AQPIQ #3
El lado de la balanza hacia donde antes se encontraba vencida la sinergia poder-miedo había cambiado de lado, y Hugo lo vio en sus ojos.
Ahora sí podía obtener de ese neandertal lo que quisiera.
Los cuatro observaban como Olsen boqueaba como un pez fuera del agua.
Sus manos, enormes y callosas, arañaban el suelo de madera pegajosa intentando arrancarse un dolor que solo existía en su mente, mientras su corazón, dopado por la adrenalina pura, ahora sí que comenzaba a galopar desbocado contra sus costillas.
Valeria miró a Hugo que estaba desconcertado con aquella situación. Le guiñó el ojo mientras tomaba disimuladamente el EpiPen de la chaqueta de Margareth mostrandoselo a escondidas. Hugo levantó la mirada al techo pensando; “Ahora lo entiendo todo.”
Hugo, en cuclillas, tomó por el pecho a Leïf y le miró fijamente con la frialdad de quien sabe que tiene todo el poder para detener a una falsa Parca esperando a su próxima víctima.
—¡Se acabó! No voy a perder más tiempo. ¿Quieres salir de aquí con vida?
Dime lo que quiero saber y te haré el favor de tu vida permitiendo que vivas un día más.
Sin voluntad, sin lealtad a nadie más que a él mismo, con la mano tratando de sujetarse los envites de un corazón desbocado que trata de escapar de aquel cuerpo, y creyéndose desahuciado,
Leïf Olsen cedió ante los síntomas de aquella desconocida inyección de epinefrina con el único objetivo de salvar su propia vida.
—¡Vale!
—Parece ser que la última vez que se vio a Nuna con vida estaba en esta mesa, discutiendo acaloradamente con un hombre, Nils. ¿Le conocías?
—Si.
—¿Quién era?
—Un tío muy raro. Aquella fue la segunda vez que le veía. La primera, quería saber si había alguien en la zona que necesitase trabajo, muy bien remunerado, pero con conocimientos científicos, bioanalista… o no sé qué. Esas mierdas científicas.
—Un buen camarero ha de conocer a todos sus parroquianos. — Especuló Valeria.
—Yo le dije que aquí no había nadie con esas características, pero que conocía a una persona idónea para el puesto.
—¿Tú le conseguiste el trabajo? Hijo de puta, te mato. — Valeria tuvo que emplearse a fondo para sujetar a Kay que estaba desbocada. Forcejeó con ella agarrándola por la cintura y separándola de aquel tipo.
—¿Qué ocurrió en ese segundo encuentro? ¿Por qué discutían Nils y Nuna? — Preguntó Hugo.
—Ni idea. Yo quería lo mejor para Nuna, fue mi amor platónico durante mucho tiempo en Prudhoe Bay, y pensé que lo que ofrecía aquel extraño era una muy buena oferta de trabajo para ella. La tendría cerca de mí y, quién sabe, a lo mejor llegábamos a algo más.
—¿Con un perro como tú?
—¡Kay, ya! — Trató de calmar Hugo. —¿Por qué discutieron?
—No lo sé, de verdad. Solo oí que ella no se rebajaría a ser una simple ayudante de laboratorio.
Quería hacerse cargo de investigaciones importantes.
Por su currículum o algo así. Y el otro tipo insistía en que ya había un científico jefe.
Nuna decía que había rechazado un par de trabajos como bioingeniera marina por atender su solicitud.
Que aquello que le ofrecía no era lo que habían pactado por teléfono.
No pude escuchar nada más. Ese día estaba el bar hasta arriba.
—¿Ella volvió por aquí después de eso?
—Si. Otra vez. Sola. Hablé con ella… ¡Por favor, dame el antídoto! Me arde la sangre, se me va a salir el corazón. —Gruñía.
—Tenemos tiempo suficiente para que me contestes a todas las preguntas. — Respondió Hugo.
—Y si no, tu muerte será justa. — Apuntó Kay, todavía sujeta por los brazos de Valeria.
—¡Joderrrrr! Estaba en la barra. Miraba su teléfono.
Tenía el contacto tuyo en pantalla. — Dijo mientras cabeceaba en dirección a Kay.
— Le pregunté si había tenido un mal día, y me respondió que probablemente hubiera sido el peor.
Que debía hacer lo correcto, pero que eso la apartaría del mundo que conocía para siempre.
— Kay dejó de forcejear con Val, ésta la soltó lentamente.
—Le ofrecí mi ayuda, le di un consejo, “sigue tu instinto y no mires atrás”.
Dijo que debía hacer algo, que quería contárselo a su hermana, pero no sabría si ella lo entendería.
Me sonrió cortésmente y me retiré. La dejé sola durante otros quince minutos en los que parecía que estaba librando una lucha interna, mientras tenía la fotografía tuya iluminada en la pantalla de su teléfono.
Finalmente, se terminó la jarra de vino caliente que se estaba tomando y se marchó. De esto hace casi tres años.
Una tos cruda y un agónico “por favor” brotaban mientras su cara comenzaba a tomar un color rojizo y las perlas de sudor caían al suelo.
—Tranquilo, de una manera u otra, estarás en paz dentro de poco. — Le murmuró Hugo puesto en pie junto a él.
El iPhone de Hugo vibró por unos segundos en su bolsillo, pero no le dio tiempo a responder.
Un número que constaba de diecinueve dígitos apareció en la pantalla y supuso que no sería importante.
Su equipo estaba conectado con él a través de los intercomunicadores y los números de sus seres más cercanos estaban en la agenda.
—¡Spam telefónico! ¿En serio? ¿Aquí también?