AQPIQ #2
En aquel pegajoso suelo de madera, el corpulento camarero trataba de recomponerse. Cerraba el puño lentamente mientras elevaba la mirada hasta toparse con los ojos inyectados en sangre de Kay. Valeria le colocó el cañón de su arma sobre la frente.
—Yo que tú no lo intentaba.
—¿Me recuerdas, Leïf? —Bramó Kay.
—¿Sabes algo de Nuna Aqsarniq? —Le preguntó Hugo apuntándole directamente a la cara. La joven Breslin miraba la escena con su jarra de cerveza aún entre las manos.
Tumbado en el suelo, sujetándose la cabeza con una mano, trató de incorporarse ligeramente. Kay se lo impidió empujándole con su pie hacia el suelo.
—Mi hermana me habló de ti. Te tenía como un buen amigo en la universidad. Responde. ¿Qué le ha ocurrido a mi hermana? ¿Dónde está?
Aquel mastodonte de ciento veinte kilos estaba herido en su orgullo por haber sido casi noqueado por una mujer.
—¡Yo no sé nada de tu hermana!
—Mientes. — Una patada, esta vez con más fuerza, se dirigió a la cara de aquel hombre descuadrándole el tabique nasal, haciendo que soltara un pequeño hilo de sangre por sus narinas.
Hugo y Valeria continuaban encañonándole, pero se miraban sin entender aquella encerrona.
Kay fue la que quiso ir a tomar algo al bar.
No entendían la urgencia de aquella velada invitación.
Ahora ya lo comprendían. Kay quería acelerar la búsqueda y, con un poco de suerte, avanzar en la investigación del equipo.
Margareth le dio otro sorbo a su tibia cerveza.
De aquel hombre tendido en el suelo salió una espontánea carcajada.
—Ésta herida es una medalla en mi pecho.
Lo único que os diré es que vais a morir todos.
Y tú, — Se dirigió a aquella mujer con una agresividad contenida.
—no te voy a decir donde está tu hermana.
Lo único que te voy a decir es que Kodiak sabrá esto.
“Ahí está la conexión con nuestro buen sheriff”, pensó Hugo.
—Ese hijo de puta no te va a salvar esta vez. — Amenazó Kay.
—Con el tiempo que llevas en este pueblo y, ¿quieres que creamos que no sabes nada de lo que está ocurriendo aquí? — Intervimo Val.
—Cuéntamelo, bastardo hijo de puta. —Reiteró Kay mientras agarraba con una mano por el cuello a Olsen y con la otra le amenazaba sin soltar el asa de la jarra de cerveza.
—¡No tenéis ni puta idea! — Esta vez, la sonrisa se le intuía más desafiante.
—¡Esto es genial! En cuanto lleguen las autoridades sabrás lo grande que es la mierda que estás pisando.
Ellos te lo explicarán. — Aquel hombre estaba muy seguro de que sus actos estaban respaldados por alguien con bastante más poder en la zona que el que tenían aquellos forasteros.
Amagó para sacar su teléfono móvil, pero Valeria se lo retiró de la mano.
Hugo sabía por experiencia que, cuando los mindundis como Leïf Olsen tenían más miedo a las represalias de sus jefes que a las consecuencias de enfrentarse a una posible cadena perpetua, poco había que hacer.
Por las buenas no iba a decir nada. Lo que cogió por sorpresa al jefe táctico fue que, quién menos esperaba en el grupo, había llegado a esa misma conclusión.
Breslin tomó otro sorbo de su cerveza, la colocó en la mesa y tomó algo del bolsillo de su cazadora, desapareciendo de la vista de aquel hombre.
Segundos más tarde, una punzada atravesó la columna vertebral de Leïf que se echó la mano que le quedaba libre a la nuca. Aquello pilló por sorpresa al resto.
—¿Qué cojones ha pasado? ¿Qué me has hecho? ¡Pedazo de zorra patética! Kodiak te va a hacer pagar por esto. — La rabia que estaba comenzando a apoderarse de aquel barman se sumió bajo un nuevo sentimiento.
—Ya está. Ahora solo queda esperar. — Dijo con una dulce voz algo impostada. Valeria y Hugo se miraron desconcertados.
En la barra de aquel mugriento bar, los dos parroquianos continuaban bebiendo cerveza de sus jarras mientras en la televisión ahora se mostraba los banquillos de ambos equipos en uno de los descansos del partido.
—¡Zorra! ¿qué me has hecho?
—En vista de que tienes tanta lealtad hacia Kodiak, a ver si él te trae el antídoto. — Aquella joven se había sacado un as de la manga y había dejado a todos con la boca abierta. Se trataba de una sublime argucia.
Para Leïf, la brecha que tenía en la cabeza era, ahora mismo, la menor de sus preocupaciones.
Notaba que su corazón comenzaba a palpitar con más fuerza y rapidez.
Pequeñas gotas de sudor descendían por su espalda, las pupilas comenzaban a dilatarse poco a poco.
El miedo ahora era totalmente visible en su rostro.
—¿Qué me está pasando? ¿Qué me has inyectado? Niñata de mierda. ¿Qué me has hecho?
Margareth le mostró parte del aplicador que había usado.
—La verdad es que… — Ahora era ella la que sonreía. —… la verdad es que, realmente no tengo ni idea.
Valeria vio de reojo el EpiPen que llevaba en la mano.
Lo reconoció al instante. Un autoinyectable bajo una forma universal.
Su padre llevaba uno igual en el coche cuando iban de acampada por si le picaba alguna avispa.
Epinefrina de urgencia para controlar las reacciones alérgicas severas.
La hermosa agente entendió perfectamente el órdago que se estaba jugando aquella joven y quiso aportar su granito de arena en el ardid.
—Estaba a buen recaudo junto a otras cajas. No sé si te suena el sitio, un bunker subterráneo a unos cuantos kilómetros de aquí. Una especie de laboratorio bastante siniestro. Lo teníamos para tomar muestras, pero como reza el dicho, “el fin justifica los medios”.
—¡No os diré nada!
—Sí lo harás, si quieres que te dé esto.
— La joven buscó en los bolsillos de su chaquetón y sacó otro aplicador exactamente igual.
—Junto a aquellas cajas, había una nevera serigrafiada con el símbolo de la cruz verde y la palabra “Qunniqsirvik”.
La traducción no está clara, pero tú ya sabes lo que es.
— “Lo que hace desaparecer el mal” en iñupiaq.
En su cara se podía apreciar el horror en estado puro. —Esas mierdas suyas no tienen antídoto. Se han hartado de decirlo. Acabáis de sentenciarme. Ahora sí que no voy a deciros una puta mierda.
—Bueno, si tú lo dices… — Guardó nuevamente el inyector en el bolsillo de su anorak.
—Según los informes que se encontraban en el laboratorio, ésta es de las pocas toxinas sintetizadas que tienen antídoto tras su inoculación.
Eso sí, el antídoto tenía un tiempo límite tras la exposición a la toxina, antes de que resultase inocuo para el paciente.
— Continuó Breslin bajo la impresionada mirada de Kay y de Hugo, quienes realmente pensaban que le habían inoculado algún tipo de neurotoxina.
—Quince minutos. Contando desde… — Valeria teatralizó mirando su reloj. Seguía a pies juntillas la mentira de la joven. —…hace uno. — Notó la desesperación en los ojos de aquel barman.
—El informe también indicaba cuáles eran los síntomas antes del colapso y del fallo multiorgánico irreversible. Sudores, palpitaciones, euforia…
—Los vasos sanguíneos aumentan su grosor y se acelera el ritmo del corazón, permitiendo que la sangre siga circulando y que no revienten tan pronto los órganos vitales.
Se dilatan las pupilas debido a ese aumento brusco de la presión arterial.
En pies y manos comienzan a aparecer temblores incontrolables.
Comenzarás a sentir un aumento progresivo de la temperatura corporal que desembocará irrefrenablemente en una sudoración intensa, hasta el punto de llegar a una deshidratación extrema.
Ese será el punto de no retorno. — Masculló Val antes de sentenciar.
—Pánico irracional, confusión, paranoia, etcétera, etcétera.
—¡Dame eso, maldita puta! — Gruñó mientras no dejaba de apretarse el pecho con las manos.
La taquicardia estaba comenzando a aparecer.
—Me arde la sangre. El corazón se me va a salir, no puedo respirar.
— La psicosis mental comenzaba a hacer su trabajo, mucho antes de que los síntomas reales comenzasen a hacer verdaderos estragos.
La guerra psicológica comenzaba a funcionar.
—Me estáis matando por dentro. — Miraba sus manos con los ojos desorbitados.
El temblor era más tensional e irracional que por efecto de la epinefrina.
—Puedes salvarte. Solo tienes que decirnos lo que queremos saber. — Insistió Breslin.
—A lo mejor he calculado mal. Creo que le queda menos tiempo del que he predicho.
—¡Yo no sé nada! De verdad. Tenéis que creerme.
La arrogancia y prepotencia que mostró tras el golpe inicial con la jarra de cerveza de Kay desapareció por completo.
La rabia y la ira permanecían en su interior, pero la muerte era algo que no había barajado.