THE LIGHTHOUSE
“6 de diciembre. 01:12 AM (hora local) – Exteriores de la taberna “The lighthouse”. Kovac Bay, Alaska.”
En el exterior, con los vientos rondando los cien kilómetros por hora golpeando la pick up, y una temperatura de menos cuarenta grados Celsius, Roberto y Martina vigilaban el exterior de la taberna para evitar sorpresas como la recibida horas antes en el departamento del sheriff.
Estaban escuchando todo lo que ocurría en el interior del bar gracias a la conexión que la joven informática había logrado con la vinculación de su tablet y el teléfono de Valeria, consiguiendo así mantener los equipos de transmisión libres por si surgía alguna emergencia.
La calefacción del vehículo luchaba por mantener el interior ligeramente atemperado, sin embargo, el frio exterior ganaba poco a poco la batalla contra el metal. La sensación térmica negativa estaba muy presente.
Rob apoyó la cabeza contra el asiento, mirando a través del parabrisas empañado y cubierto de nieve.
Martina revisaba su tablet con el ceño fruncido.
Seguía desencriptando archivos en segundo plano mientras trataba de conectar con algún satélite para enviar una comunicación al general Castaño.
Toda aquella situación estaba desbordando al equipo.
Aquel caso había evolucionado peligrosamente: de investigación criminal a misión de supervivencia, pura y dura.
Ambos líderes del equipo llegaron a la conclusión de que necesitarían dar aviso cuanto antes a su mando superior, no por la necesidad de consejo o apoyo,
sino por la de poner a sus seres queridos a salvo y comunicar que la operación extraoficial en la que se habían embarcado desembocó en el secuestro de Artemisa, la infección de Elena y varios tiroteos con un herido en el equipo y múltiples cadáveres esparcidos por la zona.
Rob, aburrido, pues no le gustaba estar sentado en el banquillo, sino moviéndose en el terreno de juego, reflexionaba. —Nos protege demasiado.
—¿A qué te refieres? — Preguntó Martina, absorta en su trabajo.
—Está demasiado implicado. Siempre es el primero en entrar en una habitación, el primero en golpear y el primero en arriesgarse para que no lo hagamos nosotros.
—Rob, —La joven informática levantó la mirada hacia su compañero. —¿tienes celos?
—No, solo que, desde que hemos llegado... simplemente, no se. Tengo un muy mal presentimiento. No tiene por qué hacerlo todo él solo. No tiene porqué cargar esa mochila en plan “único superviviente”.
—Sabes que este tema le toca muy personalmente. Y más desde que sabe que tienen a Alicia. Recuerda lo que pasó en el viajecito a Madrid que os montasteis hace un par de años. No va a permitir que nos pase nada a ninguno.
—Eso no le compete a él.
—Bueno, realmente sí. Es tu jefe. — Tras un par de segundos de concentración extrema en la codificación del mensaje para el General, prosiguió. —Nunca has tenido un jefe que se preocupe así por sus subordinados, ¿verdad?
Roberto tomó el escáner térmico entre sus manos. —No.
—Ni lo vas a tener. Así que deja de plantearte preguntas absurdas.
— La joven informática miró a Rob, preocupado.
Dejó la tablet unos segundos sobre sus piernas y respiró despacio emitiendo un suspiro.
La ventisca golpeó el vehículo zarandeándolos levemente.
—Mira Roberto, Hugo hace lo que tiene que hacer.
Lo que su instinto le dice que debe hacer.
—Pues de momento no es que le haya ido muy bien. Ha perdido un equipo completo, su mejor activo casi le mata, y desde que se hizo cargo de la unidad, ha tenido más heridas de bala que cualquier activo del G.E.O. y de la U.E.I. juntos.
—Pero sigue con nosotros. —Respondió Martina.
Hubo un silencio largo. La calefacción zumbaba, los cristales se empañaban.
La luna del pick up reflejaba el rostro cansado de Martina, Rob lo observó detenidamente.
No dejaba de trastear con su pantalla, pero las ojeras, la piel pálida y la tensión de quien lleva demasiado tiempo luchando fuera de su hábitat natural era palpable.
Aquello era lo más opuesto que existía a la sala de control del cuartel de Hostes.
—Solo digo que nos tiene aquí para compartir su carga, nada más. — Matizó Roberto mientras apuntaba con el escáner hacia la oscuridad exterior que les rodeaba. No se veía a ningún ser vivo por la calle. Un par de minutos después, otra pregunta volvió a sacar a Martina de su estado de concentración.
—¿A ti te mola Hugo? — Roberto vio como la pequeña informática se ruborizaba al escuchar aquello.
—No. Él no me mola, aunque tiene cierto aire de héroe de Marvel que... pero no es él quien me atrae. — Martina no se dio cuenta que acababa de dejar abiertas las puertas para la especulación, los rumores y más charla que la retrasaría en su trabajo.
—Vaya, vaya. Él no, lo que quiere decir que hay alguien que sí ¿Quién? Puedes decírmelo. Yo no diré nada.
—No hay nadie. Era una expresión, una forma de hablar. Pero…
—¡Pero! Hay un pero. —Roberto se rió.
—Pero si me gustase alguien, tú serías la última persona en el planeta al que se lo diría.
—¡Vale! ¡vale!… — Tres segundos le duró el corte recibido. —Martín, el calculín del laboratorio dos. Te cruzas mucho con él en el pasillo del cuartel.
—¿Qué?
—Corredera no, desde luego. Ese es un subnormal.
—¡Para ya Roberto!
—Alejandro, el enchufado del jefe en la cafetería. Ese chaval es guapete, y hace unos cafés muy ricos. He visto que de vez en cuando hace prácticas con los chicos de la primera planta que juegan todo el día con los drones.
—Son ingenieros muy cualificados y no “juegan con los drones”. Están en mi departamento.
—Pero juegan con drones.
—Son técnicos en sistemas de drones y especialistas en supervisión aérea remota.
—Pues eso, que juegan con drones. Entonces, ¿ése es el que te gusta?
—¡Que no! Y déjalo ya.
Roberto la miró, sonrió, y volvió a mirar a través del cristal. De repente, soltó una mueca de irónica incredulidad. —No será Blanca, la de los servicios médicos.
—¡Que pares ya! ¡Que no! Y a mí no me gustan las mujeres. — La respuesta hizo que la mueca se transformase en una sonrisa que Rob acentuó más.
El golpeteo de los cristales de hielo contra el vehículo fue el único sonido que reinó durante los siguientes minutos en aquella camioneta bajo la fría noche glaciar.
***
“6 de diciembre. 01:15 AM (hora local) – Taberna “The lighthouse”. Kovac Bay, Alaska.”
—Hay algo que no me cuadra. Tú estabas enamorado de una chica que no te correspondía.
Le conseguiste un trabajo para que estuviera cerca de ti, aunque no solo no la mantuviste a tu lado, sino que no volviste a verla y, sin embargo, trabajas para la gente que la hizo desaparecer de tu vida.
Entonces, la pregunta es… ¿Eres imbécil o masoquista?
Leïf se agarraba el pecho, aterrado y suplicante porque uno de los efectos de la toxina inyectada no fuera que el corazón le saliese disparado del pecho como los aliens de las películas de culto de Ridley Scott.
—Tenemos pruebas de que ella no era otra simple científica en vuestro complejo secreto. —Irrumpió Val en el interrogatorio.
—No es mi complejo secreto, y yo no sé nada de eso. Por favor, dadme ya el antídoto.
—Parecía que ella manejaba el cotarro. ¿Qué le ofrecisteis? ¿El puesto de Stern? ¿Es ella la que firma las órdenes ahora? ¿Al final se hizo con el puesto de científica jefa?
—No, no, no. No lo se. A mí me llamaba siempre el tipo que se reunió con Nuna.
—¿Siempre?
—¡SIIIII! — El sudor comenzaba a notarse en su ropa. Los parroquianos del bar, al escuchar el grito, se dieron la vuelta para ver de dónde provenía. Breslin gritó también.
—¡VAMOS GLACIERS! — Los dos hombres intuyeron que estaba celebrando la carrera que acababa de conseguir su equipo. Uno de ellos levantó su jarra de bebida para responderla. Tras ese gesto, volvieron a meterse en el partido.
—Bien jugado agente. — Murmuró Hugo. Breslin asintió tímidamente. —¿Nunca te llamó ninguna mujer para darte instrucciones? — Esta vez, se volvió a dirigir a Leïf.
—No. Bueno, una vez. Pero no era Nuna. Abría conocido su voz aun pasando cincuenta años más.
—¿Quién era?
—No lo sé. Lo juro por Dios. — La cara de resignación de Hugo no escondió la decepción al continuar con la duda de la identidad de aquella mujer.
—¿Cuál era el rol del sheriff? — Volvió a preguntar Valeria.
—Su familia. — Olsen se retorcía de dolor, quizás ahora más real que psicológico. —Ha entregado a su familia para que la curen. A cambio, ellos le suelen pedir favores. Me llamaban a mí y yo me pongo en contacto con él.
—¿Le pedían que secuestrase a chicas del pueblo? — Preguntó horrorizada la joven Breslin.
—Le pedían muchas cosas: material, favores, y sí, chicas para sus experimentos. Pero yo no sé de dónde las sacaba. Lo que me decía una parte, yo se la transmitía a la otra. Punto.
—Es decir, que tú eras el buzón de voz de Archor y del Sheriff.
—¿De quién? No conozco a ningún Archor. Sé que hay alguien con mucho dinero y poder tras esto, pero yo nunca he hablado con él. No sé quién es.
—Qué mentirosillo eres Leïf, pero te perdonaré esta vez. Sé que ahora mismo tienes un cacao terrible en la cabeza. — Le justificó falsamente Hugo.
—Su cabeza ahora mismo está tratando de contener el aumento de la masa encefálica que produce lo que le he inyectado.
Bastante tiene con eso. Pero si tenéis que preguntarle más cosas, hacedlo rápido.
Según mis cálculos le quedan unos doce minutos de vida, diez para suministrarle el antídoto antes del fallo irreversible. — Informó Breslin.
—Por favoooorrrr, dadme el antídoto. No soporto más esta presión. Dádmelo y os diré todo lo que queráis saber.
—Tranquilo grandullón. Nos quedan diez minutos y un par de preguntas más.
Como, ¿quién te protegerá ahora que Kodiak está muerto?
— La cara del camarero, que ya mostraba miedo y dolor a partes iguales, hizo hueco para el terror.
No sabía que el sheriff había pasado a mejor vida.
—Vaya. Veo que te acabas de enterar. Lamento la pérdida. — Explicaba Hugo.
—Vuestros amigos han dado buena cuenta de tu sheriff. — Dijo, y escupió en el suelo.