Mira! — Dijo mientras soltaba su mano y señalaba un pequeño hilo casi transparente que se mostró, al empujar la puerta apenas un centímetro y medio, por la rendija.
—¡Joder! — Espetó Hugo.
—Accede por el exterior, desde la ventana. Cuidado por si hay otra sorpresa. Yo trataré de ver a que nos enfrentamos. — Indicó Valeria que salió corriendo hasta su habitación, la cual abrió con cuidado por si tuviera alguna que otra sorpresa similar.
Cuando su jefe los reunía para darles el briefing de lo que sería el servicio del día, Hugo trazaba en su cabeza todas las posibilidades que había de que algo saliese mal, con el objetivo de tener previsto cualquier percance.
Lo que conseguía con eso era mantener la tranquilidad en los peores momentos, y eso era lo que le hacía tan bueno liderando, pero en ese momento le estaba ocurriendo todo lo contrario.
Únicamente veía problemas insalvables. Había perdido a Alicia, había conseguido que Elena estuviera luchando por su propia vida, y quién sabe si no la habría perdido ya.
A punto estuvo de tomar una decisión que le hubiera costado la vida a él y a Valeria al abrir aquella puerta sin tomar las mínimas precauciones.
Hugo, el líder de aquel equipo y ST-1 de Hostes, el jefe táctico que se crecía en aquellas situaciones, estaba bloqueado por el miedo.
Miedo a perder a todos los que más le importaban, y que todo fuera por su culpa.
—¡Vamos jefe, espabila! — Le ordenó Valeria, quien volvía corriendo de su habitación con un pequeño maletín negro a cuestas. Por las escaleras, aparecía Margareth, sin saber qué hacer.
Hugo se colocó el subfusil a la espalda y abrió la ventana del pasillo.
Trató de salir al exterior. Sacó una pierna, luego otra y, al tratar de agarrarse a la cornisa con una mano, resbaló, logrando sujetarse al marco de la ventana con la otra.
La ventisca de hielo y nieve le recibió sin tregua.
La herida de su hombro le devolvió a la realidad.
Una realidad en la que él no era invencible ni tenía fuerza sobrehumana.
Trató de recuperar el equilibrio, pero ahora los golpes en el costado eran demoledores, como si de un martillo neumático se tratase, no le daban tregua.
No permitían recuperar el aliento que tanto necesitaba.
Breslin lo vio y salió corriendo a ayudarle.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas lo devolvió al interior de aquel pasillo, cerrando como pudo, tras él, la ventana.
Hugo siempre tuvo una resistencia muy elevada ante el dolor, pero ahora le estaba ganando la batalla.
—Gracias. — Le susurró.
—¿Ya estamos en paz? Tú me salvaste la vida a mí, y yo a ti. — Se sonrojó la joven. Hugo trataba de controlar el dolor y retomar la serenidad que le caracterizaba en ese tipo de situaciones.
—Hugo. Tienes un poco de sangre en la boca.
Aquel hombre, ahora apoyado en el suelo contra la pared, se tocó la comisura de los labios con los guantes. No dijo nada.
Valeria ni se inmutó. Estaba concentrada en tratar de desactivar aquella trampa mortal que les habían dejado, sin saber si su compañera estaría al otro lado de la puerta.
Sacó su navaja y con el reflejo del filo pudo ver cómo estaba preparada aquella trampa mortal para todo aquel que abriese la puerta.
—El mecanismo es más simple que el de un chupete, pero efectivo como el que más. Ahora, solo tengo que cortar estos hilos… — Con precisión sumamente quirúrgica, sesgaba cada uno de los pequeños cables que se veían y que activaban las cargas explosivas.
Cinco minutos más tarde. —¡Hecho! Margareth, dile a Hugo que…
— Valeria giró la cabeza hacia la ventana observando aquello que su subconsciente le había obviado hasta ahora.
Su jefe y amigo no había conseguido llegar al otro lado de la ventana.
No podía informarle de lo que había en el interior.
Por tercera vez desde que llegaron a aquel infierno helado, vio a su jefe en problemas, pero por primera vez desde que lo conocía, sintió que realmente algo no estaba bien.
Un escalofrío recorrió de arriba abajo su columna vertebral y un pensamiento cobró vida en su cabeza.
Los arrebatos, los continuos cambios en la energía que transmitía al resto del equipo, las lagunas en su gestión táctica, y ahora sangre en su boca. —Pero ¿qué?
—Estoy bien. ¿Has conseguido… has conseguido desactivar lo que fuera eso?
Titubeando, respondió. —Sí.
Valeria se acercó a su compañero. En ese momento, toda la seguridad de la que había hecho alarde durante toda su vida, se esfumó.
Con la mano desnuda, limpió un pequeño resto de sangre que todavía tenía Hugo en la cara.
Valeria no era científica, ni experta en enfermedades infecto contagiosas, pero con lo que había visto en los últimos tres días le fue suficiente para adivinar lo que le estaba ocurriendo a quién para ella, era algo más que un compañero.
Hugo miró a los ojos de Val. Ahora, esos preciosos ojos verdes sabían la verdad.
Una verdad que quería que quedase en secreto solo para él.
Un secreto que llevaba dos días tratando de ocultar.
Un secreto que Valeria acababa de descubrir.
—Pues nos vamos. — Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Hugo se levantó sin decir nada más. Atrás dejó a Valeria y a Margareth.
Con extremo cuidado e introduciendo primero el cañón de su arma, abrió lentamente la puerta por si hubiera alguna sorpresa más en su interior.
—¡Despejado!
Valeria echó un vistazo general a la habitación. —Está claro que nuestra doctora opuso resistencia.
—No lo suficiente. — Dijo Hugo, aunque por dentro estaba pensando: “Sé que hiciste lo que pudiste. Bien por ti.”
Hugo se acercó lentamente a la cama con la mirada ligeramente perdida. Las fuerzas le abandonaban con la misma rapidez que le regresaban. Se colocó el intercomunicador para tratar de contactar con Martina.
—Alfa-4 y Alfa-5. Posición.
—… (Ruido estático)
—Alfas 4 y 5, responded.
—… (Ruido)… Aquí Alfa 5. Estamos tratando de adivinar por donde va la estela de calor. Hace varios kilómetros que la perdimos. Puede que haya bajado algún nivel más, pero es tan solo una hipótesis. El frio es extremo y únicamente hay azules en el escáner.
—Recibido. —
—Jefe, ¿la doctora ha conseguido algún avance? — Preguntó Rob.
—… — Esta vez el silencio vino del otro lado de la conexión.
—Jefe, creo que la cobertura no es muy buena. A ver si puede repetir. ¿La doctora ha conseguido algún avance?
—… — No quería, pero tenía que darles la noticia. —La doctora ha desaparecido. Creo que era la sombra que visteis en el escáner.
—¿Se ha ido?
—Afirmativo, pero no por propia voluntad. Aquí hay signos de lucha.
—¡JODER! ¿Qué más nos puede pasar?
—Alfa 4, trata de mantener la calma. Debéis encontrar la sombra pase lo que pase. En cuanto lo hagáis, enviadnos la ubicación. Tenemos que rescatar a nuestra doctora.
—Recibido. Por la dirección… ¿Qué?... un momento… (ruido)… Kay dice que por la dirección que llevamos desde que salimos del pueblo, nos estamos acercando al antiguo distrito escolar.
—Acercaros lo que podáis pero sin entrar en contacto. Cuando tengáis algo seguro enviadme las coordenadas exactas. Terminamos de revisar la habitación y vamos a buscar la entrada a ese pasaje. Corto.
Margareth miraba la pantalla del espectrógrafo intentado descifrar lo que era un galimatías de fórmulas y símbolos químicos. Valeria tomó los folios que había sobre la cama y que habían ocultado sin querer aunque perfectamente el tubo metálico con la sustancia química que quiso liberar Nils.
—¡Lo descifró! — Hugo y Breslin la miraron sorprendidos. —¡Joder jefa! No dejas de sorprenderme.
—¿Qué descifró? — Preguntó Hugo mientras tomaba uno de los folios que le entregaba Valeria.
—Lo que nuestro amigo del hangar quería liberar era una sustancia química volátil.
Por lo que dice aquí, es capaz de paralizar a cualquier ser vivo, inhibiendo la capacidad motora y sensitiva, pero no la neuronal y respiratoria.
Una tortura digna de la mente más enferma.
El NK-7 no era solo teoría experimental.
Consiguieron replicar la sustancia de los archivos que encontramos en el faro. — Incidió Val.
—No entiendo. — Susurró Margareth ante aquella situación.
—El NK-7 estaba en el nodo del Faro, es una larga historia.
Con esto puedes anular la función motora de cualquier persona, someter a quién quieras, y matarlo de la manera más lenta y dolorosa posible, o de la más agónica si hay sobredosis.
Convulsiones que pueden partirte la espina dorsal y colapso de todos los órganos excepto de la función neuronal.
—Mientras Valeria daba una pequeña clase de psicopatía científica a la joven Breslin, Hugo trataba de entender la magnitud de todo aquello.
—Eres consciente de todo lo que ocurre a tu alrededor.
No sientes dolor físico, pero sabes que estás muriendo, lo oyes y lo hueles.
—Pero, ¿qué clase de psicópata es capaz de crear eso?
—Uno al que voy a meterle una bala en la puta cabeza por cada vida que ha jodido. — Hugo se levantó de golpe de la cama y tomó el frasco para guardarlo en un bolsillo interno del chaleco.
—Pues creo que te vas a quedar sin munición. — Respondió Val.
La melodía de la serie Stranger Things inundó la habitación.
—¡Joder! ¡Qué susto! Podías cambiar el tono.
—Me lo puso mi hija.
—La verdad que viene muy a cuento. No me extrañaría que nos apareciese ahora un bicho de esos.
—¿En España también emiten esa serie? — Preguntó la Margareth.
—Sí. A la compañera friki que has conocido antes le encanta. — Suspiró Val. La melodía prosiguió por unos segundos interminables. —Será Rob para darte novedades.
—Llamarían por los comunicadores. — Dijo Hugo.
—Puede que no tengan cobertura. — Teorizó su compañera.
—Ya es la tercera o cuarta llamada igual que tengo en las últimas horas.
Hugo miró la pantalla de su IPhone. No aparecía ningún contacto, ningún número, ni tan siquiera algún carácter en la pantalla. Únicamente la opción de responder la llamada sobre el fondo de colores típico de IOS.
—¿Quién es?
—…(silencio)
—¿Hola?
—… (Ruido blanco)
—¿Quién es?
—… (Ruido cada vez más fuerte)
Hugo mostró la pantalla a Valeria quién se encogió de hombros mientras volvía a echarle un vistazo a los papeles que había por la habitación. —Nada. Será por las auroras.
El ruido estático que se escuchaba cada vez más fuerte por el teléfono cesó de golpe. Apenas un segundo antes de que Hugo cortase la llamada, una voz, débil, irrumpió por el altavoz. —…¿Hugo?
—¡Elena!
—…
—Elena ¿eres tú? ¿Estás bien? Maldito hijo de puta, si le haces algo…
—Hugo…
Aún con la distorsión típica de los dispositivos electrónicos, Hugo reconoció aquella voz. Casi se le cae el teléfono de las manos. Las dos mujeres que le acompañaban en la habitación le miraban fijamente. Su rostro tornó de sorpresa, a ira y a estupefacción en cuestión de segundos.
—¿A… Alicia?