TÉ HELADO #3
“Hugo no estará orgulloso de mí por esto”, pensó antes de perder el conocimiento y quedar totalmente a merced de su atacante.
El cuerpo inerte cayó al suelo. No estaba muerta, pero quizás hubiera sido lo mejor.
La joven recepcionista arrancó los cables del ordenador portátil que se encontraba sobre el escritorio.
Observó y estudió rápidamente cada documento que se encontraba sobre la mesa y, tomándolos con una mano, los introdujo sin cuidado ninguno, junto con el ordenador, en una mochila que había dejado preparada en el pasillo.
De ella tomó un objeto redondo y no más grande que un puño.
Se lo guardó en el bolsillo lateral de su pantalón.
Con la información que creía más valiosa y su objetivo principal, la doctora Cruz, bajo custodia, salió de la habitación arrastrándola por los brazos hasta mitad del pasillo.
Antes de abandonar aquel lugar, tomó de su mochila lo que parecía un hilo de sedal transparente.
Nuevamente en el interior de la habitación, comenzó a manipular la manilla de la puerta, atando un extremo del sedal a ella y otro al objeto metálico, el cual había dejado posado en el suelo.
—No me voy a arriesgar. — Se dijo mientras volvía a la mochila y tomaba otros tres artefactos iguales.
Con cuatro conexiones de sedal atadas a la puerta y cuatro granadas de fragmentación posadas en el suelo, apuró el cierre de la puerta hasta el máximo que ocultara su instalación y con la que pudiera colocarlas cerca del quicio.
Una vez que la trampa estaba preparada y estabilizada, cerró la puerta, dejando un margen de apenas dos centímetros para su activación.
—Tú vivirás y ellos morirán. En unos minutos, será lo que debió ser. — Susurró al oído a la mujer inconsciente.
A la carrera, bajó al piso inferior accediendo a la cocina.
En ella, cualquiera hubiera encontrado extraño que uno de los congeladores estuviera apartado de la pared casi un metro.
En el suelo, bajo el lugar natural donde debía de estar aquel electrodoméstico, una exclusa invisible, oculta bajo la apariencia de una baldosa si permaneciese cerrada,
daba la bienvenida a una escalera de mano que descendía cinco metros y que era la línea de salida de un pasadizo anegado por la oscuridad más absoluta.
Aniak accedió a ciegas, palpó cinco palmos a la derecha desde el quinto peldaño y activó un interruptor.
El motor diésel que se encontraba en la caverna comenzó a renquear, y se adentró unos metros para comprobar que las lámparas comenzaban a iluminar el camino que la conduciría, junto con su presa, hasta su destino final.
Una vez que todo estaba activado en el pasadizo, subió hasta el primer piso, donde había dejado tirada la mochila y el cuerpo de la doctora.
Lo cargó a sus hombros con suma facilidad, teniendo en cuenta lo frágil e inocente que parecía aquella joven unas horas antes, y descendió nuevamente hasta la entrada al pasadizo, con la mochila en una mano y cincuenta kilos a sus espaldas.
Tiró la mochila por el agujero, comprobó que todo estaba en orden allí arriba y comenzó a bajar lentamente, haciendo malabares para acceder por aquella pequeña entrada.
A mitad de la escalera, se deshizo del cuerpo de la doctora arrojándolo al vacío.
Elena no tardó ni un segundo en golpear contra el suelo, produciendo un golpe seco, contundente, acompañado de un silencioso e involuntario gemido.
Su cuerpo impactó torpemente, primero el costado, luego golpeó el hombro, y finalmente la cabeza que chocó con un sonido hueco que retumbó en todo el pasadizo.
Aniak bajó de dos saltos, arrodillándose a su lado. Con una sonrisa psicótica en forma de mueca, como la que mostró en la habitación ciento cuatro, tocó la frente de Elena. Tenía una pequeña brecha que sangraba.
—Vaya, espero que no me echen la bronca por llevarte algo magullada.
Tomó la mochila a sus espaldas y arrastró el cuerpo de la doctora hasta un pequeño quad que tenía allí preparado. Eso haría que el trayecto por el túnel fuera más rápido y sencillo de llevar.
La pequeña recepcionista se mostraba orgullosa con su caza.
Había cumplido su cometido. Engañar a los forasteros, vigilarles y cuando fuera preciso, acabar con ellos.
Es cierto que, a medida que pasaron los días, el objetivo cambió ligeramente y lo que en un primer momento sería el control de la actividad de aquel grupo evolucionó hasta hacerse con la investigación final de la doctora Cruz por encima de todo.
El problema era que cuando el orgullo podía más que la sumisión y sobrepasaba la razón, las órdenes no se acataban tan dócilmente y se tomaban decisiones que no competían a determinadas personas.
—Estará orgulloso de mí.
Había algo mejor que hacerse con la investigación de la doctora y era hacerse con la propia doctora. Así no habría lugar a una interpretación errónea en la formulación del antígeno ni a la lectura inexacta de sus notas. Ella era la clave desde el principio.
Lo que aquella mujer no sabía era que la doctora estaba llegando al límite de reacción producida tras la administración de su dosis de retardo para los efectos del Érebo-6.
La cuenta atrás para conseguir la aniquilación controlada del mundo estaba llegando a su punto final.