Sin voz en la tormenta (Hostes 2) TÉ HELADO
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TÉ HELADO

“6 de diciembre. 00:45 AM (hora local) - Habitación 104, pensión Pikalujak, Kovac Bay, Alaska.”

La calefacción abrazaba toda la estancia, dando un respiro en aquel paramo helado, elevando la sensación térmica hasta unos agradables diecinueve grados centígrados.

Aunque ni la temperatura reconfortante de la habitación, ni la ducha caliente que acababa de darse, lograba ahuyentar los pensamientos fatalistas de rondaban por la cabeza de Elena desde que salió de aquel bunker bajo la nieve.

Con el cabello húmedo y alguna gota de agua todavía descendiendo por su espalda totalmente expuesta, se miró al espejo de aquel minúsculo baño.

Tuvo que limpiar el vapor del cristal para poder distinguir su propia silueta.

Desnuda, observaba su cuerpo tratando de encontrarse alguna marca, señal u otro síntoma visible que confirmara el avance de la infección.

Recordaba los cuerpos descompuestos e infectos hallados bajo el faro.

“Ese cuerpo no es más que carne, órganos y tejidos que se descompondrán en breve. Solo tienes que morir. Hazlo y todo esto acabará.”

La doctora volvía a escuchar esa funesta voz en su interior, lo que indicaba que, aunque hacía relativamente poco que se había inyectado el compuesto retardante, comenzaba a mostrar síntomas de tolerancia al mismo.

Las gotas de agua, brillantes, transparentes, pequeñas y perfectas, trazaban finos caminos húmedos que erizaban su piel desnuda mientras se deslizaban desde su cabeza hasta caer en el frio suelo, donde comenzaban a formar un pequeño espejo líquido bajo sus pies.

“Nadie te ve como una mujer. Él no te ve como una mujer. Solo te utiliza. Te quiere para agrandar su ego consiguiendo más medallas para su pecho. Tú no le importas nada. Debes caer y desaparecer para que te tengan en cuenta.”

Elena ya no juzgaba su cuerpo desde un punto de vista médico.

Todavía quedaba mucho de la universitaria de postgrado que estudió Biología Molecular y Bioingeniería, y que volvía las miradas y los deseos de reojo de sus compañeros varones en los pasillos de la UCSD en San Diego.

Sus pupilas se clavaron fijamente en las de su reflejo.

Ahí estaba, esa era la voz que estaba escuchando.

La imagen que veía en aquella superficie reflectante la asoció con el alter ego que le perturbaba entre susurros dentro de su cabeza.

—Cállate. — Susurró.

“¿Me estás mandando callar? Mírate.”

Esa voz en su interior dejó de ser solo eso.

La figura que Elena veía en aquel espejo ligeramente comido de óxido por alguno de sus laterales, cobró vida.

Se movía ajena a su cuerpo real. La doctora mostró por un instante un atisbo de terror al ver que ese ser que crecía en su interior y que quería verla muerta, había abandonado su pequeña cárcel particular en la que se creía controlada para mostrarse tal y como era, un ser incontrolable.

“No eres ni la sombra de lo que fuiste. Dependes de esos payasos que te hacen creer que son tu familia. Esos a los que no has dejado de joder con tu ineptitud y tus mentiras desde que has llegado aquí. Esos mismos que han descubierto que tú eres la que ha creado todo esto.”

—¡Callate! — Volvió a susurrar.

“Y esos mismos que ahora están planeando como despedazarte y hacerte desaparecer.”

—¡QUE TE CALLES! — Trató de volver a retomar el control, pero esta vez, un gesto de ira hizo que golpease con su puño el espejo partiéndolo en mil pedazos. — ¡Tú no eres real! ¡No me controlas!

Una risa demoníaca brotó de los cientos de fragmentos del espejo en el que se reflejaba su rostro. El rostro de una Elena con los ojos inyectados en sangre, arañándose la cara y envejeciendo decenas de años en unos pocos segundos mientras decía sus últimas palabras.

“Ya lo estoy haciendo. Lentamente.”

Cerró los ojos y se separó del lavabo. No sabía si aquello que había visto y sentido, y que había conseguido desatar ese breve arrebato de furia había ocurrido de verdad.

La doctora se giró, abrió los ojos y vio un hilo de sangre que brotaba de sus nudillos.

Apretó los dientes y haciendo acopio de todas sus fuerzas se dijo para sus adentros.

—No lo voy a permitir. Voy a acabar con esto.

Tomó una toalla en la mano y salió de aquel aseo entre una densa cortina de vapor.

Su piel, todavía desnuda y con los vellos de punta por lo que acababa de ocurrir, sintió el cambio de temperatura erizando más si cabía los poros de su cuerpo.

Todavía tenía el cabello húmedo aunque el riesgo de cogerse un constipado era su última preocupación.

Miró de reojo el ordenador y vio que los datos del análisis que estaba realizando el espectrógrafo todavía no se habían volcado del todo, estancándose la barra de proceso en el noventa y nueve por ciento.

Elena se sintió vulnerable, expuesta aún sin cubrirse, a pesar de que se sabía sola en aquella habitación.

Tragó saliva y, sin apartar del todo la vista del monitor, empezó a vestirse con movimientos rápidos, decididos, tensos, casi mecánicos.

Primero la ropa interior y la ropa térmica, después los pantalones gruesos de nieve, capa tras capa, como si la tela pudiera protegerla también de aquello que resonaba en su cabeza.

No contaban con que la misión se alargase tantos días y menos que derivase en todas aquellas piedras en el camino que se estaba encontrando.

—Tengo que hacer algo. Todavía me queda más de una hora hasta la siguiente dosis. — Se decía a sí misma. Lo de hablar sola se había convertido en algo normal en los últimos días.

De pronto, el ordenador comenzó a emitir una especie de pitido, urgiendo la atención del operador.

Tras hacerse una coleta alta en el pelo, se colocó las gafas, pulsó la tecla Enter en su ordenador y la pantalla mostró los datos que arrojó el análisis del espectrógrafo.

Había terminado de analizar las dos sustancias: la muestra de líquido naranja del cilindro metálico y la muestra del retardante del Érebo-6 que le facilitó Kay.

—Vamos con la primera. — Suspiró, expectante por ver que nueva sorpresa le depararían los siguientes minutos en aquel lugar ártico. Activó la grabación de su teléfono móvil.

Abrió el primer informe. La sustancia desconocida del tubo, con color anaranjado y que Nils trató de liberar arrojándola al suelo.

—Veamos, se trata de un fosforilado compatible con inhibidores colinérgicos, bien…

fragmentación de enlace P-O y P-N. Sí, bastante común en los organofosforados.

—Revisaba aquel galimatías ininteligible para el más común de los mortales e instintivamente ella hacía una traducción simultánea para su aplicación de grabación.

—Inhibe irreversiblemente la acetilcolinesterasa y bloquea los calanes de Na+.

— El semblante de la doctora se tornaba más serio ante aquella revelación.

—Es una tetrodotoxina pero… pero no provoca el coma ni la hipoxia como el resto.

Joder. — Al final del análisis, una frase indicaba una sola coincidencia.

—Coincidencia total con la actualización de la base de datos del día cuatro de diciembre a las 18 horas.

¡Esa es la actualización que hice antes de comer, cuando regresamos del faro!

— En grande, en negrita y cursiva, con un color rojo, aparecía la sustancia que coincidía con el resultado.

Elena lo leyó en voz alta. —NK-7 (Nekro-7).

— Se quitó las gafas, tomó un papel y un bolígrafo y comenzó a hacer un diagrama estructural con símbolos químicos.

Debajo, escribió las conclusiones. “Inhibidor colinérgico irreversible, modulador bloqueante de canales de sodio y un péptido estabilizador sintético. Se trata de un diseño de ingeniería bioquímica con propósito operativo.

Produce parálisis muscular completa en segundos “dependiendo de la masa que trate de infectar” con consciencia intacta.”

—Maldito psicópata. ¿Por qué has creado esto Kairos?”

Arrancó la hoja y la colocó en la cama sobre el vial metálico.

Se estiró para alcanzar una botella con agua y tras tomar un sorbo, abrió el segundo archivo.

Quince minutos más tarde, y tras varias lecturas al informe con los resultados del espectrógrafo y de la segunda sustancia, solo cabía una interpretación posible de los datos.

—Cero punto tres. Cero punto siete y cero punto nueve. No puede ser.

“¿Que vas a hacer ahora, doctora Cruz?”

La voz regresó a su cabeza de nuevo, pero esta vez no era su propia voz, contra la que había estado discutiendo minutos antes.

Se trataba de otra, harto conocida por ella aunque olvidada en el tiempo, y sin embargo, había visto a su propietario apenas unas horas atrás, un par de habitaciones más allá, en un archivo de video.

Esa voz fría, analítica, cavernosa, susurrante, intimidante, penetrante y siniestra, sí que podía hacerle daño.

—No puede ser. ¡Sal de mi cabeza!

“Acabas de descubrir que esto es una cuenta atrás.”

—No eres real. — Elena se sentó delante del ordenador y comenzó a teclear, tratando de ganar la lucha.

“Y no te queda mucho.”

La gráfica que resultó confirmó sus peores temores.

“¿Lo ves?”

—Se está degradando. — Se susurró.

“Nunca fue un antídoto. No lo logré. No conseguí estabilizar la última cadena. Siempre reaccionaba, lenta e inexorablemente hacia su destrucción, sí, pero igual de letal que de impredecible.”

La gráfica mostraba como la sustancia que le regalaba a la doctora seis horas de cordura y fuerzas físicas renovadas se estaba degradando a pasos agigantados, reduciendo sus efectos.

—Entonces, no es que mi cuerpo estuviera adquiriendo tolerancia. Es que está perdiendo efectividad. — De un salto, se dirigió hacia el pequeño armario que se encontraba en la habitación. Abrió su puerta y tomó una de las mochilas. De ella sacó cinco viales, echó cuentas y no le gustó el resultado.

Elena era más racional que impulsiva, aun así, comenzó a dar vueltas por la habitación.

En su cabeza, el resultado de ese segundo informe daba paso a un hecho ineludible.

Si el estabilizador se terminaba, la toxina tomaría el control, la psicosis se volvería incontrolable y el Érebo-6 acabaría con su vida.

Eso ya lo sabía, con lo que no contaba era que el tiempo del que ella disponía en un principio se acababa de reducir drásticamente.

“Doctora Cruz, llegó tu hora.”

—Todavía no Stern. Todavía no.