THE LIGHTHOUSE #3
La mancha desapareció, volviendo a colorear con tonos azulados la pantalla del escáner, al igual que había estado mostrando el aparato toda la noche.
—Creo que debemos informar a los jefes. Comunícalo a Hugo, yo llamaré a Elena. — Dijo Martina, quién no tuvo tiempo para realizar aquella comunicación al completo.
***
“6 de diciembre. 01:23 AM (hora local) – Taberna “The lighthouse”. Kovac Bay, Alaska.”
—Identificamos una señal hace unos días. Una señal de radio. Parecía una especie de cuenta atrás. ¿Sabes algo al respecto? — Preguntó Valeria.
—La puta cuenta atrás. Sí. Es una de las razones por las que necesito la pasta de Kodiak. Para irme de aquí antes de que todo salte por los aires.
—¿A qué te refieres?
—Supuestamente, y digo supuestamente, podría saber algo si hubiera espiado alguna conversación de quién se presentaba como contratista de demoliciones y al que todas las noches le servía cinco o seis jarras de cerveza.
Puede que dijese algo de que había sembrado varias hectáreas de explosivos plásticos.
—No me importa como lo sepas, solo dímelo.
—Su último día de trabajo invitó a todo el mundo en el bar.
Decía que acababa de cobrar una obscena suma de dinero por hacer un trabajo, el más loco que nunca alguien le había propuesto.
Decía que había conectado una baliza emisora de señales al cuerpo de un tipo, o eso le entendí.
Se trataba de una especie de baliza de hombre muerto.
Si el corazón de aquel tipo dejaba de latir, la baliza dejaría de emitir la señal, y con ella, se activarían los fuegos artificiales.
—¿De quién?
—¿Qué?
—¿Que de quién era ese corazón que no podía dejar de latir? —Hugo se temía lo peor. Tenía varios candidatos, pero el nombre que sonaba más fuerte era el de Archor.
—Eso no me lo dijo. Lo que si me dijo es que aquel lugar no era lo que parecía. Que había instalaciones bajo tierra por todas partes, y que en todas y cada una había colocado explosivos.
Aquella revelación dejó en shock a los allí presentes. Valeria miraba a Hugo solicitándole en silencio abandonar aquel lugar a la mayor brevedad. Breslin se sentó en la silla, derrotada. Hugo notó un nuevo golpe en costado maldito que le dejó casi sin aliento.
—Alfa-1, tenemos una actualización de estado en el exterior.
En ese instante, la barandilla que separaba la sección de las mesas de la barra y la pista de baile recibió varios impactos, astillándola. Nadie supo de donde vinieron los disparos hasta que Kay gritó.
—¡NOOOO, CUIDADO!
Simultáneamente, el teléfono de Hugo volvió a recibir una llamada que apenas duró dos vibraciones. Hugo no lo notó.
Valeria sacó su arma y volcó una mesa. Hugo se tiró sobre la joven agente para tratar de protegerla. Tenía la protección de otra de las mesas que cayó anteriormente Kay cuando tumbó en el suelo a Leïf tras partirle una jarra en la cabeza.
Los impactos se sucedían contra los muebles que les parapetaban.
—¡Alfa-6, nos disparan en el interior!
—Vamos para allá. —Respondió Rob por el equipo mientras de fondo se escuchaba el rugir de un motor.
—¡Creo que son dos tiradores! Según entráis al fondo. He perdido de vista a Kay.
—Recibido. Apartaos de la puerta.
Apenas unos quince segundos más tarde, quince segundos que parecieron eternos, un enorme estruendo sacudió el interior del local. Donde antes estaba la doble puerta de madera, ahora se encontraba la parte trasera de una potente pick up de color blanco.
Los disparos cesaron por un instante, momento que Valeria y Hugo aprovecharon para abatir a los dos tiradores. Los supuestos clientes de aquel bar que ya no estaban preocupados por el partido, sino empuñando un par de AK-74.
—¿Se puede saber qué cojones ha pasado? — Gritó Hugo sobre el estruendo que conformaban la música, los televisores y el rugir del motor del coche que inundaba el local.
—¡Dadme el puto antídoto! — Gritaba Olsen tirado en el suelo.
No se había percatado que uno de los proyectiles le había impactado en una pierna.
Breslin se dio cuenta al ver la mancha de líquido escarlata que empapaba el suelo debajo de él.
Rápidamente trató de taponar el agujero, que derramaba la sangre más rápido de lo normal, debido a la acción de la Epinefrina.
Hugo, impresionado por la reacción de Margareth, sacó un torniquete táctico que siempre llevaba consigo en el bolsillo de la pernera y se lo colocó a Leïf, apretando dolorosamente hasta que la pérdida masiva se convirtió en un leve hilo fino de sangre.
—Una última pregunta. ¿Qué sabes de la chica californiana que han secuestrado? — Preguntó Hugo.
—Nada. Lo juro. No sé nada de ningún forastero más. Pero si la tienen en su poder, reza por ella. Y ahora, dame el antídoto y sacadme de aquí, por favor. ¡Dámelo, YA!
—No lo necesitas. — Breslin le arrojó el EpiPen junto a él.
Leïf reconoció en autoinyectable al instante.
—Solo era Epi. En unas horas estarás como siempre, y tranquilo, la bala no te ha herido de gravedad.
Puedes ir tu solito a ver a la enfermera Knutsen, o que vaya a tu casa.
La he visto un par de veces por allí mientras hacía mis patrullas.
—¡Zorra, hija de puta! Ojalá te den lo que te mereces.
—Anaagiiñ Leïf. — Se despidió la no tan inocente agente en prácticas Margareth Breslin.
Mientras Val se dispuso a revisar a fondo todo el local y Rob sus alrededores. Martina se dirigió a toda prisa hacia Hugo.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Nos han pillado desprevenidos. Otra más. — Hugo reflexionó. Era imposible que el aviso de Martina tuviera que ver con los tiradores, pues ese par de mercenarios estaban dentro del bar mucho antes de que ellos llegasen allí. —Un momento, si esto no era lo que me ibas a decir por el equipo…
—Pude enviarle el mensaje al General, así que ya no te preocupes por los nuestros.
Pastor los pondrá a salvo, y otra cosa, Rob localizó por el escáner térmico algo.
Alguien ha salido del hostal por un túnel subterráneo.
Se dirigía hacia el norte. — Encendió la tablet, que llevaba siempre consigo, para mostrarle el camino.
—Cuando te íbamos a informar, has dado el aviso.
Tuvimos que dejar de seguir la señal de calor.
—¡Todo despejado! ¡Nada en el exterior! — Roberto vio al camarero tirado detrás de unas sillas, en el suelo, jadeando y maldiciendo. —¿Y ese? — Hugo no le hizo caso. El miedo se apoderó de él. Martina trató de continuar con su exposición.
—Cuando nos hemos ido, solo quedaban en el hostal la recepcionista y…
Su costado recibió esta vez varias punzadas repetitivas que esta vez sí le obligaron a ceder al dolor, su hombro herido se resintió y un terrible sentimiento atravesó todo su cuerpo, como si le acabasen de herir de muerte.
—¡Elena!