Sin voz en la tormenta (Hostes 2) THE LIGHTHOUSE #2
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THE LIGHTHOUSE #2

—Sin cabos sueltos. Esa es la regla número uno de O.N.O., y si él era importante para ellos y no han dudado en mandar a un equipo para silenciarle, imagínate lo que ocurrirá contigo, un mero correo.

Porque imagino, — Valeria apuntó con su dedo a una de las cámaras que había localizado nada más entrar en aquel local.

—que aquellas cámaras de última generación no las has pagado tú.

Nadie le protegía ahora de las posibles represalias de la organización por haber hablado con aquellos forasteros. Sabía que al igual que las cámaras del departamento del sheriff, aquellas también se encontraban monitorizadas en unas instalaciones ajenas al bar.

—Dime por qué Kodiak te llamó ocho veces en las últimas doce horas.

Dime dónde están ellos. ¿Dónde tienen su escondite, su laboratorio o lo que sea?

¿Cuántos hombres tienen? Dime si tienen claves de acceso.

Dime todo lo que necesito saber para acabar con esto.

— Le urgió Hugo al oído. —Es la única oportunidad que tienes de seguir con vida un día más.

—¡Está bien! Pero dadme el antídoto y no dejéis que me maten. Protegedme, ponerme en protección de testigos o lo que sea, pero dadme el antídoto y sacadme de aquí. ¡Ya!

—Habla y veremos lo que podemos hacer. — Le respondió Valeria.

—¿En serio vais a dejar vivir a este hijo de puta que sentenció a mi hermana?

—Primero, y que te quede muy claro Kay, nosotros no hemos venido aquí para matar a nadie. Todos los que se crucen en nuestro camino serán juzgados y condenados por sus actos, pero no seremos nosotros, sino quién corresponda.

—Díselo a los que acribillasteis en el hangar, o en la oficina del sheriff.

—Primero, este no me ha disparado, ellos sí. Y segundo, tengo serias dudas de que tu hermana haya sido una víctima. Si no le gustaba lo que había, ha tenido tres años para irse, y ya viste el vídeo. No se la veía muy incómoda en aquel laboratorio.

—¡Tú no lo sabes, pero yo sí! — Kay dudó por un momento y se retiró bruscamente hacia la barra del bar donde se invitó ella misma a otra jarra de cerveza caliente.

Hugo prosiguió. —Ahora, contesta.

—Leïf, el teléfono de mi jefe echaba humo con llamadas a este antro. Un sheriff no habla ocho veces al día con un bar para reservar mesa.

—Ocho llamadas en las últimas doce horas, Olsen. Explícate. — Exigió Valeria.

Entre fuertes sufrimientos, respondió. —Hace cinco días le envié un vídeo que me hicieron llegar. No lo abrí, pero por la imagen de la portada supe que era algo relacionado con su mujer e hija.

—¿No decías que solo eras el intermediario?

—También soy el psicoterapeuta del pueblo. — Soltó mientras señalaba la barra donde se encontraban Kay y los dos hombres. —Cuando Kodiak bebía más de la cuenta, se le soltaba la lengua. Me explicó lo de su mujer e hija y até muchos cabos.

—Pero todo eso ya lo sabías. Trabajas para quién las tiene retenidas.

—No. — Gruñó mientras sentía un dolor atroz en el pecho. —Ellos solo me utilizan como enlace con Jack. El caso es que me dijeron que, a parte del vídeo, le emplazara para una cita con Nils en el hangar abandonado. Que le daría noticias en persona. También me pidieron que le hiciese un encargo.

—Que preparase un avión para salir de aquí. — Comentó Hugo.

—Sí. Para tres personas. Ahí supe que me iba a quedar sin mi fuente de ingresos principal, así que le llamé varias veces más para tratar ganarme un extra final.

—¿Kodiak no iba a ir en el vuelo?

—Él se quedaría con su familia.

—¿Contrataste tú el vuelo?

—No. Pedí ayuda a un parroquiano. Tiene una pequeña avioneta. Yo no tengo ni puta idea de aviones. Él se encargó de todo. Nos llevaríamos bastante dinero.

—Viste que la gallina de los huevos de oro se esfumaba, ¿y le chantajeaste? — Preguntó Breslin.

—Sí. O al menos, lo intenté. No tenía ni un dólar.

—Pero ambos os ibais a quedar aquí. Tarde o temprano se enteraría del chantaje.

—Me iba a ir de aquí el día de antes de la espantada. —Respondió.

—¿Sabes por qué abandonan este paraiso?

—No, pero me dijeron que el avión debería estar listo en la pista de Kovac Bay en la medianoche del lunes para el martes.

Hoy le he llamado para informarle de un cambio en el pasaje.

Iría una persona más, — La sensación de ahogamiento era cada vez mayor.

—finalmente no serían tres, sino cuatro los ocupantes.

—¿De quién se trataba?

—Solo sé que sería una mujer. No me dijeron más, lo juro.

Hugo miró a Valeria —¿Artemisa?

—¿Sabes dónde se encuentra la base principal de tus amigos? — Preguntó Breslin.

Entre fuertes gemidos, y retorciéndose, respondió.

—No exactamente. Nadie lo sabe exactamente.

Lo único que os puedo decir es que su infraestructura es gigantesca.

Se rumoreaba que hacía años, una cantidad exagerada de trabajadores y materiales circundaban el pueblo.

Se habilitó temporalmente la pista del hangar abandonado.

Camiones de seis ejes movían maquinaria en dirección al antiguo distrito escolar.

Pero cuando se reanudaron las clases al verano siguiente, todo estaba exactamente igual.

Nadie entendió nada. A los que hablaban del tema se les tomaba por locos conspiranoicos.

—Claro. El gobierno y sus telas de araña. — Apuntó Breslin.

—El sheriff tuvo que dar un comunicado para que la población dejase de especular, pues alegaba que alteraba el orden público y la convivencia en el pueblo.

Que creaba mitos y leyendas que únicamente arrastrarían al pueblo a chusma busca líos y locos en busca de conspiraciones para derrocar al gobierno.

Dijo también que se trataba de material de construcción para Prudhoe Bay, y que pasaban por aquí debido a que sus instalaciones resultaron dañadas por varias tormentas invernales.

Finalmente, todo el mundo le creyó, aunque la sombra de la duda permanecía sobrevolando el ambiente en las conversaciones de taberna.

—Así lo silenció todo. Nada había ocurrido.

—Una película muy bonita. Y, ¿entonces? — Reiteró Valeria.

—Si tuviera que apostar mi vida…

—Lo estás haciendo. — Ironizó Breslin.

Hugo seguía expectante, atando hilos y maravillado por la actitud proactiva de la joven agente, si bien algo le recordó lo ocurrido con otra joven, recepcionista e informática, que le traicionó en un complejo de análisis de datos y que casi le costó la vida tiempo atrás.

Se giró por un instante hacia la ventana, observando la oscuridad del exterior.

Tomó la jarra de la mesa y dio un sorbo.

Durante un instante dio la impresión de que hablaba para él en un leve susurro.

El barman continuó. —Apostaría a que está bajo el distrito escolar. Se instalaron unas antenas muy raras a unos cientos de metros del edificio principal.

—Estuvimos allí. No vimos nada. —Dijo Valeria.

Leïf se retorció de dolor. —Con esta tormenta y esta oscuridad no veríais nada aunque lo tuvierais delante de las narices. Creo que ya lo habéis comprobado.

Los dos compañeros se miraron aceptando la explicación. Poco más podrían sacar de él.

—¿Alguna cosa más que debamos saber?

—Que estáis jodidos. Muy jodidos. Los rumores dicen que lo que han creado mata a todo ser vivo que infecta. Solo se puede acceder a lo que piden, hacer lo que ordenan y tratar de sobrevivir.

Por un instante, Valeria sintió que la piel se le erizaba. Hacía mucho tiempo que nada le hacía sentir un tal atisbo de desesperanza en el horizonte. Hugo notó que una punzada golpeaba su costado.

***

“6 de diciembre. 01:19 AM (hora local) – Exteriores de la taberna “The lighthouse”. Kovac Bay, Alaska.”

—Alfa-5. La agente en prácticas. No la hemos investigado.

—Yo sí lo he hecho jefe. Redes sociales, correos, cuentas bancarias, Dark Web, incluso su teléfono. Se lo cloné mientras dormía. Está limpia.

—Ves el futuro cuando los demás solo vemos los velos del pasado. Buen trabajo Alfa-5

—Alfa-1, “Este es el camino.”

—Eso es de un dicho de esas series frikis que os gustan, ¿verdad? — Bromeó Roberto mientras conectaba el escáner térmico nuevamente para dar otra batida a las calles del pueblo.

—No, es un credo, joven Padawan. Te queda todavía mucho que aprender.

— Respondió Martina mientras soltaba el comunicador y volvía a teclear en la pantalla de la tablet.

—¡Bien! Acabo de enviarle de forma remota los archivos al General.

Esta aurora boreal eterna me está matando con las comunicaciones.

Rob miró hacia el cielo a través de la luna delantera.

No veía nada. La oscuridad no permitía ni tan siquiera ver el cúmulo de la tormenta.

Por un momento, recordó un destello verde justo al saltar del avión días atrás, pero desde que dejó de sentir la rampa de salto bajo sus pies, todo se volvía igual que el horizonte que veía a través del cristal de la camioneta, borroso y negro.

Tras unos minutos en los que siguieron escuchando la conversación que se estaba produciendo en el bar, Roberto detuvo el escáner en dirección al hostal.

Un borrón de calor muy difuso acababa de aparecer bajo la nieve, se movía lentamente.

Roberto miró por encima del escáner. Allí no había nada.

Poco a poco, un halo nebuloso de color rosa mostraba un recorrido en la pequeña pantalla, muy difuso y apenas perceptible alejándose de allí.

—Creo que el frío me está afectando. ¿Ves esto? — Mostró el escáner a Martina que estaba todavía concentrada en la tablet, como si así, sin pestañear, consiguiera que una esperanzadora respuesta del General llegase antes.

—No veo nada. — La pantalla que ahora emitía únicamente colores fríos parpadeó, ajustando el contraste ante una nueva lectura. Esta vez, la mancha rosa apareció más fuerte. El borrón se comenzó a perfilar dentro de lo que la tecnología del escáner permitía.

—¿Seguro?

Esta vez prestó más atención. —Si te está afectando a ti, puede que a mí también. Parece un gusano gigante que… — Su voz se tensó un poco al ver de dónde procedía la estela de la señal. —se aleja.

—Sale del hostal.

La acentuación de la silueta junto a la columna contrastada en color rosa fue completa durante un par de segundos.

—Parece una sola persona, y aquello una hilera de puntos incandescentes que marcan un camino.

—Se dirige al norte del pueblo, a las afueras.