AQPIQ
“6 de diciembre. 00:23 AM (hora local) - Hostal Pikalujak. Kovac Bay, Alaska.”
La nevada en el exterior no amainaba, la oscuridad cada segundo se sentía más cerrada y el frío helador seguía sin dar una tregua, con una sensación en el exterior de cuarenta y cinco grados Celsius bajo cero.
Los habitantes de aquel pueblo estaban acostumbrados a aquel clima invernal y, por eso, todo el mundo estaba resguardado en sus casas con suministros de subsistencia para varios días.
La noche eterna inundaba todo el pueblo, únicamente rota por unas pequeñas farolas que no eran capaces de ganar la batalla a la cantidad de hielo y nieve que traía aquel temporal, y aun así,
trataban de marcar la silueta de las calles al igual que las pequeñas luciérnagas trataban de iluminar los bosques en la primavera.
A unos quinientos metros aproximadamente, tras de varias edificaciones de madera que no superaban los dos pisos de altura y en dirección a la calle principal de Kovac Bay se intuía un pequeño resplandor de luz.
Hugo miraba a través de la ventana en la habitación de Martina.
Trataba de procesar toda la información obtenida en las últimas horas mientras se tocaba el hombro herido.
A escondidas del equipo se acababa de inyectar en el hombro la segunda dosis en menos de veinticuatro horas de un analgésico bastante potente.
Ketorolaco Trometamina, o Keto como le llamó la doctora cuando estaban en la base de Hostes creando sus botiquines de supervivencia.
Sabía que era potente, pero la herida de su hombro le estaba dando una guerra silente que no podía exteriorizar para no minar aún más la esperanza del equipo.
En el exterior, de vez en cuando algún pequeño arco eléctrico estallaba al contacto de la nieve con los cables del tendido eléctrico que recorría el pueblo, sacándolo de su estupor.
Las chispas de color azul que se formaban creaban un espectáculo etéreo difuminado levemente entre la neblina, el viento, la noche y los cristales de hielo arrastrados por la tormenta.
—Tu hermana no estaba desaparecida, después de todo. — Kay mantenía la mirada apartada de la pantalla. No daba crédito.
—Necesito una copa. — Dijo mientras salía por la puerta de aquella habitación.
—Claro, hace una noche esplendida para salir de fiesta. — Apuntó Valeria con ironía.
—Hugo, yo voy a seguir estudiando los dossiers y las formulaciones del espectrómetro en mi habitación, si no te importa. Además, es muy tarde ya y no podemos hacer nada más hasta mañana.
—Por supuesto doctora. No te preocupes, y no olvides tomarte la medicación.
—De momento tengo a esta loca que grita en mi cabeza controlada.
Despejaros un poco. Aquí estamos a salvo.
— Le colocó su cálida mano en la mejilla.
Elena estaba sufriendo, pero notaba en los ojos de su compañero y amigo que él tampoco se quedaba atrás en ese sufrimiento.
—Tranquilo, tengo la Glock que me regalaste.
— Y salió de la habitación dándose golpecitos en el bulto que marcaba su arma en la cintura, bajo el sweater negro que él y Laura, su mujer, le regalaron por su último cumpleaños.
Antes de cerrar su puerta le dijo a Hugo.
—Despéjate un poco. Lo necesitas. — Y con su dulce sonrisa, desapareció tras la puerta.
—Te lo ha dicho la jefa, vamos. Invito yo a la primera.
— Kay paró en seco antes de comenzar a bajar las escaleras, había tenido la misma sensación que Elena con anterioridad.
Notaba una presencia en aquel pasillo. Era la sensación de que alguien los llevaba observando un buen rato, aunque físicamente era imposible.
El espacio estaba muy acotado y no había huecos para ocultarse.
Únicamente el espacio junto a las escaleras donde se encontró ella esperando al equipo. Pero ahora estaba vacío.
—El sheriff había llamado al bar en varias ocasiones. Aprovecharemos y veremos a ver si alguien allí sabe algo.
—La comisaría está casi enfrente. Creo que no es una buena idea.
Puede que alguien viese u oyese lo que ocurrió.
— Matizó Valeria que, si bien no le disgustaba la idea de tomarse algo para despejarse, y teniendo en cuenta que ya se estaba colocando el abrigo y el gorro para salir al exterior, también tenía sus reticencias.
—Que la comisaría esté cerrada no es extraño. —Apuntó Breslin que también se estaba colocando su anorak.
—¿Qué crees que estás haciendo? — Se dirigió a Margareth.
—Yo no me separo de vosotros y, además, necesitaréis a alguien que hable iñupiaq llegado el caso, y que conozca a la gente del bar.
—Ya tenemos a Kay. — Respondió Hugo.
—De acuerdo, pero ahora mismo, soy la única agente con autoridad que existe en el pueblo. — La joven trataba de reivindicar su utilidad. Quería hacerse valer ante aquellos forasteros que le habían salvado la vida.
Hugo no quería discutir, no tenía cuerpo para ello. Posó la mano sobre el hombro de Martina y miró a Rob. —Coged lo que necesitéis. Os necesito fuera, ocultos en uno de los pick up por si tuviéramos que salir corriendo.
—Cogeré el escáner térmico. — Apuntó Martina.
—¿No hay cerveza? Pue nada, bajaré a por dos cafés calientes a la recepción. ¿Quieres algo, peque? — Sonrió Rob.
***
6 de diciembre. 00:45 AM (hora local) – Taberna “The lighthouse”. Kovac Bay, Alaska.
Hugo había estacionado el vehículo oruga frente a la entrada del bar.
El brillante y parpadeante cartel de neón mostraba un faro emitiendo haces de luz sobre una base de metal corroída por el salitre aguantando los envites del viento.
La nieve acumulada sobre él apenas dejaba ver el nombre del local, pero con aquel dibujo se sobreentendía.
Su interior, como era de esperar, se hallaba casi desierto.
En la barra, un par de lugareños con la mirada fija sobre el televisor que retransmitía un partido de la liga veraniega universitaria de beisbol celebrado meses atrás.
Los Anchorage Glacier Pilots disputaban su derbi particular contra los Anchorage Bucs en el Mulcahy Stadium que ambos equipos compartían.
El bateador de los Glacier Pilots golpeó la pelota lanzándola más allá de la valla izquierda y uno de esos hombres alzó lentamente el vaso, brindando su próximo trago a ese bateador.
En el resto del bar apenas brillaba una luz amarillenta, difusa, que se mezclaba con una densa atmósfera con olor a tabaco viejo y alcohol derramado.
Kay entró la primera y, mientras se dirigía a una de las mesas, levantó una mano hacia el barman. —Sisamat beer. — “Cuatro cervezas”. Hugo, Valeria y la joven agente Breslin la siguieron mientras se quitaban los guantes y se despojaban de las gruesas capuchas de sus anoraks.
Se sentaron en la mesa más alejada de la entrada. Hugo tomó asiento en la silla que tenía visión directa a la puerta principal y Valeria hizo lo propio con la puerta trasera. El camarero les acercó las cuatro jarras de cerveza.
No eran como la típica jarra de cerveza que Hugo y Valeria tomaban en los bares de España cuando conseguían cerrar algún caso. Estas eran más grandes, con cerveza más oscura, más espesa, más potente, con poca espuma y ligeramente caliente.
Kay agarró su jarra de grueso cristal y tomó un largo trago dando cuenta de más de la mitad de aquella morena.
Margareth, tímidamente, con las dos manos, y Hugo y Valeria con sus manos izquierdas agarraban sus respectivas jarras.
Les gustaba tener la derecha libre, por lo que pudiera ocurrir.
El silencio imperó durante un par de minutos en la mesa. Finalmente, Hugo rompió el hielo.
—¿Conoces al camarero? No le quitas el ojo de encima.
—Nunca se conoce a alguien realmente.
—¿Kay?
Ésta dio cuenta del resto de su bebida. —Leïf Olsen. Compró el bar hace algunos años. Creído, estúpido, putero, casado, sin hijos y muy bien dotado.
La joven agente se ruborizó, Valeria soltó una leve mueca de asco contenido al imaginar desnudo a aquel hombre que parecía salido de cualquier museo de la prehistoria, gesto adusto, pasos pesados y peludo hasta las orejas.
Kay levantó la mano para pedir otra jarra. —Pregunta lo que quieras preguntar. Lo poco que he visto de ti me dice que no te gustan los rodeos. — Ella tenía razón. Hugo bebió un sorbo de aquella tibia y amarga cerveza.
—¿Qué se nos escapa en esta historia?
—Ya sabes que mi hermana desapareció hace tres años.
Que era inocente, hermosa, muy inteligente y con un futuro brillante.
Que alguien le ofreció un puesto de trabajo idílico, creado únicamente para una científica como ella.
— El camarero llegó con otras cuatro jarras, contrariado porque tres de aquellos forasteros apenas habían probado tan solo un trago de las cervezas.
—Lo que no te he dicho es que este hijo de puta la conocía de Prudhoe Bay, — Agarró su jarra vacía y se la estampó en la cabeza, tirándole al suelo, desconcertando al resto por el golpe.
—y que salió con ella en la universidad, que se mudó aquí justo cuando desapareció, — Se levantó de la silla.
—, que no me conoce como la hermana de Nuna, sino como la loca de Kovac Bay, y que llevo mucho tiempo creyendo que la presencia de este hijo de puta en este pueblo no es casualidad.
Los acompañantes de Kay se levantaron de golpe.
Hugo desenfundó su Glock y miró fijamente a la mujer que mantenía en la mano el asa partida de la jarra de cristal.
En el suelo, el camarero, Olsen, se llevaba las manos a la cabeza para tratar de apaciguar el dolor de un golpe inesperado y tratar de detener la hemorragia que le había provocado.
En la barra, los dos parroquianos ni se inmutaron.
Continuaron viendo como el pitcher de los Glacier Pilots lanzaba una bola rápida al bateador de los Bucs.
—Y otra cosa que no te he contado es que la última vez que vi a mi hermana fue en este bar, en esta mesa, discutiendo acaloradamente con un hombre.
Era el mismo hombre que se encontró con Kodiak en el hangar abandonado e íntimo de Leïf.
— Aquel gigante de casi dos metros parecía ahora un hobbit indefenso y herido de muerte.
—Cuando me lo tiré no fue por gusto. Quería saber si tenía información acerca de la desaparición de mi hermana.